Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 9
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Capítulo 9

Con el regreso a Madrid volvimos a la rutina.

Carlos estaba radiante, convencido de que el dinero gastado en todos mis caprichos y atenciones había blindado nuestro matrimonio contra cualquier tormenta familiar.

Para él, todo volvía a estar en orden. Para mí, el orden se había convertido en una farsa.

Necesitaba aire, distancia y, sobre todo, una dosis de esa normalidad burguesa que tanto empezaba a asfixiarme, pero que seguía siendo mi único refugio. Por eso, cuando Amanda me propuso comer juntas, acepté de inmediato.

Caminamos sin prisa por la calle Serrano, flanqueadas por escaparates de firmas internacionales y el murmullo de una primavera madrileña que empezaba a calentar el asfalto.

Amanda lucía impecable, como siempre: un traje de chaqueta de lino beige, gafas de sol de pasta grande y esa seguridad desahogada de quien nunca ha tenido que preocuparse por el precio de las cosas.

Entramos en un par de boutiques, compramos un par de vestidos y, pasadas las dos de la tarde, nos refugiamos en el reservado de un restaurante discreto y elegante.

El camarero nos sirvió dos copas de vino blanco bien frío y nos dejó solas tras tomar nota.

—No me has contado nada de tu escapada romántica —dijo Amanda, quitándose las gafas de sol y apoyando los codos en la mesa, mirándome con una sonrisa cómplice.

Le di un trago largo a mi copa, sintiendo cómo el alcohol frío me bajaba por la garganta. Miré las bolsas de papel de seda que descansaban en la silla de al lado.

—París ha sido… como siempre, Amanda —solté, con un suspiro que pretendía ser de cansancio, pero que arrastraba una profunda amargura—. Carlos ha estado encantador. Me ha comprado la mitad de la Avenue Montaigne, hemos cenado frente al Sena… Todo perfecto. Demasiado perfecto.

Amanda arqueó una ceja, detectando el matiz en mi voz. Ella me conocía desde hacía muchos años; sabía leer mis silencios mejor que nadie.

—Esa carita de niña enfurruñada no me gusta nada… ¿Qué te ocurre, Elena?

Me quedé mirando las burbujas del vino, debatiéndome entre mantener la fachada de la esposa ideal o romper el dique de contención por primera vez en mi vida.

La revelación de Ramón sobre el pasado de Carlos me quemaba por dentro, pero no podía confesarle eso a la esposa del propio Ramón. Tenía que camuflar mi crisis.

—Pasa que… a veces me aburro, Amanda —solté de golpe, en un susurro, como si pronunciar aquellas palabras en voz alta fuera un sacrilegio en nuestro círculo social.

Amanda se quedó rígida por un segundo, sorprendida por mi franqueza.

—¿Te aburres con Carlos? Pero sí es un sol de hombre. Te adora, te consiente todo…

—Sí, es buenísimo. Es el marido perfecto, el padre perfecto, el compañero perfecto…

—la interrumpí, sintiendo cómo el desprecio sutil que había germinado en París asomaba a mis labios—.

Pero eso lo hace demasiado predecible. Llevamos veinte años en los que sé exactamente qué va a hacer, qué va a decir y cómo me va a tocar antes de que ocurra.

Es todo tan jodidamente correcto que a veces siento que estoy viviendo un guion.

Me gustaría que mi vida tuviera otra cosa, no sé…

un juego imprevisible. Algo que me sacudiera por dentro y me hiciera sentir viva y no solo… protegida.

Amanda se reclinó en su silla, mirándome fijamente.

El camarero interrumpió un instante para dejarnos los entrantes, y el silencio que se instaló entre nosotras se volvió incómodo, como si acabáramos de acercarnos a una conversación que llevaba años esperando salir a la superficie.

Amanda jugueteó con el tallo de su copa, esquivando mi mirada.

Vi cómo se humedecía los labios, asomando una timidez extraña en una mujer tan mundana como ella.

—Un juego más imprevisible… —repitió en voz baja, casi para sí misma—. Vaya, Elena. No sabía que tu cabeza anduviera pensando en ese tipo de cosas.

—¿Y la tuya no? —la provoqué sutilmente, inclinándome hacia ella—. Vamos, Amanda, llevas casada con Ramón más de veinte años. No me vas a decir que la rutina no te pasa factura.

Amanda miró a su alrededor, asegurándose de que las mesas contiguas estuvieran lo suficientemente alejadas.

Sus mejillas cobraron un leve rubor que no era por el vino.

Le costaba hablar con franqueza. Se notaba que estaba a punto de cruzar una línea de intimidad que nunca habíamos tocado en nuestras tardes de compras y confidencias.

—Ramón no es como Carlos, Elena. Eso ya lo sabes —empezó a decir, midiendo cada palabra con extrema cautela—.

Ramón tiene una personalidad… muy fuerte.

Muy dominante. Al principio de nuestro matrimonio, a mí me asustaba un poco.

Su manera de llevar el control de todo. Pero con los años aprendimos a canalizar eso en la intimidad.

Me esforcé al máximo en tratar de comprender lo que me estaba contando.

—¿A qué te refieres? —pregunté, sintiendo una punzada de morbo salvaje en el estómago al escuchar el nombre de Ramón asociado a la cama.

Amanda volvió a beber, buscando valor en el vino. Sus ojos, antes calmados, brillaron con una chispa traviesa, encendida por el recuerdo.

—Nosotros… Ramón y yo nos divertimos de una forma que tú nunca podrías imaginar, Elena —confesó en un susurro sibilino, inclinándose hacia el centro de la mesa—.

A veces, la normalidad de ser los señores de la casa, los padres de nuestros hijos, los que van a las cenas del club…

cansa. Así que establecemos reglas diferentes cuando la puerta del dormitorio se cierra.

O cuando decidimos que permanezca abierta.

El corazón me dio un vuelco.

—Joder, Amanda, parece una adivinanza. ¿Qué tipo de reglas? —mi voz era apenas un hilo de aire, devorada por la curiosidad morbosa y el recuerdo de los dedos de Ramón subiendo por mi muslo pocos días atrás.

Amanda sonrió de lado, una mueca que por primera vez me recordó a la superioridad cínica de su esposo. El pudor inicial empezó a disolverse, sustituido por el orgullo de compartir un secreto prohibido.

—A Ramón le gusta mandar, Elena. Le gusta el control absoluto —dijo, y su voz se volvió más fluida, más cálida, incendiando la conversación por momentos—.

Y yo descubrí que me fascina obedecerle.

Hemos llegado a hacer cosas que harían que a las mujeres del comité de la fundación les diera un síncope.

Hizo una pausa dramática, clavando sus ojos en los míos. El ambiente en aquel reservado de lujo se había vuelto asfixiante; el aire parecía quemar.

—Este fin de semana, por ejemplo. Mientras tú disfrutabas de vuestra escapada romántica en París…

—continuó Amanda, con una naturalidad que me congeló la sangre—.

Fuimos a una fiesta benéfica en un hotel del centro.

Antes de salir de casa, Ramón me quitó la ropa interior y me obligó a ponerme un vestido ajustado.

Le encanta saber que voy a esos sitios sin bragas.

Durante toda la cena, mientras hablábamos con magistrados y empresarios, su mano no dejó de rozarme por debajo de la mesa.

Me hizo pasar toda la noche al límite, sabiendo que cualquiera podía darse cuenta.

Al volver a casa, tuvimos que coger un taxi, porque Ramón había bebido.

No nos habíamos subido bien al asiento de atrás cuando Ramón ya me estaba levantando el vestido.

Empezó a meterme mano, hundiéndome los dedos mientras el taxista no dejaba de mirarnos por el espejo retrovisor.

Le ordenó al conductor que se desviara por un camino de tierra apartado y que detuviera el coche.

Hizo una pausa para beber un sorbo de vino, con los ojos brillando por el recuerdo de la adrenalina. Yo apenas podía respirar.

—Cuando el taxi paró en mitad de la nada, Ramón me miró y me dijo: «Bájate».

Obedecí temblando. Nunca sé dónde está el límite ese día y eso es lo que más me gusta.

Él se quedó dentro un minuto, negociando con el taxista.

Luego, Ramón bajó del coche, caminó hacia mí y, delante de aquel hombre que nos miraba fijamente a través del parabrisas, me desnudó por completo.

Me empujó hacia el frente del taxi y me obligó a apoyarme de bruces contra el capó, que aún irradiaba el calor del motor.

Estaba expuesta a los ojos de un extraño y al control de mi marido.

Ramón se desabrochó el pantalón y me folló por detrás, sin ningún miramiento.

Me tomó como si fuera una extraña, una cualquiera que acabara de recoger en la calle, utilizándome para su propio placer y por el morbo de ver cómo me deseaba el taxista.

Me quedé de piedra, sin poder respirar, con las piernas apretadas con fuerza debajo de la mesa del restaurante.

La imagen de Ramón —el mismo hombre impecable con traje de sastre italiano que me había besado en mi salón— haciendo eso con mi mejor amiga y exponiéndola ante un desconocido me provocó un cortocircuito mental.

Sentí un vértigo profundo mezclado con una oleada de celos y un deseo tan violento, tan sumamente húmedo, que me mareó.

—¿Y tú… te dejaste? —atiné a preguntar, con la garganta seca.

—¿Dejarme? Elena, me corrí como una perra —soltó Amanda, sin pizca de vergüenza, con los ojos encendidos por el fuego de la confidencia.

Amanda volvió a sonreír, recuperando su postura de dama elegante y cogiendo el tenedor para pinchar su ensalada, como si no acabara de soltar una bomba en mitad de nuestra comida.

Yo, en cambio, no pude probar bocado. Miré fijamente a mi amiga, dándome cuenta de que el monstruo que había entrado en mi salón no solo conocía los secretos de mi marido, sino que era el dueño de un mundo oscuro y excitante que yo acababa de empezar a vislumbrar.

Y lo peor de todo era que, lejos de horrorizarme, la historia de Amanda acababa de prender una mecha dentro de mí que ya nada iba a poder apagar.