Capítulo 8
París amaneció envuelto en una niebla gris.
Desde el ventanal de nuestra suite, el mundo parecía perfecto.
Carlos se había propuesto que este viaje fuera una balsa de aceite, una reconexión absoluta tras la desagradable escena con su hija Paula.
Cumplió su palabra con creces. Pasamos los dos primeros días encadenando caprichos: mañanas enteras recorriendo las boutiques de lujo de la Avenue Montaigne; tardes perdidas entre las salas del Museo de Orsay, contemplando lienzos impresionistas; y noches reservadas en los restaurantes más selectos y románticos de la ciudad, cenando a la luz de las velas frente al Sena.
Cualquier mujer en mi lugar se habría sentido en el paraíso. Yo, en cambio, me sentía como un fantasma habitando un cuerpo ajeno.
No podía quitarme de la cabeza las palabras de Ramón. Su voz grave, cínica y demoledora resonaba en mi mente como un eco constante, empañando cada monumento, cada copa de champán y cada muestra de afecto de mi esposo.
Caminaba del brazo de Carlos por los Campos Elíseos, pero por dentro mi cabeza era un hervidero de dudas.
«Se habría inventado lo de Sofía», me repetía a mí misma con desesperación, intentando aferrarme a la cordura mientras miraba de reojo el perfil de mi marido.
«Ramón es un monstruo manipulador que solo quería desestabilizarme para meterse en mis bragas».
Carlos siempre me había contado la misma historia oficial, la que se había convertido en el mito fundacional de nuestro matrimonio: él había descubierto la traición de Sofía con el tipo del gimnasio.
Su orgullo, intolerable ante el engaño, lo había empujado a solicitar el divorcio desde ese mismo instante.
Ella intentó retenerlo, pero él dejó de amarla desde el momento en que contempló la traición.
Esa era la verdad que yo conocía. La de un hombre firme, implacable frente a la deslealtad.
Pero ahora, al mirarlo reír mientras pagaba la cuenta de una boutique de Dior, ya no veía esa fortaleza.
Veía la sombra de la duda. ¿Y si Ramón tenía razón?
¿Y si Carlos se había arrodillado ante ella?
¿Y si yo solo era el premio de consolación de un cobarde emocional?
Incapaz de soportar el peso del presente, mi mente se refugió en el pasado, buscando en mis propios recuerdos las respuestas que no me atrevía a exigir.
Recordé el Madrid de hacía más de veinte años.
Yo solo tenía diecinueve, una chica pelirroja de tez blanca salpicada con algunas pecas.
Era una chica ingenua, deslumbrada por las luces de la capital, que acababa de llegar de una pequeña ciudad de provincias con una maleta cargada de ilusiones para estudiar Derecho en la Universidad Complutense.
El invierno era frío, pero la libertad de Madrid me resultaba embriagadora.
Conocí a mi esposo en un bar de estudiantes cerca de la facultad, una tarde lluviosa después de que él hubiera ido a dar una charla magistral en el Aula Magna.
Carlos tenía veintisiete años y, para una estudiante de primero, era el epítome de la fascinación: un hombre terriblemente atractivo, un prometedor abogado penalista que ya gozaba de cierto prestigio en el mundillo judicial y que vestía con una seguridad aplastante.
El romance fue un torbellino. Carlos me cortejó con una madurez y un despliegue de medios que me hicieron sentir la mujer más afortunada del planeta.
Me sacó de mi modesto piso compartido y, cegada por el enamoramiento, acepté irme a vivir con él a las pocas semanas.
Fue entonces cuando comenzaron las sutiles renuncias, camufladas siempre bajo el manto de su protección.
—Deja los estudios este año, amor —me había dicho una noche, acariciándome el cabello en su apartamento—. Madrid es duro. Adáptate primero a nuestra vida juntos. Cuando estemos asentados y nos casemos, te reincorporas a la facultad. Tienes todo el tiempo del mundo.
Fue una promesa hermosa que acepté sin pestañear.
Pero también una promesa rota antes de nacer.
Nos casamos pronto, en una boda preciosa que selló mi destino como la perfecta esposa de un abogado de renombre con un apellido de prestigio.
Y enseguida, casi sin solución de continuidad, llegó Pablo.
Mi vida se transformó por completo. De la noche a la mañana me convertí en un ama de casa de la alta sociedad madrileña, con demasiado tiempo libre, una cuenta corriente generosa y una rutina adormecida entre exposiciones de pinturas, masajistas, clases de decoración y tardes de té.
Cuando el niño creció un poco y comencé a plantearme seriamente volver a matricularme en la universidad para retomar la carrera, la realidad me volvió a frenar: me quedé embarazada de Borja.
Después de eso, atrapada en la comodidad absoluta de mi jaula de oro, rodeada de lujos y con la vida resuelta, ni siquiera me lo volví a cuestionar.
¿Para qué iba a esforzarme si ya lo tenía todo? Vivía como una reina.
Aquella noche en París, de vuelta en la suite del hotel tras una cena idílica, Carlos cerró la puerta y me rodeó la cintura por la espalda, besándome el cuello con esa ternura predecible y monótona de siempre.
—Estás muy callada hoy, Elena. ¿Te pasa algo? —preguntó con voz suave, girándome despacio para mirarme a los ojos. Su mirada desbordaba esa adoración limpia, casi paternal, que me había dado durante dos décadas.
Le miré las manos, las mismas manos con las que, según Ramón, había firmado cheques en blanco implorando el regreso de Sofía.
Me fijé en su postura, en su necesidad constante de complacerme, de ser el marido atento y perfecto que me daba todos los caprichos para comprar mi paz.
Y entonces, con una claridad terrorífica que me heló la sangre, comprendí que Ramón no había mentido.
Carlos me había elegido precisamente por eso: porque yo era inofensiva, maleable, una niña de diecinueve años a la que pudo moldear a su antojo para asegurarse de que jamás volvería a pasar por la humillación de verse superado por otra persona.
—No me pasa nada, Carlos. Solo estoy cansada —mentí, forzando una sonrisa mientras me soltaba sutilmente de su abrazo, sintiendo cómo la lencería cara que llevaba puesta se enfriaba contra mi piel.
Me metí en la cama dándole la espalda, fingiendo sueño, mientras el silencio de la habitación de hotel se volvía tan pesado como el del salón de mi casa. La reina había descubierto que su trono no era más que una estrategia de defensa de un hombre herido.