Capítulo 7 #2
Dio un paso hacia mí, acortando la distancia con esa parsimonia que me desarmaba. El olor amaderado de su perfume se filtró en mis sentidos, mezclándose con la adrenalina del engaño que acababa de descubrir.
Su mano atrapó mi barbilla con fuerza para obligarme a mirarlo. Sus ojos oscuros centelleaban con un brillo depredador.
—Tu marido consentía como un buen cornudo que otros hombres complacieran a Sofía porque sabía que no estaba a su altura y no quería perderla. ¿Puedes imaginarte la de hombres que habrán pasado por esa cama? —preguntó indicando con un gesto hacia mi habitación.
Hizo una pausa, sin dejar de mirarme.
—¿Y sabes qué es lo mejor? —añadió Ramón, obligándome a sostenerle la mirada—. Que te eligió precisamente por eso. Porque además de ser preciosa, Carlos estaba convencido de que eras una mujer dócil y predecible.
Su voz descendió hasta convertirse en un murmullo peligroso.
—Te ha llenado de comodidades, de atenciones y de caprichos porque cree que así estará a salvo. Porque piensa que, mientras sigas viviendo dentro de esa jaula dorada, nunca descubrirás la clase de mujer que eres realmente.
Noté cómo se me secaba la garganta.
—¿Y qué clase de mujer soy? —pregunté casi sin darme cuenta.
Ramón sonrió.
—La clase de mujer que le aterrorizaría no saber domar.
Las lágrimas del shock amenazaron con asomar a mis ojos, pero la rabia y el orgullo las congelaron antes de que bajaran.
La revelación de Ramón no solo destruía la imagen de Carlos, el hombre íntegro y protector que creía tener al lado, sino que me reducía a mí a un mero premio de consolación.
Una mujer inofensiva. Una santa elegida por descarte.
Sentí una punzada de asco hacia mi marido, hacia su debilidad disfrazada de caballerosidad, y de repente, el calor que Ramón me había provocado en la entrepierna se transformó en una necesidad violenta de venganza.
Ramón lo vio en mis ojos. Antes de que pudiera asimilarlo, me agarró de la muñeca con una fuerza implacable y me obligó a ponerme de pie de un tirón seco. Mi cuerpo impactó directamente contra el suyo, tan duro como una roca.
Metió la rodilla entre mis piernas con un movimiento firme y seguro, obligándome a separarlas apenas unos centímetros y dejándome atrapada contra él.
Intenté resistirme por puro instinto, aferrándome a los últimos restos de cordura que me quedaban, pero mi cuerpo ya no parecía dispuesto a obedecerme.
—Mírame —ordenó en voz baja.
Levanté la vista.
Ramón sostuvo mis ojos con una calma insultante, como si ya supiera exactamente lo que estaba ocurriendo dentro de mí.
—Llevas días luchando contra esto —murmuró—. Contra mí. Contra ti misma. Contra lo que sabes que está pasando.
Sentí que la respiración se me quebraba.
—No sabes nada de mí —traté de protestar.
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—Sé más de lo que crees.
Su seguridad me enfurecía. Y, precisamente por eso, también me desarmaba.
Sentí su mano deslizarse bajo la bata, ascendiendo lentamente por la cara interna de mis muslos.
—Ramón... —jadeé.
Pretendía que sonara como una advertencia, pero incluso para mis propios oídos sonó más a súplica que a rechazo.
Su mano siguió avanzando. Noté el calor de sus dedos a través de la ropa interior y un estremecimiento me recorrió de arriba abajo.
—Estoy seguro de que con Carlos no te mojas así —susurró junto a mi oído—. Estás empapada, Elena. No puedes negarlo.
Aquellas palabras impactaron en mí con una fuerza absurda.
Porque una parte de mí seguía queriendo odiarlo. Y otra, mucho más peligrosa, empezaba a temer que tuviera razón.
Me agarró por la nuca con una brusquedad que me robó el aliento, anulando cualquier posibilidad de distancia. Sus labios encontraron los míos en un beso feroz, cargado de una intensidad que me golpeó de lleno. Durante un instante eterno, todo pareció desdibujarse a mi alrededor.
Le devolví el beso sin pensar, movida por una mezcla explosiva de adrenalina, rabia y deseo contenido. Me aferré a él con una necesidad que me resultó tan humillante como irresistible, sintiendo cómo se derrumbaban una tras otra las últimas defensas que había intentado mantener en pie.
Ya no era capaz de distinguir dónde terminaba mi enfado y dónde comenzaba aquella atracción que llevaba demasiado tiempo creciendo en silencio.
Pero entonces el rostro de Amanda atravesó mi mente como una cuchillada.
Amanda.
Mi mejor amiga. La mujer con la que había compartido secretos, cafés interminables y tardes enteras recorriendo tiendas. La mujer que confiaba en mí.
Y después apareció Carlos.
Mi esposo. El hombre que, por blando o cobarde que pudiera parecerme, me amaba con una devoción que jamás había puesto en duda. El padre de mis hijos. El compañero de toda una vida.
La realidad me golpeó con una violencia brutal.
Reuniendo las pocas fuerzas que me quedaban, le planté una mano en el pecho y lo empujé con desesperación, rompiendo el beso de golpe.
Retrocedí varios pasos trastabillando hasta chocar contra el borde del sofá. Me llevé una mano a los labios, jadeando, con el corazón desbocado y las piernas temblando bajo el peso de la culpa.
Me cerré la bata con movimientos torpes, sintiéndome repentinamente desnuda, expuesta y vulnerable en mitad de mi propio salón.
—¡Márchate, Ramón! —espeté en un susurro feroz, con los ojos brillantes de pánico y rabia—. Sal de mi casa ahora mismo.
Él no se movió.
—Elena...
—¡He dicho que te vayas! —lo interrumpí, dando un paso atrás—. Vete... o te juro por lo más sagrado que llamaré a Carlos y le contaré que estás aquí.
Ramón no se alteró lo más mínimo. Dio un paso atrás con una tranquilidad exasperante y se ajustó los puños de su impecable camisa italiana con una parsimonia casi ofensiva.
Después me observó en silencio.
Su mirada recorrió mi rostro, mis manos temblorosas y la bata mal cerrada con la calma de quien acaba de confirmar una sospecha largamente esperada.
Aquella sonrisa contenida me heló la sangre. No era la sonrisa de un hombre rechazado. Era la de un hombre que sabía que había ganado. Que, aunque lo expulsara de mi casa aquella mañana, algo había cambiado para siempre entre nosotros.
Algo que ya no podía deshacerse.
Tras unos segundos de silencio insoportable, tomó el maletín de piel que había dejado sobre la mesa y caminó hacia la salida sin prisa, con esa seguridad insolente que parecía acompañarlo a todas partes.
La puerta se cerró a su espalda.
Y yo me quedé sola en el salón, escuchando mis propias respiraciones entrecortadas, tratando inútilmente de convencerme de que acababa de detener una catástrofe, cuando en el fondo de mi alma ya empezaba a sospechar que llegaba demasiado tarde.