Capítulo 7
Odiaba madrugar. Mi vida estaba construida alrededor del confort y la ausencia de prisas; solía levantarme pasadas las once, disfrutando de ese pequeño estatus de reina del hogar que me permitía gobernar mis días a mi propio ritmo.
Tampoco me gustaba acostarme temprano. Adoraba alargar las noches en la tranquilidad del salón, leyendo una novela o viendo la televisión hasta bien entrada la madrugada.
Por eso, cuando me despertaba, Carlos llevaba horas en el bufete y mis hijos ya estaban en clase. El chalé permanecía sumido en un silencio perfecto que siempre me había parecido uno de los grandes lujos de mi vida.
Un golpe seco en la puerta del dormitorio quebró aquella paz de forma abrupta.
—¿Señora? —la voz de Rosa, la empleada doméstica, sonó con claridad al otro lado de la puerta.
Fruncí el ceño y me incorporé ligeramente entre las sábanas.
—¿Qué hora es, Rosa? —pregunté, todavía adormilada—. ¿Ha pasado algo?
—Don Ramón está abajo —dijo Rosa tras una breve vacilación, escogiendo las palabras con cuidado, consciente de que a esas horas de la mañana mi cerebro todavía funcionaba a medio gas—.
Le he explicado que seguía acostada y que no se encontraba bien, pero ha insistido de una forma muy firme en que la despertara.
Dice que tiene que hablar con usted de algo muy importante.
Me incorporé de golpe.
El sueño desapareció de inmediato y un nudo helado me atenazó el estómago.
¿Qué demonios hacía Ramón en mi casa a aquellas horas?
El pánico me cerró la garganta. Mi mente saltó de inmediato a la peor posibilidad. ¿Le habría ocurrido algo a Carlos? ¿Un accidente de coche? ¿Un infarto en mitad de una vista? ¿Alguna desgracia relacionada con los niños?
—Está bien, Rosa. Puedes retirarte —respondí mientras apartaba las sábanas con manos temblorosas—. Dile que ahora mismo bajo.
Sin pararme a pensar, abrí el cajón de la cómoda, agarré las primeras bragas que encontré —unas sencillas de algodón de color carne, el uniforme invisible de una madre de familia respetable— y me las subí por las piernas a toda prisa.
Me eché por encima la bata de raso color perla, la anudé con fuerza alrededor de mi cintura, marcando sin querer la silueta de mis curvas, y bajé las escaleras a paso rápido.
Iba descalza, sintiendo el frío del suelo bajo la planta de los pies, con el cabello rojizo alborotado y la respiración contenida.
Al llegar al umbral del salón, me detuve en seco.
Ramón estaba de pie junto al gran ventanal, observando mis hortensias con una parsimonia insultante.
Vestía uno de sus trajes impecables de tres piezas, un gris marengo de raya diplomática que sabía perfectamente que le hacía a medida un sastre italiano del barrio de Salamanca.
Al escuchar mis pasos, se giró despacio.
Sonrió. Una mueca lenta, cínica y cargada de una superioridad que me congeló la sangre.
—Vaya, Elena. Siento haber perturbado tu descanso.
No sabía que te levantaras tan tarde, son las diez y media de la mañana —dijo, arrastrando las palabras con esa voz grave que parecía adueñarse de las paredes de mi propia casa.
Sus ojos oscuros me recorrieron sin el menor pudor, deteniéndose en mis pies descalzos, subiendo por las piernas desnudas que asomaban por la bata ceñida y clavándose finalmente en mi escote.
—¿Qué haces aquí? ¿Le ha ocurrido algo a mi esposo? —pregunté, con el corazón en un puño.
—¿Tiene que pasar algo para que me apetezca venir a visitar a la mujer de mi socio?
—su tono era puramente burlón, como si disfrutara de mi desconcierto—.
Ven y siéntate a mi lado, y ábrete un poco la bata —sonrió con una ironía lasciva—.
Por Dios, la llevas tan apretada que te va a cortar la respiración.
Miré de reojo hacia el pasillo que conducía a la cocina, temerosa de que Rosa anduviera cerca. «Siempre fue una chismosa». Traté de recomponer mi postura, cruzando los brazos sobre el pecho para ocultar el temblor de mis manos.
—Será mejor que te marches, Ramón… No tengo el día para soportar más impertinencias.
Se sentó y me hizo un gesto imperioso con la mano, indicando el espacio en el sofá a su lado. Era una orden silenciosa. Mi cuerpo, traicionando a mi razón, obedeció por puro impulso y me senté, manteniendo una distancia prudencial.
—¿Más impertinencias? —Me sostuvo la mirada. La burla había desaparecido de su rostro. Sus ojos, astutos y atentos, parecían analizar cada una de mis reacciones con una intensidad incómoda—. Cuéntame qué ha pasado.
Lancé un suspiro amargo, incapaz de contener la frustración que llevaba dentro.
—Nada... Lo de siempre —respondí encogiéndome de hombros—. Paula estuvo ayer en casa.
—Mmm… —Al pronunciar el nombre de la chica, Ramón hizo un gesto sutil con los labios, como si se relamiera, un detalle que me revolvió el estómago y me hizo sentir un profundo asco—. Es toda una preciosidad esa cría, ¿no te parece?
—Lo que a mí me parece es que es una maleducada, además de… —hice una pausa entornando los ojos—. Mejor será que no diga nada más… es la hija de mi marido y no quiero que le vayas con el cuento a Carlos. Bastante tiene el pobre.
—¿Tienes mala relación con tu hijastra?
—No es mi hijastra, es la hija de mi marido —corregí con brusquedad—.
Y sí, nos detestamos. Ella cree que sigo ocupando un lugar que debería pertenecer a su madre, y yo estoy harta de verla aparecer cada vez que necesita dinero para alguna de sus ocurrencias.
Siempre encuentra la manera de recordarme que, por muchos años que lleve casada con Carlos, nunca formaré parte de la historia que compartieron antes de que yo llegara.
—Sofía... una zorra con clase —dijo sin apartar los ojos de los míos—. Pero para mi gusto no te llega ni a la suela de los zapatos, Elena.
Aquellas palabras me desarmaron más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El halago era tosco, incluso vulgar, pero llegaba en el momento exacto.
Después de la discusión con Paula y de la tibieza con la que Carlos me había defendido, sentirme valorada por un hombre como Ramón tuvo un efecto perturbador sobre mí.
Noté una cálida sensación de satisfacción extendiéndose por mi pecho. Y, para mi vergüenza, descubrí que quería seguir escuchándolo hablar.
—¿Cómo era Sofía cuando estaba casada con Carlos? —pregunté casi en un susurro.
—Lástima que no me diera tiempo a acostarme con ella para poder darte un informe completo —soltó con una media sonrisa que no me permitió saber si estaba bromeando o hablando en serio.
Negué con la cabeza, escandalizada, aunque una parte de mí ya empezaba a sospechar que Ramón disfrutaba provocándome.
—Era una mujer encantadora con Carlos. Cariñosa, atenta, siempre pendiente de él.
Hacían muy buena pareja —añadió mientras apoyaba la espalda en el sillón—.
Cuando se divorciaron, la noticia cayó como una bomba entre nuestros amigos.
Nadie se lo esperaba. ¿Sabes por qué Carlos nunca llegó a superar del todo aquel divorcio?
Fruncí el ceño.
—Supongo que la imagen de ver a tu esposa follando con su monitor del gimnasio tiene que ser difícil de olvidar. Eso destroza a cualquiera.
Ramón me sostuvo la mirada durante unos segundos. Había algo inquietante en la tranquilidad con la que me observaba, como si ya supiera exactamente lo que iba a decir y estuviera disfrutando de la espera.
—Lo que de verdad destrozó a Carlos no fue la infidelidad.
—¿Ah, no?
—No. Lo que le destrozó fue comprender que nunca había sido suficiente hombre para ella.
Negué con la cabeza.
—Qué tontería. Carlos le pidió el divorcio porque Sofía lo engañó. No porque no pudiera complacerla en la cama.
—¿Le pidió el divorció? —Ramón soltó una carcajada breve, limpia y cargada de una compasión tan insultante que me dejó helada—. ¿Eso te ha contado?
Lo miré sin comprender.
—¿Qué quieres decir?
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿De verdad crees que fue Carlos quien puso fin a aquel matrimonio?
Sentí una incómoda presión en el estómago.
—Eso es exactamente lo que me contó. Que ella le imploró perdón, pero quiso alejarla de su vida.
—Entonces te mintió.
Las palabras cayeron entre nosotros como una piedra en mitad de un estanque.
—Fue Sofía quien se marchó, Elena.
Me quedé inmóvil, con los dedos agarrotados sobre la tela perla de mi bata. El eco de los ruidos de Rosa en la cocina pareció desvanecerse, sustituido por el zumbido ensordecedor de una verdad que intuía devastadora.
—¿De qué demonios estás hablando, Ramón? —exigí saber, perdiendo por completo la compostura. Mi voz sonó demasiado aguda, demasiado herida.
Ramón se recostó en el respaldo del sofá, entrelazando sus dedos largos sobre la rodilla, contemplándome con la fría superioridad del abogado que acaba de desmontar al testigo principal de la acusación.
—Sofía lo abandonó a él porque se aburría soberanamente en su cama, en su vida y en este mismo chalé que ahora tú gobiernas como si fuera un palacio.
Tu marido fue quien suplicó, lloró y se arrastró durante meses para que ella volviera, firmando cheques en blanco.
Incluso llegó a decirle que le permitiría tener aventuras siempre que fuera discreta, que se haría el tonto como si no se diera cuenta.
Las palabras me golpearon con la fuerza de un impacto físico. Sentí que el suelo bajo mis pies descalzos se volvía de hielo. ¿Carlos arrodillado? ¿Mi esposo, el hombre cuya rectitud e intachabilidad eran los pilares de mi seguridad, se había rebajado de esa manera por la zorra de su exmujer?
—Mientes —susurré, aunque la convicción se me estaba escapando por los poros—. Mientes para envenenarme, para hacerme daño.
—¿Por qué iba a mentirte? —Ramón se levantó despacio. Su imponente figura con el traje gris marengo recortó la luz del ventanal, proyectando una sombra alargada que me envolvió por completo—. Carlos es un cobarde emocional.