Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 6
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Capítulo 6

La pantalla seguía encendida entre mis dedos temblorosos, mostrando esas palabras crudas que devoraban lo que me quedaba de cordura: «Tengo curiosidad por saber de qué color llevas hoy las bragas.»

Pero antes de que pudiera procesar el impacto de Ramón, la indignación y el desprecio hacia mi propio marido me ahogaron.

Cerré los ojos con fuerza, apretando el teléfono contra mi pecho, sintiendo cómo las lágrimas de rabia me quemaban los párpados.

La culpa de todo lo que estaba ocurriendo en mi cabeza no era solo mía; era de Carlos.

De su debilidad. De su maldita cobardía.

Me eché hacia atrás en la cama, mirando al techo, odiándolo con una intensidad que me asustó.

Carlos me había dejado desamparada. Una vez más, ante el menor soplido de tormenta, había preferido anteponer al parásito de su hija antes que defender a la mujer que llevaba veinte años manteniéndole la vida en orden.

Paula lo manipulaba como quería con esa habilidad que había heredado de su madre, y Carlos siempre terminaba defendiéndola una y otra vez, permitiendo que me rebajara, que me llamara «loca» y que me mirara como si yo fuera la criada de la casa.

Esa estúpida niñata había dicho que la zorra de su madre era inolvidable para mi esposo. Y él no lo había negado…

—Que te den, Carlos —susurré en el silencio de la habitación, sintiendo cómo algo sagrado se rompía definitivamente dentro de mí. Si mi decencia no valía nada en esta casa, ¿para qué seguir protegiéndola?

Bajé la mirada de nuevo hacia el teléfono. El mensaje de Ramón seguía allí, frío, dominante, flotando como un salvavidas perverso en mitad de mi naufragio emocional.

Me levanté de la cama despacio, impulsada por un morbo oscuro que ya no quería contener.

Me acerqué al espejo del vestidor. Llevaba una falda midi gris y una blusa beige, un conjunto de mujer madura que escondía mi feminidad, pero me daba cierta elegancia.

Deslicé las manos por la cintura y bajé la cremallera; la tela cayó al suelo, dejándome en ropa interior frente a mi propio reflejo.

Esa mañana me había puesto unas bragas de encaje de algodón blanco. Sencillas. El uniforme de una madre de familia decente. Sin embargo, al mirarme la entrepierna, descubrí con una mezcla de humillación y un placer eléctrico que la tela blanca estaba oscurecida por una mancha húmeda.

Giré el rostro, aterrorizada de que Carlos pudiera subir las escaleras en cualquier momento. Sabía que tarde o temprano, cuando esa zorra se marchara haciéndose la víctima, vendría a pedirme perdón. Siempre lo hacía; no soportaba verme enfadada.

«Blancas».

En cuanto el doble tic azul brilló en la pantalla, el pánico me golpeó el pecho como una maza. ¿Qué demonios acababa de hacer? Miré la palabra «blancas» impresa en el chat y me sentí la mujer más estúpida, sucia y miserable del planeta.

Con los dedos tropezando por el temblor, pulsé sobre el número desconocido, busqué la opción en rojo y le di a bloquear. Borré la conversación entera, eliminando el rastro como si eso pudiera eliminar también la humedad que sentía entre las piernas.

Lancé el teléfono sobre la mesilla, me metí en la cama, tapándome hasta la barbilla con la colcha, y me eché a llorar. Eran lágrimas amargas, de pura frustración.

Apenas dos minutos después, el pomo de la puerta giró y Carlos entró en la habitación.

Al verme hecha un ovillo y con los hombros sacudidos por el llanto, se le mudó el color del rostro. Se acercó despacio a la cama y se sentó en el borde, hundiéndose levemente en el colchón.

—Elena… cariño, por favor, mírame —pidió con una voz rota, cargada de esa culpabilidad predecible que siempre le afloraba después de una de nuestras broncas—. Lo siento. De verdad que lo siento muchísimo.

—Déjame en paz —logré articular entre sollozos, hundiéndome más en la almohada—. Márchate abajo. Vete con ella.

—Paula ya se ha ido. Me ha pedido que te diga que lo siente mucho y que te pida perdón por lo que te ha dicho —murmuró.

Se inclinó sobre mí y me rodeó con los brazos por encima de la sábana, atrayéndome contra su pecho con una ternura que, en aquel momento, me resultó insoportable. Me besó el pelo una y otra vez, como si pudiera borrar el dolor a fuerza de cariño.

Sabía que era mentira. Estaba segura de que esa niñata se había ido despotricando contra mí.

—Perdóname, Elena. De verdad. He reaccionado mal. Me he visto superado por la situación... —insistió.

Suspiré con tanta fuerza que sonó como un sollozo.

—Es que nunca me defiendes, Carlos —le espeté, zafándome lo justo para mirarlo a la cara, con las mejillas empapadas—. Siempre la pones por delante de mí. Puede que Paula tenga razón, ¿sabes? Puede que en el fondo sigas acordándote de tu ex, que sigas comparándome con ella.

Carlos me miró horrorizado, como si le hubiera clavado un puñal. Me cogió la cara con las dos manos, obligándome a sostenerle la mirada.

—No vuelvas a decir eso, Elena. Para mí solo ha habido una mujer en este mundo, y eres tú. Me divorcié de ella porque no la soportaba.

—Pues no lo parece —susurré, aunque la dureza de mi tono empezó a flaquear ante su devoción.

—Sé que Paula es insoportable a veces, pero intenta comprenderla.

Hazlo por mí —suplicó, acariciándome las mejillas con los pulgares—.

Es joven, inmadura, y ha crecido en una familia completamente disfuncional con una madre que cambia de novio cada seis meses.

Está resentida. Te prometo que voy a hablar con ella, y que esto no va a volver a pasar.

Su sumisión y sus palabras de arrepentimiento empezaron a ablandar mi rabia.

Carlos era un buen hombre. Demasiado blando, demasiado ingenuo, pero me amaba con locura.

Verlo así, casi suplicando mi perdón, despertó en mí una necesidad urgente de borrar lo que acababa de hacer con el teléfono.

Necesitaba refugiarme en su normalidad para alejar el fantasma de Ramón.

Lo agarré por el cuello de la camisa y lo tiré hacia mí. Carlos entendió la señal de inmediato.

Nos envolvimos en un abrazo urgente, torpe por la culpa y la necesidad de reconciliación.

Carlos me quitó la blusa con una prisa que no era habitual en él, me apartó el sujetador hasta dejarme en bragas.

Al bajármelas, ni siquiera reparó en la intensa humedad que ya me empapaba; pensó, en su bendita inocencia, que era fruto del deseo que él me provocaba.

Se colocó entre mis muslos y me penetró con fuerza, buscando sellar su perdón a través del cuerpo.

Me dejé llevar por su ritmo mecánico, aferrándome a sus hombros, forzando los gemidos para convencerlo de que todo estaba bien, de que volvíamos a ser el matrimonio perfecto.

Carlos se movió sobre mí, tierno pero firme, entregándose por completo hasta que, con un suspiro largo y ahogado, se corrió dentro de mí, abrazándome como si temiera que me fuera a evaporar entre sus brazos.

Se quedó acostado a mi lado, pegado a mi cuerpo, acariciándome la cadera con suavidad mientras recuperaba el aliento.

—Te amo, Elena —susurró, mirándome con una sonrisa dulce—. ¿Sabes qué? Nos vamos a ir unos días a París, tú y yo solos. Sé perfectamente lo mucho que te encanta esa ciudad. Voy a pedirle a Ramón que se encargue del bufete.

Sentí un vuelco frío en el estómago al escuchar el nombre de Ramón salir de la boca de mi marido, precisamente ahora que estaba recién follada y con su semen enfriándose en mi interior.

—¿A París? —alcancé a decir, forzando una sonrisa—. Hace tiempo que no me llevas.

—Sí, a París. Te lo mereces todo, mi amor.

Carlos me dio un último beso y se levantó para ir al baño a limpiarse. En cuanto se cerró la puerta, estiré el brazo hacia la mesilla y cogí el teléfono. El corazón me dio un vuelco salvaje al ver la pantalla de bloqueo.

Tenía una llamada perdida de un número oculto. Era él. Ramón me había llamado desde otra línea mientras mi marido estaba encima de mí.