Capítulo 5
La paz en mi casa se rompía cada vez que Paula cruzaba el umbral de la puerta.
Paula tenía veinticinco años y era la hija del primer matrimonio de mi marido.
Cada vez que ponía un pie en nuestro chalé, mis nervios se ponían a flor de piel.
Era imposible mirarla sin ver en ella el reflejo de su madre, Sofía, una zorra con la que Carlos arrastraba una relación pésima debido a una infidelidad rastrera del pasado.
Pero el fantasma de esa mujer seguía flotando sobre nosotros.
Yo arrastraba unos celos amargos y viscerales, alimentados por la forma en que Sofía manipulaba a Carlos a través de la culpa por el divorcio.
Carlos se sentía tan responsable de que Paula hubiera crecido sin una familia estable que toleraba los caprichos de una hija que había salido idéntica a su madre: una vividora egoísta y manipuladora.
Ese sábado por la tarde, Paula había venido, como siempre, a exprimir a su padre.
Otra de sus «grandes ideas de negocio» había quebrado y Carlos ya estaba en el despacho con el talonario fuera.
Nuestra relación era una farsa de cordialidad fingida detrás de la cual nos odiábamos abiertamente.
Le divertía cabrearme de forma sutil, disfrutando del poder que tenía sobre mi marido.
Pero lo que más me revolvía el estómago era ver a Pablo, mirándola con adoración como si no hubiera mujer más hermosa en el mundo. Ella sabía que mi hijo estaba completamente coladito por ella. Le divertía jugar con él, provocarlo y tenerlo comiendo de su mano en mis propias narices.
Era una chica tremendamente llamativa, con un cuerpo escultural que sabía potenciar al máximo. Llevaba unos shorts vaqueros diminutos y un top blanco de tirantes, tan ajustado que hacía evidente que no llevaba sujetador. Exudaba esa juventud insolente y provocativa que a mí me ponía enferma.
Pablo estaba sentado en el sofá con el móvil en la mano, pero sus ojos seguían cada movimiento de sus caderas con una fijeza patética.
Ella se inclinó sobre la mesa baja, estirando la espalda de una forma descarada para coger su bolso, asegurándose de que mi hijo tuviera una vista perfecta de su trasero.
Entonces apareció Carlos, y el ambiente se volvió aún más turbio. Paula se giró hacia él con una sonrisa melosa, arrastrando las palabras con ese tono cantarín tan propio de las niñas bien de Madrid.
—Gracias, papá. Eres ideal… el mejor del mundo —dijo, acercándose a él de una manera que me congeló la sangre.
Se pegó a su cuerpo con demasiada cercanía.
Le rodeó el cuello con los brazos, arqueando la espalda de modo que sus pechos se aplastaron contra el cuerpo de mi marido.
Le plantó un beso ruidoso cerca de la comisura de los labios y luego apoyó la barbilla en su hombro, mirándolo desde abajo con unos ojos entornados, felinos y seductores.
Había demasiado contacto físico, demasiada sinuosidad en sus posturas.
Se comportaba con él de una forma tan juguetona y provocativa que, si no conociera la rectitud intachable de mi esposo, habría jurado que tenían una relación incestuosa.
A veces pensaba, con horror, que ella lo hacía a propósito; buscaba seducirlo psicológicamente para mantenerlo bajo su control absoluto.
—Mamá te manda recuerdos desde Capri. Está allí con Tony de vacaciones… Dice que está haciendo un tiempo ideal.
Carlos torció el gesto. Se sentía incómodo de que hablara de su madre en mi presencia, y yo apreté los dientes disimulando la rabia que me corroía.
La zorra de Sofía iba enlazando una relación tras otra, siempre con hombres poderosos y adinerados capaces de proporcionarle el nivel de vida que exigía.
Por aquel entonces salía con un tal Tony, un empresario que ya había superado los sesenta años y que, según le había oído comentar a Carlos en más de una ocasión, tenía algunos negocios bastante turbios en la Costa del Sol.
No pude contener el veneno que me quemaba la garganta.
—Seguro que esta vez tu madre ha encontrado por fin al hombre de su vida —solté con un sarcasmo tan ácido que ni siquiera intenté disimular.
Paula se enderezó despacio, aún medio abrazada a Carlos. Me miró con una suficiencia aplastante, como si yo fuera la mascota de la casa, un ser inferior que ni siquiera merecía estar en esa conversación.
—Mamá no se cansa de repetir que el hombre de su vida siempre será papá… —dijo, arrastrando las palabras con una dulzura perversa mientras le daba otro beso en la mejilla a mi esposo, mirándome fijamente a los ojos.
—¡Qué romántico…! —solté sin poder contenerme—. Aunque creo recordar que esa gran historia de amor terminó el día que tu padre abrió una puerta y encontró a tu madre con su monitor de fitness entre las piernas.
Paula se quedó inmóvil apenas un segundo. Solo uno. Pero fue suficiente para que yo disfrutara viendo cómo la máscara perfecta de niña pija y segura de sí misma se resquebrajaba ligeramente.
Después sonrió. Lentamente. No fue una sonrisa avergonzada, sino peligrosa. Fría.
Se separó por fin de su padre con una calma estudiada, se recolocó el pelo detrás de la oreja y me miró de arriba abajo con un desprecio elegante y venenoso.
—Supongo que algunas mujeres pueden permitirse cometer errores sin dejar de ser inolvidables —dijo encaminándose hacia la puerta.
—Callaos… me estáis avergonzando las dos —gritó Carlos dando un suspiro—. ¡Joder, siempre estáis igual!
Sentí cómo la sangre me hervía dentro del pecho. La sujeté por la muñeca. No iba a permitir que esa niñata engreída dijera la última palabra. Sus ojos se humedecieron ligeramente, aunque no de tristeza. Era rabia contenida.
—Suéltame, loca —dijo entre dientes, intentando zafarse.
—Solo vienes a esta casa cuando necesitas dinero. Eres igual de interesada que tu madre.
La mandíbula de Paula tembló.
Carlos dio un paso al frente, completamente pálido.
—¡Elena, basta! —rugió, perdiendo por fin esa calma burguesa que tanto presumía de mantener—. ¿Qué demonios te pasa?
Pero Paula ya había explotado.
—¿Qué le pasa? —rio con incredulidad, mirando a su padre—. Que me odia. Lleva años odiándome solo por existir. Porque tú sigues queriéndome aunque ella reviente de celos.
—¡Paula, por favor! —advirtió Carlos.
Ella se soltó bruscamente de mis manos.
—No pienso volver a esta casa para que esa loca me insulte como una verdulera de barrio —dijo, señalándome con el dedo mientras las lágrimas empezaban por fin a romperle la voz—. Y tú lo permites. Siempre lo permites.
Carlos abrió la boca, pero no le salió nada.
Me marché de allí, empujándola para huir antes que ella.
Subí a mi habitación con la cabeza a punto de estallar.
En cuanto cerré la puerta, me dejé caer sentada en el borde de la cama.
Me temblaban las manos. Me sentía humillada, desplazada por los fantasmas de la vida anterior de mi esposo y asfixiada en esa fachada de perfecta madurez que a nadie en esa casa parecía importarle.
Fue en ese instante de vulnerabilidad absoluta cuando el teléfono vibró en mi mano.
Era un mensaje de un número desconocido, sin foto de perfil. Lo abrí casi por inercia. En cuanto lo leí, el corazón se me paralizó.
«Tengo curiosidad por saber de qué color llevas hoy las bragas.».
Un escalofrío ardiente me recorrió la espalda, descendiendo lentamente hasta instalarse entre mis piernas, que reaccionaron con una humedad inmediata, involuntaria y feroz. No necesité leer un nombre. Supe al instante que era Ramón.