Pervetida por el Socio de mi Marido Capítulo 4
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Capítulo 4

Carlos se movía encima de mí con el mismo ritmo previsible de siempre. En la penumbra del dormitorio, con la lámpara de la mesilla apagada, yo me limitaba a permanecer inmóvil, sintiendo el peso de su cuerpo y el roce rutinario de sus manos sobre mi piel. No hablábamos. Nunca lo hacíamos.

Mientras él seguía entregado a aquella coreografía repetida cientos de veces, yo mantenía la vista fija en el techo. Cada minuto parecía alargarse más que el anterior. Y, para mi vergüenza, lo único que deseaba era que terminara cuanto antes.

Esa noche mi mente estaba muy lejos de aquella cama. Seguía en el porche de mi casa, saboreando el veneno de las palabras de Ramón una y otra vez.

Sabía perfectamente lo que Carlos esperaba de mí. Siempre aguardaba la señal. Ese pequeño cambio en la respiración, un leve estremecimiento, cualquier gesto que le permitiera convencerse de que yo había disfrutado tanto como él. Entonces, y solo entonces, se permitía eyacular dentro de mí.

Carlos pertenecía a esa extraña categoría de hombres que, siendo mediocres amantes, necesitan creer exactamente lo contrario. Era una cuestión de orgullo, aunque estuviera disfrazada de sensibilidad.

Así de atento, de generoso y de correcto siempre fue mi esposo.

Forcé el gemido en el momento justo, arqueando sutilmente la espalda y apretando los muslos. Sintiendo mi falsa respuesta, Carlos se tensó, emitió un suspiro ahogado y comenzó a correrse.

Cuando me desmontó, el colchón cedió levemente. Se acostó a mi lado, con la respiración aún agitada por el esfuerzo, y me pasó el brazo por encima de los hombros para atraerme hacia su pecho.

—Eres maravillosa, Elena —susurró cerca de mi oído, plantándome un beso tierno y húmedo en la frente—. Te quiero cada día más.

Cerré los ojos en la oscuridad, sintiendo el latido regular de su corazón bajo mi mejilla. Carlos estaba relajado, respirando con la paz del marido que cree haber cumplido con su deber de hombre.

Y hasta hacía apenas unos días, yo también lo habría creído.

Sin embargo, la forma en la que me había mirado y hablado Ramón había abierto una grieta que no dejaba de ensancharse. Una duda incómoda, persistente.

Si el sexo era solo eso, ¿por qué había inspirado canciones, novelas, guerras y locuras a lo largo de la historia? ¿Por qué tantas personas arriesgaban matrimonios, familias y vidas enteras persiguiéndolo? ¿Por qué movía el mundo?

Tenía que existir algo más. Algo que yo nunca había conocido. Algo capaz de hacer temblar los cimientos de una vida aparentemente perfecta.

De repente sentí la necesidad de invocar el nombre de Ramón en esa cama, de meterlo entre nosotros dos justo después de haber follado; se volvió una pulsión irresistible. Necesitaba hablar de él.

—Carlos… —rompí el silencio, con la voz ligeramente ronca—. ¿Qué tal te cae Ramón como persona? Debe ser complicado trabajar con alguien como él.

Noté cómo el cuerpo de mi marido se tensaba ligeramente, sorprendido por una pregunta tan extraña a aquellas horas. Normalmente, después de hacer el amor, nos quedábamos dormidos casi de inmediato.

—¿Ramón? —repitió, acomodándose sobre la almohada—. ¿Cómo quieres que me caiga? Además de mi socio, es mi mejor amigo.

La admiración era evidente en su voz. Ramón siempre había sido una figura importante para él, algo parecido a un hermano mayor.

—No sé... A veces me da la sensación de que es demasiado prepotente —respondí con cautela—. Como si se sintiera por encima del resto.

Carlos soltó una breve carcajada.

—Es verdad que puede parecerlo. Pero no creo que sea tan duro como aparenta. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada... —murmuré, acomodando la cabeza sobre su hombro mientras fingía una curiosidad casual que me quemaba por dentro—. A veces pienso que trata a Amanda como si le perteneciera.

—Es su esposa. ¿Te ha dicho algo Amanda?

Suspiré.

—No. Ella siempre habla bien de él. Son solo impresiones mías.

—Bueno, es un tiburón, Elena. En nuestro negocio tienes que serlo si quieres llegar arriba.

Ramón provoca ese efecto en la gente; lo veo todos los días en los juzgados.

Hay abogados que se ponen nerviosos en cuanto lo ven entrar en una sala.

Tiene un instinto depredador increíble, pero creo que gran parte de eso es una coraza.

—Creo que anula a Amanda —insistí, escarbando un poco más de lo que debería en la intimidad de nuestros amigos—. Cuando él está cerca, ella cambia por completo. Se vuelve mucho más reservada. Más callada. No parece la misma mujer.

Carlos permaneció unos segundos en silencio antes de responder.

—Ramón es un hombre al que le gusta tener el control de todo lo que le rodea —dijo al fin—.

Pero debes entender de dónde viene. Nos conocemos desde hace muchísimos años.

Cuando yo era un simple pasante, un crío asustado que apenas sabía redactar una demanda, Ramón ya era un abogado respetado en Madrid.

Tenía despacho propio, contactos y una presencia que imponía respeto en cualquier sala.

Me enseñó casi todo lo que sé sobre este oficio.

Si hoy tenemos el bufete que tenemos, es en gran parte gracias a él.

Hizo una breve pausa.

—Le debo mucho más de lo que imaginas.

Carlos siguió hablando durante unos minutos, desgranando anécdotas del pasado. Yo lo escuchaba en silencio, pero mi mente solo procesaba una palabra: Control. Ramón controlaba los juzgados, controlaba a mi marido, controlaba a Amanda. Era el dueño de todo.

Cuando Carlos se quedó dormido, su respiración adquirió ese ritmo profundo y regular que siempre había logrado tranquilizarme. Yo, sin embargo, permanecí despierta, con los ojos fijos en las sombras que se dibujaban sobre el techo.

Intenté recordarme a mí misma que era una mujer afortunada. Tenía a mi lado a un hombre bueno, sensible y respetuoso. Un hombre que me cuidaba, que jamás me había faltado al respeto y que llevaba más de veinte años construyendo una vida conmigo.

Y, sin embargo, mientras sentía el calor de su cuerpo junto al mío, descubrí con horror que ya no me bastaba.

Me pregunté si ese hombre que hacía temblar a los jueces sería capaz de hacerme temblar a mí, hasta romperme en pedazos.

Y eso me hizo sentir sucia, y por primera vez me gustó la sensación de fantasear con serlo.