Capítulo 3
Los días posteriores a la fiesta de aniversario estuvieron marcados por una inquietud constante.
Las palabras de Ramón se habían instalado en mi cabeza como un parásito, apareciendo una y otra vez en los momentos más inesperados.
Bastaba con que Carlos me rozara en la cama para volver a escuchar aquella voz grave susurrándome al oído.
Esa tarde estaba en el centro de Madrid, recorriendo las exclusivas tiendas del barrio de Salamanca con Amanda.
Amanda tenía cuarenta y tres años, exactamente la misma edad que yo.
Sin embargo, a diferencia de mí, ella era plenamente consciente del efecto que provocaba en los demás.
Era una mujer espectacular. Llevaba el cabello rubio cortado en un bob impecable que enmarcaba unos ojos azules luminosos y una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera.
Tenía una figura esbelta, piernas largas y elegantes, y esa clase de atractivo que no necesitaba ser exagerado para llamar la atención.
Sabía vestir su cuerpo con inteligencia, escogiendo ropa moderna y favorecedora que realzaba su feminidad sin caer nunca en la vulgaridad.
Siempre me había parecido el alma de cualquier reunión.
Era divertida, ingeniosa y una conversadora brillante.
Cuando estábamos a solas, su risa sonora y despreocupada terminaba contagiándome incluso en los peores días.
Tenía una luz natural que atraía a la gente y que, si era sincera conmigo misma, siempre me había provocado una cierta envidia.
Sin embargo, aquella luz se apagaba de golpe en cuanto su marido aparecía.
Siempre había pensado que, al contrario que Carlos y yo, que formábamos una pareja equilibrada y predecible, ellos dos no tenían absolutamente nada que ver.
Ramón le llevaba trece años. A sus cincuenta y cuatro, no era un hombre guapo en el sentido convencional de la palabra.
Sus rasgos eran demasiado duros, demasiado severos para eso.
Sin embargo, poseía algo mucho más inquietante.
Era alto, ancho de hombros y tenía esa presencia que obligaba a la gente a apartarse ligeramente cuando entraba en una habitación.
Los trajes a medida parecían hechos para resaltar una autoridad que ya desprendía de forma natural.
Su mandíbula siempre tensa, la seguridad con la que se movía y aquella mirada altiva que parecía analizarlo todo transmitían una sensación de ascendencia casi incómoda.
No era el tipo de hombre al que una mujer miraba dos veces por su belleza. Era el tipo de hombre que conseguía que lo miraran una segunda vez por motivos mucho más peligrosos.
Hasta la propia Amanda parecía empequeñecer a su lado.
Era algo que había presenciado decenas de veces a lo largo de los años.
Bastaba con que Ramón apareciera para que su risa se apagara a mitad de una frase, sus hombros se tensaran ligeramente y aquella mujer brillante, divertida y despreocupada comenzara a medir cada palabra.
Siempre me había resultado inquietante contemplar aquella transformación.
Era como si la mera presencia de Ramón absorbiera el aire de la habitación, relegando a todos los demás a un segundo plano.
Y Amanda, que cuando estaba sola irradiaba seguridad y alegría, terminaba convirtiéndose en una versión más silenciosa, cautelosa y obediente de sí misma.
Estábamos en el probador de una boutique de la calle Serrano. Ella sostenía un vestido de seda azul marino, con un corte precioso pero con la espalda completamente descubierta. Se lo puso por delante, mirándose al espejo con una sonrisa que, de pronto, se desvaneció.
—No sé… —murmuró mientras se observaba de perfil—. No sé si esto le gustará a Ramón.
—¿Desde cuándo necesitas su aprobación para comprarte un vestido?
Amanda soltó una sonrisa divertida.
—No la necesito. Pero le conozco demasiado bien. Dirá que con este vestido voy a acaparar todas las miradas de la cena…
—¿Y eso le molesta?
—No. Si te soy sincera, creo que es precisamente lo que más le gusta de mí.
La observé en silencio, incapaz de apartar la vista de su reflejo.
Debería haberme parecido una actitud ridícula y posesiva. Sin embargo, la sonrisa divertida de Amanda impedía que la escena encajara en esa explicación tan sencilla.
No parecía una mujer controlada. Parecía una mujer consciente del efecto que provocaba en su marido. Y, por alguna razón que no terminaba de comprender, aquella idea me resultó mucho más inquietante.
Miré a mi amiga mientras se cambiaba. Ver aquel cuerpo perfecto, aquella seguridad que aparecía y desaparecía según Ramón estuviera o no presente, despertó en mí una inquietud difícil de explicar.
Durante años había observado cómo Amanda se transformaba en su presencia, cómo aquella mujer brillante y espontánea parecía volverse más cauta, más comedida.
¿Qué clase de hombre era Ramón lejos de las cenas, los despachos y las reuniones sociales? ¿Era aquella influencia que ejercía sobre ella tan intensa como parecía? ¿O era Amanda quien le entregaba voluntariamente una parte de sí misma que los demás nunca llegábamos a ver?
La idea me resultó inquietante.
—Al final no me lo llevo —dijo Amanda al salir del probador, vestida ya con su ropa de calle y con una sonrisa algo forzada—.
Tengo por lo menos veinte vestidos parecidos sin estrenar en el armario.
Además, mira la hora que es. Ya sabes que me gusta estar en casa cuando Ramón vuelve del gimnasio. Odia encontrarse la casa vacía.
—Claro, no te preocupes —respondí, intentando que mi rostro permaneciera impasible.
Nos despedimos en la esquina con dos besos rápidos en las mejillas. Me quedé observando cómo Amanda se alejaba a paso ligero entre la gente, ansiosa por llegar a casa antes que su marido.
No debería haber significado nada para mí.
Sin embargo, mientras la veía desaparecer al final de la calle, no pude evitar preguntarme qué clase de influencia ejercía Ramón sobre ella para que una mujer como Amanda reorganizara toda su vida alrededor de sus horarios.
Aquella pregunta me acompañó durante el resto del día, creciendo lentamente en mi interior como una inquietud que se negaba a desaparecer.