Capítulo 2
Tres meses atrás, mi mayor preocupación era que el catering para la fiesta de aniversario del bufete estuviera a tiempo y que las hortensias del jardín no se marchitaran antes de que llegaran los invitados.
Así de vacía era mi existencia. Vivía pendiente de detalles irrelevantes, refugiada en una cómoda rutina que durante años confundí con la felicidad.
Carlos y Ramón celebraban los veinticinco años de su asociación. Eran el tándem perfecto de los juzgados de Madrid: mi marido aportaba la elocuencia y una ética intachable; Ramón, la agresividad y el instinto depredador.
Los dos habían ganado mucho dinero, más del que cualquier familia podía necesitar para vivir cómodamente.
Sin embargo, ahí terminaban las similitudes.
Carlos siempre se había conformado con el bufete, nuestra casa y una vida tranquila.
Ramón, en cambio, jamás parecía satisfecho.
Había invertido en inmuebles, participado en distintos negocios y cultivado relaciones en los círculos políticos y empresariales más influyentes.
Los resultados estaban a la vista: aunque nosotros vivíamos muy bien, él y Amanda se movían en un mundo de lujo muy superior al nuestro.
Esa noche, nuestro chalé se llenó de risas, copas de champán y trajes caros.
Yo ejercía de anfitriona perfecta con un vestido de cóctel verde botella, cerrado hasta el cuello, de esos que las revistas de moda llaman elegantes y que, en realidad, convierten a una mujer atractiva en alguien completamente olvidable.
Ocultaba mis curvas, apagaba mi feminidad y me hacía parecer mayor.
Pasada la medianoche, la fiesta comenzó a apagarse lentamente.
Ángela ya se había marchado y Amanda descansaba en mi habitación, vencida por una de sus habituales migrañas.
Por primera vez en toda la noche me encontré sola.
Permanecí en el porche, disfrutando de la brisa fresca de la madrugada mientras recogía distraídamente algunas copas vacías de una de las mesas.
El jardín había quedado en silencio y las luces de la urbanización titilaban a lo lejos, envueltas en la calma engañosa de una noche cualquiera.
—Siempre tan perfecta, Elena. Siempre cuidando de todos... como si alguien se hubiera preocupado alguna vez de cuidarte a ti.
La voz de Ramón me sobresaltó. Apareció desde las sombras del jardín con la tranquilidad de quien jamás ha dudado de sí mismo.
Se había quitado la corbata y llevaba los dos primeros botones de la camisa abiertos.
La tenue iluminación del porche endurecía todavía más unos rasgos que nunca me habían parecido especialmente atractivos, pero sí peligrosos.
Era el marido de Amanda, mi mejor amiga. El socio de mi esposo. Un hombre al que debería haber considerado parte de la familia. Sin embargo, había algo en su mirada que siempre me obligaba a mantener la guardia alta, como si detrás de aquella cortesía impecable se escondiera algo mucho más oscuro.
—Alguien tiene que encargarse del desorden, Ramón —respondí con una sonrisa educada, esforzándome por ignorar el escalofrío que acababa de recorrerme la nuca.
Él no se movió. Permaneció a un par de pasos de distancia, observándome con una calma insolente. Sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo despacio, desde los zapatos hasta el rostro. No había prisa en aquella mirada. Tampoco el menor intento de disimulo.
—Qué desperdicio —dijo en voz baja.
Fruncí el ceño.
—¿Perdón? ¿El qué?
—Que te escondas así. Ese vestido es casi una ofensa para la mujer que hay debajo —dio un paso hacia mí, borrando la distancia de cortesía—.
Llevas años empeñada en convencer al mundo de que ya no sientes nada.
De que ya no eres capaz de temblar por una mirada, una palabra o una caricia. Pero no me engañas, Elena.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—A mí no —añadió.
El tono de su voz era tan bajo, tan íntimo, que sentí un nudo en el estómago.
Pensar que Amanda estaba arriba, a solo unos metros, y Carlos en el sótano, debería haberme obligado a dar media vuelta, llamarlo impertinente y marcharme.
Sin embargo, permanecí inmóvil. Mis pies parecían clavados al suelo de piedra.
No era miedo. O no solo miedo. Era una extraña mezcla de indignación y curiosidad, un morbo oscuro y eléctrico que jamás había experimentado.
Nadie me había hablado así. Carlos me miraba con adoración, con el cariño tranquilo y casi reverencial que se reserva para las cosas valiosas que uno teme perder. Ramón me estaba mirando como a una presa.
Y, por primera vez en mi vida, descubrí que no odiaba sentirme observada de esa manera.
—Estás borracho, Ramón. No digas tonterías —dije, intentando sonar ofendida. Sin embargo, mis dedos temblaron al dejar la bandeja sobre la mesa, traicionando una agitación que no tenía nada que ver con la indignación.
—No he probado el alcohol en toda la noche —replicó.
Dio un paso más y borró los últimos centímetros que nos separaban—.
Te pasas la vida fingiendo, Elena. Finges que eres feliz y que esa rutina te basta.
Pero te he visto. Estás hambrienta. Tu vida es tan aburridamente predecible que te estás marchitando por dentro.
—¡Cállate! —murmuré, mirando de reojo hacia la escalera. La sola idea de que Amanda pudiera aparecer en aquel instante me heló la sangre. Mi respiración se había vuelto irregular.
—Carlos es un abogado brillante... pero es poco hombre para ti.
Lo sabes igual que yo. Seguro que te hace el amor con tanta delicadeza que apenas consigue que te mojes —Ramón esbozó una sonrisa cruel, una mueca de puro dominio al percibir cómo mis caderas se tensaban bajo su mirada—.
No tiene ni la más remota idea de la mujer que tiene en casa.
Lleva años contemplando una versión domesticada de ti y ni siquiera se da cuenta.
No sabe quién eres de verdad. No sabe quién aparece cuando dejas de fingir.
Mis ojos se abrieron de golpe, clavándose en los suyos.
Sus palabras eran un insulto a la masculinidad de mi marido, a mi amistad con Amanda y a mi propia dignidad.
Sin embargo, la frase «apenas consigue que te mojes» resonó en mi vientre con un eco abrasador.
Una oleada de calor, repentina y vergonzosa, se extendió entre mis piernas bajo el recatado vestido verde.
Estaba horrorizada. Escandalizada.
Y más excitada de lo que recordaba haber estado en mucho tiempo.
Ramón leyó mi reacción en mis pupilas dilatadas. Supo, antes que yo, que había encontrado la grieta en mi armadura.
—Buenas noches, Elena —susurró—. Ve a buscar a Carlos. Deja que te abrace con su ternura predecible. Y cuando mañana vuelvas a tomar café con mi mujer, intenta no imaginar qué pasaría si algún día nos quedáramos a solas en mi despacho.
Se dio la vuelta y caminó hacia la entrada de la casa con una tranquilidad insultante.
Ni siquiera esperó una respuesta. Yo permanecí inmóvil en la penumbra del porche, con las piernas temblando y el corazón desbocado, descubriendo por primera vez el sabor amargo, prohibido y peligrosamente adictivo de la tentación.