Pervetida por el Socio de mi Marido
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Capítulo 1
Cerré la puerta principal del chalé y me apoyé de espaldas contra la madera, conteniendo la respiración.
Estaba temblando. Crucé las piernas instintivamente, apretando los muslos, y el roce me recordó que ni siquiera llevaba bragas.
El vestido blanco, ajustado a mis curvas, apenas me cubría la mitad de los muslos, y los tacones de aguja, que unas horas antes me habían hecho sentir irresistible, se habían convertido en un auténtico suplicio. Regresaba a casa recién follada.
Podía sentir la humedad deslizándose lentamente por la cara interna de mis muslos, cálida y pegajosa.
Olía a excesos, a hombre, a sexo y al aroma de mi propia excitación.
Mis labios ardían, hinchados por la violencia de sus besos, y cada latido de mi corazón parecía martillearme la conciencia. Acababa de engañar a mi marido.
Desde la cocina, al fondo del pasillo, me llegaron los murmullos de la televisión, el tintineo de los cubiertos y las risas de mis hijos. La estampa perfecta de la normalidad burguesa que yo misma había construido durante veinte años.
—¿Elena? ¿Eres tú, cariño? —la voz de Carlos, tranquila, predecible y rebosante de una confianza estúpida, llegó hasta mí.
Tragué saliva. Me miré en el espejo del recibidor y aparté el cabello rojizo de mi cuello, buscando alguna marca, un rastro de saliva o cualquier huella de sus besos que pudiera delatarme.
Después me peiné con los dedos, me coloqué el vestido y avancé hacia la cocina con la dignidad ensayada de la señora de casa.
Cada paso sobre los tacones de aguja me recordaba una verdad incómoda: ya no era la mujer respetable que mi familia creía conocer.
Al entrar, la luz blanca de la cocina me deslumbró. Carlos terminaba de servir un plato de pasta, mientras Pablo y Borja bromeaban sentados a la mesa.
—Siento llegar tan tarde —dije, y mi propia voz me sonó extrañamente serena para el caos que llevaba dentro—. Ya sabéis lo indecisa que es Amanda. Se ha pasado más de una hora probándose zapatos y, para colmo, el tráfico estaba imposible. El centro de Madrid a estas horas es una auténtica locura.
—No te preocupes, mamá, papá ha hecho espaguetis —dijo Pablo, mi hijo mayor, siempre tan atento conmigo.
Me incliné primero sobre Borja, que devoraba la cena con la cabeza puesta, sin duda, en el entrenamiento de fútbol de aquella tarde, y le dejé un beso en la mejilla.
Luego besé a Pablo. Al rozar su piel, sentí una punzada de culpa tan intensa que me cortó la respiración.
Finalmente me acerqué a Carlos. Mi esposo.
El hombre que me amaba con locura y que jamás, ni en sus peores pesadillas, podría imaginar lo que acababa de hacer.
Carlos me rodeó la cintura con el brazo, atrayéndome hacia él. El vestido se tensó sobre mi cuerpo y se me encogió el estómago. Mis bragas seguían en la guantera del Mercedes nuevo de su socio.
—Estás preciosa con este vestido, Elena. El blanco te sienta fenomenal, pero pareces cansada —susurró, plantándome un beso suave en los labios. Familiar. Predecible. Exactamente igual que todos los que me había dado durante los últimos veinte años.
Acepté su boca húmeda mientras mi mente saboreaba el contraste enfermizo. Hacía menos de media hora, era Ramón quien me besaba junto a los ventanales de un ático de la Gran Vía.
—Voy a subir a ducharme y a cambiarme. Cenad vosotros —alcancé a decir, apartándome de él antes de que descubriera en mi piel las huellas de mi traición.
Me descalcé y subí las escaleras de dos en dos, luchando contra el deseo irracional de volver a entregar mi cuerpo. Al entrar en el baño, eché el pestillo y me quité la ropa con movimientos torpes y apresurados. El vestido cayó a mis pies. Levanté la vista hacia el espejo.
Tenía las mejillas encendidas y las marcas de los dedos de Ramón aún visibles sobre la piel blanca y delicada de mis nalgas.
Me metí bajo el agua, dejando que el chorro arrastrara el semen de mi amante por el sumidero. Fue allí, con la frente apoyada contra los azulejos húmedos y el agua golpeándome la espalda, donde me pregunté cuándo había empezado a derrumbarse todo.
¿En qué momento la madre y ama de casa ejemplar, la pelirroja recatada que vestía de forma aburrida y estaba convencida de que el sexo era algo sobrevalorado, se había convertido en una zorra sumisa, adicta a las perversiones del socio de su marido?
Para comprender el abismo en el que me estaba hundiendo, tenía que regresar tres meses atrás.
Al día en que Ramón descubrió la grieta de mi armadura.