CAPÍTULO 8
Las palabras de Aris colgaron en el aire denso y perfumado del dormitorio, más pesadas que cualquier cheque. «Quiero que seas mía. Siempre». No era una pregunta. Era una sentencia. Una proclamación de propiedad.
Patty se sentó en la cama, las sábanas de seda enredadas alrededor de su cintura.
El brillo del post-orgasmo en sus ojos se desvaneció, reemplazado por una confusión helada.
El sabor de él todavía estaba en su boca, el aroma de su propio sexo llenaba el aire, testimonio de su rendición.
Pero esto… esto era diferente. Una hora era un cálculo, un negocio. «Siempre» era una jaula dorada.
—¿Mía? —repitió, su voz apenas un susurro, el acento venezolano más marcado que nunca por la tensión—. No… no entiendo. No es posible. Soy… yo.
—Ya no —respondió Aris, sentándose también.
No la miró con lujuria, sino con la frialdad de un coleccionista examinando una pieza nueva—.
Hace una hora, eras Patty, la mujer de la limpieza.
Ahora… ahora eres algo más. Algo mío. Has probado el poder, el placer sin límites.
¿Crees que puedes volver a fregar suelos después de esto?
La humillación de sus palabras fue un látigo, pero extrañamente, también encendió una chispa en ella.
Tenía razón. ¿Cómo podría volver a su vida normal?
Cada vez que viera un suelo sucio, recordaría su boca en él, su cuerpo expuesto.
Cada vez que recibiera su mísero salario, recordaría el peso del cheque, el sabor del dinero por su sumisión.
—Pero… ¿qué quiere decir? ¿Qué haría yo aquí? —preguntó, sus manos aferrándose a las sábanas como si fueran un ancla en una tormenta.
—Vivirías aquí, conmigo —dijo Aris, levantándose y paseando por la habitación como un león en su territorio—.
Tendrías de todo. Comida, ropa, cualquier capricho que puedas imaginar.
A cambio, estarías a mi disposición. Pero antes de que me des una respuesta, tengo una última petición.
Quiero otra hora de sexo, esta vez salvaje, duro, te daría otros diez mil, después te vas a tu casa y piensas en mi propuesta.
El no esperó a que Patty respondiera, su decisión ya estaba tomada. Se tumbó boca arriba en la enorme cama, su cuerpo un monumento pálido y musculoso a la lujuria bajo la luz de la luna. Su polla, ya semi-erguida, descansaba sobre su vientre, una promesa de poder.
Ella asintió con un breve gesto, entonces él la tomó y la puso a cuatro patas sobre la cama, apuntó con su enorme polla sobre la entrada de su coño, Patty se estremeció, un gemido de puro terror y anticipación escapó de sus labios.
Él no esperó. Con un movimiento rápido y brutal, se hundió hasta el fondo, un golpe seco que la hizo gritar, un sonido de dolor y placer intenso que resonó en las paredes de seda.
La folló con una ferocidad animal, sin piedad, cada embestida era una reclamación de dominio.
Sus caderas chocaban contra sus nalgas con un sonido rítmico y húmedo, una percusión brutal que marcaba el tempo de su sumisión.
Patty estaba perdida en un torbellino de sensación, el dolor daba paso a un placer crudo, una oleada de calor que la consumía desde dentro.
Se giró, él se recostó en la cama, la levantó y la sentó sobre su polla, ella de espaldas a él, con los pies sobre la cama, se sentía llena, completamente poseída.
La cogió con una fuerza que la dejaba sin aliento, sus manos la agarraban de la cintura, subiéndola y dejándola caer.
De pronto, la mantuvo unos segundos en el aire, mientras sacaba su polla y apuntaba hacia el otro orificio expuesto, y sin darle unos segundos para asimilar lo que iba a suceder, la penetró por el culo.
El grito de Patty esta vez fue de pura agonía, las lágrimas brotaron de sus ojos.
No se movió. Le dejó un minuto a Patty para que se acostumbrara a su tamaño, a esa invasión tan brutal.
Patty sintió el dolor y el placer mezclarse en un cóctel explosivo.
Su cuerpo temblaba, una marioneta en sus manos.
Se volvió a meter hasta el fondo, ella empezó a gemir, a gemir con placer, a moverse, a pedir más, era una insaciable, una bestia en celo.
La levantó, y la tumbó en la cama, esta vez boca arriba, con las piernas colgando, abiertas, él se arrodilló, y volvió a meterla por el culo, mientras chupaba y mordisqueaba sus pechos, ella no paraba de gemir, de pedir más, de gritar, de sudar, de moverse como una serpiente.
Él la follaba con una ferocidad que no sabía que poseía, cada embiste un reclamo de poder.
El sentía que no iba a aguantar mucho más antes de correrse, la llevó al borde de la cama, de tal manera que la cabeza de Patty caía del colchón.
Una obsesión que él siempre tenía y que Elena nunca le daba.
Aris se puso en pie en el suelo, y agarrándola del cuello, le metió la polla en la boca hasta la garganta.
Quería follársela por la boca a la fuerza, aunque la dejara sin respiración, ya arreglaría después cualquier desastre con su máquina del tiempo.
Era una dualidad perfecta de poder y sumisión. Él, de pie, la controlaba, el dueño de su aliento. Ella, con el cuello arqueado en un ángulo antinatural, recibía su castigo y su recompensa, una vía a dos sentidos de dolor y placer.
Sentía cómo su garganta se contraía a su alrededor, espasmos involuntarios luchando por respirar mientras él se hundía hasta el fondo.
Un río de saliva y pre-semen se escapaba de las comisuras de sus labios, bañando su barbilla y su cuello, un testimonio húmedo y brillante de su dominio.
Los ojos de Patty estaban abiertos, desorbitados, inundados de lágrimas que no eran de tristeza, sino de la pura y abrumadora sensación de ser usada, de estar viva de una manera que nunca había imaginado.
Se agarraba a sus muslos, las uñas clavándose en su piel, no para empujarlo, sino para anclarse a la realidad mientras el mundo se disolvía en un torbellino de sensaciones. Él sentía su polla pulsar, la tensión creciendo, un volcán a punto de entrar en erupción.
Con un último movimiento brutal, se hundió hasta el fondo y se quedó allí.
Un grito ahogado, un espasmo final, y el torrente de semen caliente explotó en su garganta.
Se corrió con una fuerza que lo dejó temblando, vaciándose en ella, marcándola desde dentro.
Ella se lo tragó todo, con un instinto de supervivencia que se había transformado en un deseo voraz, su cuerpo temblando bajo el suyo.
Se retiró lentamente, su polla saliendo de su boca con un sonido húmedo y obsceno. Patty jadeaba en el suelo, con el pecho subiendo y bajando, con el cuerpo cubierto de sudor y de fluidos, una obra de arte rota y hermosa.
Aris la miró, con el corazón martilleando, con la mente en blanco. El poder era real. El poder era absoluto.
La levantó, con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de sus minutos anteriores, y le dijo —ahora debes irte a tu casa, piensa en mi propuesta y no me digas que no, porque si lo haces, tendré que viajar a tu pasado y arreglarlo para que no digas que no—.
Patty asintió sin decir una palabra, se vistió con las ropas que tenía en el suelo, sin mirarlo y se marchó.
La puerta se cerró a sus espaldas, y Aris se quedó solo en el silencio opulento de la mansión.
El olor a sexo y a sudor llenaba el aire, un perfume de conquista.
Se sentía como un dios, un titán que había doblegado la voluntad de una mortal.
Pero la euforia comenzó a desvanecerse, dejando un vacío frío y familiar.
La cama estaba deshecha, un campo de batalla donde había librado una guerra y había ganado. Pero la victoria se sentía hueca. El recuerdo de Patty, su sumisión, sus gemidos, era vívido, pero estaba eclipsado por un fantasma. El fantasma de Elena.
Se tumbó en la cama, en el espacio que Patty había ocupado minutos antes. Aquello no estaba bien. Tenía que deshacer todo lo que había sucedido.