Perversiones sexuales de ... Serie Completa CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

—No llores, Patty —dijo Aris, su voz suave, casi compasiva—. Esto no tiene por qué ser malo. De hecho, puede ser muy bueno... para los dos.

Sus manos continuaron su descenso, trazando la línea de su espalda a través del tejido áspero de su uniforme. Podía sentir el temblor de su cuerpo, la tensión en sus músculos. Era una mariposa atrapada en su telaraña, y él disfrutaba de cada vibración de sus alas.

Se acercó a su oreja, su aliento caliente contra su piel.

—Quítate la ropa —ordenó, su voz baja pero firme, sin dejar lugar a la interpretación.

Patty se quedó inmóvil por un instante, como si sus pies estuvieran clavados en el suelo.

Luego, con movimientos torpes y robóticos, levantó las manos y comenzó a desabrochar los botones de su pijama.

Sus dedos temblaban tanto que le costaba trabajo.

El tejido cayó de sus hombros, revelando un sujetador deportivo blanco y funcional, y la piel canela de su espalda, lisa y perfecta.

Aris observaba en silencio, su excitación creciendo con cada centímetro de piel descubierta.

Era como desenvolver un regalo. Ella se quitó el pijama por completo, dejándolo en un montón en el suelo.

Ahora solo llevaba el sujetador y unas bragas de algodón del mismo color.

Estaba de pie, en el centro de la habitación, con los brazos cruzados sobre su pecho, en un intento patético de cubrirse.

Se quedó mirándola, su mirada recorriéndola de arriba abajo, devorándola con los ojos. Patty se sentía desnuda y expuesta, su piel erizada bajo su escrutinio. El silencio era pesado, lleno de una tensión eléctrica.

—Sigue —dijo él, su voz un murmullo.

Con un sollozo ahogado, obedeció. Se desabrochó el sujetador y lo dejó caer. Sus pechos eran pequeños y firmes, con unos pezones oscuros que se pusieron duros al instante al contacto con el aire frío de la habitación. Luego, se deslizó las bragas por las caderas y las dejó caer al suelo.

Ahora estaba completamente desnuda. Vulnerable. Suya.

Aris no se movió. La observó, como un artista admirando una escultura. Su piel era suave y tersa, con una curva delicada en la cintura y unas caderas que se abrían en una invitación silenciosa. Su sexo, cubierto por un vello oscuro y rizado, era una flor cerrada, esperando a ser abierta.

Se acercó a ella. No la tocó todavía. Simplemente se paseó a su alrededor, examinándola desde todos los ángulos. Como si la estuviera valorando, asignándole un precio.

—Gira —dijo.

Patty obedeció, girando sobre sí misma, lentamente. Él la vio desde atrás. La curva de sus nalgas, firmes y redondas. La línea de su espalda, que descendía hacia la curva de sus riñones. Era una imagen de pureza y perfección, a punto de ser manchada por su deseo.

Se detuvo frente a ella de nuevo. Por fin, la tocó.

Pasó sus dedos por su clavícula, un toque tan ligero que parecía una pluma. Patty se estremeció, un pequeño gemido escapando de sus labios.

—No... —susurró, pero su palabra se perdió en la sensación.

Él continuó su exploración. Sus dedos descendieron por la curva de sus pechos, rodeando sus pezones, que se pusieron más duros bajo su tacto. Le pasó una mano por el vientre, sintiendo la piel suave y el tirón de sus músculos contra su palma.

Se arrodilló frente a ella. Su rostro estaba a la altura de su sexo. Podía oler su aroma, una mezcla de jabón barato y un olor más profundo, más primitivo. El olor de una mujer.

Con una delicadeza que la sorprendió, la separó. Sus labios internos eran de un color rosado intenso, húmedos y temblorosos. Con la punta de la lengua, la recorrió de arriba abajo.

Patty gritó, un sonido de puro shock y placer. Sus manos se aferraron a su pelo, no para empujarlo lejos, sino para acercarlo más.

—Oh, Dios... —jadeó—. Oh, Dios, sí...

Aris sonrió contra su carne. El muro se había roto. La timidez y el miedo se habían desvanecido, reemplazados por un deseo puro y crudo. La mujer tímida y sumisa se había transformado en una criatura de instinto, y él era el catalizador de su transformación.

Continuó su trabajo, su lengua explorando cada pliegue, cada recoveco.

Encontró su clítoris, un botón duro y sensible, y comenzó a chuparlo, rítmicamente, aplicando una presión que la hizo gemir fuertemente.

Sus caderas comenzaron a moverse, un baile primitivo contra su cara, buscando más, pidiendo más.

—Sí... así... no pares... —susurró, su voz ronca por el deseo.

Ella estaba perdiendo el control, su cuerpo respondiendo a su toque con una honestidad que era a la vez excitante y humillante.

Él, sintiendo su poder sobre ella, sintiéndola perderse en el placer, decidió que era hora de subir la apuesta. Se apartó de ella, dejándola jadeante y frustrada.

—Acuéstate en la cama —ordenó, su voz baja y dominante.

Patty lo miró con los ojos vidriosos, su mente nublada por el deseo. Obedeció sin dudarlo, tumbándose boca arriba en medio de las sábanas de seda. Su cuerpo, bañado en el resplandor de la luna, era un monumento a la vulnerabilidad y al deseo.

Aris se tumbó a su lado. Luego, con un movimiento decidido, se colocó boca arriba, su cabeza en la almohada. Miró a Patty, sus ojos oscuros y llenos de anticipación.

—Ahora tú —dijo—. Siéntate en mi cara.

Patty se quedó quieta un momento, procesando la orden.

La idea era tan audaz, tan íntima, que le dio vueltas a la cabeza.

Pero el deseo era más fuerte que la modestia.

Se incorporó, con movimientos lentos y deliberados.

Se colocó de rodillas sobre su pecho, mirándolo a los ojos desde arriba.

Luego, con una lentitud que roza la tortura, bajó su cuerpo hacia su rostro.

Él la recibió con los brazos abiertos. Sus manos se posaron en sus nalgas, guiándola, asegurándose de que estuviera en la posición perfecta. Y entonces, su sexo estaba justo sobre su boca.

Él no esperó. Sumergió su cara en ella, su lengua encontrando su clítoris de inmediato. Patty gritó, un sonido de puro éxtasis. Se agarró a la cabecera de la cama para no caer, su cuerpo temblando violentamente.

Él la comió con una ferocidad que la dejó sin aliento. Su lengua era un látigo de fuego, sus labios un vacío que la succionaba hacia un abismo de placer. Ella se movía sobre su cara, una jinete en un corcel de carne, sus caderas rotando en un baile primitivo.

Y entonces, se inclinó hacia adelante. Su polla, dura y palpitante, estaba justo debajo de su cara. Patty la miró, sus ojos llenos de una mezcla de asombro y lujuria. Era una obra de arte, un monumento al deseo.

Con un gemido, la tomó en su boca. Era caliente y dura, y el sabor ligeramente salado la excitó aún más.

Se sumergió en la tarea, con una devoción que la sorprendió a sí misma.

Ya no era la chica de la limpieza, la inmigrante luchando por salir adelante.

Era una diosa del sexo, una criatura de puro placer, y él era su Dios, su oferente, y su sacrificio.

Eran dos cuerpos unidos en una danza antigua, un 69 perfecto, un círculo cerrado de lujuria y sumisión.

Ella lo sentía crecer en su boca, sintiendo el pulso de su sangre, la tensión de su deseo.

Él la sentía derramarse sobre su cara, sus fluidos un río caliente que inundaba sus sentidos.

El sabor de ella era una droga, un elixir que lo embriagaba, que lo hacía sentir más vivo que nunca.

La habitación se llenó de los sonidos de su placer. Los gemidos de Patty, ahogados por la polla de Aris en su boca. El jadeo de él, sofocado por el sexo de ella en su cara. El sonido de sus labios y lenguas, un ritmo húmedo y frenético, una música que solo ellos podían oír.

Él introdujo dos dedos dentro de ella, encontrando el punto G, esa zona mágica de placer intenso. Patty gritó contra su polla, su cuerpo arqueándose en un espasmo de placer puro. Estaba a punto de llegar.

Él también. La tensión en sus testículos era insoportable, una presión que pedía a gritos ser liberada. Aumentó el ritmo de su lengua, chupando su clítoris con una fuerza que la llevó al borde del abismo.

—¡Ah! ¡Sí! ¡SÍ! —gritó ella, su voz un grito de victoria y rendición.

El orgasmo la golpeó como una ola, una explosión de luz y color que la dejó temblando y sin aliento.

Su cuerpo se convulsionó, una serie de espasmos eléctricos que recorrieron cada fibra de su ser.

Se aferró a sus muslos, sus uñas clavándose en su piel, mientras las olas de placer la subían y la bajaban, dejándola exhausta y satisfecha.

Él la sintió venir, sintió sus contracciones alrededor de sus dedos, sintió el torrente de su excitación inundando su cara. Y en ese momento, él también llegó.

Con un rugido ahogado, eyaculó en su boca. Un torrente de semen caliente y espeso que ella se tragó con avidez, con una sed que parecía insaciable. Era la comunión final, el acto que los unía para siempre, el sello de su pacto.

Se quedaron así un momento, unidos, sus cuerpos sudorosos y temblorosos. Luego, ella se apartó, rodando a su lado, con el pecho subiendo y bajando, con los ojos cerrados, una sonrisa de pura satisfacción en sus labios.

Aris la miró, con una sensación de triunfo que lo llenó por completo. La había conquistado. La había poseído. La había transformado.

Patty abrió los ojos y lo miró. No había miedo en su mirada, ni asco. Solo una rendición total, una aceptación de su nuevo estatus. Era suya. Por dinero, sí, pero también por placer.

Se acercó a él y lo besó. Un beso largo y profundo, un intercambio de fluidos y de poder. Él podía saborearse a sí mismo en su boca, y ella podía saborearse a sí misma en sus labios.

—Eso... eso fue increíble —susurró ella, su voz ronca por la emoción.

—Es solo el principio, Patty —dijo él, su voz un murmullo de promesa—. El principio de todo.

Se quedó mirándola, su mente ya en la siguiente jugada. La tenía, a su merced. Podría pedirle cualquier cosa, y ella lo haría. El poder era absoluto. Pero ¿cuál era el siguiente paso? ¿Cuál era la siguiente frontera de su deseo?

Se miró el reloj. La hora que había pagado casi había terminado. Era hora de que se fuera. Pero no quería que se fuera. Quería más. Quería poseerla por completo, no solo por una hora, sino para siempre.

La idea surgió en su mente, brillante y audaz. ¿Por qué limitarse a una hora? ¿Por qué no tenerla a su disposición siempre que quisiera? ¿Por qué no hacerla de su propiedad?

Se giró hacia ella, sus ojos oscuros y llenos de una nueva determinación.

—Patty —dijo él, su voz baja y seria—. Tengo otra propuesta para ti.

Ella lo miró, con una mezcla de miedo y curiosidad.

—¿Qué... qué tipo de propuesta?

—Quiero que dejes tu trabajo. Quiero que te mudes aquí. Quiero que seas mía. Siempre. —Sus palabras fueron un choque, una declaración de intención que la dejó sin aliento.