CAPÍTULO 6 #3
—No, Patty. La casa está perfectamente limpia. Lo que quiero es... otra cosa. Quiero tu cuerpo. Quiero que estés conmigo. Durante una hora.
El silencio que siguió fue denso y pesado. Patty parecía una estatua de sal, incapaz de moverse, de hablar. Sus ojos estaban abiertos de par en par, una mezcla de shock, asco y un atisbo de... ¿algo más?
—¿Qué...? No. ¡No! ¿Está usted loco? Yo... ¡No soy una prostituta! —Sus palabras salieron en un torrente, su acento venezolano, normalmente tan suave, se volvió más agudo y cargado de emoción.
—No, no lo eres —dijo Aris, con una calma que resultaba aún más aterradora—. Es solo un trato. Un intercambio. Dinero por un servicio. Piénsalo. Tu familia. Tus hermanos. Cinco mil dólares podrían enviarles a una escuela mejor. Podrían comprar medicinas. Podrían...
—¡Cállese! —gritó ella, dando un paso atrás—. ¡Cállese! No me hable de mi familia. Esto... esto es asqueroso. Usted es un... un monstruo.
Las palabras lo golpearon. Monstruo. El eco de la palabra resonó en su cabeza. ¿Acaso no era eso en lo que se había convertido? Un fantasma que se alimentaba de los deseos y la vulnerabilidad de los demás. Sí. Era un monstruo.
—Quizás tengas razón, Patty. Quizás sea un monstruo. Pero soy un monstruo rico. Y tú eres una mujer joven en un país que no es el tuyo, trabajando por un sueldo miserable. Así que vamos a ser realistas. ¿Qué valor tiene tu orgullo comparado con el bienestar de tu familia?
Se acercó más, su voz un susurro venenoso.
—Olvídate del dinero. Olvídate de mí por un momento.
Piensa en ti misma, Patty. ¿De verdad te gusta limpiar los retretes ajenos?
¿Pasar la aspiradora por alfombras sucias, levantando el polvo de la vida de otros?
¿Es eso a lo que aspiras? ¿A terminar tus días con las manos agrietadas y la espalda rota?
Se detuvo, dejando que sus palabras se hundieran como veneno. Le pasó un dedo por el brazo, un gesto que parecía casual, pero que estaba cargado de electricidad.
—O podrías tener esto. Una vida diferente. Libertad. Poder. Todo lo que tienes que hacer es decir que sí.
Sus ojos se encontraron. En los de Patty, Aris vio una tormenta. Miedo, ira, desesperación. Y, en el fondo, una chispa de curiosidad. Una pequeña llama de tentación que él estaba dispuesto a avivar hasta convertirla en un incendio.
—No... —dijo ella, su voz más débil—. No puedo.
—Diez mil —dijo él, su voz ahora más suave, casi compasiva—. Es solo una hora, Patty. Sesenta minutos. Piensa en lo que podrías hacer con ese dinero. Podrías visitar a tu familia. Podrías darles una vida mejor. ¿De verdad vas a dejar que tu orgullo se interponga en el camino de su felicidad?
Patty se quedó callada, su mirada perdida en el suelo. Luchaba internamente, un campo de batalla donde la moral se enfrentaba a la necesidad.
Aris supo que tenía la victoria. Se acercó a ella y, con una delicadeza que la sorprendió, levantó su barbilla. Sus ojos se encontraron de nuevo.
—No voy a hacerte daño, Patty. Te lo prometo. Será... agradable. Para los dos.
—Está bien. Quiero decir... no. No puedo. Es... es incorrecto. —Sus palabras eran una negación, pero sus ojos, llenos de lágrimas, le contaban una historia diferente.
—Incorrecto es limpiar la mierda de otros por un salario de miseria —dijo Aris, su voz dura como el acero—. Incorrecto es ver a tu familia pasar necesidades mientras tú te rompes la espalda. Lo que te ofrezco no es incorrecto. Es una oportunidad.
Se separó de ella, dándole espacio. Sacó su chequera de un cajón y escribió un cheque, con una calma que era insultante. Lo puso sobre la mesa de cristal, entre ellos.
—Diez mil dólares. Firmado. Es tuyo. Todo lo que tienes que hacer es aceptarlo.
Patty miró el cheque, luego a él. Sus manos temblaban. Era una tentación diabólica, un pacto con el diablo. Pero el diablo tenía los ojos azules de un profesor guapo y la voz de un ángel caído.
—¿Y.… y si alguien lo descubre? —preguntó, su voz un hilo roto.
—¿Quién lo va a descubrir, Patty? —dijo él, con una sonrisa —. Nadie. Será nuestro secreto. Un secreto entre tú y yo.
Se acercó de nuevo, su proximidad una presencia opresiva y excitante. Le quitó la fregona de las manos y la dejó apoyada contra la pared. Tomó sus manos, que estaban frías y sudorosas.
—Vamos, Patty. Toma el dinero. Toma la decisión.
Sus ojos se encontraron de nuevo. Y en ese momento, Patty supo que había perdido. La necesidad era más fuerte que el orgullo. La desesperación era más poderosa que la moral. Con un movimiento lento, como si estuviera en un trance, extendió la mano y tomó el cheque.
—Bien —dijo Aris, su voz un murmullo de triunfo—. Muy bien.
La tomó de la mano y la llevó escaleras arriba, hacia el dormitorio principal. La habitación era grande y lujosa, con una cama de dos plazas cubierta de sábanas de seda. La luz de la luna se filtraba por la ventana, bañando todo en un brillo plateado.
—Quédate ahí —dijo él, señalando el centro de la habitación.
Se paró detrás de ella y le pasó las manos por los hombros. Ella se estremeció a su contacto y un pequeño sollozo se escapó de su garganta.