CAPÍTULO 6 #2
El poder lo embriagaba. Se sentía invencible.
Se acercó a un grupo de personas que estaban cerca de la chimenea. Eran jóvenes, ricos y hermosos. Hablaban en voz alta, riendo, bebiendo champán.
Una de ellas, una chica llamada Sofia, llamó su atención. Tenía el cabello rubio y rizado, los ojos azules como el mar, y un vestido dorado que se adhería a su cuerpo como una segunda piel. Era la personificación de la inocencia corrupta, un ángel caído en el infierno del placer.
Aris la observó, sintiendo una atracción instantánea. Quería poseerla, Quería sentir su cuerpo junto al suyo, oírla gemir.
Decidió que ella sería su próxima conquista.
La siguió cuando se alejó del grupo, buscando un momento a solas. La encontró en un balcón, mirando las estrellas.
Se acercó a ella, su corazón invisible latiendo con fuerza.
—Hola —dijo, su voz un susurro fantasmal.
Sofia se estremeció, mirando a su alrededor, confundida.
—¿Quién está ahí? —preguntó, su voz temblorosa.
—Soy yo —dijo Aris, su voz cargada de un poder hipnótico.
No estaba seguro de si podía hacerlo, pero decidió intentarlo. Usando el Cronomóvil, proyectó una voz directamente en su mente, una voz que solo ella podía oír.
—No tengas miedo. No te haré daño.
Sofia se quedó quieta, sus ojos llenos de terror y fascinación. No vea a nadie, pero oía una voz en su cabeza. Era una experiencia aterradora y, al mismo tiempo, extrañamente emocionante.
—¿Quién... quién eres? —preguntó en voz alta.
—Tu deseo más profundo —respondió Aris, su voz un susurro seductor.
Se acercó a ella, su cuerpo invisible a centímetros de ella. Podía oler su perfume, una mezcla de rosas y algo más, algo que era solo ella, Sofia.
Le pasó una mano invisible por el cabello, sintiendo la suavidad de sus rizos. Sofia se estremeció, un pequeño gemido escapando de sus labios.
—No... no debería —dijo, su voz un hilo.
—Sí, deberías —respondió Aris, su voz una orden suave.
Le pasó la mano invisible por el cuello, descendiendo por su espalda. Sentía la tensión en sus músculos, el miedo y el deseo luchando en su cuerpo.
Se inclinó y le besó el cuello, su lengua trazando un camino de fuego. Sofia se echó hacia atrás, su cabeza cayendo hacia atrás, exponiendo más su cuello.
—Oh, Dios...
—No soy Dios —respondió Aris, su voz una risa baja. —Soy algo mejor.
La tomó de la mano, su fuerza invisible guiándola. La llevó de vuelta al salón, pero esta vez, a un rincón apartado, lejos de los ojos curiosos.
La hizo arrodillarse. Sofia obedeció, sus ojos llenos de una sumisión que él no sabía que poseía.
Se desabrochó los pantalones, liberando su polla. Se la acercó a sus labios, y esta vez, no hubo duda.
Sofia la tomó en su boca, su lengua danzando sobre el glande. Aris cerró los ojos, perdido en la sensación. Era la primera vez que alguien lo tocaba desde la muerte de Elena, y era una experiencia abrumadora.
La hizo levantarse y la dobló sobre una mesa cercana. Levantó su vestido, revelando que no llevaba ropa interior. Su sexo estaba húmedo y listo para él.
La penetró de un solo golpe, un gemido de satisfacción escapando de sus labios. Era apretada y caliente, un paraíso perdido que él acababa de redescubrir.
La folló con una ferocidad que no sabía que poseía, cada embiste un reclamo de poder, una afirmación de su nuevo estatus. Ella respondió a cada golpe, sus gemidos llenando el aire, una música para sus oídos.
El orgasmo lo golpeó como una ola, una explosión de placer que lo dejó temblando y sin aliento. Se quedó dentro de ella un momento, disfrutando de la sensación, del poder que tenía sobre ella.
Se retiró, la dejó allí, temblando y satisfecha. Se vistió y se alejó, invisible, dejándola con el recuerdo de un fantasma, de una experiencia que no podría explicar.
Volvió a su laboratorio, la euforia del poder corriendo por sus venas. Había cruzado una línea. Ya no era un espectador. Era un participante. Un actor en el teatro de los deseos ajenos.
Y le encantaba.
Los días que siguieron fueron un torbellino de exploración y exceso.
Aris se convirtió en un fantasma lujurioso, un dios del voyerismo con un toque cada vez más físico.
Su vida se dividió en dos: las frías y lógicas horas en el laboratorio, asegurando que su puerta de entrada al pecado permaneciera abierta, y las noches febriles de caza.
El mundo era su buffet personal. Una noche era un espectador invisible en una orgía en una villa privada en la Riviera, observando a jeques y estrellas de cine perderse en un mar de cuerpos entrelazados.
La siguiente, se encontraba en el camerino de un circo itinerante en algún pueblo olvidado de Europa.
Una noche, mientras descansaba, viendo una película en la que el protagonista despertaba siempre en el mismo día pensó.
¿y si le propongo a mi chica de la limpieza sexo a cambio de dinero?
¿qué tengo que perder? si me dice que no, puedo retroceder el tiempo y hacer como si no hubiese pasado nada.
No era un acto de lujuria directa, sino un experimento, una prueba de los límites de su poder y de la moralidad de la gente común.
Pero, sobre todo, era una excusa para interactuar de una manera nueva, para escuchar sus palabras, para ver su reacción.
Al día siguiente, Patty llegó a su hora habitual, con su uniforme de limpieza y su aura de indiferencia profesional. Aris la esperaba en el salón, vestido con un simple jersey y vaqueros, una imagen de normalidad.
—Hola, Doctor Thorne. Por aquí, como siempre —dijo Patty con su habitual sonrisa cortés, sacando sus útiles de limpieza de una bolsa de lona.
—Patty, un momento, por favor —dijo Aris, su voz tranquila, pero con un filo de acero.
Ella se detuvo, mirándolo con una leve curiosidad. La profesionalidad en su rostro se desvaneció un poco, reemplazada por una incómoda cautela.
—¿Necesita algo, Doctor?
Aris la miró directamente, sus ojos azules fijos en los oscuros de ella. Se acercó lentamente, invadiendo su espacio personal. El olor a café recién hecho que flotaba en la habitación pareció disolverse bajo el peso de la tensión.
—Quiero proponerte algo, Patty. Un trato.
Ella tragó saliva, su garganta moviéndose nerviosamente. Se agarró al mango de la fregona como si fuera un escudo.
—¿Un trato? Yo... yo solo limpio, Doctor. No entiendo.
—Es muy sencillo —dijo Aris, su voz bajando a un murmullo conspirador—. Tengo un problema. Y tú, creo, tienes la solución.
Se detuvo a un paso de ella. Tan cerca que podía ver el pánico brillando en sus ojos. El poder era una droga, y él estaba completamente enganchado.
—Estoy dispuesto a pagarte. Muy bien. Cinco mil dólares. Por una hora.
El número colgó en el aire, pesado y obsceno. Patty palideció. Cinco mil dólares era más de lo que ganaba en tres meses de trabajo duro. Era una cantidad que podría cambiar su vida, la de su familia en Venezuela.
—Pero, cinco mil dólares. ¿qué tendría que hacer? ¿limpiar otras casas?
Aris sonrió, una sonrisa sin alegría, llena de una pura y simple lujuria.