CAPÍTULO 6
La transición de vuelta a su propio tiempo y espacio fue rápida. Un segundo antes estaba en el dormitorio de Sarah, inhalando el aire post-orgásmico de su alumna; al siguiente, estaba de pie en el frío silencio de su propio sótano, el zumbido de la maquinaria la única banda sonora.
La invisibilidad se desvaneció como el humo.
Primero, una sensación de peso en sus pies.
Luego, sus manos reaparecieron ante sus ojos, pálidas y temblorosas.
Finalmente, el mundo a su alrededor recuperó su solidez, su textura.
Volvía a ser Aris Thorne, un hombre de carne y hueso, con el olor a ozono de su laboratorio impregnando su ropa.
Pero no era el mismo hombre.
Se apoyó contra la fría consola de control, sintiendo el peso agotador de la experiencia.
La energía sexual lo había dejado drenado, pero más que eso, lo había dejado...
cambiado. El poder era una sustancia más adictiva que cualquier droga.
Ser invisible, ser un espectador omnisciente en la vida íntima de otros, lo había corrompido de una manera que nunca había anticipado.
La línea entre el observador científico y el depredador sexual se había difuminado hasta desaparecer.
Se miró las manos. Estas mismas manos habían tocado a Sarah.
Habían abierto el pijama de una joven que confiaba en él como su profesor.
Habían estado a centímetros de su intimidad más profunda.
Una onda de náusea y culpabilidad lo recorrió, pero fue rápidamente ahogada por el recuerdo del placer, del poder absoluto que había sentido.
El propósito original de todo este loco experimento parecía ahora un lejano eco.
Elena. El nombre resonó en su mente como el de una fantasma.
El dolor de su pérdida estaba allí, una cicatriz profunda en su alma, pero ahora estaba cubierto por una costra de un deseo recién descubierto y voraz.
¿Salvar a Elena? Sí, por supuesto. Pero primero... primero había un mundo por explorar.
Durante los siguientes días, Aris no volvió a la universidad. El riesgo de ser reconocido, aunque invisible, era demasiado grande. La universidad era su mundo, un lugar donde su rostro era familiar. Necesitaba un terreno de caza nuevo, anónimo.
Pasó el tiempo refinando sus inventos. Mejoró la fórmula del Elixir de No-Ser, aumentando su duración a casi dos horas.
Y añadió una nueva función al Cronomóvil: la capacidad de "marcar" una coordenada temporal y espacial, permitiéndole saltar directamente a ella sin tener que navegar manualmente.
Era una mejora de eficiencia, una forma de llegar al placer más rápido.
Su objetivo estaba claro: quería ver a la gente en su hábitat más vulnerable, en el lugar donde se creían seguros y a solas. Quería los dormitorios de extraños. Y supo exactamente cómo encontrarlos.
Usando una conexión segura y anónima, accedió a los servidores de una de las principales cadenas de hoteles de lujo de Manhattan.
El hacking era un viejo hobby suyo, un puzle de lógica y código que siempre había disfrutado.
Acceder a los registros de los huéspedes, a los planos de las habitaciones, a la lista de ocupaciones para esa noche, fue un trabajo de niños.
Esa noche, eligió un objetivo. El piso presidencial del Hotel St. Regis. Ocupado por una famosa actriz, una mujer cuyo rostro estaba en todas las revistas, cuya vida era un espectáculo público. Aris quería ver el espectáculo privado.
Se preparó en su laboratorio. El ritual se había convertido en algo sagrado. Se inyectó el elixir, sintiendo el familiar hormigueo de la disolución. Se ajustó el Cronomóvil en su muñeca, su peso frío y reconfortante. Marcó las coordenadas.
Pulsó el botón.
El sótano se desvaneció en un remolino de luz y color, y luego la materialización fue instantánea.
Estaba de pie en medio de una suite opulenta.
Alfombras espesas, muebles de madera oscura, una vista impresionante de las luces de la ciudad a través de un ventanal de piso a techo.
Y en medio de todo, en el dormitorio, estaba ella.
La actriz, cuyo nombre era Isabella, estaba frente al espejo del tocador, quitándose el maquillaje.
Llevaba un robe de seda carmesí que se adhería a su figura esbelta.
En la televisión de la suite, una noticia de entretenimiento la mostraba en una alfombra roja, sonriendo para las cámaras.
El contraste entre la mujer pública, pulida y perfecta, y la mujer privada, cansada y vulnerable, era fascinante.
Aris detuvo el tiempo.
El movimiento del hisopo de algodón en su mano se congeló. El sonido de la televisión se cortó. El polvo danzante en el aire de la habitación con aire acondicionado se detuvo.
Se acercó a ella. La observaba de cerca, tan cerca que podía ver las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, las imperfecciones que el maquillaje ocultaba. Era más real de esta manera, más humana. Y, para él, mucho más deseable.
El robe estaba ligeramente abierto, revelando la piel de su clavícula, el inicio de la curva de sus pechos. Con una mano invisible, deslizó la seda de su hombro. El tejido resbaló, revelando un seno perfecto, con un pezón oscuro y erecto.
Aris sintió una oleada de poder tan intensa que casi lo derribó. Esta era la mujer que millones de hombres anhelaban. Y él, y solo él, estaba allí.
Se inclinó y tomó su pezón en su boca invisible. La sensación fue increíble. Calor, suavidad, el sabor limpio de su piel. Lenta y deliberadamente, comenzó a chupar, imaginando su respuesta, sus gemidos.
Mientras lo hacía, su otra mano invisible encontró el cierre del robe. Lo abrió por completo. Su cuerpo era una obra de arte, delgado y tonificado, una evidencia de las horas en el gimnasio y las dietas estrictas.
Sus dedos descendieron por su vientre, encontrando el borde de su tanga de encaje.
La deslizó hacia abajo, revelando un sexo perfectamente depilado.
Aris se arrodilló, su cara a nivel de su entrepierna.
La olió, un perfume caro y mezclado con el olor único de su cuerpo. La probó con la punta de la lengua.
La excitación en él era un fuego incontrolable. Se desabrochó los pantalones, liberando su polla, que palpitaba con una vida propia. Se masturbó lentamente, mirando su cuerpo congelado, sumergido en un mar de placer.
Llevó su polla invisible a los labios de Isabella, presionando contra ellos. Se imaginaba sus ojos abriéndose con sorpresa, su boca abriéndose para recibirlo. Se imaginaba sus manos agarrándose su pelo, empujándolo más profundamente.
El orgasmo lo golpeó como un tren en marcha. Un grito silencioso se escapó de su garganta mientras un torrente de semen cayó sobre el robe de seda y el suelo de mármol.
Se quedó allí un momento, jadeando, el mundo a su alrededor todavía congelado.
Miró el desorden que había hecho, la prueba de su paso.
La tomó, con una ternura que lo sorprendió, y la limpió con un pañuelo que había en la mesita de noche.
Luego, volvió a arreglar su robe, a subirse la tanga.
La dejó tal y como la encontró, excepto por el sutil recuerdo de su toque.
Activó el cronógrafo. El tiempo volvió a fluir.
Isabella se pasó la mano por el rostro, como si sintiera algo, un escalofrío repentino. Se miró en el espejo, confundida. Se ajustó el robe, cubriéndose un poco más. Se giró, examinando la habitación, sus ojos llenos de una sospecha vaga. Pero no había nada. Solo el silencio de la suite de lujo.
Aris, invisible, la observaba con una sonrisa satisfecha. Era mejor que cualquier película, mejor que cualquier fantasía. Era real.
Dejó el hotel y se teletransportó de vuelta a su laboratorio. La invisibilidad se desvaneció, dejándolo exhausto pero eufórico.
Se sentó en su silla, la mente abrumada por las posibilidades. El mundo era su ostra, y él tenía la navaja.
Salió de la habitación en cuanto ella accedió al baño, pensando, su vida anterior era perfecta, o casi perfecta, pero esta nueva vida, le permitía hacer lo que quisiera, era el hombre más poderoso del mundo.
Podía robar, asesinar, cambiar personas de lugar, infiltrarse en fiestas sexuales privadas, todo ello sin que nadie lo supiera jamás.
Un nuevo pensamiento se apoderó de él. Ya no se trataba solo de observar. Quería participar. Quería ser el protagonista.
Se pasó los siguientes días planeando su siguiente jugada. Quería algo más arriesgado, algo más desafiante. Quería estar en medio de la acción, no solo como un espectador.
Encontró lo que buscaba en las profundidades de la web oscura. Una organización secreta que organizaba fiestas exclusivas para la élite de la ciudad. Fiestas donde todo estaba permitido, donde los deseos más oscuros se satisfacían sin juzgar.
Usando sus habilidades de hacker, consiguió la ubicación de la próxima fiesta. Una mansión privada en los Hampton, una fortaleza de lujo y decadencia.
Esa noche, se preparó con esmero. Se puso un traje de noche impecable, aunque sabía que nadie lo vería. Se inyectó una triple dosis del elixir, queriendo asegurarse de que el efecto durara toda la noche.
Se teletransportó directamente a la mansión. El cañón de entrada del Cronomóvil lo depositó en medio de un salón de baile lleno de gente. La música pulsaba, los cuerpos se movían en una danza frenética, las risas y los susurros se mezclaban en una sinfonía de hedonismo.
Aris se sintió como un dios en el Olimpo. Nadie podía verlo, nadie podía oírlo. Podía moverse a su antojo, un fantasma en la fiesta.
Se movió entre la multitud, observando. Vio a un hombre de negocios conocido por su filantropía recibir un sexo oral de dos mujeres a la vez en un sofá de terciopelo.
Vio a una famosa cantante, con los ojos vendados, ser atada y azotada por un grupo de hombres enmascarados.
Vio a una política conservadora, conocida por su discurso sobre los valores familiares, participar en una orgía desenfrenada.
Era un carnaval de carne y deseo, y él era el único que lo veía todo sin ser visto.