CAPÍTULO 5
Se apoya en su talón, con la pierna derecha estirada.
Ella está completamente inmóvil, el pijama abierto, dejando al descubierto la piel pálida de su pecho.
Aris siente un nudo de deseo en su garganta, un pulso sordo y rítmico que resuena en toda su ingle.
El poder que tiene entre manos es una droga, una sustancia que ha corrompido su mente y su cuerpo por igual.
Se inclina de nuevo, con una lentitud que roza la tortura.
Esta vez, no solo usa la lengua. Deja que su aliento invisible caliente caiga sobre la piel de Sarah, observando cómo los diminutos vellos de su esternón se erizan en respuesta.
Es la única reacción que puede provocar, la única prueba de que su presencia, aunque indetectable, tiene un efecto físico en el mundo real.
Cierra los ojos y deja que su memoria guíe sus movimientos.
Recuerda el perfume de Elena, la calidez de su piel, la forma en que sus pechos encajaban en sus manos.
Aún tiene tiempo, se tomó una doble dosis, aunque el tiempo está parado, no puede arriesgarse a volverse visible, por lo que debe al más mínimo síntoma quitarse del campo de visión de su alumna.
Antes de seguir, decide mirar en su mesita de noche, junto a las gafas esta un marco de foto un tanto infantil con una fotografía de su vigésimo cumpleaños.
El móvil está bloqueado, con un lector de huellas.
Aris se sienta en la cama, junto a la mano derecha de Sarah, la cual está congelada en una postura cómoda sobre la colcha, y la levanta.
La posa sobre el lector y en un instante la pantalla se ilumina, con fondo de pantalla una foto de un perro Golden retriever.
Sus ojos se posan en sus aplicaciones: Tinder, Instagram, TikTok y una carpeta oculta llamada "proyectos".
Con una puntería precisa, abre la carpeta. No es de física. Es una carpeta llena de imágenes, de videos cortos. Aris se siente un calor en sus mejillas, una mezcla de vergüenza y emoción. Es el lado más íntimo de Sarah, el lado que nadie conoce. El lado que él acaba de descubrir.
Se siente un tirón en su entrepierna, una erección tan dura que duele. La tentación es abrumadora. Podría usar el móvil para grabar, para tener un recuerdo de este momento. Pero no. Es demasiado arriesgado. Prefiere guardarlo en su mente.
Decide abrir los cajones de la mesita de noche, buscando algo más, algo que le dé una pista de sus fantasías, de sus deseos más ocultos.
El cajón superior está lleno de libros y de papeles.
El segundo está con toda su ropa interior, comienza a tocarla, olerla, las hay de todo tipo, tanga, bragas, culotes, de encaje, de algodón...
pero al fondo del cajón oculto, nota algo duro, decide sacarlo y queda estupefacto, es un consolador de dimensiones inimaginables, con todo lujo de detalles, venas marcadas, testículos y una cabeza grande, de color carne.
Es imposible, el, acostumbrado a cálculos mentales no tardó en pensar en la medida de dicho falo. ¿35,40 centímetros? y ese grosor... ¿de verdad cabía eso dentro de su alumna? Parecía demasiado, pero la idea le resultaba excitante. En lugar de intimidarle, le intrigaba.
Coloca el consolador sobre la cama, al lado de la mano congelada de Sarah. Es un contraste fascinante: la inocencia de su mano, la pureza de su piel, y la crudeza del objeto junto a ella.
Cierra los ojos, imaginando la escena. Sarah, sola en su habitación, con ese juguete. Los sonidos que haría, las caras que pondría. La imagen es tan vívida, tan real, que siente que va a explotar.
Es hora de comprobar si ese objeto de verdad cumple sus funciones con ella o simplemente es un regalo gracioso de sus compañeras.
Una vez más, se inclina sobre Sarah. Pero esta vez, su objetivo no es solo besar, ni solo tocar. Su objetivo es prepararla.
Con una delicadeza quirúrgica, desliza sus dedos invisibles por la abertura de su pijama. La tela se siente suave contra su piel. Siente el calor que emana de su cuerpo, un calor que lo llama, que lo invita.
Sus dedos encuentran el borde de sus bragas. Son de algodón, simples, comunes. Pero para Aris, en ese momento, son la prenda más sexy que ha visto en su vida. Con una paciencia infinita, las desliza hacia abajo, sintiendo la resistencia del elástico, la suavidad del tejido contra la piel de Sarah.
Finalmente, sus bragas están a sus rodillas. Su sexo queda al descubierto, un pequeño jardín secreto que solo él puede ver. Es perfecto. Delicado, rosado, con un pequeño vello oscuro que lo recubre.
Aris se siente un nudo en la garganta. Es la primera vez que ve a Sarah así, y es una imagen que nunca olvidará. Se inclina y, con la punta de la lengua, la recorre de arriba a abajo. El sabor es limpio, fresco, un poco salado. Es el sabor de ella.
Sarah se estremece, una pequeña contracción muscular que él es el único en ver. Es la prueba de que, aunque ella no sepa, su cuerpo sí que lo siente.
Empieza a explorarla con más profundidad. Su lengua baila sobre su clítoris, sintiendo cómo se pone duro bajo su toque. Sus dedos invisibles entran en ella, sintiendo su humedad, su calor. Es una sensación abrumadora, una intimidad tan profunda que casi le duele.
Siente cómo Sarah empieza a responder. Sus caderas se mueven ligeramente, un gesto inconsciente de placer. Su respiración, congelada en el tiempo, parece más profunda.
Es hora.
Toma el consolador con su mano invisible. El plástico es frío al tacto, pero sabe que pronto se calentará. Lo acerca al sexo de Sarah, con una lentitud que roza la locura.
La cabeza del consolador toca sus labios.
De pronto para, ¿y si en vez de penetrarla con ese mastodonte, no me quedo mejor observando?
masturbándome en mi discreción y con suerte ella usara ese enorme consolador, así que lo colocó en el sitio donde estaba, volvió a colocar todo en orden, abrochar su blusa, y ver su reacción.
con suerte cogería su juguete si es que en verdad eso podía caber dentro de ella o era solo un objeto más de los que se regalan y nunca se usan.
Aris retrocedió un paso, su corazón invisible martilleando contra sus costillas.
El pulsante deseo de verla, de observarla en un momento de puro y auténtico placer, superó la necesidad de participar activamente.
Quería ser un espectador privilegiado, un dios en el santuario de su intimidad.
Colocó el consolador de nuevo en el cajón, oculto entre la ropa interior, y con un cuidado minucioso, abrochó los botones del pijama de Sarah.
Devolvió su mano a su posición original sobre la colcha, asegurándose de que cada detalle fuera perfecto.
Era un restaurador de un momento congelado, borrando cualquier rastro de su profanación.
Se sentó en el sillón que había en la esquina de la habitación, un lugar desde donde tenía una vista perfecta de la cama. Su polla, aún dura y ansiosa, era un peso pesado en su entrepierna. Se la sacó de los pantalones, la carne invisible caliente y palpitante en su mano fantasmal.
Giró la corona del Cronomóvil.
El tiempo fluyó de nuevo.
Sarah completó el bostezo, un pequeño temblor recorrió su cuerpo.
Se pasó una mano por el pelo y se incorporó, sentándose en la cama.
Miró a su alrededor, como si sintiera una presencia, una alteración en el aire que su mente consciente no podía procesar.
Sus ojos escudriñaron la habitación, pasando por encima de Aris invisible sin verlo.
Frunció el ceño, pero finalmente lo atribuyó a la fatiga.
Cerró el libro y lo dejó en la mesita de noche.
Sus ojos cayeron en el móvil. Lo tomó y su pulgar se deslizó por la pantalla, abriendo aplicaciones sin un propósito claro, una procrastinación digital.
Aris, desde su esquina, observaba cada movimiento, su mano moviéndose lentamente sobre su miembro, la fricción un recordatorio constante de su poder y su deseo.
Sarah dejó el móvil a un lado. Se recostó de nuevo, pero esta vez su expresión era diferente. Ya no era la de una estudiante cansada. Era la de una mujer con un pensamiento en la mente, un deseo latente en su cuerpo. Sus ojos se cerraron, y su mano comenzó un lento viaje por su propio cuerpo.
Primero, rozó su cuello, luego descendió por su clavícula. Sus dedos se detuvieron en el primer botón de su pijama. Lo desabrochó. Luego el segundo. Sus movimientos eran lentos, deliberados, casi un ritual. Aris contuvo la respiración, su mano apretando su polla con más fuerza.
La camisa del pijama se abrió, revelando su pecho. Sus dedos se deslizaron sobre su piel, trazando círculos alrededor de sus pezones, que se endurecieron bajo su propio toque. Aris podía ver la excitación creciendo en ella, una tensión sutil en sus músculos, una ligera sonrisa en sus labios.
Su mano continuó su descenso. Pasó por su vientre, se detuvo un momento en la cintura. Luego, con una decisión clara, se deslizó dentro de su pantalón del pijama.
Aris se inclinó hacia adelante, su cuerpo tenso de anticipación. El momento que había estado esperando.
Sarah se quitó los pantalones con un movimiento fluido. Ahora solo llevaba la camisa abierta y sus bragas de algodón. Su mano volvió a su entrepierna, presionando su vulva a través del tejido. Un pequeño gemido escapó de sus labios, un sonido que para Aris fue como música.
Se levantó de la cama y se dirigió al cajón de la mesita de noche. Lo abrió. Su mano rebuscó entre la ropa, y luego lo encontró.
El consolador.
Lo sacó. A la luz tenue de la habitación, parecía aún más grande, más imponente. Sarah lo miró con una mezcla de deseo y aprensión. Lo pasó por sus labios, humedeciéndolo con su saliva. Luego, recostándose de nuevo en la cama, se quitó las bragas.
Aris tenía una vista perfecta. Su sexo, ahora excitado y húmedo, estaba completamente expuesto. Sarah extendió sus piernas, una invitación silenciosa a su propio placer.
Llevó el consolador a su entrada. La cabeza grande y carnosa presionó contra sus labios. Aris vio cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus dedos se aferraban a las sábanas.
Con una lentitud exquisita, comenzó a introducirlo.
Centímetro a centímetro, el enorme falo desaparecía dentro de ella. Aris podía ver cómo su sexo se estiraba, cómo se adaptaba a aquel tamaño descomunal. Era una imagen de pura belleza erótica, una lucha entre el placer y el dolor que estaba ganando el primero.
Una vez que estuvo todo dentro, Sarah se detuvo, acostumbrándose a la sensación. Sus respiraciones eran profundas, sus pechos subiendo y bajando. Luego, comenzó a moverse.
Primero lentamente, con movimientos circulares. Luego, más rápido, con una fuerza que sorprendió a Aris. Sus caderas se levantaban para encontrarse con el juguete, sus gemidos llenaban la habitación, una sinfonía de placer crudo.
Aris no pudo contenerse más. Con la mano invisible apretando su polla, comenzó a masturbarse con el mismo ritmo con el que Sarah se follaba a sí misma. Estaban conectados por el deseo, unidos en un acto de placer secreto, aunque uno de ellos no fuera consciente de ello.
Los gemidos de Sarah se hicieron más fuertes, más urgentes. Su cuerpo se arqueó, una tensión eléctrica recorriendo sus músculos. Estaba a punto de llegar.
Aris también. Instintivamente se acercó a ella, se puso junto a su cara, sin temor a ser descubierto, sin temor a ser oído, se inclinó, y sin poder resistirlo más, se corrió al mismo tiempo, un torrente de semen invisible cayendo sobre el rostro de Sarah, un grito ahogado escapó de su garganta.
Se quedó así un momento, con los ojos cerrados, el cuerpo temblando. Lentamente, retiró el consolador, que ahora brillaba con su humedad.
Aris, agotado y satisfecho, la observó. Era una imagen de pura vulnerabilidad y belleza. Se sentía como un dios, un creador que había presenciado el acto más íntimo de su creación.
Se levantó, se vistió y, con un último vistazo a Sarah, que ya empezaba a dormirse, giró la corona del Cronomóvil una última vez.
El mundo se desvaneció.