CAPÍTULO 4
Tres días después, el campus de la universidad bulle con una energía juvenil que Aris había olvidado por completo.
Los estudiantes se mueven en oleadas entre los edificios de ladrillo, sus voces llenan el aire con risas, debates y el constante zumbido de la ambición.
Aris camina entre ellos, invisible, un fantasma en medio de la vida.
Lleva el Cronomóvil en su muñeca invisible, su peso una presencia reconfortante, y el Elixir de No-Ser corre por sus venas, un río silencioso.
Ha esperado a la hora punta, a esa mezcla de fin de clases y principio de almuerzos, porque es cuando el vestuario femenino del centro deportivo se convierte en un hervidero de actividad.
Aris había siempre tenido una fascinación casi académica por la biología humana, pero esta era una clase de investigación que nunca había creído que pudiera realizar.
Cruza el umbral del vestuario de mujeres como si fuera aire.
El olor lo golpea: una mezcla de cloro, perfume dulce, sudor limpio y un toque íntimo y corporal que es inconfundiblemente femenino.
El tiempo está detenido, pero su mente lo acelera.
Su mirada recorre la escena. Una rubia de la que él recuerda haber sido una de sus estudiantes más brillantes, Jessica, está de pie frente a su taquilla, con una toalla a punto de caer de sus caderas.
Su piel está sonrosada por la ducha, y sus pechos, firmes y perfectos, se levantan con cada respiración congelada.
Junto a ella, una chica de pelirroja, cuya escultura atlética sugiere una nadadora, se seca el pelo con una toalla, su brazo levantado en un gesto que tensa los músculos de su abdomen y espalda.
En un banco cercano, una chica más menuda, de origen asiático, se está vistiendo con lentitud, la tela de su sujetador deportivo rozando su piel.
Es un jardín del edén privado, y él es la única serpiente.
Su cuerpo responde antes que su mente. Una tensión caliente se forma en su ingle, su polla invisible endureciéndose contra el tejido de sus pantalones.
El poder es tan real como la carne. La capacidad de observar sin ser visto, de estar tan cerca de tanta intimidad vulnerable, es una droga que ya está enganchándolo.
Se acerca a Jessica. La observa de cerca, tan cerca que puede contar las pestañas rubias que enmarcan sus ojos cerrados, los pequeños granitos de agua que todavía brillan en sus hombros. Se inclina y huele su perfume, una mezcla de jazmín y algo más, algo que es solo ella, Jessica.
La tentación de tocarla es abrumadora. Imagina sus dedos invisibles trazando la línea de su clavícula, descendiendo por la curva de su pecho. Pero no. No hoy. Hoy es sobre la observación. Sobre saborear el poder, absorber la escena, archivarla para más tarde.
Su mirada se desplaza hacia la nadadora pelirroja.
Su nombre es Chloe. La recuerda por su intensidad en clase.
Ahora, esa misma intensidad está en su cuerpo.
Sus hombros anchos, sus piernas largas y musculosas, un cuerpo construido para la velocidad y el poder en el agua.
Está de espaldas, y la curva de sus nalgas, firmes y redondas, es una obra de arte.
Aris siente un impulso casi animal de caer de rodillas y morder esa carne perfecta.
Se controla. Se gira y su atención cae en la chica asiática.
Su nombre es Lily. Es tímida en clase, pero aquí, en la intimidad del vestuario, hay una gracia en sus movimientos que es hipnótica.
Se está poniendo los jeans, y el proceso es lento y deliberado.
Primero, un pie, luego el otro, levantando las piernas, el tejido de los vaqueros subiendo por sus muslos lisos.
Es un acto tan mundano, y sin embargo, observado desde esta perspectiva, es increíblemente íntimo y sensual.
El pulso de Aris late en sus sienes. Siente que el tiempo se agota. No literalmente, él controla el tiempo, sino la ventana de la poción. El efecto del Elixir de No-Ser duraba una hora. Tenía que ser prudente.
Decide que ha visto suficiente. Por ahora.
Retrocede, hacia la salida, sin hacer un ruido. Antes de irse, permite un último vistazo. El mosaico de cuerpos jóvenes, sanos y hermosos, congelados en un momento de vulnerabilidad. Es una imagen que quemará en su memoria para siempre.
Una vez fuera del vestuario, en el pasillo vacío, activa el cronógrafo. El mundo vuelve a la vida con un estruendo asordo. Las risas, el zumbido de los secadores, el golpe de las taquillas. Es como despertar de un sueño vívido y volver a una realidad mucho menos interesante.
Sonríe. Esto es solo el principio.
Los siguientes días se convierten en una rutina de exploración hedonista.
Por la mañana, trabaja en el sótano, asegurándose de que el Cronomóvil esté perfectamente calibrado, refinando la fórmula del elixir para prolongar su duración.
Es la excusa, la tapadera. Pero su verdadero trabajo comienza por la tarde.
Se vuelve un experto en los horarios de la universidad. Sabe cuándo las chicas del equipo de ballet tienen su ensayo y luego se duchan. Sabe cuándo las animadoras practican. Cada día, un nuevo espectáculo.
Un martes, se detiene el tiempo justo cuando el equipo de natación sincronizada sale de la piscina.
Van en grupo, riendo, sus cuerpos esbeltos y mojados brillando bajo las luces fluorescentes.
En el vestuario, la escena es un cuadro congelado de gracia atlética.
Se acerca a Chloe, la pelirroja, que está en el proceso de quitarse el gorro de natación.
Su pelo rojo, húmedo y comprimido, se libera como una llama.
Aris no solo mira esta vez. La tentación es demasiado fuerte.
Extendiendo una mano temblorosa, traza con un dedo invisible la línea de la espina dorsal de Chloe, desde la nuca hasta la curva lumbar.
La piel es tersa y fría, todavía mojada por la clorada agua de la piscina.
La sensación es surrealista. Él puede sentirla, pero ella no.
Es como tocar una estatua de carne viva.
Su polla está durísima, un arco de tensión dentro de sus pantalones.
Se acerca más, presionando su ingle invisible contra la nalga de Chloe.
A través del tejido fino de su bañador, puede sentir la calidez de su piel.
El contraste entre su miembro ardiente y la carne fresca y mojada de ella es electrizante.
Se queda así un momento, perdido en la sensación. El poder de poseer, aunque sea de forma fantasmal, el cuerpo de esta diosa atlética. Cierra los ojos, imaginando que ella se retuerce contra él, que su cuerpo responde al suyo.
Pero se detiene. Está jugando con fuego. Una interacción más larga, un momento de descuido, y podría dejar un rastro. Un cambio en la temperatura, una corriente de aire anómala. La ciencia de su invención era precisa, pero la física del universo era traicionera. No podía arriesgarse.
Se aparta con un suspiro invisible. Ha aprendido algo nuevo hoy. El tacto añade una nueva dimensión a su poder. Una dimensión peligrosamente adictiva.
A la noche, de vuelta en su casa, se sienta frente al monitor del laboratorio. Pero en lugar de ecuaciones, su mente reproduce las imágenes del día. La piel de Jessica, los músculos de Chloe, la gracia de Lily. Son un catálogo de deseos, un menú de posibilidades infinitas.
Empieza a planificar más allá de los vestuarios. ¿Por qué limitarse a la universidad? El mundo es su patio de recreo. Podría ir a un desfile de moda de París. Podría estar en el camerino de una estrella del cine. Podría visitar las playas más privadas y exclusivas del mundo.
La escala de su poder lo abruma y lo excita.
Unos días más tarde, decide subir la apuesta.
Elige un objetivo más complejo, más desafiante.
Elige a una alumna de su propio departamento de física.
Una chica brillante llamada Sarah, con una inteligencia tan aguda como su belleza.
Tiene el pelo corto y oscuro, ojos pensativos que parecen ver a través de las ecuaciones, y una figura delgada y boyante que esconde bajo suéteres y vaqueros holgados.
La ha visto en sus seminarios. Siempre haciendo las preguntas más difíciles, desafiando sus propias teorías con un respeto que él encuentra muy atractivo. Hay una chispa en ella, una mente que anhela explorar los mismos misterios que a él.
La sigue un día después de clase. No como un acosador, sino como un observador.
Como un científico estudiando a un sujeto fascinante.
La ve ir a la biblioteca donde pasa horas sumergida en textos de física cuántica.
La ve ir a una pequeña cafetería cerca del campus, donde se sienta sola con un libro y una taza de té.
La ve caminar de vuelta a su residencia de estudiantes, con los auriculares puestos, perdida en su propio mundo.
Esa noche, Aris se prepara con una meticulosidad casi religiosa. Toma una dosis doble del Elixir de No-Ser, queriendo asegurarse de que el efecto dure. La sensación de volverse invisible es ahora familiar, un desprendimiento agradable de la realidad.
Se teletransporta, a través del control del tiempo, directamente a la habitación de Sarah.
Es una habitación pequeña y ordenada, reflejando su mente.
Hay libros por todas partes, apilados en el suelo, en la cama, en el escritorio.
Los pósteres en la pared no son de bandas de rock, sino de Feynman y de una fotografía de la nebulosa de Orión.
Sarah está en su cama, con su pijama de franela, leyendo. Lleva unas gafas redondas que le dan un aire intelectual y adorable. Sus pies desnudos están apoyados en la pared, los dedos moviéndose al ritmo de alguna melodía interna.
Aris se acerca a la cama. Su corazón, invisible, late con fuerza. Esto es diferente. Esto no es un vestuario lleno de extrañas. Esto es el santuario de alguien que conoce, alguien a la que respeta. La intimidad es mucho más profunda.
La observa. La forma en que sus dedos pasan la página, la ligera arruga en su ceja cuando se concentra, la forma en que su pecho sube y baja con cada respiración. Es una escena de una tranquilidad doméstica que él creía haber perdido para siempre.
El tiempo parece detenerse por sí solo, absorbido por la intensidad de su observación. Él no necesita girar la corona del reloj. Este es un momento que quiere saborear en tiempo real, en su propio tiempo de fantasma.
Después de un rato, cierra el libro y lo deja a un lado. Se quita las gafas y las coloca sobre la mesa de noche. Se estira, con un bostezo que es pura vulnerabilidad. Luego, se recuesta en la cama, mirando el techo.
Aris sabe que este es el momento.
Gira la corona del Cronomóvil.
Sarah se congela a mitad de un bostezo, su boca ligeramente abierta.
Aris se acerca lentamente a la cama. Su polla invisible está durísima, impulsada por la mezcla de poder y una fascinación genuina. Se sienta en el borde de la cama, y el colchón ni siquiera se hunde bajo su peso.
Mira su cara. Sin las gafas, sus ojos parecen más grandes, más oscuros. Sus labios, entreabiertos, tienen una forma perfecta.
No puede resistirlo. Se inclina y, con una delicadeza extrema, presiona sus labios invisibles contra los de ella.
La sensación es extraña y electrificante. Es como besar una estatua de cera tibia. No hay respuesta, no hay movimiento. Pero él puede sentir la suavidad de sus labios, el ligero relieve de su piel.
Se aparta, jadeante. Es una locura, lo sabe. Pero no puede parar.
Su mirada desciende por su cuerpo. El pijama de franela es grueso, pero puede imaginar lo que hay debajo.
La piel suave, las curvas sutiles. Con un movimiento decidido, desabrocha el primer botón de su pijama.
Luego el segundo. Sus dedos invisibles trabajan con una precisión nerviosa, abriendo la camisa hasta revelar su piel.
Su pecho es pequeño y perfecto, con unos pezones rosados que se erizan al contacto con el aire más fresco de la habitación. Aris siente un nudo de deseo en su garganta. Se inclina y, con la punta de la lengua, traza un círculo alrededor de uno de sus pezones.
La sensación es pura fantasía. Él puede sentir la textura de su piel, el gusto limpio de ella, pero ella permanece inmóvil, inconsciente de la profanación.