CAPÍTULO 3
El sol del mediodía se coló por la pequeña ventana del sótano, dibujando un rectángulo de luz polvorienta en el suelo de hormigón.
Aris no había dormido. Pasó la noche refinando los cálculos, ajustando la potencia del condensador, asegurándose de que cada microcircuito estuviera perfectamente soldado.
La fatiga era un insecto zumbando en la periferia de su conciencia, fácilmente ignorado por el zumbido más potente de su determinación.
A las dos en punto, como cada martes, el timbre de la puerta sonó. Un sonido corto, cortés, que parecía pertenecer a otro mundo.
Aris subió las escaleras con un corazón que no latía de nervios, sino de pura anticipación científica. Abrió la puerta.
—Hola, Doctor Thorne.
Era Patty. Llevaba su pelo negro y lacio recogido en una cola de caballo alta que acentuaba la curva de su cuello.
Su uniforme de limpieza, un simple pijama a rayas azules y blancas, era de una tela tan fina que se adhería a sus formas, revelando la silueta atlética que Aris apenas había registrado hasta ahora.
Sus ojos, oscuros y almendrados, estaban llenos de una serenidad profesional.
—Hola, Patty. Como siempre, ya sabes, estoy trabajando en el sótano, cuando termines cierra la puerta sin avisarme.
—Gracias, Doctor. Que tenga un buen día.
Se deslizó a su lado, dejando un rastro de un perfume suave, a vainilla y coco. Aris la observó alejarse por el pasillo, sus caderas balanceándose con un ritmo natural, el de alguien completamente cómoda en su propio cuerpo. Cerró la puerta y no volvió a pensar en ella.
Bajó al sótano. El laboratorio lo esperaba, un santuario frío y silencioso. Se acercó a la mesa. Allí estaban los dos instrumentos de su redención. El Cronomóvil, en su pedestal, y el frasco de Elixir de No-Ser.
Se detuvo un momento. Miró sus manos. Eran las manos de un científico, manchadas de tinta y con pequeñas quemaduras de soldador. Pronto, serían las manos de un fantasma.
Con una precisión quirúrgica, se sirvió una dosis exacta del elixir en un pequeño vial de cristal. El líquido se agitaba con una vida interna, como una estrella naciente. Se lo bebió de un trago.
No hubo sabor. No hubo nada.
Luego, una sensación extraña. Un hormigueo que comenzó en la punta de los dedos de los pies y se extendió hacia arriba, como si millones de hormigas de energía recorrieran su sistema nervioso.
La piel del brazo se volvió translúcida, luego transparente.
Podía ver las venas, los huesos, el movimiento de los músculos bajo la carne.
Luego, incluso eso desapareció. Levantó la mano ante su cara.
No había nada. Solo el zumbido del laboratorio y la imagen del escritorio que había detrás de donde debería estar su mano.
Se dirigió al Cronomóvil. Su mano invisible, intangible, se acercó a la corona de titanio. Estaba helada. La giró.
El mundo se detuvo.
El zumbido de los servidores cesó. El polvo danzante en el rayo de sol se congeló en el aire. El sonido de la aspiradora en la planta de arriba se cortó en seco. Un silencio absoluto, la calma del ojo de un huracán, se apoderó del sótano. Aris sonrió. Funcionaba. Era Dios en su propia creación.
Comenzó a subir las escaleras. No sentía el peso de su cuerpo. Sus pies no hacían ruido en la madera. Era un espectro, una conciencia sin masa. Se movió a través de la casa, buscando a Patty.
La encontró en el salón. El tiempo estaba detenido en el preciso instante en que ella se inclinaba hacia adelante para vaciar la bolsa de la aspiradora.
Estaba de rodillas, su trasero prominente apuntando hacia el cielo, sus piernas ligeramente separadas.
El pijama se le había apretado contra sus nalgas, revelando la perfecta redondez.
El tejido se hundía en el surco que las dividía, dibujando una línea que era una invitación directa al instinto más primario.
Aris se quedó mirando, sin aliento, aunque ya no necesitaba respirar. No era el Doctor Thorne, el físico teórico. Era un hombre. Y estaba viendo a una mujer.
Un calor, un fantasma de una sensación que creía muerta, comenzó a crecer en su ingle. El instinto. La biología. La química caótica que gobernaba a los mortales. Él, que había domado el tiempo, era esclavo de la testosterona. La ironía era tan densa que casi podía sentirla.
Miró su propia ingle. Su cuerpo invisible se estaba despertando. Una erección, un fenómeno puramente vascular y neurológico, estaba ocurriendo. Se lo podía sentir, un peso, una tensión, pero no podía verlo. Era un fantasma con una polla de fantasma.
Se acercó a Patty. Podía oler su perfume a vainilla, aunque el aire estaba congelado. Podía ver el detalle de un pequeño lunar en la curva de su espalda. Podía sentir la temperatura de su piel a centímetros de distancia.
La tentación fue un abismo que se abrió a sus pies. Podía tocarla. Podía sentir su piel bajo sus dedos invisibles. Podía...
Se acercó más. Su polla invisible, dura y ansiosa, estaba a centímetros de su cara. Sus labios estaban ligeramente abiertos, congelados en medio de una respiración que nunca llegaría a completarse. Podía ver el blanco perfecto de sus dientes, el brillo húmedo de su lengua.
¿Por qué no? preguntó una voz en su cabeza. ¿Quién lo sabrá? Ella no. El universo no. Estás fuera de las reglas.
Fue la lógica más retorcida que jamás había utilizado, pero en ese momento, fue la más convincente.
Con una delicadeza que no sabía que poseía, deslizó el glande de su polla invisible entre los labios congelados de Patty. La sensación fue electrificante. Calor, suavidad, una humedad fantasmal. Era como meterse en una piscina de agua tibia en una noche fría.
Lentamente, comenzó a moverse. Dentro y fuera.
La cabeza de su polla rozaba el paladar de ella, deslizándose junto a sus dientes.
No había resistencia, solo una suavidad acogedora.
Cerró los ojos, concentrándose en la sensación.
Era él, un hombre, follando la boca de una mujer que no se daba cuenta.
El poder era embriagador. La invisibilidad era el afrodisíaco definitivo.
Aumentó el ritmo. Sus movimientos se volvieron más rápidos, más profundos. La imaginó despierta, con los ojos llenos de sorpresa y quizás de deseo. La imaginó respondiendo a él, su lengua bailando con su glande. Al imaginarlo hizo que la sangre le bullera en las venas.
El éxtasis se construyó rápidamente, una ola creciente en un mar sin fin. El zumbido del laboratorio, el olor a ozono, el recuerdo del accidente... todo se desvaneció. Solo existía él, su polla invisible y la boca de Patty.
El orgasmo lo golpeó como una explosión silenciosa.
Un torrente de semen caliente y espeso brotó de él, llenando la boca de Patty.
Lo vio deslizarse por su garganta, una cascada lechosa en un paisaje congelado.
Se estremeció, un temblor que recorrió su cuerpo invisible, una liberación pura y animal.
Se quedó quieto un momento, recuperando el aliento que no necesitaba. Luego, con una calma renovada, se retiró. Observó su obra. Un hilo de su semen, invisible para él, pero real, colgaba de la comisura del labio de Patty.
Dio un paso atrás. Con un movimiento deliberado, giró la corona del Cronomóvil en sentido contrario.
El mundo explotó de nuevo en movimiento y sonido.
El zumbido de la aspiradora volvió a la vida. Patty terminó de vaciar la bolsa y se levantó, estirando la espalda con un pequeño gemido. Se pasó la mano por la frente, limpiando el sudor.
—Uf —dijo para sí misma.
Entonces, algo la desconcertó. Se pasó la lengua por los labios.
Había un sabor extraño allí. Algo salado, ligeramente amargo.
No sabía qué era. Miró a su alrededor, confundida.
¿Había comido algo? No. ¿Le habría caído alguna basura en la boca?
No era probable. Frunció el ceño, pero la sensación se desvaneció tan rápido como había llegado.
Lo atribuyó a su imaginación y siguió con su trabajo, sin saber que acababa de ser el recipiente involuntario del placer de un fantasma.
Aris, invisible a su lado, observaba todo con una sonrisa de triunfo. Había funcionado. Todo. La poción, el reloj, la intervención. Patty no lo había visto, no lo había oído, no lo había sentido. El único residuo de su acto era un sabor efímero que ella ya había olvidado.
El éxito era absoluto.
Pero mientras observaba a Patty fregar el suelo, su cuerpo moviéndose con una gracia que ahora apreciaba de una manera completamente nueva, una nueva idea comenzó a germinar en su mente. Una idea oscura, tentadora.
El plan original era simple: volver a la noche del accidente, detener el tiempo, apartar a Elena con la suficiente sutileza como para que el cambio en su trayectoria la salvase, y luego regresar a su línea de tiempo. Un rescate. Una redención.
Pero... ¿y si?
¿Y si esa noche no era su único objetivo? El poder que tenía entre manos era absoluto. Podía ir a cualquier momento. Podía observar a cualquiera. Podía... interactuar.
Una marea de posibilidades, todas ellas prohibidas, todas ellas deliciosamente posibles, inundó su cerebro.
Podía visitar los vestuarios femeninos. Podía entrar en las casas de sus rivales académicos y observar sus vidas íntimas.
Podía estar en la habitación de cualquier celebridad en cualquier momento del día o de la noche.
Podía satisfacer cada capricho, cada fantasía que alguna vez hubiera tenido, sin consecuencias, sin miedo a ser descubierto.
La polla, que apenas se había calmado, comenzó a despertar de nuevo. El poder era el afrodisíaco más potente que jamás hubiera imaginado.
Pensó en las estudiantes de su universidad. Esas jóvenes brillantes, llenas de vida, que lo miraban con una mezcla de respeto y timidez. Podría verlas en la ducha del vestuario. Podría sentir su piel mojada. Podría...
Se detuvo. El pensamiento era tan excitante como aterrador.
¿Se estaba volviendo loco? ¿Era esto el luto, manifestándose de una forma tan perversa?
No, se dio cuenta. Era algo más simple. Era el instinto humano en su forma más pura, despojado de toda regla social, de toda moralidad.
Era el hombre de las cavernas con el poder de un dios.
Antes de volver a su antigua vida con Elena, antes de asumir de nuevo el papel de marido devoto, podía tener unas vacaciones. Unas vacaciones en el tiempo, fuera de las reglas, donde él era el único legislador.
Unos días. Le daría unos días a este nuevo yo. Unos días para explorar los límites de su poder y de sus propios deseos. Después, rescataría a Elena. Y vivirían felices para siempre, él con su secreto, con el recuerdo de estos pequeños pecados sin consecuencias.
La decisión estaba tomada. Se sentía como un peso levantado de sus hombros. Ya no era solo un hombre atormentado por la pérdida. Era un explorador. Un pionero en una nueva frontera del placer.
Miró a Patty, que ahora estaba arreglando unos cojines en el sofá. Ella había sido su primera prueba. Su primer éxito. Y su primera... conquista.
¿Cuál sería la siguiente?