Perversiones sexuales de ... Serie Completa CAPÍTULO 2
86%

CAPÍTULO 2

La oscuridad no fue eterna. Fue interrumpida por un pitido agudo y constante, el sonido metálico de una máquina manteniendo a alguien con vida.

Aris abrió los ojos. El techo blanco de un hospital lo deslumbró.

Un dolor sordo y pulsante recorría todo su lado izquierdo.

Intentó moverse, pero un agudo pinchazo en su costado lo obligó a quedarse quieto.

—Doctor Thorne. Estás despierto.

Una voz de mujer. Serena, profesional. La enfermera. No tenía la edad de Elena, pero sus ojos oscuros le recordaron vagamente a los de ella.

—Elena —dijo él, su voz un ronco graznido—. Dónde... ¿dónde está Elena?

La enfermera vaciló por una fracción de segundo. Fue suficiente. Un frío glacial, más profundo que cualquier dolor físico, se apoderó de Aris. Aquello no era un simple "está en otra habitación". Era el silencio que precede a una noticia devastadora.

—Doctor —empezó la enfermera, acercándose y poniendo una mano fresca sobre su brazo—. Su esposa... Elena... sufrió heridas muy graves. Los médicos hicieron todo lo que pudieron.

Las palabras flotaban en el aire, desarticuladas y absurdas.

"Hicieron todo lo que pudieron". Era la excusa de los vencidos, de los que se rinden ante lo inevitable.

Aris no creía en lo inevitable. Creía en las variables, en las ecuaciones, en la capacidad de cambiar el resultado si se tenían los datos correctos.

—No —dijo él, sacudiendo la cabeza, un movimiento que le envió una nueva ola de dolor—. No es posible.

—Lo siento mucho, Doctor.

La enfermera se retiró, dejándolo solo con el pitido de la máquina y el eco de su propio fracaso. Cerró los ojos, pero no pudo evitar verla. El destello de sus ojos en el momento del impacto. El color esmeralda de su vestido, ahora manchado de rojo.

No. No lo aceptaría.

Pasaron tres semanas en ese limbo de blanco y dolor. Tres semanas en las que el mundo exterior intentaba penetrar en su caparazón. Periodistas querían respuestas. Los directores de la universidad le enviaban flores. Sus colegas lo visitaban con miradas de lástima que él no podía soportar.

Pero Aris no estaba allí. Su mente estaba en otro lugar. Viviendo y reviviendo el accidente en bucle. Analizando cada variable. El ángulo de impacto. La velocidad del camión. El coeficiente de fricción del asfalto mojado. El tiempo de reacción.

Y sobre todo, el tiempo.

Una noche, mientras la luna llena bañaba su habitación de un plomo funerario, tomó una decisión. Los médicos le habían dado el alta. Su cuerpo estaba curado, aunque marcado por cicatrices que eran un mapa de su fracaso. Su alma, en cambio, era un agujero negro, un vacío que absorbía toda la luz.

Regresó a su casa. La casa que compartía con Elena. El silencio era una presencia física, un fantasma que ocupaba cada rincón. Su perfume aún flotaba en el aire del dormitorio. Una de sus tazas de café seguía en el fregadero. Pequeños restos de una vida que había sido arrebatada.

Bajó al sótano. El aire olía a ozono y metal frío. Allí estaba, bajo una lona, la razón de su existencia. La desveló con manos temblorosas.

El Cronomóvil.

La máquina era una maravilla de ingeniería caótica y brillante.

En el centro, sobre un pedestal de acero inoxidable, yacía el dispositivo principal: el reloj.

No era un reloj convencional, por supuesto.

Su caja era de una aleación de titanio y tungsteno que brillaba con un brillo iridiscente bajo las luces fluorescentes del sótano.

La esfera no tenía números ni agujas. En su lugar, una galaxia en miniatura de luz líquida giraba lentamente, un remolino de fibras ópticas que representaba el flujo del tiempo en su localización actual.

Era hermoso y aterrador. Dos gruesos cables de platino se extendían desde la corona del reloj, conectándolo a la estructura principal.

Esta estructura era una monstruosidad de tubos de vacío de cristal, bobinas de cobre del grosor de un brazo y un núcleo central de un bloque enorme de cuarzo sintético.

Las paredes estaban cubiertas de servidores, sus luces LED parpadeando como un enjambre de luciérnagas atrapadas.

Una compleja red de cables, como las venas de un gigante, conectaba cada componente.

El zumbido constante era la única música del sótano, el sonido del poder contenido, del universo a punto de ser desafiado.

Al lado de la maquinaria principal, sobre una mesa de laboratorio esterilizada, se encontraba su otro gran invento.

El Elixir de No-Ser. Un solo frasco, de cristal ahumado, que contenía unos cien mililitros de un líquido que parecía capturar la luz del amanecer.

Destellaba con tonos azulados y plateados, una sustancia que no pertenecía a este mundo.

Era la llave para convertirse en un fantasma, para poder observar sin intervenir, para ser una sombra en el propio pasado.

Durante los siguientes meses, Aris se convirtió en un ermitaño.

Descuidó su trabajo en la universidad, dejando mensajes de voz sin respuesta y correos electrónicos sin leer.

Comía poco, dormía menos. Su mundo se redujo a los confines de ese sótano.

El dolor de la pérdida se había transformado en un combustible frío y eficiente.

No había lágrimas, ni lamentos. Solo una obsesión: la ecuación final, la que le permitiría corregir el error más grande de su vida.

Las simulaciones se volvieron más y más complejas. Creaba modelos del accidente, introduciendo variables hasta el más mínimo detalle: la humedad relativa, la desviación de una milésima de segundo en el semáforo, la temperatura del motor del camión. Y cada vez, el resultado era el mismo. Muerte.

Hasta que un día, introdujo una nueva variable. Una variable imposible: él mismo. Un observador invisible.

La simulación corrió. Y en la pantalla, por primera vez, el resultado cambió.

El coche seguía girando, el metal se retorcía, pero el cuerpo de Elena, en la simulación, no se proyectaba contra su lado.

El impacto la alcanzaba de una manera diferente, menos letal.

Heridas graves, sí, pero no críticas. Un 87% de probabilidades de supervivencia.

Un grito de pura euforia se escapó de su garganta. No era una victoria,

Aris se apoyó contra el frío metal de la consola, el corazón martilleándole en el pecho con una fuerza que casi le dolía.

La emoción era un torrente que amenazaba con ahogarlo.

No era solo la esperanza; era la certeza.

La matemática, ese lenguaje puro y despiadado, le había dado una respuesta. Le había ofrecido una posibilidad.

Sus ojos se desviaron del monitor, donde los nuevos datos parpadeaban como un faro en la tormenta, y se posaron en el frasco ahumado sobre la mesa.

El Elixir de No-Ser. El pilar teórico de su plan.

El ingrediente que lo convertía de un simple observador del pasado en una intervención quirúrgica del tejido del tiempo.

Una sombra de duda, la primera en meses cruzó su mente.

Las simulaciones eran perfectas, los modelos impecables.

Pero el elixir... eso era biología. Química caótica.

Una fórmula que alteraba la propia naturaleza de la materia a un nivel cuántico.

Había diseñado la fórmula basándose en principios teóricos avanzados, calculando la interacción de las moléculas con el campo de Higgs para reducir su "masa de interacción".

En teoría, debería hacerlo invisible e intangible. En la práctica...

En la práctica, podía no funcionar. O peor, podría funcionar de una manera inesperada. Podría matarlo. Podría dejarlo en un estado de no-ser permanente, un fantasma atrapado entre las dimensiones.

Miró el reloj en la pared, un viejo reloj de cuerno con péndulo, un regalo de boda. Casi eran las tres de la mañana. La solución, la prueba, se encontraba a solo unas horas de distancia.

Mañana.

Mañana venía Patty, una joven y bellísima mujer venezolana, de 21 años, con una piel canela y un cuerpo atlético que se movía con una gracia felina.

Era la mujer de la limpieza. Contratada por Elena para que viniera dos veces por semana.

Aris casi ni la notaba, era parte del mobiliario, un fondo de ruido con aspiradora y cubo.

La razón por la que Elena la había contratado era para que tuviera más tiempo para él, para sus proyectos.

La ironía no se le escapó. La ayudante de su mujer muerta se convertiría en el conejillo de Indias perfecto para su resurrección.

Si podía observar a Patty, moverse a su alrededor sin que ella lo notara, sin que su presencia alterara el polvo del aire o las ondas sonoras, entonces funcionaría.

Entonces, su plan tendría su primera piedra.