CAPÍTULO 1
El destello de los flases anegaba la sala, cegador y constante como una tormenta de verano sobre la ciudad de Nueva York.
El Doctor Aris Thorne, con su traje de esmoquin de noche profunda que parecía absorber la luz, se mantenía erguido en el estrado, una modesta sonrisa dibujada en sus labios.
Sostenía la estatuilla del Premio Global de Innovación, un torpe bloque de cristal tallado que, sin embargo, pesaba como el oro y el reconocimiento de todo el mundo.
Un mar de rostros admiradores lo miraba desde abajo: colegas envidiosos, inversionistas ávidos, periodistas sedientos de titular.
Y en una mesa cercana, entre el brillo de la porcelana y el cristal, se encontraba la única razón por la que aquel momento no se sentía como la culminación de una vida solitaria dedicada a la física teórica.
Elena.
Ella lo miraba con una intensidad que hacían que todos los demás focos parecieran velas de cumpleaños.
Su vestido de color esmeralda se adhería a sus curvas como una segunda piel, y su cabello oscuro, recogido en un moño elegante, dejaba al descubierto la delicada línea de su cuello.
Aris sintió un nudo de pura y simple felicidad apretarse en su garganta.
Todo lo que había hecho, las noches sin dormir, las ecuaciones que bailaban en sus sueños, las dimensiones que había plegado y desplegado en su mente, había sido por ella.
Para construir un futuro donde ambos pudieran ser felices, sin las preocupaciones que siempre habían nublado sus años de universidad.
El discurso fue una formalidad. Agradeció al comité, a su universidad, a sus mentores, pero sus ojos nunca se desviaron de Elena por mucho tiempo.
Mencionó algo sobre "doblegar las reglas del espacio-tiempo para el bien de la humanidad", una frase grandilocuente que suscitó un murmullo de aprobación.
Si tan solo supieran, pensó, si tan solo tuvieran una idea de la verdadera naturaleza de su obra final, no en el laboratorio de la universidad, sino en el sótano de su hogar.
Al cabo de lo que pareció una eternidad, pero que en realidad fue un discurso de tres minutos, dejó la estatuilla sobre el podio y descendió los escalones.
La multitud lo absorbió, palmadas en la espalda, felicitaciones que sonaban como el zumbido de una abeja lejana.
Su único objetivo era cruzar esa sala y tocar su mano.
Finalmente, llegó a su mesa. Elena se levantó y lo rodeó con sus brazos. El perfume de jazmín que tanto le gustaba la envolvió, un aroma a hogar que desplazaba el olor a champán y ambición de la sala.
—Fue increíble, mi amor —susurró él al oído de ella, su voz ronca por la emoción—. Lo has sido todo.
—Tú has sido el increíble —replicó ella, separándose un poco para mirarlo a los ojos—. Estoy tan orgullosa de ti, Aris. Has cambiado el mundo.
—No, Elena. Tú cambiaste el mío.
Se quedaron así un momento, dos islas de intimidad en un océano de gente. El resto de la gala se desdibujó en un ruido de fondo. No les importaban los canapés, ni la orquesta que comenzaba a tocar un vals, ni las intrigas de la alta sociedad. Solo existían ellos.
El trayecto de vuelta a casa fue un bálsamo después de la tensión de la gala.
El Bentley, un regalo de Elena cuando el último proyecto fructificó, se deslizaba por las calles desiertas de Brooklyn, sus faros cortando la niebla nocturna.
Elena había apoyado la cabeza en su hombro, sus dedos entrelazados con los de él.
Dentro del coche reinaba un silencio cómodo, lleno de la promesa de la noche que esperaba.
—¿Has pensado cuándo será el momento? —preguntó ella en voz baja.
—Para qué, mi amor.
—Para probarlo. El Cronomóvil.
Aris sonrió. El Cronomóvil. El nombre que ella le había puesto a su creación final. Un artefacto no mucho más grande que un reloj de pulsera de lujo, con una corona giratoria y una esfera que no mostraba las horas, sino una delicada madeja de luz que representaba el tejido del presente.
—Pronto —dijo él—. Necesito estar seguro. Las simulaciones son perfectas, pero el tiempo... el tiempo es travieso. No quiere ser domado.
—Confío en ti —dijo ella, apretando su mano—. Siempre he confiado en ti.
El amor que sentía por ella era una fuerza física, un calor que se irradiaba desde su pecho y amenazaba con desbordarse.
Pensó en el proyecto secreto en el sótano.
La maquinaria que ocupaba la mayor parte del espacio, los tubos de vacío que zumbaban con una energía silenciosa, el corazón de cristal de cuarzo que vibraba a una frecuencia imperceptible.
Y la poción, el elixir que yacía en un frasco de cristal ahumado, su contenido brillando con una luz líquida y opalescente.
El Elixir de No- Ser, lo llamaba él. Una fórmula bioquímica compleja que alteraba el índice de refracción del cuerpo humano y su huella cuántica, volviéndolo invisible no solo a la luz, sino a toda forma de detección.
La clave para intervenir sin alterar. El pilar de su plan.
Su plan para asegurar que nunca, jamás, la perdiera.
Estaba tan perdido en sus pensamientos que casi no lo vio. Las luces de un semáforo en rojo. No, no era un semáforo. Eran los faros de un camión. Un camión de basura de gran tamaño que se había saltado la señal, un monstruo de acero que irrumpía en su pequeña burbuja de felicidad.
El tiempo, ese viejo amigo y enemigo, pareció estirarse.
Vio el pánico en los ojos de Elena, su boca abriéndose en un grito mudo.
Sintió el chirrido agudo de los neumáticos del Bentley luchando por aferrarse al asfalto mojado.
Sintió el volante girar en sus manos, un intento patético de desviarse de lo inevitable.
Y luego, el impacto.
No fue un estruendo. Fue una implosión. Un sonido sordo y húmedo, como si el mundo se hiciera pedazos bajo una presión inmensa.
El cristal estalló hacia dentro, una lluvia de diamantes mortíferos.
El metal se retorció con un gemido de agonía.
El coche fue lanzado a un lado, girando sobre sí mismo en una danza macabra.
El último recuerdo que tuvo de ese instante fue del cuerpo de Elena, proyectado contra su lado, el calor de su sangre manchándole la camisa.
Y su rostro. Su rostro, con los ojos aún abiertos por la sorpresa, mirándolo con la misma confianza de siempre.
Una confianza que él, en ese segundo eterno, había traicionado.
Luego, la oscuridad.