CAPÍTULO 9
—Elena...—susurró Aris.
Tenía que arreglar todo aquello, volver a su misión principal.
Lo primero arreglar lo que acababa de pasar.
Bajó al laboratorio, manejó los controles, metió las coordenadas y volvió atrás en el tiempo tres horas, supuestamente todo debería salir bien, ella, Patty, no debería recordar nada ya que realmente aún no había pasado nada, el la recibiría como siempre, con una sonrisa.
El timbre sonó, Aris se dispuso a abrir la puerta con una sonrisa.
Pero ¿y si no funcionaba? ¿Y si la línea temporal se rompía?
El miedo, un sentimiento que había mantenido a raya durante semanas, lo golpeó como una ola fría.
Había jugado a ser Dios, pero ahora se enfrentaba a la posibilidad de que su divinidad fuera una ilusión, y el precio de su obra fuera la destrucción de todo.
Abrió la puerta.
Patty estaba allí, con su uniforme de limpieza y su sonrisa tímida y profesional. Nada había cambiado. O quizás todo.
—Hola, Doctor Thorne —dijo ella, su voz como siempre.
Aris la miró, buscando una señal. Una vacilación, un destello de recuerdo en sus ojos. No había nada. Era la misma Patty de siempre. La mujer de la limpieza. No la esclava sexual que había poseído hacía... ¿cuánto tiempo?
—Hola, Patty —dijo él, su voz más ronca de lo que esperaba—. Pasa, como de costumbre.
Ella entró, y él cerró la puerta, el sonido del cerrojo metálico como una sentencia. El alivio lo inundó, tan profundo que casi se tambaleó. Había funcionado. El tiempo era su esclavo, obediente a su voluntad.
La observó mientras se preparaba para empezar su trabajo. Su gracia, su inocencia. Era la misma chica que había violado en su mente y en su cuerpo solo unas horas antes en otra línea temporal. El contraste era tan abrumador que sentía un nudo en la garganta.
No podía hacerle eso de nuevo. No a ella. No a nadie. El poder que había abrazado era una droga que lo corrompía, que lo convertía en el monstruo que ella había visto en él. Y no quería ser ese monstruo. No si el coste era perderse a sí mismo.
Quería a Elena. La quería con una desesperación que lo consumía.
El recuerdo de su sonrisa, de su risa, del olor de su pelo...
era el único faro en la oscuridad de su nueva y terrible existencia.
Todo lo demás, el sexo, el poder, la lujuria...
era solo un intento patético de llenar el vacío que ella había dejado.
Pero era un agujero negro, y él solo estaba arrojando combustible a las llamas.
Tenía que concentrarse. Tenía que volver a su propósito original. Salvarla. Eso era lo único que importaba.
Se fue al laboratorio, el peso de la decisión reafirmando su determinación. Ya no era un juego. Ya no era un experimento. Era una cruzada.
Bajó al sótano. El zumbido de la maquinaria era un sonido familiar, pero ahora lo escuchaba con un nuevo sentido de la urgencia. Se acercó al Cronomóvil, su mano pasando sobre la corona de titanio, la esfera de luz líquida girando lentamente. Era la llave de su redención o de su condenación.
Cerró los ojos y se concentró. La noche del accidente.
El brillo de los faros del camión. El grito mudo de Elena.
La tenía que revivir una vez más, pero esta vez, no como un espectador impotente.
Esta vez, como un salvador. Sacó el cuaderno de apuntes donde tenía todo anotado, solo tendría esa oportunidad.
Pasaron las horas, el remordimiento por haber sometido a Patty le rondaba la cabeza, no podía dejarla marchar sin al menos limpiar su conciencia, así que subió, cogió su chequera y llamó a Patty, aún estaba limpiando en la planta de arriba.
—Patty, por favor, baja un momento.
Ella descendió con una expresión de preocupación, el trapo de limpieza todavía en la mano.
—¿Todo bien, Doctor?
—Patty —dijo él, su voz seria, pero sin la carga de dominación de antes—. He estado pensando. Lo que te ofrecí... fue incorrecto. Fue una presión inaceptable y te pido disculpas.
Ella lo miró, desconcertada. La tensión en sus hombros se relajó un poco, reemplazada por una confusión total.
—Yo... no entiendo.
—No tienes que entender. Solo tienes que aceptar mis disculpas y esto —dijo él, escribiendo rápidamente un cheque—. No es un pago. Es una compensación por el malestar que te he causado. Y una bonificación por tu excelente trabajo.
Le tendió el cheque. Era por veinte mil dólares.
Patty lo miró, sus ojos desorbitados. Era una cantidad de dinero que cambiaría su vida.
—Pero doctor, no entiendo nada, ¿se encuentra bien? usted nunca me ha dicho nada incorrecto y esto es una cantidad de dinero desorbitada, ¿seguro que quiere darme esto?
—Tómalo, Patty. Y no vuelvas a hablar de esto. Considera que te he dado una prima especial. Por favor, no le comentes esto a nadie. Quiero que seas tú la que lo disfrute, tú y tu familia.
Ella tomó el cheque con manos temblorosas, mirándolo como si fuera un objeto de otro mundo. Luego, levantó la vista y le sonrió, una sonrisa genuina, la primera que le dirigía que no era de pura cortesía profesional.
—Gracias, Doctor Thorne. Muchísimas gracias.
—Ahora ve a casa. Termina otro día.
Ella asintió, guardó el cheque cuidadosamente en su bolso y se fue, con un paso más ligero, como si el peso del mundo se hubiera levantado de sus hombros.
Aris cerró la puerta, sintiendo una parte de su carga aliviarse. No podía borrar lo que había hecho en esa otra línea temporal, pero en esta, había hecho lo correcto. Era un pequeño paso, pero era un paso en la dirección correcta.
Volvió al sótano, su mente más clara que nunca. El tiempo no era un juguete para el placer. Era una herramienta para la redención.
Se preparó con una solemnidad casi religiosa. No era un científico a punto de realizar un experimento. Era un hombre a punto de desafiar al destino para recuperar a su amor.
Se inyectó el Elixir de No-Ser, la sensación de disolución ahora familiar, un desprendimiento del mundo.
Se ajustó el Cronomóvil, sus dedos moviéndose con una precisión nerviosa.
Marcó las coordenadas: la noche del accidente.
El cruce de la Calle 58 con la Tercera Avenida. Diez segundos antes del impacto.
Cerró los ojos y pulsó el botón.
Estaba sentado en el asiento trasero de su Bentley invisible, detrás de Elena. La misión era simple, según sus cálculos, justo antes del impacto, tenía que tirar de elena hacia la izquierda, lo suficiente para evitar el golpe mortal de su cabeza contra el lateral de la puerta.
El mundo a su alrededor era una tormenta de niebla y asfalto mojado. Elena estaba a su lado, su perfume a jazmín llenando el coche, su risa resonando en sus oídos.
—Eres increíble —dijo él, su voz un susurro fantasmal.
Ella se giró para mirar de dónde venía esa voz. Y entonces, sus ojos se abrieron de par en par. Las luces. El camión.
El tiempo se ralentizó. Aris vio el pánico en sus ojos, el grito a punto de salir de su garganta. El instinto lo tomó por completo.
Era el momento.
Con un movimiento rápido y decidido, extendió su mano invisible y agarró el brazo de Elena. Tiró de ella con una fuerza que no sabía que poseía, un movimiento brusco, una corrección violenta en la danza mortal del metal y el cristal.
Elena gritó, sorprendida por la fuerza invisible que la empujaba. Su cuerpo se desplazó, la trayectoria de su cabeza cambiando en milímetros que significaban la diferencia entre la vida y la muerte.
El impacto fue ensordecedor.
Un estruendo que hizo temblar el mundo. El cristal estalló hacia dentro, una lluvia de diamantes mortíferos. El metal se retorció con un gemido de agonía. El coche fue lanzado a un lado, girando sobre sí mismo en una danza macabra.
Aris sintió el golpe, una onda de choque que recorrió su cuerpo invisible. El dolor era un eco de la realidad.
Y luego, el silencio.
El mundo se detuvo. Los pedazos de cristal se congelaron en el aire. Las gotas de lluvia se detuvieron, como si fueran perlas colgando de un hilo.
Había salvado a Elena, pero había cometido un error fatal, no calculó el desastre de no haberse el mismo abrochado el cinturón.
El impacto lo arrojó contra el lateral de la puerta, su cabeza se estrelló contra el metal con una fuerza que lo dejó sin aliento.
Sintió un dolor agudo, una oscuridad que lo amenazaba con tragarse.
Intentó mantenerse consciente, pero el mundo se desvanecía en un remolino de colores y sonidos.
El último recuerdo que tuvo fue el rostro de Elena, con los ojos abiertos por la sorpresa, mirándolo con una mezcla de pánico y confusión. Y luego, la oscuridad.
La oscuridad no fue eterna. Fue interrumpida por un pitido agudo y constante, el sonido metálico de una máquina manteniendo a alguien con vida.
Aris abrió los ojos. El techo blanco de un hospital lo deslumbró.
Un dolor sordo y pulsante recorría todo su lado izquierdo.
Intentó moverse, pero un agudo pinchazo en su costado lo obligó a quedarse quieto.
—Doctor Thorne. Estás despierto.
Una voz de mujer. Serena, profesional. La enfermera. No tenía la edad de Elena, pero sus ojos oscuros le recordaron vagamente a los de ella.
—Elena —dijo él, su voz un ronco graznido—. Dónde... ¿dónde está Elena?
La enfermera vaciló por una fracción de segundo. Fue suficiente. Un frío glacial, más profundo que cualquier dolor físico, se apoderó de Aris. Aquello no era un simple "está en otra habitación". Era el silencio que precede a una noticia devastadora.
—Doctor —empezó la enfermera, acercándose y poniendo una mano fresca sobre su brazo—. Su esposa... Elena... sufrió heridas graves. Los médicos hicieron todo lo que pudieron.
Aquello no podía estar pasando, esto era un deja vu, exactamente las mismas palabras, exactamente todo igual que hace casi un año atrás cuando sucedió el brutal accidente. No se puede cambiar la muerte, se puede variar ciertos elementos, pero una muerte venia marcada por el destino.
Unas semanas más tardes, en la soledad de su mansión, Aris meditó. ¿Ahora que le quedaba? ya sabía que todos sus esfuerzos habían sido en vano, toda su investigación no había servido para salvar a Elena.
¿Qué iba a hacer ahora? ¿volver a la propuesta que le hizo a Patty o seguir indagando en un mundo de perversión? se giró y vio el reloj, el Cronomóvil, él había guardado en el interior de su caja de seguridad junto a la formula, pero lo había sacado por si acaso, pero ¿para qué?
Mientras tenía esos pensamientos, sonó el timbre, no lo esperaba, solo Patty solía venir los martes y hoy era sábado. Abrió la puerta y se encontró a Patty.
—Hola, Doctor Thorne. Perdone que venga sin avisar, pero quería darle esto y darle las gracias de nuevo por la generosidad —dijo Patty, entregándole una caja de caramelos caseros.
Llevaba un vestido de verano floreado que resaltaba su piel canela, y su pelo estaba suelto, cayendo en ondas sobre sus hombros.
Ella no recordaba nada, por supuesto. Para ella, él seguía siendo el excéntrico, pero bondadoso científico para el que trabajaba.
El monstruo que la había poseído era solo un fantasma en una línea temporal abortada.
Pero Aris lo recordaba. Recordaba cada gemido, cada lágrima, cada momento de su sumisión.
Y el recuerdo era un fuego que comenzaba a arder de nuevo en su interior.
—No tenías que molestarte, Patty —dijo él, su voz más ronca de lo que esperaba—. Entra, por favor.
Ella entró, un poco tímida. La casa estaba en silencio, un mausoleo dedicado a una mujer muerta.
—¿Cómo está? Es el segundo accidente que sufre en un año.
El la miró, recordó lo que había vivido con Patty unas semanas atrás, y se dijo, tengo que intentarlo.
—Patty, la última vez que hablamos, te hice una propuesta.
—¿Doctor? ¿de qué está hablando?
—Se que suena extraño, pero ¿Aceptarías ser de mi propiedad?