EL MÉDICO DE VIENA #2
Entregándose finalmente a aquella tentación irresistible, Hartmann dejó escapar un suspiro profundo mientras las dos jóvenes comenzaban lentamente a despojarlo de sus últimas barreras físicas y mentales, conduciéndolo inexorablemente hacia la perdición y el éxtasis absoluto.
El doctor Hartmann sintió cómo los últimos resquicios de su resistencia racional se desvanecían por completo bajo las caricias suaves y precisas de aquellas dos mujeres.
Las manos expertas deslizándose lentamente sobre su pecho, los labios húmedos rozando delicadamente su cuello y el calor intoxicante de aquellos cuerpos femeninos pegados al suyo terminaron por doblegar su voluntad.
Con un suspiro profundo y abandonando ya cualquier intento por resistirse, se entregó plenamente al deseo inevitable que latía con fuerza en su interior.
Ambas mujeres, conscientes de haber dominado totalmente al hombre racional que hasta entonces se había resistido a sus encantos, aumentaron lentamente la intensidad de sus caricias.
La joven rubia se puso frente a él, mirándolo profundamente a los ojos con una sonrisa provocadora mientras abría lentamente los últimos botones de su camisa, exponiendo finalmente el torso masculino, marcado y firme.
La morena, detrás de él, susurraba palabras dulces y obscenas al oído del doctor, explorando lentamente con sus labios y su lengua cada rincón sensible de su cuello y sus hombros.
Hartmann jadeó suavemente al sentir cómo ambas mujeres comenzaban lentamente a despojarlo de toda su ropa, dejándolo completamente desnudo ante ellas, vulnerable y excitado como jamás se había sentido en toda su vida.
Sin más palabras, las dos mujeres se alejaron unos pasos, ofreciéndole lentamente una visión clara y perfecta de sus cuerpos jóvenes y seductores mientras comenzaban a quitarse lentamente sus propios vestidos.
Las prendas húmedas cayeron suavemente al suelo, dejando completamente expuestas las curvas exuberantes de ambas mujeres: sus pechos firmes, de pezones erectos, la suave curva de sus caderas y muslos, y la delicada visión de sus sexos, húmedos y brillantes, esperando ansiosos su atención.
Hartmann sintió cómo su excitación alcanzaba niveles extremos, incapaz ya de controlar el deseo salvaje que le provocaba la visión de aquellas dos criaturas perfectas y perversas.
La rubia avanzó lentamente hacia él, tomando su mano con suavidad pero firmeza, guiándola lentamente hacia su cuerpo desnudo, permitiendo que él explorara con sus dedos temblorosos la suavidad de sus pechos y la calidez húmeda de su sexo.
—Tóqueme, doctor —susurró ella con voz ronca, empujando suavemente los dedos del médico hacia dentro de ella, haciendo que ambos gimieran simultáneamente—. Usted es lo que necesito ahora mismo...
La morena se acercó también, arrodillándose lentamente frente a Hartmann con una sonrisa lasciva en sus labios sensuales.
Con manos expertas, tomó el miembro erecto y palpitante del doctor, acariciándolo con suavidad, recorriéndolo lentamente con su lengua cálida y húmeda, antes de introducirlo profundamente en su boca, deslizándolo con maestría hasta rozar la profundidad de su garganta.
Hartmann gimió profundamente, estremeciéndose por la doble estimulación que recibía en aquel momento.
Su mano exploraba intensamente el sexo húmedo y palpitante de la joven rubia mientras la morena continuaba dedicándose con fervor absoluto a aquella felación intensa y prolongada, llevándolo rápidamente al borde mismo del clímax absoluto.
Antes de que alcanzara aquel punto extremo, ambas mujeres lo guiaron suavemente hacia la camilla acolchada, acostándolo lentamente sobre ella y situándose cada una a un lado.
La rubia, sin esperar, se sentó directamente sobre su rostro, ofreciendo su sexo abierto y húmedo a la lengua hambrienta del médico, quien de inmediato comenzó a explorar con dedicación y profundidad aquel delicioso ofrecimiento.
Ella gimió con fuerza al sentir cómo el doctor, finalmente entregado plenamente a sus instintos, la devoraba lentamente con una pasión y habilidad inesperadas.
Mientras tanto, la morena montó suavemente sobre el médico, deslizando lentamente el enorme pene erecto y palpitante del doctor en el interior de su propio sexo, penetrándose profundamente, hasta sentir que estaba plenamente llena de él.
Comenzó a cabalgarlo lentamente, moviendo sus caderas con una sensualidad absoluta, aumentando progresivamente el ritmo y la profundidad de aquella penetración intensa y exquisita.
El doctor Hartmann, atrapado entre aquellas dos mujeres perversamente seductoras, experimentaba sensaciones que jamás había conocido. Cada movimiento, cada roce de aquellas pieles calientes y húmedas sobre su cuerpo, lo llevaban hasta el límite absoluto del placer extremo.
Poco después, ambas mujeres intercambiaron posiciones suavemente.
La morena ofreció ahora su sexo empapado a la boca experta del doctor, mientras la rubia se deslizaba lentamente sobre el miembro aún duro y venoso, continuando aquel acto intenso y explícito, controlando absolutamente cada movimiento.
Durante largo tiempo, los tres cuerpos se entregaron plenamente al placer absoluto y explícito, explorando múltiples posiciones y juegos perversos.
Las mujeres alternaron sus atenciones, llevando a Hartmann al éxtasis repetidamente con sus bocas, sus cuerpos y sus manos hábiles.
No había límite alguno en aquella entrega absoluta, no había ya inhibiciones ni pudor: solo deseo puro y brutal, dominación suave pero absoluta, placer extremo en cada acto.
Finalmente, tras llevar al doctor hasta el límite mismo de sus fuerzas físicas y mentales, ambas mujeres volvieron a montar sobre él, compartiendo al mismo tiempo su miembro palpitante, alternando sus movimientos hasta que finalmente Hartmann alcanzó un clímax devastador, eyaculando profundamente en el interior de ambas jóvenes, quienes gemían intensamente, recibiendo aquella última entrega con satisfacción absoluta.
Agotado y plenamente satisfecho, el doctor Friedrich Hartmann yacía sobre la camilla, jadeando por el esfuerzo extremo, mientras ambas mujeres se acurrucaban suavemente a su lado, acariciando con delicadeza su cuerpo agotado.
La racionalidad científica que había guiado siempre al doctor había desaparecido completamente aquella noche.
Ahora solo quedaba en él una nueva y peligrosa conciencia: la certeza de que su vida había cambiado radicalmente, y que ya nunca podría volver atrás tras haber experimentado aquel placer absoluto y perverso con aquellas dos mujeres de marcas misteriosas, cuyo origen aún desconocía, pero cuya influencia ya había transformado para siempre su existencia.
La débil luz del amanecer comenzó lentamente a filtrarse por las persianas entreabiertas, acariciando suavemente los cuerpos desnudos y agotados sobre la camilla.
Friedrich Hartmann despertó con una extraña sensación de aturdimiento y confusión.
Su respiración aún agitada resonaba levemente en el silencio absoluto que reinaba en la consulta.