EL MÉDICO DE VIENA
La lluvia azotaba con insistencia las calles desiertas de Viena aquella fría noche de otoño.
Dentro de la elegante clínica situada en el corazón mismo de la ciudad, el doctor Friedrich Hartmann revisaba unos documentos con expresión distraída.
Era un hombre respetado, conocido en todo el Imperio Austrohúngaro por su meticulosa precisión científica y su rechazo absoluto a las supersticiones populares que, según él, envenenaban la mente racional de las personas.
Un golpe inesperado y frenético en la puerta principal lo sacó bruscamente de su concentración.
Hartmann frunció el ceño y levantó la mirada hacia el reloj: eran casi las dos de la madrugada.
Extrañado, se puso en pie y avanzó lentamente por el pasillo tenuemente iluminado, preguntándose qué clase de emergencia podía obligar a alguien a buscarlo a tales horas.
Cuando abrió la puerta, se quedó momentáneamente sin palabras.
Ante él estaban dos jóvenes de belleza deslumbrante y aspecto angustiado.
La primera era rubia, alta, con una piel tersa y luminosa que contrastaba con la palidez enfermiza de sus mejillas en ese instante.
La segunda tenía el cabello negro como la noche, sus labios rojos temblaban ligeramente por el frío y el nerviosismo.
Ambas vestían elegantes vestidos, ahora mojados por la lluvia, que se adherían sensualmente a sus cuerpos jóvenes, revelando curvas sugerentes que el doctor trataba en vano de ignorar.
—Por favor, doctor Hartmann —imploró la mujer rubia con voz suave pero angustiada—. Necesitamos su ayuda. No sabíamos a quién más acudir.
El doctor reaccionó rápidamente, invitándolas a entrar con un gesto rápido de la mano, preocupado por el estado visible de debilidad de las jóvenes.
Las mujeres ingresaron al cálido interior de la clínica y él cerró la puerta tras ellas, notando cómo su presencia llenaba inmediatamente el ambiente de un aroma dulce e inquietante.
—¿Qué ha ocurrido exactamente? —preguntó Hartmann con voz calmada y profesional, aunque sentía que su pulso se aceleraba de forma inexplicable—. ¿Han sufrido algún accidente?
Las dos mujeres intercambiaron una mirada fugaz antes de que la morena se adelantase tímidamente hacia él, apartando lentamente el cabello mojado que cubría parcialmente su cuello.
—No… exactamente un accidente, doctor —susurró con voz apenas audible, revelando ante los ojos atónitos del médico dos pequeñas heridas circulares y profundas en la delicada piel de su cuello—. Nos han hecho esto… algo… alguien…
Hartmann contempló aquellas marcas con profunda incredulidad.
Nunca antes había visto algo parecido: eran mordeduras claras, demasiado simétricas y profundas como para ser accidentales.
La mujer rubia hizo lo mismo, revelando que ella también llevaba idénticas marcas sobre su cuello blanco y seductor.
—Por favor, doctor —suplicó la rubia—. Ayúdenos. No sabemos qué nos han hecho, pero desde entonces nos sentimos muy débiles y… hambrientas…
La forma en que pronunció aquella última palabra provocó un escalofrío extraño en la espalda de Hartmann, quien apartó rápidamente la mirada de aquellas heridas perturbadoras, luchando por mantener el control racional que siempre había sido su principal arma contra la superstición.
—Pasen conmigo —indicó finalmente, recomponiendo su profesionalidad—. Vamos a examinarlas cuidadosamente. Sea lo que sea, estoy seguro de que tiene una explicación perfectamente lógica.
Mientras acompañaba a las dos jóvenes hacia el consultorio privado, el doctor trataba en vano de ignorar el perfume seductor que emanaba de aquellos cuerpos jóvenes y vibrantes, y la sensación desconcertante de que la lógica científica que siempre había guiado su vida estaba a punto de enfrentarse a una realidad mucho más perturbadora y peligrosa.
Hartmann condujo a ambas jóvenes hacia el interior de su consulta privada, una sala amplia decorada sobriamente con muebles de madera oscura, estanterías repletas de libros de medicina y un gran escritorio pulcramente ordenado.
En el centro de la habitación, una camilla acolchada esperaba paciente bajo una tenue luz de gas que iluminaba suavemente el entorno.
—Siéntense aquí, por favor —les indicó con gesto profesional, aunque en su interior ya comenzaba a experimentar una agitación inusual, una inquietud impropia de su carácter científico y racional.
Las mujeres obedecieron lentamente. Primero fue la joven morena quien se sentó en la camilla con un movimiento gracioso y seductor, cruzando elegantemente sus largas y torneadas piernas mientras sus ojos, oscuros y brillantes, permanecían fijos en el doctor con una expresión de vulnerabilidad cuidadosamente estudiada.
—Examíneme primero a mí, doctor —dijo suavemente, con voz baja y dulce—. Me siento muy débil desde que… desde que esto ocurrió.
Hartmann asintió con seriedad, aunque sentía cómo su pulso se aceleraba levemente ante la proximidad de aquella belleza tan inquietante.
Tomó con delicadeza la barbilla de la joven, inclinando suavemente su cabeza hacia un lado para examinar las dos pequeñas heridas en su cuello.
Acercó cuidadosamente una lámpara de mano para observar más detenidamente aquellas marcas profundas, simétricas y alarmantemente precisas.
Sus dedos rozaron suavemente la piel sensible alrededor de las heridas, haciendo que la joven emitiera un leve jadeo entre placer y dolor, una reacción que desconcertó al médico.
—¿Le he hecho daño? —preguntó Hartmann con voz contenida, apartando ligeramente la mano.
—No, doctor —respondió ella con una sonrisa tímida y algo traviesa—. Es solo que estoy muy… sensible.
La otra mujer, la rubia, observaba la escena desde un sillón cercano con una expresión entre curiosa y divertida, acariciando lentamente su propio cuello con dedos delicados.
La tensión en la habitación crecía, cargada con una atmósfera densa y electrizante que comenzaba a afectar seriamente al doctor.
Intentando mantener la calma profesional, Hartmann tomó un estetoscopio y lo colocó suavemente sobre el pecho de la mujer morena, escuchando atentamente su respiración acelerada.
Mientras lo hacía, percibió cómo el generoso escote de su vestido revelaba sutilmente los bordes superiores de sus senos firmes y atractivos.
El pulso del médico se aceleró bruscamente ante aquella visión seductora, aunque luchó por mantener su compostura.
—Su pulso está ligeramente acelerado —dijo con voz ronca, tratando inútilmente de ocultar su turbación—. ¿Ha experimentado alguna otra molestia además de la debilidad?
La joven sonrió con picardía, acercándose sutilmente hacia él hasta que sus rostros quedaron peligrosamente próximos.
—Bueno, doctor, debo admitir que desde que recibí esta mordida, mi cuerpo no ha dejado de sentir cosas extrañas —susurró suavemente, rozando apenas sus labios contra el oído del médico—. Tengo un hambre constante… un hambre muy particular, doctor.
Hartmann tragó saliva, notando cómo la temperatura de su cuerpo se disparaba ante aquella insinuación descarada pero irresistiblemente seductora. Incapaz de responder de inmediato, retrocedió un paso, tratando en vano de recuperar su compostura profesional.
La mujer rubia aprovechó aquel momento para levantarse del sillón y acercarse lentamente al médico, situándose justo detrás de él.
El doctor sintió cómo las manos suaves de aquella mujer acariciaban lentamente sus hombros, deslizando suavemente los dedos hacia su cuello y provocándole escalofríos de placer involuntario.
—Doctor, quizá también debería examinarme a mí —murmuró la rubia con voz dulce y provocativa, pegando su cuerpo sutilmente al de Hartmann desde atrás—. Yo también tengo esas extrañas sensaciones desde que fui mordida.
Sin poder controlarlo ya, Hartmann se giró lentamente hacia ella, notando cómo su voluntad racional se debilitaba rápidamente.
Los ojos claros y profundos de aquella mujer parecían leer directamente en su mente, descubriendo su excitación contenida y su deseo reprimido.
Con dedos temblorosos, el médico apartó cuidadosamente los mechones dorados del cuello de la joven, examinando las heridas idénticas que ella también mostraba.
Mientras lo hacía, percibía cómo la mujer morena se incorporaba detrás de él, envolviéndolo suavemente con sus brazos y presionando sus pechos firmes contra su espalda.
—Doctor, usted es un hombre racional y científico —susurró la mujer rubia con voz suave, casi hipnótica—. Pero hay placeres que no pueden explicarse con la razón. Hay deseos más allá de la lógica. ¿No siente usted ese mismo hambre, doctor Hartmann?
Él intentó balbucear una respuesta coherente, pero solo consiguió emitir un leve gemido cuando las manos de ambas mujeres comenzaron lentamente a explorar su cuerpo, desabrochando delicadamente los botones de su camisa, acariciando con dedos ágiles y suaves su pecho, sus hombros y su abdomen, despertando sensaciones intensas y desconocidas en él.
—Esto… esto no es apropiado… —logró murmurar débilmente, aunque sabía perfectamente que ya no había manera de detener aquel torrente irresistible de deseo y lujuria que lo inundaba.
—Shhh, doctor —susurró la morena con voz cálida y tranquilizadora, mordisqueando suavemente el lóbulo de su oreja—. Déjese llevar. Su cuerpo sabe perfectamente lo que necesita en este momento.
El doctor Friedrich Hartmann, el prestigioso científico, el médico racional que siempre había despreciado la superstición y la tentación, comprendió finalmente que había caído en las redes de algo mucho más poderoso que la razón o la lógica.
Aquellas dos mujeres, con sus heridas misteriosas y su seducción irresistible, estaban a punto de mostrarle un mundo completamente nuevo y peligroso, un mundo donde el placer absoluto era la única verdad posible, y donde su voluntad científica ya no tenía cabida.