EL MÉDICO DE VIENA #3
Intentó incorporarse lentamente, sintiendo cómo cada músculo de su cuerpo protestaba débilmente por el esfuerzo de la noche vivida.
A su alrededor, la habitación parecía extrañamente vacía; las dos jóvenes, cuya presencia y placeres lo habían conducido a una experiencia inimaginable, habían desaparecido completamente, sin dejar más rastro que sus recuerdos intensos y perturbadores.
El médico se levantó despacio, apoyándose en la camilla mientras trataba de recomponer su conciencia científica y racional, ahora terriblemente trastocada.
El aroma dulzón y embriagador de aquellas mujeres todavía flotaba en el ambiente, impregnando cada rincón de su consulta.
La evidencia física de aquella noche—los fluidos corporales mezclados sobre su piel, las sábanas revueltas en el suelo y sus propias ropas esparcidas por la habitación—dejaban claro que nada había sido producto de un simple sueño febril.
Mientras recogía lentamente sus ropas y trataba de ordenar sus pensamientos, se acercó al espejo ovalado colgado en la pared, contemplando por primera vez su propio reflejo en aquella tenue luz matinal. Lo que vio allí hizo que su corazón diese un salto violento en su pecho.
Sobre la piel sensible y expuesta de su cuello había dos pequeñas marcas circulares, perfectamente simétricas e inconfundibles: eran idénticas a las heridas misteriosas que había examinado en los cuellos de ambas jóvenes al inicio de aquella noche.
Las tocó con dedos temblorosos, sintiendo cómo un escalofrío violento recorría su columna vertebral al comprender plenamente la verdad aterradora y fascinante de su situación.
—No puede ser… —susurró con voz quebrada, apartando rápidamente la mano como si aquellas heridas quemaran su piel—. Esto no tiene sentido…
Sin embargo, la evidencia física era imposible de negar.
Aquellas dos mujeres, con sus encantos irresistibles, no habían acudido a él buscando ayuda médica, sino con el claro propósito de introducirlo en aquel oscuro y peligroso mundo al que él siempre había negado existencia, burlándose con desprecio de quienes mencionaban leyendas sobre criaturas nocturnas y deseos prohibidos.
Ahora él mismo formaba parte de ese mundo.
Sentía cómo una extraña y perturbadora sed comenzaba a arder lentamente en su garganta, una sensación desconocida e intensa que no podía calmarse con simple agua.
Comprendió con un horror extraño y fascinante que la debilidad, la palidez extrema de aquellas mujeres y su extraño apetito que habían mencionado sutilmente, ahora lo habitaban también a él.
Durante unos segundos eternos, Friedrich Hartmann permaneció inmóvil frente al espejo, enfrentándose a su propio reflejo, tratando en vano de aceptar aquella nueva realidad que desafiaba absolutamente todas sus creencias racionales y científicas.
Su prestigiosa carrera médica, su vida ordenada y lógica, todo había sido destruido aquella noche en brazos de aquellas dos mujeres cuya naturaleza sobrenatural era ahora más que evidente.
Pero, incluso en medio de aquel terror inicial, algo más surgía lentamente en su interior: una excitación perversa, un deseo intenso y oscuro que comenzaba a florecer lentamente en su pecho.
Recordaba claramente el placer absoluto que había experimentado con aquellas mujeres misteriosas, cómo su cuerpo había alcanzado límites que jamás habría imaginado posibles.
Y ahora él mismo poseía aquel poder, aquella seducción irresistible que había experimentado en carne propia.
Las heridas en su cuello eran la prueba clara de su transformación definitiva.
Un nuevo ser habitaba ahora en él, un ser que se alimentaba de deseo, placer y sangre, y que no conocía límites racionales ni morales.
Con una mezcla aterradora de horror y excitación absoluta, Friedrich Hartmann entendió finalmente su destino.
Ya no era el prestigioso doctor racional y escéptico que había sido hasta entonces.
Ahora era parte de algo mucho más oscuro y poderoso, un mundo nocturno de criaturas eternas y placeres prohibidos.
Decidido, tomó lentamente su abrigo y salió al frío amanecer vienés, consciente de que aquella noche había cambiado radicalmente el curso de su existencia.
Sabía que nunca podría regresar a su antigua vida de certezas científicas.
Ahora solo existía una realidad innegable, marcada sobre su cuello y sobre su alma: era un cazador nocturno, un depredador sediento de placer y sangre, listo para descubrir todas las delicias perversas que su nueva vida le ofrecía.
Mientras caminaba lentamente por las calles aún vacías, una sonrisa oscura se dibujó lentamente sobre sus labios.
Friedrich Hartmann había descubierto, finalmente, que la verdadera ciencia, la verdadera naturaleza del mundo, no estaba en libros ni en laboratorios, sino en las sombras más profundas de la noche, esperando pacientemente ser exploradas y dominadas por quienes se atrevían a cruzar esa última frontera prohibida.