Perversiones sexuales de ... Serie Completa EL PRINCIPE
40%

EL PRINCIPE

El regreso de los mineros al anochecer fue como cada jornada: sudor en la espalda, carbón bajo las uñas, el cuerpo entero entumecido por el esfuerzo.

Pero al cruzar el umbral, todo cambió. La chimenea seguía encendida.

La mesa, recogida. El aire olía a madera quemada y algo más… algo frío. Algo que no cuadraba.

Fue el más joven quien la encontró primero.

Allí, junto al fuego apagado, con la cabeza ladeada, los labios entreabiertos, el cuerpo envuelto en la manta como si aún conservara el calor de la vida.

Parecía dormida, pero no respiraba. Sus ojos, entrecerrados, no enfocaban nada.

Su piel, que horas antes ardía bajo sus manos, ahora era nieve.

El silencio que se instaló en la cabaña fue espeso, absoluto.

Nadie dijo nada. Nadie gritó. Uno se arrodilló y le buscó el pulso. Otro tocó su frente. Todos comprendieron que aquello no era una muerte común. No había sangre. No había señal de lucha. Había… quietud. Una quietud imposible. Y una belleza tan intacta que dolía.

Pasaron horas allí, sin moverse, sin entender. Hasta que uno de ellos, el de mirada gris y voz grave, lo dijo:

—No vamos a enterrarla.

Los demás lo miraron.

—No así.

Fue entonces cuando comenzaron. Usaron cristales rescatados de la mina, los más puros, los menos astillados.

Madera firme, tratada, oscura. Trabajaron de noche, sin descanso, como si el tiempo no contara.

Y al amanecer, habían construido un ataúd que no era una tumba: era un altar.

Un santuario. Un lugar donde su cuerpo pudiera seguir existiendo, visto, recordado, adorado.

La colocaron dentro con manos cuidadosas, con los dedos temblando al rozarle el cabello. Le cruzaron los brazos sobre el pecho, le cerraron del todo los ojos, le perfilaron los labios con una gota de miel y lavanda. No dijeron palabras solemnes. No hicieron oraciones.

La cubrieron con flores silvestres, ramas de eucalipto, pétalos rojos.

Y la dejaron en lo más profundo del bosque, donde la niebla era más espesa, y el mundo parecía suspenderse.

Allí estaría.

No como una muerta.

Sino como una promesa.

Tres días después, un carruaje atravesaba el bosque rumbo al castillo.

Lo dirigía un joven noble del norte, escoltado por seis jinetes y seguido por un par de sirvientes silenciosos.

No era príncipe por título, pero sí por cuna, por presencia y por la forma en la que el mundo giraba ligeramente a su favor cuando cruzaba una puerta.

Se llamaba Alaric. Era alto, de hombros amplios y manos firmes.

Tenía el rostro perfilado como una estatua antigua y unos ojos tan fríos como el río que bajaba de las montañas donde había nacido.

A mitad de la jornada, uno de los jinetes propuso detenerse para dar descanso a los caballos junto a un arroyo.

Mientras comían pan y carne fría, uno de los escoltas, que había servido en la zona años atrás, comentó con voz baja que no muy lejos de allí había un claro donde siete mineros habían construido un ataúd de cristal para una joven.

Decían que estaba muerta. O dormida. Nadie sabía explicarlo del todo.

Alaric no era un hombre crédulo, pero tampoco despreciaba lo inusual.

No creyó en la historia, pero quiso verla con sus propios ojos.

Cuando llegaron al claro, el aire parecía distinto.

Más denso. Más callado. Y allí, en mitad de la arboleda, el ataúd.

Cristal grueso. Tallado con una precisión que no parecía obra de mineros.

Dentro, una mujer. Una joven de cabello oscuro, labios suaves, piel blanca como la leche fresca y un vestido floreado que apenas cubría su cuerpo.

Estaba acostada con los brazos cruzados sobre el pecho, rodeada de flores, sin una sola arruga, sin el menor signo de descomposición. Perfecta.

Alaric se acercó despacio. No habló. No preguntó.

Nadie lo siguió. Apoyó una mano sobre el cristal y la observó durante largos segundos.

No sintió lástima. Sintió deseo. No era lástima lo que se agolpaba en su pecho, sino una atracción profunda, visceral, como si aquella mujer lo reclamara sin hablar.

Retiró la tapa del ataúd con cuidado y se inclinó sobre ella.

No pensó en hechizos. No pensó en reglas.

Besó sus labios con lentitud, con una ternura que no solía ofrecerle a nadie. Y entonces, ella respiró.

Primero un suspiro leve. Después, un temblor en los dedos. Luego, los ojos que se abrieron de golpe, oscuros, confundidos, brillantes como si despertaran de un sueño de siglos. Alaric se apartó medio paso. Ella se incorporó, aún mareada, apoyando una mano en el borde del ataúd. Lo miró. Parpadeó.

—¿Dónde estoy? —preguntó, sin temor, con la voz áspera, como si no recordara su garganta.

Él no respondió enseguida. Solo la miró. Sonrió. Y pensó que quizá su viaje podía esperar.

—¿Quién eres? —preguntó Blancanieves, aún sentada en el borde del ataúd, con los dedos sobre el cristal como si necesitara algo que la mantuviera anclada a la realidad.

—Alaric —respondió él—. Paso hacia el sur.

Me hablaron de ti como si fueras una leyenda.

Pero no eres una historia. Eres carne.—Y tú —dijo ella, entrecerrando los ojos—, no pareces príncipe… pero hablas como uno.

Se incorporó despacio, estirando el cuerpo con una elegancia natural, sin cubrirse, sin miedo a que él la viera desnuda.

No había mantas, ni vestidos. Solo su piel limpia, los pechos firmes y turgentes, el vello oscuro entre los muslos y la cicatriz casi invisible en la cadera que el hechizo no se había molestado en borrar.

Alaric no fingió mirar hacia otro lado. La observó, con una mezcla de admiración y deseo, con la calma de quien sabe que la urgencia no tiene sentido cuando la presa ya está dispuesta.

—¿Hace cuánto tiempo estabas ahí? —preguntó él.—No lo sé —susurró ella, dando un paso más cerca—. Pero recuerdo a cada uno de los que me tocaron antes de que me durmiera. Y tengo muy claro que aún no he terminado con esto.

Alaric la sujetó de la nuca y la besó. Esta vez sin lentitud.

Sin duda. La tomó con hambre. Ella abrió la boca para recibirle, enredó los dedos en su cabello, y le empujó contra el tronco de un árbol cercano.

Sus cuerpos se apretaron con una urgencia contenida que explotaba por cada poro.

Le desabrochó la capa, luego la camisa, y dejó al descubierto un torso firme, trabajado.

Le bajó los pantalones sin aviso, dejando su sexo duro y palpitante al aire.

Lo observó un segundo, se arrodilló sobre el lecho de hojas y musgo, y comenzó a chuparlo sin pausa, con la precisión de quien ya ha conocido otros cuerpos, pero quiere memorizar este.

Alaric soltó un suspiro ronco. No esperaba eso.

Nadie le había tomado así, con tanta decisión, sin temor, sin fingida inocencia.

Blancanieves le devoraba con ritmo constante, metiéndoselo hasta el fondo de la garganta, empapándolo, succionando como si pudiera arrancarle el alma por la polla.

Lo hizo gemir, le hizo perder el equilibrio, lo obligó a sostenerse del tronco para no venirse demasiado pronto.

Pero no lo dejó. Cuando notó que estaba cerca, paró.

Se levantó. Se dio la vuelta. Se apoyó en el árbol y le ofreció su sexo abierto, húmedo, caliente.

—Ahora —dijo, sin mirarlo—. Hazlo bien.

Y Alaric obedeció.

La penetró con fuerza, con el cuerpo entero, con las manos aferradas a su cintura y el sexo embistiéndola como si llevara años deseándola sin saberlo.

Blancanieves gemía, arqueaba la espalda, se empujaba hacia él, le pedía más con cada movimiento.

Se follaban como dos fieras. Como dos condenados.

Como si el bosque entero estuviera hecho para acoger sus cuerpos unidos.

Él la empalaba sin pausa. Ella se corría sin contenerse, mojándolo, temblando, mordiéndose el antebrazo para no gritar.

Cuando él se vino, lo hizo dentro de ella, profundo, caliente, dejándose caer sobre su espalda mientras los dos jadeaban como si acabaran de cruzar el infierno.

Cuando todo acabó, ella se volvió, se sentó sobre su pecho, y le acarició el rostro con una mano temblorosa.—Me has despertado —dijo, casi en un susurro.—Y tú a mí —respondió él.

Pero ninguno de los dos imaginaba aún lo que venía después.

El atardecer empezó a filtrarse entre las ramas, proyectando sombras alargadas sobre sus cuerpos aún tibios.

Blancanieves permanecía tumbada sobre la hierba, con la cabeza apoyada en el pecho de Alaric, escuchando su respiración lenta, aún alterada por el desenfreno.

Él le acariciaba el cabello con la mano izquierda, mientras con la derecha deshacía sin prisa el nudo de su capa para cubrirla.

Ninguno hablaba.

No lo necesitaban.

Aún con el sexo húmedo y las piernas temblorosas, ella se sentía más viva que nunca.

Despertar en brazos de un desconocido y abrirse a él con esa naturalidad no la perturbaba.

Al contrario. Era como si el hechizo hubiera adormecido su pudor, pero también sus límites.

No necesitaba explicaciones. Tampoco las pedía. Solo sentía.

—¿Y ahora qué harás? —preguntó él, cuando ya el cielo se oscurecía.

—No lo sé —respondió sin apartar la mirada de las copas altas de los árboles—. Pero no quiero volver al castillo.

Alaric asintió, sin imponer nada. Se incorporó, la ayudó a levantarse, y se vistieron entre susurros y hojas secas.

Cuando caminaron de regreso hacia el claro donde yacía el ataúd vacío, ella se detuvo un instante, miró el cristal abierto, el lecho de flores mustias, y pensó que ese lugar ya no le pertenecía.

Era una tumba simbólica, y ella había escapado de la muerte con un beso cargado de deseo.

No dijeron más.

Caminaron juntos, de la mano, hasta donde aguardaban los caballos. Los hombres de Alaric, desconcertados pero silenciosos, montaron con discreción. Nadie hizo preguntas.

Y cuando la luna asomó entre los árboles, el carruaje se puso en marcha.

Blancanieves no sabía aún hacia dónde se dirigía.

Pero en su interior, algo le decía que no era el final.

Solo una pausa.

Una tregua antes de que todo volviera a arder.