Perversiones sexuales de ... Serie Completa LA MANZANA
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LA MANZANA

La reina volvió a la sala del espejo con pasos secos, con la bata abierta y el rostro tenso, todavía manchado del sudor de la última sesión matinal.

El esclavo que había traído a sus aposentos esa mañana seguía inconsciente en el rincón más oscuro del salón, con los muslos temblando y el sexo flácido, inútil.

No le había servido. No había llegado al clímax.

Otra vez. La frustración se le clavaba entre las costillas como una astilla invisible.

Se colocó frente al espejo, desnuda, con la barbilla alzada y los ojos encendidos por la rabia. Apretó los puños, esperó solo un segundo, y entonces, como cada mañana desde hacía años, pronunció la pregunta que lo ponía todo en marcha.

—Espejo mío... espejo fiel… dime sin rodeos quién es ahora la más deseada del reino.

La superficie del cristal vibró. Un murmullo apenas perceptible cruzó el aire como un soplo frío. Luego, sin necesidad de preámbulos, la voz brotó desde dentro. Clara. Inapelable.

—Blancanieves.

La reina se quedó helada. Su cuerpo, que apenas unos segundos antes exudaba poder, se tensó con una rigidez casi animal. Frunció el ceño, ladeó la cabeza con lentitud.

—Eso es imposible. ¡Tengo su corazón!

El espejo calló. Durante varios segundos, no ocurrió nada.

Hasta que la imagen en el cristal comenzó a cambiar.

Las vetas de plata líquida se movieron, se retorcieron…

y entonces apareció ella. Blancanieves. Desnuda.

Envuelta en mantas. Rodeada de cuerpos que conocía bien.

Los siete. Ellos. Los hombres que se suponía eran simples mineros.

Estaban con ella, tocándola, lamiéndola, adorándola como a una diosa caída del cielo.

El rostro de la reina se crispó.

—¡No puede ser! —espetó, casi escupiéndolo—. ¡No puede seguir viva!

Se giró de golpe, las uñas marcando surcos en sus propias palmas.

Bajó por los pasillos como una sombra de fuego, cruzó los patios sin que nadie se atreviera a mirarla a los ojos, y descendió hasta el nivel más bajo del castillo: el sótano prohibido.

Allí, donde la humedad lo impregnaba todo y las paredes estaban cubiertas de símbolos antiguos, la reina mantenía sus secretos.

Encendió los faroles. Abrió un armario sellado con hierro.

Sacó frascos oscuros, raíces secas, piedras polvorientas.

Mezcló, removió, murmuró palabras en una lengua que ya nadie recordaba.

Y cuando la poción estuvo lista, la vertió gota a gota en el interior de una manzana roja, brillante, perfecta.

Esa manzana no mataba. Dormía. La atrapaba en un sueño sin salida. Un hechizo profundo que imitaba la muerte con una perfección cruel. La única forma de romperlo: un beso de amor verdadero, un gesto puro… algo imposible de encontrar en mitad del bosque.

La reina se contempló al espejo de acero negro junto al horno de pociones.

Murmuró la fórmula final… y su rostro comenzó a cambiar.

Su piel tersa se arrugó. Sus ojos se hundieron.

Su espalda se encorvó. En pocos segundos, la mujer más deseada del reino era solo una anciana harapienta con la mirada encendida por el rencor.

Tomó la manzana, la envolvió en un pañuelo y salió del castillo sin que nadie la reconociera.

La cabaña de los mineros se alzaba en medio del bosque como un nido de vida salvaje y desordenada.

El humo salía recto por la chimenea. El aire olía a pan caliente, a sudor masculino, a leña húmeda ardiendo en el hogar.

La reina —o más bien, la anciana en la que se había convertido— avanzó hasta las cercanías sin que sus pasos resonaran en el musgo.

Se movía encorvada, con un bastón torcido entre las manos y el rostro casi cubierto por la capucha de lana, pero sus ojos no habían perdido la nitidez ni el brillo venenoso del deseo de venganza.

Se acercó a la ventana lateral, la más pequeña, aquella por donde nunca salía humo. Apoyó una mano arrugada en el marco de madera y se asomó con cuidado, sin tocar el cristal empañado.

Dentro, la escena no era de cuento.

Blancanieves estaba de rodillas sobre una de las mantas extendidas junto al fuego.

Desnuda, con el cabello suelto cayéndole en cascada por la espalda, la piel encendida por el calor y los labios completamente abiertos alrededor de una polla gruesa y palpitante.

Uno de los mineros estaba de pie frente a ella, con la cabeza echada hacia atrás y las manos enredadas en su cabello, gimiendo bajo los dientes apretados mientras ella lo devoraba con ritmo, con hambre, como si no hubiera comido en días.

La lengua de Blancanieves recorría el tronco con maestría, lo succionaba con fuerza desde la base hasta la punta, se lo metía entero en la boca hasta que le rozaba la garganta y luego lo dejaba salir cubierto de saliva, mientras lo miraba desde abajo, con los ojos brillantes, provocadores, dulcemente crueles.

Él no aguantó mucho. Le advirtió con un gemido ronco, pero ella no se apartó.

Lo recibió entero. Se tragó cada gota sin pestañear, sin una sola pausa, como si fuera agua sagrada.

Luego se limpió la comisura con el dorso de la mano y le dio un beso lento en la punta, como cierre de ceremonia.

El hombre le acarició la mejilla, la ayudó a incorporarse y le colocó una manta sobre los hombros. Otro se acercó, le pasó un cuenco de sopa, y ella lo aceptó con una sonrisa relajada, con el cuerpo aún desnudo bajo la tela, como si la escena de antes fuera tan cotidiana como respirar.

La reina observaba sin parpadear. Sin moverse.

Las arrugas de su frente parecían más profundas.

Los labios, secos, temblaban con una mezcla de rabia y fascinación que no sabía cómo contener.

Blancanieves no solo seguía viva. No solo respiraba.

Era adorada. Deseada. Tocada. Saboreada como ella nunca lo había sido.

Y en ese instante lo entendió: no podía simplemente matarla.

Debía borrarla. Hacer que el mundo olvidara que alguna vez existió.

Esperó. Paciente. Los hombres se prepararon.

Se vistieron, se colocaron los cinturones, las herramientas, las linternas de carburo.

Se despidieron de ella con besos en el cuello, en la frente, en los labios.

Le dijeron que no tardarían. Que descansara.

Que el guiso de la noche lo harían ellos.

Y salieron uno a uno, dejando la puerta tras de sí mal cerrada.

La reina sonrió bajo la capucha.

Era su turno.

Blancanieves seguía en la sala principal, envuelta en una manta gruesa que apenas cubría su cuerpo aún tibio.

La casa olía a leña quemada, a pan tostado y a semen seco.

Caminaba descalza, relajada, recogiendo cuencos vacíos, replegando una de las mantas del suelo, tarareando algo en voz baja.

Se sentía liviana. Flotaba en esa sensación dulce de plenitud después del deseo, de la entrega, de saberse querida por siete cuerpos que no le pedían nada a cambio.

Su sexo aún palpitaba con un cosquilleo sutil.

Su lengua conservaba el sabor. Sonrió sin darse cuenta.

Fue entonces cuando escuchó los nudillos sobre la puerta.

Golpes secos. Lentos. Uno, dos… tres.

Se acercó sin inquietarse. Pensó que quizá uno de ellos había olvidado algo, o que algún caminante perdido pedía agua. Abrió sin más.

Y allí estaba.

Una anciana menuda, encorvada, con la piel surcada de arrugas profundas, los labios finos y los ojos pequeños bajo un manto oscuro. Sostenía una cesta cubierta por un paño. Y una sonrisa. Una sonrisa que no encajaba del todo con aquel rostro apagado.

—Buenos días, hija —dijo con voz temblorosa—. Me he cruzado con tus amigos camino de la mina. Me han dicho que te encontrabas aquí sola, y no he podido resistirme. Traigo manzanas de mi árbol, dulces como la miel. Una en especial que guardé para alguien especial.

Blancanieves frunció levemente el ceño, pero no se apartó. Algo en aquella mujer inspiraba más lástima que amenaza.

—Gracias —respondió, sujetando la manta con una mano sobre el pecho—. Pero no tengo hambre.

—Solo una mordida, querida —insistió la anciana, sacando con lentitud una manzana roja como la sangre, brillante, sin una sola imperfección—. Es la mejor de la cosecha. Dulce, jugosa, fresca como el amanecer.

Blancanieves la miró unos segundos. Luego rio, divertida por su propio recelo. Al fin y al cabo, ¿quién desconfiaría de una anciana con una manzana? Dio un paso adelante, tomó la fruta entre los dedos y la sostuvo frente a su rostro. Estaba fría. Tensa. Demasiado perfecta.

—¿Qué clase de manzana es esta?

—La que apaga el hambre que no sabías que tenías.

Ella ladeó la cabeza, arqueó una ceja, y dio un mordisco.

Fue instantáneo.

El jugo dulce se deslizó por su lengua… y al segundo siguiente, un escalofrío le recorrió el cuerpo.

El mundo giró una sola vez. Se llevó una mano al cuello.

La otra soltó la manta. La fruta cayó al suelo.

Su respiración se volvió irregular, cortada, imposible.

Y entonces, como si alguien le apagara la luz desde dentro, cayó de rodillas…

y luego de lado, con los ojos aún abiertos, la boca entreabierta, la piel pálida.

Parecía muerta.

Pero no lo estaba.

Solo dormía.

En un sueño tan profundo que ningún ruido, ningún grito, ningún llanto podría alcanzarla.

Solo un beso. Uno verdadero. Uno imposible.

La anciana se quedó quieta frente al cuerpo tendido.

Observó el pecho de Blancanieves, que no subía ni bajaba.

La piel había perdido todo color, y sus ojos, aún abiertos, ya no miraban nada.

Solo el temblor leve de los dedos, que fue apagándose lentamente, revelaba que su corazón seguía latiendo, aunque atrapado, lento, como dormido bajo una capa de hielo invisible.

La reina, aún bajo la apariencia deformada, sonrió.

Recogió la manzana mordida del suelo. La sostuvo frente a su rostro.

Aquel trozo húmedo donde sus labios habían quedado marcados sería su trofeo.

Lo envolvió en el mismo paño con el que la había traído y lo guardó en el fondo de la cesta.

Luego, con el cuerpo encorvado y los ojos encendidos por la victoria, salió de la casa sin mirar atrás.

Caminó por el bosque con una ligereza inusual en su disfraz.

Cada paso era una celebración muda. Cada crujido de rama seca bajo sus pies un himno silencioso.

Había ganado. Por fin. Había borrado a la sombra que la desafiaba.

Y esta vez no quedaban testigos. Ningún cazador. Ningún espejo. Nadie sabría la verdad.

Los mineros volverían por la noche. Encontrarían el cuerpo sin vida. Llorarían tal vez. Pero no sospecharían de una anciana cualquiera. No entenderían el hechizo. No tendrían forma de romperlo.

Porque solo un beso verdadero podía despertarla.

Y, en mitad de aquel bosque de sombras, nadie creía ya en los besos verdaderos.

La reina llegó al límite del bosque justo cuando el sol comenzaba a caer.

El hechizo comenzaba a disolverse. La piel volvió a tensarse, las arrugas desaparecieron como humo, los ojos recuperaron su forma almendrada y brillante, y los pechos volvieron a alzarse como si nunca hubieran conocido el paso del tiempo.

Ya no era la anciana. Volvía a ser la reina.

La más bella. La más deseada. La única.

O eso creía.

Porque en lo profundo del bosque, el cuerpo de Blancanieves, tendido sobre la manta junto al fuego apagado, conservaba un rastro de vida en la comisura de los labios.

Y el destino… aún no había dicho su última palabra.