Perversiones sexuales de ... Serie Completa “LOS ENANITOS”
37%

“LOS ENANITOS”

El bosque se extendía como una alfombra interminable de sombras y raíces, pero Blancanieves caminaba sin vacilar.

Llevaba horas avanzando entre senderos estrechos, ramas bajas y el crujido constante de la maleza bajo sus pies descalzos.

No sabía con certeza a dónde se dirigía, pero sí tenía una idea clara: necesitaba encontrar refugio, un lugar donde esconderse, al menos por un tiempo, y en aquel rincón del reino solo había un sitio que le venía a la cabeza.

Había escuchado hablar de ellos desde pequeña.

Siete hombres que vivían en una cabaña junto a la entrada de una antigua mina de carbón, aislados del resto del mundo, trabajadores del subsuelo, silenciosos, fuertes.

En el reino, los llamaban en tono de burla “los siete enanitos”, aunque nadie los habría llamado así a la cara.

Porque no tenían nada de pequeños. Eran hombres enormes, de complexión nórdica, curtidos por el trabajo, de brazos gruesos y manos como palas.

Blancanieves los había visto alguna vez desde lejos, cuando transportaban sacos de carbón hacia los carros del castillo, cubiertos de polvo negro, con el torso desnudo bajo el sol, riendo entre ellos como si el mundo no los alcanzara.

Nunca se le habían acercado, pero ella recordaba bien cómo los había mirado.

Y cómo su cuerpo había respondido a esas miradas furtivas, aún sin comprender del todo lo que sentía.

Pensar en ellos ahora le parecía una mezcla entre locura y salvación.

No sabía si la recibirían, no sabía si estarían dispuestos a ayudarla, pero si quería vivir, necesitaba arriesgarse.

A medida que avanzaba, el aire cambiaba.

Se hizo más denso, más cargado de humedad, con el olor a carbón quemado flotando en la distancia.

El musgo se volvía más espeso, las piedras más oscuras.

El sonido del bosque cambiaba, como si se adentrara en un territorio diferente, más profundo, más oculto.

Y entonces la vio.

Una cabaña de madera oscura, robusta, de techos bajos pero ancha como un granero, con el humo saliendo de una chimenea lateral y una fila de botas embarradas junto a la puerta.

No había luz en las ventanas. Debían estar aún en la mina.

Blancanieves se acercó despacio, empujó la puerta —que no estaba cerrada— y entró.

El interior era cálido, caótico y masculino.

Olía a madera, sudor seco y pan rancio. Había mantas mal dobladas, platos sin lavar, herramientas por todas partes.

Pero también había una mesa grande, una chimenea encendida, una alacena con pan y embutido.

Era un hogar. Rudo, desordenado... pero un hogar.

Sonrió, sin poder evitarlo. Por fin. Algo de calma.

Suspiró. Se quitó los harapos húmedos, se envolvió en una manta que encontró sobre un sillón y se dirigió hacia la cocina.

Estaba decidida a ganarse su lugar antes de que cayera la noche.

Blancanieves se arremangó los brazos y comenzó a limpiar sin perder tiempo.

Había algo casi terapéutico en quitar el polvo de las estanterías, ordenar las botas, recoger los platos acumulados junto al fregadero, abrir las ventanas para que el aire fresco entrara a renovar el ambiente cargado.

No era servidumbre. No era sumisión. Era necesidad.

Y también instinto. Convertir ese refugio temporal en algo habitable, en algo suyo, aunque fuera por un solo día.

No tardó en encontrar agua limpia en una tinaja de piedra cerca de la puerta trasera.

Se lavó el rostro, los brazos, las piernas.

Se peinó con los dedos frente a un espejo roto que colgaba junto al marco de la cocina.

No tenía ropa limpia, pero la manta era amplia, suave, y con un nudo justo bajo el pecho consiguió envolver su cuerpo entero de forma más que digna.

Luego, sin dejar que el cansancio se le instalara en los hombros, encendió el fuego.

La alacena estaba mejor surtida de lo que habría imaginado.

Pan duro, embutidos, algo de queso, cebollas, raíces.

Incluso encontró una olla de hierro aún con restos de grasa del último guiso.

Se puso manos a la obra. Cortó, mezcló, removió.

Y por primera vez en días, el olor a comida caliente volvió a rodearla, llenándole el pecho de una calidez que no recordaba desde que era niña.

Mientras removía el guiso, se sentía en casa sin haber sido invitada.

El fuego crepitaba. La olla burbujeaba. Y el calor acumulado en el cuerpo, en la cabeza y en los pies terminó por ganarle la partida.

Se sentó en uno de los bancos largos junto a la chimenea.

Cerró los ojos solo un segundo. Uno solo.

Pero ese segundo se alargó, se volvió plomo sobre los párpados, sopor en los brazos, somnolencia profunda en el vientre.

Y se quedó dormida.

Cuando los siete mineros cruzaron el umbral de la casa horas después, cubiertos de polvo negro, sudados, agotados tras otra jornada bajo tierra, lo último que esperaban encontrar era un olor tan delicioso como el que llenaba la sala...

y una figura femenina envuelta en una manta, dormida junto al fuego.

Se detuvieron. Miraron. Parpadearon. Y luego se miraron entre ellos, sin saber aún si estaban soñando o si el mundo acababa de cambiarles el rumbo de la noche.

El crujido del suelo de madera bajo botas pesadas fue lo primero que escuchó.

Luego, voces bajas, masculinas, murmurando entre sí, y el chasquido metálico de una herramienta que caía sobre la mesa.

Blancanieves abrió los ojos con lentitud, desorientada por un instante, pero al ver el fuego aún encendido y el guiso burbujeando en la olla, recordó dónde estaba.

Y entonces los vio.

Siete hombres. Altos, fornidos, cubiertos de polvo negro, con los rostros marcados por la dureza del trabajo y las manos manchadas de carbón. Estaban quietos, en círculo, mirándola. Algunos con la frente fruncida. Otros con evidente sorpresa. Ninguno con hostilidad.

Blancanieves se incorporó despacio, sujetando la manta contra su cuerpo, y les sostuvo la mirada con la barbilla alzada.

—No quería invadir nada —dijo sin rodeos—. Sé que esta casa no es mía. Pero necesitaba un lugar donde esconderme. Donde respirar.

Uno de ellos, de barba rubia y cejas pobladas, dio un paso adelante.

—¿Quién eres?

—Blancanieves. He vivido toda mi vida en los establos del castillo. Hoy... intentaron matarme.

Se hizo un silencio denso. El hombre miró a sus compañeros. Otro se sentó en el banco opuesto, cruzó los brazos.

—¿Y qué haces aquí?

Ella se levantó. Con calma. Caminó descalza hasta la olla, la destapó y sirvió con un cucharón parte del guiso en un cuenco de barro.

—Cociné esto para vosotros. Limpié la casa. Organicé lo que pude.

Les tendió el cuenco.

—No vengo a pedir caridad. Solo os pido cobijo. A cambio, puedo encargarme de las tareas aquí, cocinar, mantener esto en condiciones. Y no solo eso...

Los siete la miraban en silencio. El más joven tragó saliva. El más alto, de mandíbula cuadrada y hombros que parecían tallados en piedra, ladeó la cabeza. Ella dejó el cuenco sobre la mesa y se apoyó en la madera, clavando los ojos en ellos.

—Nunca he estado con más de un hombre a la vez —dijo sin bajar la voz—. Pero a veces lo he imaginado. Me he tocado pensando en ello. Y ahora... después de lo que he vivido, siento que no quiero guardarme nada más.

Se acercó dos pasos más, con la manta aún cubriéndola pero floja, dejando entrever la silueta desnuda bajo la tela.

—No os lo propongo como pago. No como obligación. Pero si queréis... si estáis de acuerdo... quiero probarlo. Con más de uno. Con todos.

Los mineros se miraron entre sí. Algunos entrecerraron los ojos, otros sonrieron apenas. El silencio que siguió no fue de duda, sino de contención.

Fue el más moreno quien dio un paso al frente. Se detuvo justo delante de ella. No la tocó. No bajó la mirada. Solo habló.

—¿Lo deseas de verdad?

—Sí —dijo ella sin parpadear—. Pero solo si todos lo queréis también. Y si nadie me obliga a nada.

Hubo una pausa. Y entonces, como una coreografía natural, los siete asintieron. Uno tras otro. Sin palabras. Sin preguntas.

Y con esa respuesta... la noche cambió de forma.

Blancanieves soltó la manta sin dramatismos.

La dejó caer a sus pies, como si fuera lo más natural del mundo, y se quedó desnuda en mitad de la sala, con el cuerpo iluminado por el fuego y el deseo abierto en cada gesto.

No se cubrió. No se ruborizó. Tenía el vello erizado, los pezones duros y el sexo ya húmedo entre los muslos.

Nadie se movió durante un instante. Solo la contemplaron, como si no supieran por dónde empezar a tocar algo que parecía irreal.

Fue el de la barba rubia quien se acercó primero.

Le tomó la cara entre las manos, con una delicadeza que no parecía caber en ese cuerpo de gigante, y la besó con hambre.

Un beso largo, profundo, que ella respondió sin dudar, abriendo la boca, dejándose llevar, empujando su lengua contra la suya como si llevara años esperándolo.

Mientras la besaba, el siguiente ya se acercaba por detrás, recorriéndole la espalda con la yema de los dedos, bajando hasta las nalgas, acariciándolas con ambas manos mientras le lamía el cuello por un lado y le mordía el lóbulo con suavidad.

El tercero fue directamente al suelo. Se arrodilló frente a ella, le separó los muslos con firmeza y comenzó a lamerle el coño con movimientos amplios, pausados al principio, luego más rítmicos, más profundos, hundiendo la lengua con hambre, como si bebiera de una fuente recién abierta.

Ella soltó un gemido ronco, largo, apoyó una mano en el hombro del que la besaba y otra en la cabeza del que tenía entre las piernas.

El placer le subió de golpe por el vientre, caliente, denso, brutal.

Su cuerpo se abría a ellos como si les perteneciera de siempre.

Uno de los que aún no se había movido se desnudó sin decir nada, sacó su polla erecta, gruesa y levemente curvada hacia arriba, y se acercó a su rostro.

Blancanieves abrió los ojos, lo miró, se lamió los labios y se la metió en la boca con naturalidad, sin apuro.

Comenzó a chuparla con ritmo constante, succionando con los labios bien cerrados, mientras sentía la lengua en su sexo y las manos por todo el cuerpo.

Estaba rodeada. Uno la besaba, otro la lamía, otro le follaba la boca con una cadencia firme, otros tres se acercaban, se acariciaban entre ellos mientras esperaban su turno.

Nadie la forzaba. Nadie apretaba. Todo fluía.

Ella gemía con la polla en la boca, con la lengua del tercero empapándole los labios menores, con las manos grandes recorriéndole el cuerpo, apretándole los pechos, estirándole los pezones.

Sintió un primer orgasmo tan repentino como salvaje cuando el que la lamía se metió dos dedos en el coño mientras seguía lamiendo el clítoris con fuerza.

El cuerpo entero le tembló. La polla en la boca se le escapó un segundo por el espasmo, pero la volvió a atrapar enseguida. No quería parar. No quería que pararan.

Estaba empapada. Resbalosa. Vibrando entre siete cuerpos dispuestos a darle todo lo que había imaginado. Y solo acababan de empezar.

El primero en penetrarla fue el que la había besado, el de la barba rubia.

La tumbó con cuidado sobre una de las mantas junto al fuego, le alzó las piernas y se hundió en ella de un solo empujón, haciéndola gemir tan alto que los otros se estremecieron.

Su polla era gruesa, recta, caliente, y la llenó por completo.

Blancanieves arqueó la espalda, agarró la manta con ambas manos y comenzó a mover las caderas, sin miedo, sin pausa, marcando el ritmo con una claridad animal.

El segundo se colocó junto a su cabeza, le ofreció su polla y ella la aceptó sin preguntar, alternando el placer con la entrega, lamiendo, succionando, goteando por la comisura.

El tercero se arrodilló detrás, le abrió las nalgas y, con la mano cubierta en saliva, la preparó con dos dedos, uno primero, luego dos, girando con precisión hasta que sintió que su cuerpo pedía más.

Y cuando ella gimió con el cuello arqueado, pidiéndolo sin palabras, él se colocó y la penetró por detrás, despacio, firme, hasta entrar entero en su ano sin que ella soltara un solo quejido.

Solo un jadeo largo, un temblor, una ola de placer que le cruzó el cuerpo como un latigazo de fuego.

Estaba llena. Completamente. Y aún quedaban cuatro.

Los otros se masturbaban observándola, tocándose con fuerza, con las venas marcadas, excitados por verla empalada por dos hombres a la vez y con una polla en la boca que no dejaba de lamer.

Cada vez que alguno se corría, lo hacía sobre su cuerpo: en los pechos, sobre el vientre, en la boca que ella abría para tragárselo sin pudor.

Luego otro ocupaba su lugar, como si todo estuviera orquestado por una coreografía salvaje y natural.

Nadie hablaba. Solo respiraban. Solo gemían. Solo follaban.

Ella se corrió varias veces. Una cuando la embestían desde ambos orificios al mismo tiempo, otra cuando le llenaron la boca de semen mientras la lengua de otro le frotaba el clítoris, otra más cuando uno le pellizcó los pezones mientras otro la acariciaba por dentro con los dedos y la boca llena de lujuria.

Ya no sabía cuántas. Solo sabía que su cuerpo entero era placer, que cada músculo estaba tenso de tanto gozo, que los gemidos le salían desde lo más hondo, sin control.

El clímax final fue una avalancha. Estaba a cuatro patas, con una polla en la boca, otra en el coño y otra más en el culo.

Los cuerpos la rodeaban. El sudor goteaba sobre su espalda, el semen le corría por los muslos, los pechos le temblaban por el ritmo incesante de las embestidas.

Uno le agarró el cabello, otro le sujetó las caderas.

Y cuando se corrió por última vez, lo hizo gritando, con el cuerpo arqueado, las piernas temblando y el coño chorreando de nuevo, empapando las mantas.

Cuando todo acabó, quedó tumbada boca arriba, con la piel marcada de mordiscos, el vientre brillante de fluidos, los labios entreabiertos y el cuerpo completamente saciado.

Uno de ellos la tapó con una manta. Otro le limpió el rostro con un paño húmedo. Ninguno se fue.

Ella, aún jadeando, los miró y sonrió.

—Creo que me he ganado otro plato de guiso, ¿no?

Y las risas estallaron en la casa por primera vez en años.