Perversiones sexuales de ... Serie Completa EL CAZADOR #2
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EL CAZADOR #2

Él dejó caer la escopeta sobre la hierba sin apartar los ojos de los suyos.

Se acercó despacio, con pasos firmes, como un animal que se acerca a la presa sabiendo que ya no huirá.

Blancanieves no retrocedió. Solo lo observaba, con los labios húmedos, el pecho agitado y las piernas quietas.

Cuando lo tuvo a un palmo, el cazador alzó una mano y le tocó el rostro con la punta de los dedos, apenas un roce, como si no estuviera seguro de si era real.

Luego descendió por su cuello, por su clavícula, por el escote del vestido, hasta rozarle el centro del pecho.

Ella cerró los ojos. Le temblaban las pestañas.

Él le agarró el vestido con ambas manos y lo rasgó desde el pecho hasta el vientre.

No se detuvo a desatar nada. No pidió permiso.

La tela cedió con un sonido seco, y el cuerpo de Blancanieves quedó expuesto ante la penumbra del bosque.

Sus pechos temblaron al contacto con el aire, duros, turgentes, perfectos bajo la luz rojiza del atardecer.

El cazador se inclinó y atrapó uno con la boca, húmeda, ansiosa, mientras sus manos le recorrían las caderas y se colaban entre sus muslos.

Ella gimió por primera vez cuando sintió sus dedos rozar el sexo caliente y húmedo, palpitante, ya completamente dispuesto.

No era un gemido débil. Era áspero, contenido, nacido de un deseo que no se había atrevido a nombrar hasta ahora.

Le agarró la cabeza con ambas manos y le empujó el rostro contra su pecho, ofreciéndole el otro pezón.

Sus caderas se movían solas, buscando su mano, frotándose contra sus dedos, mientras su espalda se arqueaba con desesperación.

El cazador le mordió el cuello, le lamió la garganta, le bajó la ropa interior con un tirón que la dejó a medio muslo.

Luego se bajó los pantalones lo justo para liberar su polla, gruesa, venosa, tan erecta que parecía haber esperado toda la vida ese momento.

Ella la miró con los ojos muy abiertos, entre asustada y excitada, y separó las piernas, apoyando la espalda contra un árbol. No necesitaba palabras. Ya no.

Él se inclinó, la sujetó de los muslos y la levantó con facilidad, apoyándola contra la corteza rugosa, y sin esperar un segundo más, la penetró de golpe, hasta el fondo.

Blancanieves soltó un gemido largo, entre sorpresa y fuego, y se aferró a sus hombros mientras su interior se ajustaba al tamaño de esa polla que la partía sin compasión.

El cazador comenzó a moverse con fuerza, con rabia contenida, con la brutalidad de quien lleva demasiado tiempo reprimiéndose.

Ella lo recibía entera, con las piernas bien abiertas, con el coño chorreando, con la boca abierta pidiendo más.

Cada embestida hacía crujir el árbol a su espalda, cada golpe arrancaba de su garganta un gemido más sucio, más salvaje.

Su cuerpo se sacudía entre sus brazos, los pechos rebotaban con cada sacudida y el placer se le acumulaba bajo el vientre como una olla a punto de estallar.

No pidió que parara. No pidió suavidad. Quería que la follara como lo que era: una mujer marcada para morir, un cuerpo al que querían borrar, y que en cambio se hacía eterno en esa escena.

Él la empalaba con fuerza, con hambre, con una necesidad feroz, y ella se corría sin avisar, gritando, mojándole el vientre, apretándose contra él hasta que su sexo se contrajo con espasmos largos, húmedos, implacables.

Él no tardó. Aceleró el ritmo, la apretó con ambos brazos, y con un gruñido sordo y la mandíbula apretada, se vino dentro de ella, profundo, llenándola de calor, derramándose sin freno mientras sus cuerpos se unían como si no fueran a separarse nunca.

Cuando la respiración volvió a su sitio y el silencio recuperó el claro, Blancanieves seguía apoyada contra el tronco, con las piernas temblorosas, el pecho desnudo aún subiendo y bajando con esfuerzo, y el sexo palpitando entre los muslos empapados.

No dijo nada. Tampoco él. Se miraron unos segundos.

No había promesas, ni palabras tiernas, ni excusas.

Solo una verdad compartida que no podía decirse en voz alta.

El cazador se arrodilló junto a ella, recogió su ropa interior caída en la hierba y la colocó en su mano sin mirarla directamente.

Luego se incorporó, subió sus pantalones y caminó hasta su mochila.

La abrió, sacó un cuchillo de hoja curva y lo sostuvo unos segundos en el aire.

Blancanieves lo observaba en silencio, sin miedo, con la espalda aún contra el árbol, el pecho desnudo, las piernas abiertas y los restos del deseo marcándole los muslos.

Él no se giró. Solo caminó hacia el bosque, se internó en la maleza y, a los pocos minutos, regresó con el cuerpo de un ciervo joven entre los brazos.

Se arrodilló sobre la hierba mojada, le abrió el pecho con la precisión de quien ha hecho eso demasiadas veces, y extrajo el corazón con una calma aterradora.

Lo lavó con agua del arroyo, lo envolvió en un paño de lino oscuro y lo guardó en un pequeño cofre de madera.

Luego se puso en pie, cruzó la mirada con ella y habló por primera vez desde que todo había comenzado.

—No vuelvas al castillo.

Ella asintió.

—¿Volverás tú?

—Solo para entregarle esto —dijo, señalando el cofre—. Después desapareceré. Como tú.

Ella se incorporó lentamente, recogió su vestido rasgado, se lo ajustó sobre el cuerpo sin molestarse en cubrir del todo lo que aún goteaba.

Caminó hacia él. Se detuvo justo delante.

Le rozó la cara con los dedos. No lo besó.

No lo abrazó. No lo retuvo. Porque no era necesario.

Ya se lo habían dicho todo sin abrir la boca.

El cazador se marchó sin mirar atrás. La figura de Blancanieves, sola entre los árboles, cubierta de heridas dulces y barro, se fue desdibujando en la niebla del bosque.

El corazón del ciervo latía aún un poco en su caja cerrada, y la reina no sabría nunca que, al ordenar una muerte, había encendido el principio de su caída.