EL CAZADOR
El amanecer encontró a la reina de pie frente al espejo, desnuda, con la espalda recta, las piernas ligeramente separadas y la expresión aún marcada por la frustración.
El cuerpo del herrero, o al menos lo que quedaba de él, acababa de ser arrastrado fuera del salón por dos criados con guantes gruesos y la mirada fija en el suelo.
No se había resistido. Ni siquiera había llorado.
Solo había suplicado un poco, antes de que los guardias se lo llevaran.
Había eyaculado demasiado pronto. Ni siquiera había llegado a lamerla.
Ni un gemido de su parte. Un fracaso. Y la reina no toleraba el fracaso en la cama.
Mucho menos al amanecer, cuando el aire aún olía a ceniza y el cuerpo exigía una descarga que no había llegado.
Se había quedado a medias. Furiosa. Incompleta.
Sus dedos aún húmedos de la excitación frustrada acariciaban el marco del espejo, mientras su mirada, intensa, se fundía con la imagen reflejada. No necesitaba verse. Necesitaba escucharlo. Confirmarlo. Afirmarlo, como cada mañana desde hacía años. Porque si no era deseada, entonces, ¿qué era?
—Espejo mío, espejo fiel... dime una vez más quién es la más deseada de este reino.
El silencio duró un segundo más de lo habitual. Y entonces, con una vibración sutil en el vidrio, la voz surgió. No era una voz estruendosa. Era un murmullo grave que siempre decía lo que no debía ser discutido.
—Tú, mi reina, lo fuiste ayer… pero hoy, hay otra. Blancanieves. En los establos.
El mundo pareció detenerse.
El aire se volvió más denso, como si el salón entero se hubiese contraído alrededor de esa frase.
Los músculos del rostro de la reina no se movieron, pero sus ojos, abiertos como cuchillas, ardían.
El espejo no mentía. Nunca lo había hecho.
Nunca se equivocaba. Y si ahora decía eso...
era porque el deseo del reino se había desplazado. Porque alguien la había desplazado.
Y ese alguien no era una rival lejana. No era una noble extranjera. Era Blancanieves. Esa bastarda relegada al polvo, a los cubos de agua y al estiércol. La niña sucia. La puta silenciosa. La sombra que llevaba veinte años resistiendo a desaparecer.
La reina respiró hondo. Cerró los ojos. Se giró. Y llamó al cazador.
Él llegó al salón cuando la reina aún estaba desnuda.
No por descuido, sino por decisión. Sabía perfectamente el efecto que causaba su cuerpo y, más aún, sabía que frente a ese hombre, el gesto podía marcar la diferencia entre la obediencia inmediata y el cuestionamiento.
Aunque con él, raramente hacía falta. El cazador no cuestionaba. Obedecía. Y eso lo convertía en útil.
Alto, de complexión sólida, rostro curtido por los años y la montaña, barba oscura siempre recortada al milímetro y una mirada gris que nunca parpadeaba.
Vestía cuero negro, botas sucias de barro seco, una camisa abierta en el pecho que dejaba entrever músculos tensos y una cicatriz oblicua justo bajo la clavícula.
Llevaba la escopeta colgada a la espalda, como si la vida le pesara menos que el arma.
Nunca hablaba más de lo necesario. Nunca sonreía. Nunca temblaba.
Se detuvo a tres pasos de ella, clavó los ojos en su rostro, no bajó la vista ni una sola vez. Ese detalle, en otros, habría sido castigado. En él, era tolerado. Porque al cazador no se le amedrentaba. Se le utilizaba. Y cuando cumplía su función, desaparecía como había llegado.
—Tienes una misión —dijo la reina, mientras se acercaba a él con paso firme, el cuerpo aún desnudo, sin rastro de pudor.
Él no respondió.
—Quiero que vayas a los establos y la encuentres. Que no hables con ella. Que no la mires a los ojos. Que no la toques más de lo necesario. La llevas al bosque. Sin testigos. Sin demora.
Se detuvo a un palmo de su pecho, tan cerca que podía oler el cuero de su chaleco, la pólvora que siempre parecía llevar encima.
—Y cuando llegues al claro, la matas. No quiero dudas. No quiero explicaciones. No quiero errores.
Él seguía sin moverse.
—Después... me traes su corazón.
El silencio se extendió por varios segundos. El cazador asintió, con un solo movimiento de cabeza. Nada más. No hubo preguntas. No hubo objeciones. No las habría. Dio media vuelta, sin mirar atrás, y salió de la estancia con el mismo sonido seco de sus botas sobre la piedra.
La reina se quedó allí, de pie, inmóvil, con los pezones endurecidos no por el frío, sino por la ira, por el deseo roto, por el odio encendido. Blancanieves moriría. Y con ella, cualquier sombra que pudiera proyectarse sobre su trono.
Blancanieves no sabía nada del espejo, ni del cazador, ni del destino que ya le habían escrito en una sala que ella no pisaría jamás.
La mañana transcurría como cualquier otra.
Se había despertado antes del amanecer, con los brazos entumecidos por el frío, con restos de paja pegados al muslo y el cuerpo aún sensible del día anterior.
Se lavó la cara con agua helada, se recogió el cabello como pudo y salió al patio trasero del establo, dispuesta a empezar otra jornada más entre cubos, estiércol y resoplidos de animales.
No esperaba nada especial. No imaginaba que esa mañana marcaría el final de la vida que había conocido hasta entonces.
Al volver al interior, notó algo distinto.
Una de las puertas estaba mal cerrada, algo que nunca ocurría, porque siempre la aseguraba por dentro cada noche.
Frunció el ceño. Entró con paso lento, atenta.
En el banco de madera donde solía dejar su ropa doblada había un papel doblado con cuidado.
Lo cogió, aún con las manos húmedas, y lo desdobló sin prisa.
El papel no tenía firma. Solo una frase escrita con letra firme, directa, sin adornos.
“Esta noche van a matarte. Si quieres vivir, huye al bosque antes de que caiga el sol.”
El corazón le dio un vuelco seco. Parpadeó varias veces, como si eso fuera a cambiar lo que acababa de leer, pero las palabras seguían allí, firmes, grabadas a fuego en su mente.
Sintió que el aire se espesaba a su alrededor, que el suelo le pesaba en los pies, que cada rincón del establo le parecía ahora más estrecho, más oscuro.
No entendía por qué, no sabía quién, pero lo supo sin margen para la duda: era verdad.
No gritó. No corrió. No lloró. Solo dejó caer el papel sobre la paja, respiró hondo, y se permitió un único segundo para pensar en lo que estaba a punto de dejar atrás.
No tenía posesiones. No tenía amigos. No tenía nada salvo su cuerpo y una vida que apenas había comenzado a descubrir.
No podía permitirse morir ahora. No sin entender por qué la querían muerta.
No sin sentir lo que aún no había sentido.
Esperó al anochecer, cuando la luz se volvió espesa entre los árboles que rodeaban el establo.
Se movió con cautela, recogió una manta, una pieza de pan duro y una pequeña navaja oxidada.
Salió sin hacer ruido, descalza, con la falda pegada a los muslos y el cabello suelto cubriéndole el rostro.
Caminó sin mirar atrás, cruzó el límite de los campos, se internó en el bosque sabiendo que cada paso la alejaba de todo lo que conocía, pero también de aquello que la quería muerta.
El cazador no era un hombre de dudas. Cuando salía con una orden, el bosque se convertía en una extensión más de su cuerpo.
Conocía cada sendero, cada raíz, cada tronco partido, cada señal que dejaban los pasos apresurados sobre la tierra húmeda.
No necesitaba preguntar a nadie. No se guiaba por mapas ni por suposiciones.
Solo por el rastro. Y ese, aunque débil, estaba claro: huellas pequeñas, sin el peso de botas, ramas rotas a media altura, una prenda rasgada en el arbusto equivocado.
Blancanieves había huido con prisa. Pero no con astucia.
Él la seguía a paso firme, sin pausa, sin ansiedad.
Sabía que la encontraría. Era cuestión de tiempo.
Cada vez que se agachaba a examinar el suelo, su certeza se volvía más nítida.
Estaba cerca. El sol descendía entre las copas altas de los árboles y el aire se volvía más denso, más frío.
A medida que avanzaba, las sombras se alargaban, y el silencio se volvía más pesado, más íntimo.
La vio justo antes del anochecer, en un claro rodeado de helechos altos, agachada junto a una pequeña corriente de agua.
No se había dado cuenta de su presencia.
Estaba de espaldas, con el vestido sucio pegado al cuerpo, el cabello enredado sobre los hombros, y el cuello descubierto, tenso.
Respiraba agitada. El cuerpo entero le temblaba.
Él no dijo nada.
Se acercó sin hacer ruido, como si fuera parte del bosque. Blancanieves se giró cuando lo tuvo a escasos pasos. Lo miró, los ojos abiertos como platos, el miedo contenido solo por el instinto de no rogar. No gritó. No se echó a llorar. Se quedó inmóvil. Esperando.
Él la observó en silencio. Podía matarla ahí mismo.
Era lo que le habían ordenado. Podía sacar su cuchillo, abrirle el pecho y cumplir con su deber como tantas otras veces.
Pero no lo hizo. Algo en su forma de mirarlo, algo en esa expresión mezcla de desafío y resignación, le hizo detenerse.
Ella no se arrodillaba. No suplicaba. Solo respiraba, con los labios entreabiertos y el pecho subiendo y bajando con rapidez. Viva. Joven. Despierta. Y hermosa.
Él tragó saliva. Dio un paso más, lento. Blancanieves no se movió.
—¿Vienes a matarme? —preguntó, con voz firme, aunque sus piernas apenas la sostenían.
El cazador no respondió. La miró unos segundos más y entonces bajó la mirada. No a sus ojos. A su boca. A su cuello. A la curva de sus pechos apenas cubiertos por el vestido sucio. Y supo, con la misma certeza con la que seguía un rastro, que no lo haría. No podía.
Y que antes de decidir qué mentiras llevaría de vuelta… la poseería.
No se dijeron nada más.