Perversiones sexuales de ... Serie Completa BLANCANIEVES
32%

BLANCANIEVES

No había conocido el mármol, ni los espejos dorados, ni los banquetes con música de laúd.

Había dormido desde niña sobre un lecho de paja, con mantas que olían a oveja, y comido de lo que sobraba en las cocinas o lo que algún alma piadosa le dejaba escondido entre los sacos de grano.

Pero no se quejaba. No conocía otra cosa.

Y aun así, había crecido como crece la mala hierba en tierra rica: alta, fuerte, hermosa sin permiso.

Su cuerpo se había formado en silencio, lejos de miradas nobles, y lo había hecho con una perfección que desafiaba el castigo impuesto por la reina.

Tenía el rostro de la madre muerta que nadie recordaba, con los ojos negros como pozos profundos y una piel tan blanca que parecía azucena.

El cabello le caía hasta la cintura, espeso, ondulado, siempre algo sucio, pero jamás descuidado.

Sus labios, carnosos, rojizos como cerezas maduras, parecían siempre a punto de abrirse para decir algo que no diría.

Y su cuerpo, aún en vestidos raídos y botas viejas, se adivinaba curvilíneo, tenso, poderoso, como el de una yegua joven a punto de romper el corral.

Trabajaba desde el alba hasta el anochecer.

Alimentaba a los caballos, lavaba los cubos, acarreaba sacos de pienso, recogía excrementos sin protestar.

Nadie le hablaba. Nadie la tocaba. Pero todos la miraban.

Lo sabía. Sentía cómo los mozos de cuadra se quedaban quietos cuando pasaba, cómo los guardias fingían no verla cuando se agachaba a recoger algo.

Sentía los ojos clavados en sus caderas, en sus pechos cada vez más llenos, en su forma de caminar sin querer seducir y, sin embargo, provocar con cada paso.

Y ella empezaba a descubrirlo también. Lo notaba en el calor que le subía por el vientre cuando alguien se acercaba demasiado, en las cosquillas que sentía entre las piernas cuando se tumbaba sobre el heno a descansar, en el deseo confuso que la despertaba algunas noches, húmeda, agitada, con los dedos crispados entre las piernas y el corazón latiendo como si alguien la hubiera tocado.

No entendía del todo lo que le pasaba, pero lo deseaba.

Cada vez más. Y en silencio, empezó a explorar ese cuerpo que tanto habían escondido del mundo, como si supiera que no tardaría en ser reclamado por alguien. Por todos.

Porque en ese establo polvoriento, ignorada por la reina, apartada del lujo, estaba germinando algo más fuerte que el poder. Estaba naciendo el deseo. Y Blancanieves estaba empezando a saborear el momento en que sería ella, no la madrastra, la más deseada del reino.

El sol ya estaba alto cuando escuchó el traqueteo familiar del carro de madera.

Blancanieves no necesitaba asomarse para saber que era él.

El agricultor del valle venía dos veces por semana a dejar sacos de grano, heno fresco y algunas verduras que, supuestamente, iban destinadas a los animales, aunque ella siempre acababa guardando unas pocas para sí misma, sin que nadie dijera nada.

Lo esperaba. Aunque no lo admitiera, lo esperaba desde que abría los ojos esa mañana.

Se limpió las manos con el delantal viejo que llevaba atado a la cintura, se sacudió el polvo del vestido y salió al exterior.

Él ya estaba descargando el carro. Era alto, de hombros anchos, piel curtida por el sol y barba algo desordenada.

Tenía las manos grandes, callosas, y unos ojos que no se atrevían a mirarla durante más de tres segundos seguidos, pero cuando lo hacían, le dejaban el estómago en vilo.

—Has traído más sacos de lo habitual —dijo ella, apoyándose en el marco de la puerta con una media sonrisa.

—Los caballos están comiendo como bestias salvajes últimamente —respondió él, sin mirarla aún—. O eso me han dicho. Aunque tengo la sensación de que no todo termina en sus comederos.

Blancanieves sonrió sin bajar la mirada.

—A veces tienen más hambre de lo que aparentan. Y a veces... no soy yo quien les da de comer.

Él giró lentamente la cabeza. Esta vez sí la miró. Y la sostuvo.

—Y tú, ¿tienes hambre?

Ella no respondió de inmediato. Dio un paso hacia él, lento, firme, con las botas hundiéndose en la tierra suelta. Se colocó justo delante, sin rozarlo aún, pero lo bastante cerca como para que su aroma a establo y sudor le llenara los pulmones.

—¿Por qué me preguntas eso? —susurró ella, con un brillo travieso en la voz—. ¿Vas a darme algo tú?

Él tragó saliva. Le costó hablar.

—Si me lo pides, sí.

Ella bajó la mirada, la fijó justo en el bulto que ya se insinuaba bajo sus pantalones, y levantó una ceja.

—Quizá debería pedirlo entonces.

Él dejó caer el saco que aún sostenía sobre el carro.

Se sacudió las manos. Dijo su nombre por primera vez en voz baja, como si no se lo permitieran, y se acercó.

Ella no se movió. Esperó. Con el corazón acelerado, pero firme.

Con las piernas ancladas al suelo y los labios apenas separados.

Cuando él la alcanzó, no hubo una palabra más.

Él alzó una mano y la posó sobre su cintura, como si temiera que todo fuera a desvanecerse si la tocaba con demasiada rapidez.

Blancanieves no retrocedió. Dejó que la mano le envolviera el costado, que se deslizara por la tela áspera de su vestido hasta apoyarse en la curva de su cadera.

Respiraban el mismo aire. El calor entre ambos era palpable, una brasa encendida en mitad del establo.

Ella lo miró fijamente, esperando, probándolo, y cuando sus dedos se cerraron con decisión sobre su cuerpo, supo que ya no había vuelta atrás.

El beso fue torpe solo durante el primer segundo.

Luego, como si lo llevaran ensayando en sueños, se devoraron sin freno, con hambre, con la urgencia de quien ha esperado demasiado.

Sus bocas se abrían, se cerraban, se buscaban con desesperación.

Las lenguas se enredaban y sus cuerpos se apretaban con una fuerza que no pedía permiso.

Él le desató el delantal, se lo arrancó con una mano y lo tiró al suelo sin mirar.

Luego le llevó las manos al pecho, le apretó los senos sobre la tela del vestido, los recorrió con dedos tensos y la escuchó jadear por primera vez.

No fue un gemido dulce. Fue un sonido sucio, denso, que le nació del vientre.

Blancanieves se aferró a su camisa y le tiró con fuerza hacia dentro del establo.

Lo guio hasta uno de los montones de heno, lo empujó sobre él y se montó a horcajadas sin siquiera preguntarle.

Se alzó un poco el vestido y dejó al descubierto sus muslos blancos, fuertes, salpicados aún de polvo.

Él deslizó las manos por debajo, acariciándole las piernas, subiendo sin freno hasta que sus dedos rozaron el calor húmedo que palpitaba entre ellas.

Ella lo miró desde arriba, con el cabello cayéndole sobre la cara, la respiración agitada y los pezones endurecidos marcándole la tela.

—No me vas a quitar la ropa —le dijo—. Si quieres follarme, lo harás así. Como se hace en los establos.

Él asintió. No discutió. Le bajó la ropa apenas lo necesario, sacó su polla y se la mostró, gruesa, dura, completamente erecta.

Ella se mordió el labio inferior, alzó la cadera, y rozó la punta contra su sexo aún cubierto por la ropa interior húmeda.

Luego lo miró a los ojos y se deslizó sobre él, lenta, entera, goteando, hasta tragárselo completo sin una sola pausa.

El primer gemido le brotó como un suspiro caliente.

No era el de una niña. Era el de una mujer que llevaba tiempo deseando ese momento.

Comenzó a moverse sobre él con movimientos circulares, apretados, con las manos en su pecho, con la boca abierta y la cabeza ligeramente echada hacia atrás.

La sensación la quemaba por dentro. Sentía su dureza llenarla, abrirla, presionarla justo donde debía. Y eso era solo el principio.

El ritmo se volvió más rudo, más irregular.

Blancanieves lo cabalgaba con el cuerpo tenso, la espalda arqueada, las caderas marcando un vaivén que no dejaba espacio a la ternura.

Su coño lo devoraba, húmedo, caliente, apretando su polla en cada embestida, haciendo que él se aferrara al heno con los dientes apretados, como si temiera venirse antes de tiempo.

Ella no se detenía. Apretaba con los muslos, bajaba hasta que sus pelvis se chocaban, hasta sentir que la punta le golpeaba el fondo, y luego subía solo para volver a hundirse más fuerte.

El vestido le rozaba los pezones duros, y en un impulso lo bajó por un hombro, dejando al descubierto uno de sus pechos.

Él se incorporó, le atrapó el pezón con la boca y comenzó a chuparlo con fuerza, mientras ella seguía moviéndose encima, jadeando, sintiendo cómo el placer le subía por el vientre como una descarga.

Ella lo agarró de la nuca, lo empujó hacia su pecho, y sus gemidos se volvieron más ásperos, más húmedos, más sucios.

Estaba empapada. El cuerpo le temblaba, el coño le palpitaba, el orgasmo le subía como una ola que no podía contener.

Aceleró el ritmo, más fuerte, más rápido, hasta que gritó, sin pudor, sin miedo, sintiendo cómo su cuerpo se sacudía desde dentro y su sexo se contraía alrededor de él en espasmos violentos.

Le mojó el vientre, le empapó los huevos, le manchó la base de la polla con todo el torrente que llevaba acumulado.

No paró. Aun con las piernas temblorosas, se inclinó hacia adelante y empezó a mover las caderas en círculos, rozando su clítoris contra su pubis, sintiendo cómo él ya no podía más.

Él le clavó los dedos en las caderas, le empujó desde abajo con un último golpe de riñones y se vino dentro, profundo, con la polla entera sepultada en su interior.

Blancanieves lo sintió, caliente, espeso, llenándola.

Se quedó quieta, respirando rápido, con la frente apoyada en su pecho, con el cuerpo aún vibrando de placer.

Ninguno dijo nada. No hacía falta. Ella se retiró despacio, con las piernas húmedas, el sexo goteando, el corazón latiéndole en la garganta. Se subió el vestido, le dedicó una mirada breve, sin sonrisas, y salió del establo como si nada hubiera pasado.

Pero dentro de ella, algo ya había cambiado.