EL ESPEJO Y LA MADRASTRA #2
Se vino sin aviso. Con un rugido salvaje que llenó el salón, con un espasmo que le recorrió la columna como un látigo de placer, con un chorro caliente que empapó la cara del joven.
No se detuvo ni un segundo. Los agarró a ambos por el pelo y los arrastró al centro del salón, con el coño aún temblando, con las piernas abiertas, con la mirada fija en el espejo que ya parecía reflejar fuego.
Los llevó hasta el cojín central, arrastrándolos del cabello como a bestias amaestradas.
No había dulzura en sus gestos, ni necesidad de que comprendieran.
Solo tenían que obedecer. Se sentó de espaldas al espejo, con las piernas abiertas, el coño aún palpitando, y los pechos brillando de sudor.
Los observó desde abajo, con la mirada sucia y voraz.
Se colocó sobre las rodillas y alzó la mano. Chasqueó los dedos.
El joven se colocó frente a ella, jadeando, con la cara aún empapada por su primer orgasmo.
La reina agarró su polla sin miramientos, se la llevó a la boca y la lamió de abajo arriba con lentitud insultante.
Luego se la tragó sin un solo gemido, hasta que los ojos se le humedecieron por la garganta forzada.
Él, apretando los puños a ambos lados del cuerpo.
Ella lo sintió temblar, le agarró las nalgas y lo hundió más, obligándolo a chocar contra el fondo, a sentir cómo su garganta se contraía alrededor de su polla con cada movimiento.
Detrás, el mayor ya se colocaba de rodillas.
No necesitaba órdenes. Sabía qué iba a pasar.
Sujetó sus caderas con las manos grandes, firmes, y apuntó directamente al ano expuesto y ligeramente dilatado.
Ella lo sintió antes de que ocurriera, y sonrió con la polla aún en la boca.
Se acomodó, se inclinó hacia adelante, y ofreció su culo sin reservas.
El hombre escupió sobre su entrada y comenzó a empujar.
No fue fácil. El primer centímetro entró lento, luchando contra la presión de su cuerpo, pero ella no se quejó.
Abrió más las piernas. Empujó hacia atrás.
Lo quería dentro, entero. Lo quería rompiéndola.
La penetró con un gemido grave y sostenido, que hizo vibrar el vientre de la reina.
Ya estaba completamente empalada. Con una polla llenándole la boca, y otra enterrada en su culo hasta la base.
Cerró los ojos y gimió alrededor del miembro del joven, haciéndole temblar.
Empezaron a moverse. Coordinados. Un ritmo brutal, preciso, salvaje.
Ella no podía hablar. Solo gemir, tragar, absorber, recibir.
La saliva le caía por la barbilla, mezclada con las lágrimas del esfuerzo.
Su culo se abría y se cerraba alrededor de la polla que la partía sin piedad.
La piel chocaba contra la suya, seca, dura, rítmica.
El placer le subía por la espina como una corriente eléctrica.
La garganta la ardía, el ano le palpitaba, el coño le chorreaba sin que nadie lo tocara.
Era pura fricción. Pura entrega. Puro castigo.
Se vino de nuevo, sola, sin ayuda, sin manos, sin clítoris.
Un orgasmo brutal, agudo, que la hizo convulsionar entre ellos, con la boca aún llena, con el ano tragando sin pausa.
El suelo se manchó otra vez. La alfombra quedó empapada.
Ella seguía allí, temblando, los ojos en blanco, el cuerpo convertido en un receptáculo de carne, sin voz, sin nombre, solo deseo.
Cuando el joven no pudo más y se retiró, la reina le sujetó del brazo, lo tumbó en el suelo y se montó sobre él de un salto.
Se hundió entera, de golpe, sin cuidado.
Comenzó a cabalgarlo con las piernas abiertas, chorreando sobre su vientre, mientras le agarraba las muñecas y se las sujetaba contra el suelo.
Se movía con rabia, con violencia, con las tetas rebotando en cada sacudida.
El mayor se colocó detrás otra vez, volvió a escupirle el ano y lo abrió con dos dedos, sin esperar permiso.
Ella no dijo nada. Solo asintió. Volvió a empujarlo dentro, otra vez llena, otra vez dominando la escena como una diosa empapada de sudor y semen.
Y así la encontraron, reflejada en el espejo: con los ojos cerrados, la boca abierta, los pechos agitados, dos hombres debajo y dentro de ella, y el suelo cubierto de gemidos invisibles.
El ritmo no aflojaba. Ella cabalgaba al joven con una fuerza que desafiaba el cansancio, sin dar tregua a su pelvis, sin frenar las sacudidas.
Las manos le apretaban las muñecas contra el suelo mientras sus caderas descendían una y otra vez, chocando con brutalidad, tragando cada centímetro de polla hasta el fondo, mientras la del mayor volvía a ocuparle el culo como si fuera su lugar natural.
La doble penetración la mantenía en un estado de trance lúbrico, salvaje, sudoroso, con los labios entreabiertos y los gemidos convertidos en alaridos, agudos, rotos, sin melodía.
La carne chocando contra la carne era lo único que se oía, una y otra vez, como una percusión obscena, húmeda, sucia.
El sonido de las embestidas marcaba el ritmo de la escena, junto con las respiraciones jadeantes y los gemidos contenidos de los dos hombres que la tenían entre sus cuerpos.
Ella los dominaba sin necesidad de hablar.
Se abría cuando quería, se cerraba a su antojo.
Se sentaba sobre la polla del joven hasta hacerlo perder la vista, y luego giraba la cadera para provocarle espasmos.
Cuando quería más profundidad, empujaba hacia atrás y se lo arrancaba todo al mayor con una sola presión de su culo.
El sudor bajaba por su espalda, mezclándose con los restos del sexo que le chorreaban por los muslos, manchando la alfombra ya empapada.
Tenía los pezones erectos, enrojecidos, duros como piedras, y cada vez que los pellizcaba ella misma, el cuerpo entero le respondía con una oleada de placer que le erizaba la piel desde la nuca hasta los dedos de los pies.
Y entonces llegó. No como antes. Esta vez fue lento, intenso, ardiente.
Cerró los ojos y su cuerpo se estremeció desde dentro, como si una ola de calor le subiera por el vientre y le explotara en el pecho.
Se corrió con todo. Coño, culo, garganta, todo al mismo tiempo.
Un orgasmo doble, largo, profundo. Un terremoto que le dobló la espalda, le hizo apretar ambos cuerpos contra el suyo y derramarse sobre ellos sin control.
Su coño soltó un chorro caliente que empapó el vientre del joven.
Su ano se contrajo con fuerza sobre la polla del mayor, arrancándole un jadeo gutural y urgente.
La habitación olía a sexo, a poder, a sumisión invertida.
El cuerpo entero de ella se convulsionaba, las piernas le temblaban, los brazos le pesaban, la voz se le escapaba en susurros rotos.
Los apartó de un empujón. Primero al joven, que cayó de espaldas con el pecho cubierto de sus fluidos.
Luego al mayor, que salió de su interior con la polla aún temblando.
Ella se levantó tambaleándose, con los muslos manchados, los pezones brillando de sudor, y caminó descalza hasta el espejo.
Se paró delante, completamente desnuda, con las piernas abiertas y la respiración aún descontrolada.
Observó su reflejo. Los ojos inyectados en sangre. Las mejillas sonrojadas. La boca entreabierta. El cuerpo resplandeciente por el esfuerzo. Había sido perfecta.
Pero aún no había terminado.
El salón había quedado en silencio. El aire estaba cargado, espeso, saturado de sexo, sudor y el leve aroma a incienso aún ardiendo en las esquinas.
Los dos hombres seguían desnudos, tendidos sobre las alfombras manchadas, jadeando, sin moverse, con los cuerpos temblorosos y los músculos agarrotados.
Ninguno se atrevía a hablar, ni a mirar a la reina.
Había algo sagrado en ese instante. Algo que sabían que no debían romper.
Ella, en cambio, caminó desnuda, sin cubrirse, sin vergüenza. Sus muslos seguían húmedos, su espalda perlada de sudor. Se detuvo frente al espejo, descalza, erguida, el cuerpo aún caliente por dentro. Se contempló. Lo hacía siempre al terminar. No por vanidad. Sino porque necesitaba saber.
El espejo tenía marco de plata negra, tallado con símbolos antiguos, y un vidrio que parecía más agua que cristal. Era un espejo vivo. No hablaba a cualquiera. No respondía a preguntas banales. Solo reaccionaba a la verdad. A la carne. Al deseo. Al dominio.
Ella abrió las piernas, lentamente, y posó una mano sobre su vientre.
Con la otra se acarició el interior del muslo, extendiendo un poco de sus propios fluidos sobre la piel.
Quería presentarse como era. Como lo que había sido hace unos minutos: un cuerpo poseído, pero jamás vencido.
Se agachó un poco, bajó la mirada y entonces, por primera vez, habló.
—¿Quién es la más deseada del reino?
La superficie del espejo vibró. Como un lago azotado por el viento. Las luces parpadearon. Y entonces, desde lo más profundo, surgió una voz que no tenía boca, ni rostro, ni edad. Una voz que no se escuchaba con los oídos, sino con la piel.
—Tú.
Ella cerró los ojos y respiró hondo. Esa palabra bastaba. Esa única palabra confirmaba todo. El poder seguía siendo suyo. El espejo no mentía. El espejo no adulaba. Si lo decía, era porque lo había sentido. Porque lo había visto.
Se giró, tomó la bata negra del suelo, se la echó sobre los hombros sin abrocharla y caminó hasta la puerta. No volvió a mirar a los hombres, que aún seguían allí, desnudos, exhaustos, rotos. No necesitaban instrucciones. Sabían que vivirían. Solo porque el espejo había hablado.
Y eso, en ese reino, era el único veredicto que importaba.