EL ESPEJO Y LA MADRASTRA
Veinte años habían pasado desde el nacimiento de Blancanieves, aunque para la mayoría en el reino aquel dato era poco más que un recuerdo envuelto en susurros y superstición.
La historia, tal y como se contaba entre los muros húmedos del castillo, comenzaba con una tragedia.
La reina, esposa del monarca, había muerto durante el parto, dejando tras de sí una niña de piel pálida como la nieve, labios rojos como la sangre y un cabello tan oscuro que parecía absorber la luz.
Su belleza era evidente desde el primer día, y su fragilidad despertó, durante los primeros meses, cierta compasión entre los cortesanos.
Sin embargo, el duelo del rey no duró demasiado.
Al poco tiempo, una mujer de procedencia desconocida, con modales refinados y una sonrisa más afilada que cualquier daga, apareció en el castillo.
Su llegada fue tan repentina como su ascenso y en menos de un año se había convertido en reina. La ceremonia fue discreta, casi secreta, como si el recuerdo de la anterior monarca pesara más de lo que estaban dispuestos a reconocer.
El rey murió tres inviernos después, en circunstancias que aún hoy nadie se atrevía a comentar en voz alta.
Algunos decían que fue la fiebre, otros hablaban de una caída desde las escaleras que daban a las torres, aunque todos sabían que su cuerpo apareció frío en su cama, con una mueca de espanto en los labios.
Desde entonces, la reina gobernaba sola.
No tenía consejeros, ni caballeros de confianza, ni criados que se atrevieran a mirarla a los ojos.
Su belleza era imponente, pero no suave, sino agresiva.
Tenía la piel tirante, sin arruga alguna, y unos pómulos marcados que proyectaban sombra sobre sus mejillas.
Los ojos, de un verde cristalino, parecían capaces de perforar el alma, y su boca, siempre pintada de un rojo casi obsceno, mantenía la línea perfecta de quien jamás había sonreído con sinceridad.
Su figura era delgada, elegante, y sus movimientos tenían la precisión de un mecanismo que no admitía fallos.
Blancanieves, en cambio, no tenía caballerizos ni trajes de gala.
Vivía en los establos desde hacía más de una década, vestía con ropa sucia, dormía sobre paja y se alimentaba de sobras.
Nadie podía hablar con ella sin permiso, nadie debía mirarla sin ser castigado, y lo que era más terrible, nadie podía pronunciar su nombre en presencia de la reina sin que el silencio cayera como una guillotina.
Para todos los efectos, Blancanieves era una sirvienta más, una criada sin identidad, sin pasado, sin derechos.
Pero no estaba muerta. Y eso, en algún lugar muy profundo de la mente de la reina, era intolerable.
Ella, la madrastra, no soportaba que la muchacha respirara el mismo aire que ella.
Por eso necesitaba reafirmarse cada día, cada noche, frente a aquel espejo de cuerpo entero que había traído desde las lejanas tierras del norte, donde los objetos mágicos eran casi tan comunes como el hielo.
Era su ritual, su obsesión, su forma de dominar todo lo que la rodeaba.
Porque solo el espejo podía decirle lo que necesitaba oír.
Y solo cuando se lo decía, se calmaba. Por eso no había día sin placer, ni placer sin sangre, ni sangre sin espejo.
Cada amanecer era idéntico al anterior en el ala este del castillo.
Las losas de mármol del salón del espejo relucían sin una sola mota de polvo, los tapices colgaban pesados y rectos, y el incienso, encendido minutos antes, dejaba una estela espesa que cubría los sentidos antes incluso de cruzar la puerta.
Nadie podía entrar en esa estancia sin ser convocado, nadie podía quedarse tras el acto.
Los encargados de preparar el ambiente, los mismos tres sirvientes que llevaban haciéndolo durante años, entraban en fila, con la mirada fija en el suelo, colocando velas, cortinas, cojines, y finalmente el espejo en su sitio exacto.
Después desaparecían, cerrando tras de sí las puertas acolchadas que ahogaban cualquier sonido.
La reina no necesitaba anunciar su llegada.
El eco de sus tacones sobre la piedra la precedía como un tambor de guerra.
Entraba sola, con una bata de terciopelo oscuro ceñida al cuerpo y el cabello recogido con una precisión que rozaba la crueldad.
Caminaba despacio, dejando que el humo del incienso le acariciara el rostro, y se detenía siempre frente al espejo.
Lo contemplaba en silencio, no para mirarse, sino para esperar.
El espejo nunca hablaba antes de tiempo. Primero debía ocurrir lo necesario.
Los hombres que se presentaban en esa sala no lo hacían por deseo, sino por orden.
Habían sido elegidos, seleccionados por su fuerza, su aspecto, su resistencia, pero también por su obediencia.
Algunos eran soldados, otros simples trabajadores de las cocinas o del campo.
Nunca se repetían. Nunca volvían a ser llamados.
Algunos no salían jamás. Pero todos sabían por qué estaban allí.
Cuando la reina les miraba, no veían en ella a una mujer, sino a una fuerza que no se podía desafiar.
Y cuando ella les hablaba, no era una voz lo que escuchaban, sino una orden que se les metía bajo la piel.
Aquella mañana eran dos. Uno de piel tostada, brazos amplios y torso firme, con el ceño fruncido como quien finge valor.
El otro, más joven, de rostro suave y espalda musculada, con los labios entreabiertos y una respiración que ya temblaba antes de empezar.
Ambos desnudos. Ambos de pie, uno a cada lado del espejo.
La reina no les dedicó palabra. Solo soltó la bata, que cayó a sus pies con el mismo sonido que habría hecho una serpiente deslizándose sobre seda.
Su cuerpo, perfectamente esculpido, no mostraba la menor imperfección.
Se acercó al más joven, sin mirarlo, acariciándole el pecho con las uñas como quien mide la firmeza de un animal antes de montarlo.
Luego giró hacia el otro, rodeándolo como si lo oliera, como si adivinara en su olor cuánto tiempo podría durar.
No había prisa. El acto no comenzaba con deseo. Comenzaba con dominio. Y ella, desde que el espejo ocupaba esa sala, no había perdido ni una sola vez.
La reina se colocó entre ambos y alzó ligeramente el mentón.
No emitió una sola palabra, no necesitaba hacerlo.
Los tenía donde quería. Uno a su derecha, joven y terso, con los músculos tensos como cuerdas a punto de estallar, la polla rígida apuntando sin vergüenza.
El otro a su izquierda, maduro, con el torso marcado por los años de trabajo y una mirada opaca, como si hubiera desconectado de la realidad para obedecerla con docilidad absoluta.
Desnudos, expectantes, tragando saliva al ritmo de su respiración.
Ella caminó hasta el joven y lo acarició con la palma abierta, despacio, desde el esternón hasta el bajo vientre.
Sus dedos se deslizaron sin prisa por la piel cálida, rozando el vello púbico con intención, hasta que la yema del dedo índice se posó en la base del miembro, lo envolvió con la mano y lo sostuvo como quien evalúa el grosor de un fruto maduro.
No hizo comentario, ni una sonrisa, solo se agachó, lo suficientemente cerca como para que su aliento le calentara la punta.
El chico jadeó. Ella no lo tocó con la boca, no aún.
Lo soltó de golpe y se dio la vuelta. Fue entonces cuando los dos comprendieron que no habían venido a buscar placer. Habían venido a obedecer.
Se colocó de espaldas al espejo, se inclinó apenas hacia adelante y se acarició los labios con los dedos, abriéndose con gesto obsceno.
Después, con un leve chasquido de lengua, señaló el suelo.
El joven cayó de rodillas. La reina lo atrapó por la nuca y le empujó la cara contra su sexo.
Él comenzó a lamer torpemente, con ansiedad, intentando complacerla sin saber cómo.
Ella le dio un primer aviso: un tirón seco de pelo y un gemido bajo que más parecía una amenaza.
El chico entendió. Abrió más la boca, alargó la lengua, comenzó a moverla con ritmo firme, sin descanso, como si intentara escribir su nombre en su clítoris.
El sabor de la reina lo invadió de inmediato, cálido, salado, intenso.
El mayor se había mantenido quieto, hasta que ella le lanzó una mirada seca por encima del hombro.
Se acercó por detrás, colocó las manos en su cintura y empezó a acariciarla sin delicadeza, como si amasara carne.
Le separó las nalgas con ambas manos y escupió sobre su entrada, sin pedir permiso, sabiendo que no necesitaba más.
Con una mano guio su polla hasta el sexo húmedo y con la otra le sujetó la cadera con fuerza.
La penetró de un solo golpe, profundo, brutal.
Ella lanzó un gruñido, uno ronco, sucio, mientras se apretaba contra el rostro del joven, jadeando ya desbocada.
El cuerpo de la reina se tensó entre ambos.
La lengua frenética del chico entre sus piernas le lamía sin respiro, metiéndose en cada pliegue, en cada rincón, bebiendo de ella sin filtro, mientras detrás el otro la taladraba sin piedad, con golpes secos que hacían que sus pechos se agitaran violentamente con cada embestida.
Ella no gemía como una dama. Gruñía como una perra en celo.
Los muslos empapados, el clítoris completamente inflamado, el ano expuesto y palpitante.
No había decoro. Solo sudor, carne y deseo.
Su coño chorreaba sin control, mezclando fluidos con la saliva del chico, con el preseminal que el otro no contenía.
No se detuvo. No cambió el ritmo. Dejó que sus rodillas se doblaran poco a poco, que su cuerpo se derrumbara hacia adelante sobre el cojín del trono, con el chico lamiéndola desde abajo, pegado como una extensión viva de su vulva, y el otro aún dándole desde atrás, cada vez más fuerte, más hondo, más sucio.