Perversiones sexuales de ... Serie Completa LA BODA
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LA BODA

El carruaje llegó a la aldea cuando el sol comenzaba a teñir de rojo las copas de los árboles.

Blancanieves bajó envuelta en una capa sencilla, sin joyas ni escoltas, con el rostro sereno y los pies firmes sobre el polvo.

A su lado, Alaric observaba en silencio.

Habían recorrido más de medio reino en apenas unos días, deteniéndose solo lo necesario, sin dar explicaciones.

Nadie los detuvo. Nadie los persiguió. Y aún así, algo había cambiado en el aire.

Lo notaron al cruzar la plaza del mercado.

Las voces eran más vivas, los rostros más agitados.

No por ellos, sino por una noticia que parecía haber brotado de todos los rincones a la vez: la reina estaba muerta.

Los rumores eran múltiples. Que había sido envenenada por su propio veneno.

Que un conjuro mal pronunciado le había devuelto el daño que había intentado infligir.

Que había muerto de rabia al verse derrotada por el reflejo de otra mujer.

Pero la versión más repetida hablaba de una caída repentina frente al espejo, de un grito ahogado, de un cuerpo que se desplomó sin señales ni heridas visibles.

El castillo no lo había comunicado de forma oficial, pero la noticia ya era ley.

Y con ella, una certeza se colaba en todas las conversaciones: si Blancanieves seguía viva, ella era la única heredera legítima del trono.

Alaric no dijo nada al escuchar aquello.

Solo la miró. Esperaba encontrar sorpresa, incredulidad, algo que delatara incertidumbre.

Pero no. Blancanieves ni siquiera parpadeó.

Apretó un poco los labios, respiró hondo y continuó caminando.

Como si el destino solo hubiese hecho lo que ella ya había previsto.

No había alegría. Tampoco miedo. Había propósito.

Y una decisión que no necesitaba anunciarse.

Esa misma tarde, sin mirar atrás, puso rumbo al castillo.

El castillo se alzaba igual que siempre, con sus torres recortadas contra el cielo y las banderas colgando como si aún respiraran el mandato de la reina.

Pero algo había cambiado. El silencio que envolvía los patios no era respeto.

Era expectación. Los criados no se movían con la misma rigidez, los guardias ya no fingían autoridad.

Y cuando Blancanieves atravesó las puertas principales sin anunciarse, sin permiso, sin escolta, nadie se atrevió a detenerla.

Cruzó los pasillos como si nunca los hubiera abandonado.

Como si los años de establo no hubieran ocurrido, como si su cuerpo desnudo sobre el heno no fuera el mismo que ahora subía por las escaleras de mármol, con paso firme y sin desviar la mirada.

Llevaba el vestido que había tomado prestado en la aldea.

El cabello suelto. El rostro limpio. No necesitaba más.

Alaric la siguió de cerca, sin hablar, con la mano apoyada en el pomo de la espada y los ojos atentos a cada movimiento. Los sirvientes se apartaban en silencio. Algunos murmuraban. Otros inclinaban levemente la cabeza, como si la reconocieran sin necesitar confirmación. Nadie preguntó nada.

En la galería principal, aún colgaba el retrato de la reina. Era una pintura perfecta, retocada con la vanidad de quien se sabía deseada. Blancanieves se detuvo frente a él, lo miró apenas un instante y luego giró el rostro.

—Quémalo.

Una criada asintió en silencio. Más tarde, las llamas lo devorarían en el patio, junto a las sábanas que alguna vez cubrieron la cama real.

Esa noche, Blancanieves durmió en la habitación que le fue negada desde su nacimiento.

Lo hizo con las ventanas abiertas, con la chimenea encendida y sin miedo a lo que pudiera soñar.

Alaric la acompañó, pero no hubo sexo. Solo cercanía. Dormitaron entre suspiros, entrelazando los dedos, sintiendo que por primera vez, el deseo no era urgencia. Era promesa. Algo nuevo estaba empezando. Algo que ninguno sabía nombrar, pero los dos reconocían como propio.

Los días siguientes transcurrieron sin sobresaltos, como si el castillo hubiera contenido la respiración durante años y, de pronto, aprendiera a respirar de nuevo.

Blancanieves no emitía órdenes, pero las cosas sucedían a su alrededor con una naturalidad que desarmaba cualquier resistencia.

No se sentó en el trono, no exigió lealtades, no reunió al consejo.

Solo estuvo presente. Caminaba por los pasillos, se asomaba a los jardines, escuchaba en silencio a quien quisiera hablarle.

Y con cada gesto, recuperaba algo que le habían quitado desde niña.

Alaric, mientras tanto, la observaba desde la distancia justa.

No la empujaba, no la interrogaba. Sabía que su lugar no era delante de ella, sino al lado.

Y una noche, al regresar del patio de entrenamiento, la encontró en la biblioteca, sentada junto a una vela, con los pies descalzos y un libro abierto sobre el regazo.

No llevaba joyas ni corona. Solo una bata fina y el cabello recogido sin cuidado.

Le pareció la imagen más poderosa que había visto jamás.

—Podrías gobernar sola —dijo él, sin presentaciones—. Pero no quiero que lo hagas sin mí.

Ella cerró el libro, levantó la vista y lo miró sin expresión durante un instante. Luego sonrió con un matiz apenas visible.

—¿Es una petición de matrimonio?

—Es una propuesta —respondió él—. No de poder. De lealtad.

No hicieron falta más palabras. Al día siguiente, Blancanieves dio la orden.

Había boda. Pero no sería una ceremonia colmada de nobles ni de protocolos.

Se celebraría en el patio interior, abierto al cielo, y con la presencia de quienes habían marcado su historia: los trabajadores del castillo, los aldeanos del mercado, y los siete mineros que, en silencio, habían dejado la cabaña del bosque para responder a su invitación.

Los preparativos fueron simples. Pan recién hecho, vino dulce, flores del invernadero, y música traída por los niños del pueblo.

No hubo reyes invitados. No hubo acuerdos firmados.

Solo dos personas caminando una hacia la otra, sin disfraces, sin adornos, sabiendo que ese paso no era el final del cuento, sino otra curva en un camino que nadie había previsto.

Y ella, al ver a los siete hombres al fondo del patio, alineados como si todavía custodiaran algo sagrado, les regaló una mirada que solo ellos entendieron. Ningún gesto fue necesario. El mensaje estaba en su sonrisa. Y ellos, sin decir nada, bajaron la vista. Y sonrieron también.

El pueblo aclamó su nombre sin necesidad de pregoneros.

La historia ya había corrido como el fuego entre la leña seca.

La hija perdida. La muchacha relegada a los establos.

La única heredera viva del trono. Blancanieves.

No era una reina construida a golpe de decreto, sino una figura nacida de la tierra, de la carne, de la resistencia silenciosa.

El reino la aceptó sin condiciones, como si supiera que había esperado lo suficiente.

La ceremonia fue breve. Una unión sin juramentos solemnes, pero con miradas cargadas de todo lo que no hacía falta pronunciar.

Alaric le tomó la mano con la firmeza de quien no piensa soltarla, y ella se la entregó con la seguridad de quien sabe que puede recuperarla cuando quiera.

Hubo un beso. Largo. Sincero. Cálido. Y cuando la noche cayó sobre los tejados del castillo, se apagaron las antorchas, se cerraron los portones y se quedaron solos por fin.

De la noche de bodas no se hablaría. No porque no ocurriera.

Sino porque había cosas que no necesitaban testigos.

Blancanieves no era la misma mujer que despertó en el bosque.

Tampoco lo era Alaric. Ambos se desnudaron sin ceremonia, sin urgencia, y compartieron un cuerpo a cuerpo que fue más confesión que conquista.

Pasaron los días. Los asuntos del reino comenzaron a ordenarse.

Las visitas llegaron. Las cartas se acumularon.

Y sin embargo, algunas noches, cuando todo parecía en calma, cuando nadie vigilaba, una figura escapaba del castillo por el paso viejo del este.

Sin guardias. Sin avisos. Cabalgaba sin escolta hacia el norte, desapareciendo entre la maleza como un suspiro ahogado.

Y aunque nadie lo decía en voz alta, algunos en el castillo sabían la verdad. Sabían que ella no se marchaba para huir. Se marchaba para recordar. Para perderse. Para volver a sentir.

Porque en lo más profundo del bosque, los siete seguían allí.

Y ella, cada tanto, seguía regresando.