EL DOCTOR Y LA TENTACIÓN #2
El sudor les resbalaba por el cuerpo. Él tenía la mandíbula apretada, los músculos tensos, y los ojos fijos en su coño tragándose su polla una y otra vez.
Caperucita se inclinó hacia atrás, apoyando los codos en la mesa, dejando que él la follara con total dominio.
Cada embestida era una descarga, una sacudida eléctrica que le recorría la columna y le estremecía los pechos.
Sentía que iba a correrse otra vez. Y él también lo sabía.
—Dilo —le exigió él, con la voz ronca—. Dime de quién es este coño.
—Es tuyo. Solo tuyo.
—Entonces córrete para mí. Ahora.
Y ella estaba a punto.
El ritmo se volvió inhumano. El Lobo embestía con todo el peso de su cuerpo, golpeando sin tregua, haciéndola crujir sobre la mesa como si fuera parte de ella.
Caperucita ya no pensaba, ya no hablaba, solo gemía, jadeaba, suplicaba con los ojos cerrados y la boca abierta.
Sus piernas temblaban, su vientre se contraía, y su clítoris rozaba su pelvis con cada empuje brutal.
Era demasiado. Demasiado profundo, demasiado duro, demasiado perfecto.
Estaba perdiendo el control, cayendo sin red, sin poder contener lo que venía desde el centro exacto de su cuerpo.
El orgasmo la atrapó como una explosión.
No fue una ola, fue un volcán. Gritó sin pudor, sin reservas, sin vergüenza.
El cuerpo entero le dio un espasmo, y de repente, su interior se contrajo con una fuerza descomunal, expulsando un chorro cálido y salvaje que empapó al Lobo y salpicó el suelo de madera.
Nunca le había pasado, pero ahora su coño expulsaba placer líquido mientras su cuerpo se arqueaba como si el alma le saliera por la garganta.
Él no se detuvo, al contrario. La miró con una mezcla de orgullo y lujuria mientras seguía bombeando con ritmo más lento, pero igual de profundo, saboreando la sensación de estar enterrado en una mujer que acababa de correrse como una bestia.
Cuando por fin se retiró, su polla estaba bañada por sus fluidos, sus muslos mojados, el suelo completamente empapado.
La mesa parecía el altar de un sacrificio de placer.
Caperucita quedó tendida sobre la madera, con el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido por su vida, los muslos aún temblorosos y los ojos perdidos en un punto indeterminado del techo.
No podía hablar, no quería. El cuerpo entero era una descarga post orgásmica, cada músculo relajado, cada fibra saciada.
Él se apartó un paso, admirando su obra, con la polla aún dura, brillando bajo la luz tenue.
—Tres en una mañana… —susurró—. Y este último, legendario.
Ella esbozó una sonrisa sin fuerzas, con los ojos medio cerrados.
—Ya no me quedan palabras.
—Mejor, no quiero que digas nada más solo que recuerdes quién te hizo esto.
Ella no respondió. Estaba demasiado ocupada escuchando su propio cuerpo.
La casa estaba en silencio, salvo por el golpeteo irregular de una gota que caía desde el borde de la mesa al suelo de madera.
Era su humedad. Su cuerpo, aún abierto, aún vibrante, seguía expulsando restos de placer mientras yacía boca arriba, con un brazo colgando sin fuerza y la otra mano sobre el pecho, intentando recuperar el ritmo de la respiración.
Sus pezones seguían duros. Su vientre subía y bajaba con movimientos largos, como si cada bocanada de aire fuera un esfuerzo titánico.
El Lobo caminaba desnudo por la cocina, buscando un paño con el que secarse los muslos.
Lo encontró, se limpió sin apuro, y se acercó de nuevo a ella con una calma satisfecha, como quien ha cumplido con creces su parte del trato.
Su erección empezaba a disminuir, aunque aún latía con vida.
No tenía prisa por vestirse. La observaba desde abajo, como quien contempla un cuadro.
No dijo nada durante varios segundos. Solo la miraba.
Desnuda, con el vestido arremangado a la cintura, las piernas abiertas, el coño enrojecido, los labios hinchados, el cuerpo salpicado de sudor y semen. Una imagen imborrable.
Caperucita intentó incorporarse, pero las piernas no respondían. Se dejó caer de nuevo sobre la mesa, con una sonrisa ladeada, sin fuerzas, rendida.
—He perdido la cuenta… —murmuró.
—Yo no. Son tres. El primero fue tuyo, el segundo, mio. Y este último… este ha sido de los dos.
Ella cerró los ojos. No porque quisiera dormir.
Sino porque no podía mantenerlos abiertos más.
El calor en su piel no era solo del sexo, sino de la entrega.
De la rendición total. Estaba saciada como nunca.
Humillada y poderosa al mismo tiempo. Usada y adorada.
Tres orgasmos en una sola mañana. Tres cuerpos, tres formas de placer, y un descubrimiento que le había cambiado algo por dentro.
El Lobo se acercó y le acarició el muslo con la yema de los dedos, dejando un rastro de ternura insospechada.
—Deberías descansar un poco antes de volver al pueblo —dijo en voz baja—. O no vas a poder dar un solo paso.
—No puedo moverme ahora —susurró ella sin abrir los ojos—. Me has vaciado.
—Eso era lo que querías, ¿no?
—Sí… —respondió con un suspiro—. Y no sabía cuánto lo necesitaba.
Él se apartó sin decir nada más. Se vistió con parsimonia, abotonándose la camisa sin prisa, mientras ella seguía tendida, inmóvil, empapada, deshecha. El olor del sexo aún flotaba en el aire, mezclado con el del té de hierbas y la madera vieja. La casa no volvería a ser la misma. Ella tampoco.
Y él… aún tenía planes.