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EL CAZADOR Y LA PRESA

La puerta de la casa crujió al abrirse de nuevo, apenas unos minutos después de que el Lobo desapareciera por la parte trasera.

Caperucita aún estaba sentada en la mesa, con el vestido bajado, los muslos pegajosos y el cuerpo envuelto en esa pesadez dulce que solo dejan los orgasmos intensos.

Levantó la cabeza con esfuerzo, creyendo por un instante que él había regresado.

Pero no. Era otro hombre. Uno muy distinto.

Lo llamaban el Cazador.

Su nombre real se había perdido entre los años y los motes que el pueblo imponía sin piedad.

Algunos decían que se llamaba Julián. Otros, que era un antiguo militar retirado que se había instalado en la zona hacía más de una década.

Nadie lo sabía con certeza, pero todos coincidían en que era el encargado informal de la seguridad de la comarca.

Vigilaba los caminos, conocía cada atajo de la sierra, ayudaba a mantener alejados a merodeadores o cazadores furtivos.

Siempre llevaba consigo una escopeta de caza, colgada al hombro, más símbolo que amenaza.

No necesitaba usarla. Su presencia ya era suficiente para imponer respeto.

Vestía con ropa de campo: camisa de cuadros remangada, pantalones gruesos y botas polvorientas.

Su rostro, curtido por el sol y los años, mostraba arrugas profundas alrededor de los ojos, pero su mirada era firme, clara, serena.

El tipo de hombre que no habla mucho, pero cuando lo hace, nadie se atreve a interrumpirlo.

Llevaba el cabello entrecano, corto, y la barba de unos días que no buscaba estilo, solo comodidad.

Al entrar, se quitó el sombrero de ala ancha que lo protegía del sol y se quedó en el umbral, observando la escena con atención.

Vio a Caperucita. Vio la cesta sobre la mesa. Y sobre todo, percibió ese olor inconfundible en el aire, mezclado con la infusión y la madera: sexo reciente, sin disimulo.

Sus ojos se clavaron en ella solo un instante. No dijo nada. Luego miró a su alrededor, alerta. Había algo más. Un rastro invisible que todavía flotaba entre las paredes. El Cazador lo notó. Y lo iba a encontrar.

El Lobo apareció desde el pasillo con paso lento, las mangas arremangadas, los botones del torso aún sin cerrar del todo y el cinturón a medio abrochar.

No tenía intención de ocultar nada. Su rostro estaba sereno, pero sus ojos brillaban con ese matiz oscuro, entre orgullo y advertencia.

Se detuvo en el marco de la puerta, apoyando un hombro contra la madera, cruzando los brazos sobre el pecho como si se sintiera en casa.

El Cazador no se movió. Mantuvo el sombrero en una mano y la otra cerca de la culata de la escopeta, no por amenaza, sino por costumbre.

Sus ojos grises se encontraron con los del otro hombre, y durante varios segundos no hubo más sonido que el tictac lejano del reloj de pared.

El aire se volvió más espeso, como si el oxígeno se hubiera retirado de la sala para no interrumpir.

—No sabía que te dedicabas a la medicina —dijo el Cazador al fin, con voz grave, seca.

El Lobo ladeó apenas la cabeza, sin perder la sonrisa.

—La medicina tiene muchas ramas. Algunas más… manuales que otras.

La tensión era palpable. Como una cuerda tensa a punto de partirse. Los dos sabían quién era el otro, aunque no se hubieran cruzado más que en rumores. No eran hombres de palabras, sino de territorios. Y esa casa, ese momento, ese olor, era territorio compartido.

El Cazador echó un vistazo a la cesta aún sin abrir.

Luego volvió la mirada hacia Caperucita, que seguía sentada, serena, vestida, aunque sus muslos aún brillaban con restos de humedad.

No preguntó. No era necesario. El Lobo se incorporó del marco, se colocó bien la camisa con movimientos lentos, como si quisiera demostrar que no tenía prisa, que nadie lo sacaba de ningún sitio.

Dio un paso hacia la puerta y se detuvo junto al Cazador.

—No la subestimes. Tiene más fuego del que aparenta.

El Cazador no respondió. Solo lo siguió con la mirada mientras salía de la casa, cerrando la puerta con un golpe leve pero firme.

El Lobo se había ido.

Pero el aire aún olía a él.

El golpe suave de la puerta al cerrarse marcó el fin de una presencia que parecía no querer irse del todo.

El Lobo se había marchado, pero no del ambiente.

Sus huellas seguían frescas. El aire seguía denso.

El olor de su cuerpo aún flotaba entre las paredes como un perfume agresivo que se impregnaba en la madera, en las cortinas, en la piel misma.

Caperucita no se movió. Tampoco el Cazador.

La casa entera parecía estar contenida, a la espera de un gesto, de una palabra, de una acción que pudiera reestablecer el equilibrio.

El Cazador cerró la puerta con el pie y se quedó quieto, de pie junto a ella, observando la sala con esa mirada que parecía ver lo que otros no veían.

Se tomó su tiempo. Como si cada rincón pudiera contarle una historia.

Sus ojos recorrieron la cesta aún cerrada sobre la mesa, la taza vacía al borde del fregadero, el suelo de madera con una pequeña mancha oscura justo debajo de donde ella estaba sentada.

Se fijó en la bata médica colgada del respaldo de una silla, aún con las mangas arremangadas y un botón suelto colgando por un hilo.

Luego volvió a mirarla a ella, sin cambiar la expresión, sin alzar la voz.

—¿Te hizo daño?

No fue una pregunta cargada de juicio. Era una comprobación, un chequeo directo, sin adornos. Caperucita negó con la cabeza, sin sonreír, pero sin bajar la mirada.

—Estoy bien.

Él asintió una sola vez. Luego dejó el sombrero sobre el respaldo de otra silla, colgó la escopeta de la correa en un clavo de la pared, y cruzó la cocina con pasos lentos.

Abrió la ventana que el Lobo había cerrado antes de marcharse y dejó que el aire fresco del mediodía barriera la habitación con una corriente leve que agitó las cortinas.

Se inclinó hacia la estufa de leña, revisó con la punta de la bota que no hubiera brasas, y volvió a ponerse de pie con un suspiro apenas audible.

—No es la primera vez que pasa por aquí con otro nombre. Lo conozco de lejos. Es hábil. Sabe moverse. Sabe entrar y salir sin dejar marca… al menos no la que todos pueden ver.

Caperucita seguía en la misma posición, sentada sobre la mesa, con el vestido ajustado de nuevo a su cuerpo pero sin disimular el desorden en el cabello, la piel aún encendida, el temblor residual que persistía en sus muslos.

Lo escuchaba, sí, pero no intentaba justificarse.

No tenía por qué hacerlo. Y el Cazador tampoco se lo exigía.

—¿Te dijo algo más?

Ella negó de nuevo.

—Solo... que no lo subestime. Que hay más en mí de lo que aparento.

Él soltó una exhalación lenta, más parecida a una risa silenciosa que a un resoplido. Caminó hasta la mesa y se sentó frente a ella, con los antebrazos apoyados en la madera y los dedos entrelazados, observándola sin insistencia, sin paternalismo, sin deseo.

—Tiene razón —dijo al fin—. Siempre supe que no eras como las demás.

No hubo ni tono dulce, ni tono condescendiente. Era un reconocimiento. Un dato. Como si estuviera registrando una información que ya sospechaba desde hacía tiempo. Caperucita desvió la mirada hacia la ventana, dejando que la brisa le refrescara las mejillas.

—No me arrepiento —murmuró—. Solo me duele que me haya leído tan bien.

El Cazador no respondió enseguida. Se levantó, fue hasta el fregadero, llenó un vaso de agua y se lo tendió sin decir una palabra. Ella lo aceptó, bebió despacio, y lo dejó sobre la mesa.

—La abuela volverá pronto —dijo él entonces—. Me la crucé en el camino. Viene del velatorio. Iba con paso lento.

—No quiero que me vea así.

—Entonces será mejor que salgas por detrás y tomes el sendero que bordea el olivar. Yo me encargo de dejarle la cesta.

Ella lo miró por fin, con los ojos cansados, pero firmes.

—Gracias.

—No me lo agradezcas. No lo hago por ti. Lo hago por tu abuela.

Caperucita sonrió, pero no dijo nada. Se bajó de la mesa con suavidad, recogió su capa del respaldo, y caminó hasta la puerta trasera. Justo antes de cruzar el umbral, se volvió una última vez.

—¿Me juzgas?

El Cazador sostuvo su mirada durante unos segundos eternos.

—No. Pero si vuelve… te aconsejo que no le entregues más de lo que ya tiene.

Ella desapareció entre los campos. Y él se quedó en la casa, con la cesta en una mano y la escopeta en la otra.

El Lobo no era el único que sabía cómo cazar.

La puerta trasera se cerró sin hacer ruido.

Solo el leve golpeteo de la madera contra el marco marcó la salida definitiva de Caperucita.

Su figura se desdibujó entre los campos que bordeaban el olivar, con la capa roja ondeando al viento como la última chispa de un fuego que aún ardía entre las paredes de la casa.

Sus pasos eran lentos, no por el peso de la cesta —que ya no llevaba—, sino por el agotamiento físico que todavía le recorría las piernas.

Se sentía vacía y viva al mismo tiempo. Ligera.

Saturada de placer y, a la vez, hambrienta de respuestas que aún no había formulado.

No se volvió a mirar atrás. Sabía que el Cazador cumpliría su palabra.

Dentro de la casa, él recogió la bata del Lobo con un gesto casi despectivo.

La colgó del respaldo de una silla, lejos de la vista de la abuela, como quien aparta una prenda contaminada.

Luego tomó un trapo húmedo y, sin dramatismo, limpió las marcas del suelo, las gotas secas del placer de Caperucita, el rastro físico de una visita que no debía dejar huellas.

No era la primera vez que hacía algo así.

Había protegido muchas casas, muchas personas.

Pero esto era distinto. Esto olía a guerra.

La cesta seguía intacta sobre la mesa. Pan, frutas, caldo, infusión.

Todo en orden. La tapó con el paño limpio que la madre de la joven había colocado con esmero y la trasladó al pequeño aparador junto a la ventana.

Desde allí, se veía el camino principal que llevaba al centro de la aldea.

La abuela no tardaría en llegar. Él la esperaría allí, con la escopeta apoyada en la silla y el rostro impasible, como si nada hubiera ocurrido.

Como si no acabara de presenciar el cruce entre dos fuerzas que apenas estaban empezando a medirse.

Se sentó en la cocina y dejó que el silencio le dijera lo que las palabras no podían.

El Lobo volvería. No tardaría. Ese tipo de hombre no se marchaba por completo.

Dejaba partes de sí en cada cuerpo, en cada casa, en cada mirada.

Caperucita lo sabía. Él también. Y por eso la tensión no había desaparecido. Solo se había desplazado.

Por primera vez en años, el Cazador sintió que ya no bastaba con patrullar los caminos.

Había un nuevo tipo de peligro en la zona.

Y tenía nombre propio.

El sendero de regreso al pueblo le pareció más corto de lo que realmente era.

Tal vez por la forma en que el cuerpo aún flotaba en esa mezcla de agotamiento y euforia, o quizá porque el sol de la tarde suavizaba la luz y convertía cada rincón en un suspiro dorado.

Caperucita caminaba sin apuro, con la capa ondeando a su ritmo, el vestido ya seco pero con el recuerdo húmedo aún palpitante entre las piernas.

Había dejado algo en esa casa. O tal vez se había traído algo de allí, difícil de nombrar, imposible de ignorar.

Al llegar a la primera calle del pueblo, saludó con la cabeza a una vecina que regaba las macetas.

Nadie sospechaba nada. Para todos, era solo una chica de vuelta de visitar a su abuela.

Para todos, seguía siendo la misma. Pero ella lo sabía: había cruzado una línea.

Ya no era la muchacha que salía de casa con una cesta y un encargo.

Era otra. Una que había aprendido a decidir, a provocar, a entregarse y a detenerse cuando le daba la gana.

Y le gustaba ser esa nueva versión de sí misma.

Abrió la puerta de su casa con suavidad. Dentro, el aire olía a comida recién hecha, a jabón de ropa, a hogar. Su madre estaba en la cocina, preparando un guiso y tarareando una melodía antigua que solía cantar cuando limpiaba. Ni se volvió al oír la puerta.

—¿Ya estás de vuelta?

—Sí, mamá. Todo ha ido bien.

Su madre asintió sin dejar de remover la olla.

—¿Te vio la abuela?

—No. Justo cuando llegué, había salido al velatorio de un vecino. Pero me recibió el médico. Le dejé la cesta al Cazador, que pasaba por allí. Se la entregará.

Esta vez la madre se giró, con la cuchara aún en la mano, y la miró con un leve fruncimiento de cejas.

—¿El médico? ¿Qué médico?

Caperucita encogió los hombros.

—Un señor que llevaba bata blanca. No lo conocía. Supongo que era nuevo. La abuela lo dejó allí esperándola. Parecía de confianza.

La madre dudó unos segundos, pero luego volvió a su tarea.

—Habrá sido algún sustituto. Últimamente están rotando mucho por las aldeas.

Ella asintió, se quitó la capa y la colgó con cuidado en el perchero junto a la entrada.

Luego subió a su habitación sin decir nada más.

Cerró la puerta, se tumbó sobre la cama y dejó que el cuerpo se aflojara por completo.

Sus dedos recorrieron con lentitud su vientre, subieron por los pechos, rozaron los labios aún húmedos de su sexo.

No para tocarse. Solo para recordar. Todo seguía allí, presente, vivo.

La lengua del Lobo. Su polla. La mirada del Cazador. El temblor de sus piernas.

Y la certeza de que ese era solo el principio.

Desde la cocina, la madre alzó la voz sin asomarse:

—Cuando vuelva a necesitar que le lleves algo, te lo diré. ¿De acuerdo?

—Por supuesto —respondió Caperucita desde su cuarto, con la voz tranquila—. Me encantará volver.

Cerró los ojos con una sonrisa suave en los labios. En su mente, el bosque no era un lugar de peligro.

Era territorio conquistado.