EL DOCTOR Y LA TENTACIÓN
El sendero entre la sierra y la aldea vieja era más largo de lo que parecía, y con el sol en lo alto, el calor se volvía espeso, casi líquido.
Caperucita llevaba ya cerca de una hora caminando, con la cesta en el brazo y la capa roja pegada a la espalda, húmeda por el sudor.
El aire olía a pino y a tierra seca, y el canto de los grillos marcaba el ritmo de cada paso.
No había nadie solo ella, los árboles, y esa sensación de que aún quedaban restos de deseo entre sus piernas, latentes, como brasas que no terminaban de apagarse.
Al fondo, las primeras casas de la aldea aparecieron entre las ramas.
Pequeñas, bajas, con tejados irregulares y puertas de madera vieja.
La de su abuela era la segunda, justo al lado de un molino derrumbado, con una enredadera que subía por la fachada y unas macetas de barro en las ventanas. Pero algo no encajaba.
La ventana estaba abierta.
No de par en par, sino lo justo como para que la cortina se moviera hacia fuera con la brisa.
Un detalle mínimo, pero que a ella le heló la nuca.
Su abuela nunca dejaba la ventana abierta, nunca, ni siquiera en verano.
Decía que entraba el polvo, que los gatos del vecino se colaban, que las corrientes le daban dolor de huesos.
Caperucita se detuvo frente a la verja de madera y la empujó con suavidad.
No había ruidos. El silencio de la aldea era más denso que el del bosque solo roto po el zumbido lejano de una abeja y el crujido de sus pasos sobre la gravilla.
Subió los tres escalones hasta el porche. La puerta estaba cerrada, pero no con llave. El pomo giró con facilidad, aunque no llegó a abrir, llamó una vez, golpeando suavemente con los nudillos.
—¿Abuela?
Nada.
Volvió a llamar, esta vez con más fuerza. Un escalofrío leve le recorrió la espalda. Tal vez no había nadie. O tal vez… algo había pasado.
Se llevó una mano al pecho, respiró hondo y decidió esperar un instante antes de volver a insistir. El calor la envolvía, mezclado con la extrañeza de esa ventana abierta, como una señal que nadie había querido enviar.
La puerta cedió tras el tercer toque y Caperucita entró despacio, sujetando la cesta con una mano mientras con la otra tanteaba la pared en busca del interruptor.
Dentro, el ambiente era mucho más fresco, pero también más denso.
Las persianas estaban bajadas y las cortinas cerradas, dejando pasar apenas un hilo de luz que atravesaba la sala en un corte afilado de sombra y polvo suspendido.
El aire olía a infusión, a lavanda y a algo más que no supo identificar.
No oyó pasos, ni movimientos, pero una voz masculina rompió el silencio desde el fondo del pasillo.
—¿Señorita Caperucita?
Ella dio un paso atrás, sorprendida, aferrando la cesta contra su pecho.
—¿Quién está ahí?
—Soy el doctor. Su abuela tuvo que salir de urgencia. Un vecino falleció esta madrugada y ella fue al velatorio. Me pidió que la esperara por si llegaba usted con la cesta.
La figura emergió poco a poco desde la penumbra.
Llevaba una bata blanca abierta, demasiado blanca para alguien del pueblo, y unos pantalones oscuros, bien ajustados.
La luz tenue apenas le rozaba el rostro, pero su silueta era inconfundible: alto, ancho de hombros, presencia firme.
Caperucita frunció el ceño. Había algo en esa voz, en esa forma de andar, en la postura de los brazos cruzados sobre el pecho, que le resultaba peligrosamente familiar.
Se acercó un paso, luego otro, a medida que la distancia se acortaba y sus ojos se acostumbraban a la penumbra, el disfraz empezó a desmoronarse.
Era él.
El Lobo.
Reconoció esa barba, esa sonrisa torcida, esa forma de mirar que no ocultaba absolutamente nada.
Podía haberse sorprendido. Podía haber gritado, exigido una explicación, darle una bofetada.
Pero no hizo nada de eso. Lo miró en silencio, y en ese instante, en ese cruce de miradas cargadas de electricidad, supo que no tenía intención de parar nada.
Estaba excitada, más que sorprendida. Y dispuesta a seguirle el juego.
Él la observaba con el mismo deseo con el que la había lamido entre los árboles, pero ahora, sin naturaleza alrededor, sin ramas para ocultarse, todo era más directo, más real.
Ella dejó la cesta sobre la mesa con gesto lento, casi ceremonioso, y se volvió hacia él, recorriéndolo con la mirada de arriba abajo.
La bata blanca apenas cubría parte de su torso, y al moverse, dejó ver la piel del abdomen, firme y bronceada.
Notó el bulto bajo el pantalón. Estaba duro, muy duro.
La tensión en el ambiente era tan espesa que podría cortarse con una cuchara.
—Doctor… —dijo ella con fingida inocencia, caminando hacia él—. Qué manos más grandes tiene.
—Son para tocarte mejor. —dijo dando un paso adelante.
—Doctor, qué lengua más grande tiene…
Se detuvo a escasos centímetros de su cuerpo, con la respiración ya agitada.
—Es para lamerte mejor
Agarrandolo del pantalón y acariciando su pene sobre este por fin le dijo.
—Doctor, que pene tan grande tiene
El Lobo esbozó una sonrisa peligrosa, oscura, mientras desabrochaba el primer botón de la bata.
—Es para follarte mejor.
Caperucita no dijo nada más. Ya no hacía falta.
Dio un paso hacia él, se colocó frente a su cuerpo imponente y deslizó las manos por la bata, apartándola lentamente hasta dejarla caer a los lados, abierta por completo.
El Lobo permanecía quieto, observándola como si esperara que fuera ella quien tomara las riendas, como si le diera el control pero con la certeza de que pronto lo recuperaría todo.
Sus ojos se clavaban en los de ella sin parpadear, pero bajaron apenas un segundo cuando sintió cómo le desabrochaba el cinturón y le bajaba la cremallera con una lentitud desesperante.
El bulto bajo el pantalón no había mentido.
Cuando lo liberó, su polla salió en un salto tenso, gruesa, venosa, completamente erecta.
Caperucita la miró sin disimulo, con la boca entreabierta.
Era incluso más grande de lo que había imaginado en el bosque.
Su juguete, el que había estrenado esa misma mañana, era una sombra pálida comparado con aquello.
Veintidós centímetros, sí. Pero esto era carne, calor, olor. Un latido vivo en sus manos.
Lo rodeó con los dedos, acariciando el tronco con suavidad, admirando su firmeza, la textura, la dureza contra su palma.
Se agachó sin quitarle los ojos de encima, doblando lentamente las rodillas hasta quedar frente a él, de rodillas sobre la alfombra.
La punta rozó sus labios, caliente, palpitante, y ella sacó la lengua para lamerla primero con un movimiento lento, de abajo arriba, dejando un hilo de saliva que se estiró hasta la base.
Él comenzó a jadear, apenas contenido, y apoyó una mano en su cabeza, sin apretar.
Ella abrió la boca y lo rodeó con los labios, pero no pudo meterlo entero.
Apenas entraron los primeros centímetros, y ya sentía la garganta resistirse.
Se obligó a relajarse, respirando por la nariz, moviendo la lengua alrededor con dedicación, con hambre.
Lo sacó y lo volvió a meter, mojándolo por completo, llenándose la cara de saliva.
El olor era embriagador. Masculino, fuerte, adictivo.
Cuanto más lo chupaba, más crecía la tensión en su propio cuerpo.
Sentía que el coño volvía a hincharse, húmedo otra vez, como si necesitara su propia recompensa solo por darle placer a él.
El Lobo no se movía, pero respiraba más fuerte. Sus abdominales se marcaban con cada exhalación, y su polla temblaba entre sus labios como si luchara por no explotar ya.
—Tienes una boca peligrosa, caperucita…
Ella lo miró desde abajo, con las pupilas dilatadas y la saliva chorreando desde la comisura de los labios.
—Y tú una polla imposible.
Él soltó una carcajada y la tomó del brazo para levantarla con un gesto suave pero firme.
—Ahora tú te vas a poner sobre esa mesa.
Y ella obedeció.
Caperucita fue hacia la mesa de madera maciza que presidía la estancia, una reliquia familiar con marcas de cuchillos, arañazos de años y manchas de vino que habían sobrevivido a generaciones.
Se subió sin esfuerzo, sentándose primero sobre el borde, con las piernas abiertas, el vestido ya subido por la cintura y la ropa interior empapada pegada a su piel.
El Lobo se acercó sin apuro, con esa calma peligrosa que hacía que cada segundo se sintiera como una provocación.
Le arrancó las braguitas de un solo tirón, haciéndolas crujir entre sus dedos como si fueran papel mojado. Se las llevó al rostro y aspiró su aroma, cerrando los ojos con un gemido bajo que retumbó en su pecho.
—Estás más mojada que antes —dijo sin abrir los ojos.
—Y tú más duro.
Él se colocó entre sus piernas y deslizó la punta de su polla por la entrada de su coño, aún sensible, aún palpitante de todo lo vivido esa mañana.
Frotó con lentitud, asegurándose de que ella sintiera cada milímetro, cada pliegue, cada centímetro empapado por sus jugos.
Luego la penetró de un solo empujón, con fuerza, sin pedir permiso, sin compasión.
Caperucita arqueó la espalda, clavando los dedos en los bordes de la mesa, soltando un gemido que no se molestó en disimular.
La llenaba por completo. Más de lo que creía que podía soportar.
El Lobo comenzó a embestir con ritmo firme, salvaje pero preciso.
Cada golpe hacía rechinar la madera bajo sus nalgas, cada choque de pelvis era un eco húmedo, sucio, glorioso.
Le sujetaba las caderas con fuerza, hundiendo los dedos en su piel, como si necesitara dejar marca, como si su cuerpo fuera suyo desde hacía tiempo.
Ella lo recibía con las piernas abiertas, las rodillas dobladas a los lados, expuesta, ofrecida, devota.
Gemía, gritaba su nombre, se lo pedía más fuerte, más profundo, más salvaje.