ENTRE LOS ÁRBOLES
El sendero que unía el pueblo con la aldea de su abuela comenzaba justo donde terminaban las últimas casas, marcando una transición entre lo cotidiano y lo salvaje.
No era un camino asfaltado ni recto. Era un estrecho pasadizo de tierra apisonada que se abría paso entre una arboleda frondosa, con ramas que se entrelazaban por encima como si quisieran cerrarse a su paso.
Aquel tramo siempre había tenido algo de mágico y peligroso, como si el bosque respirara a su alrededor y cada sonido fuera una advertencia o una invitación.
Caperucita caminaba despacio, sin prisa, con la cesta colgada del antebrazo y la capa roja ondeando suavemente a su espalda.
El calor del mediodía se colaba entre las hojas, filtrando la luz en haces dorados que parpadeaban sobre su piel.
Sus sandalias dejaban huellas finas en la tierra húmeda, y el roce de sus muslos desnudos bajo el vestido le recordaba, con cada paso, lo que había hecho aquella mañana.
La ropa interior, aún ligeramente húmeda, se le adhería a la piel con una mezcla de incomodidad y excitación silenciosa.
Iba ligera, suelta, cargada de esa energía que sólo se siente después de un orgasmo bien dado, o dos.
Sus pezones se marcaban bajo el lino fino del vestido, sensibles aún, y cada roce de la tela era un estímulo más que un disimulo.
El sendero se fue estrechando a medida que la vegetación crecía en espesor, formando una galería natural que filtraba la luz como si se tratara de una iglesia oculta entre árboles.
Caperucita avanzaba con paso firme, los dedos acariciando el borde de la cesta, la otra mano sujetando su capa para que no se enganchara en las zarzas.
El calor subía, le perlaba la frente, pero no era solo por la temperatura.
El aire tenía algo denso, anticipatorio.
Un presentimiento que se metía entre la piel y las costillas.
Y entonces lo vio.
Estaba allí, apoyado contra un tronco grueso, como si llevara horas esperándola.
El Lobo, nadie lo llamaba por otro nombre.
La ropa que vestía no era la de un aldeano: camisa negra de lino remangada hasta los codos, ajustada al cuerpo musculado, y pantalones de sarga oscuros que se ceñían a sus piernas largas, fuertes, dibujando el volumen de sus muslos como si cada costura hubiera sido hecha a medida.
Las botas polvorientas le daban un aire de hombre que había recorrido mundo, que sabía moverse por cualquier terreno.
Llevaba la barba crecida bien recortada, marcando la mandíbula angulosa que contrastaba con unos labios carnosos, de un tono casi morado.
Ojos grises, fríos como metal, pero con un brillo cálido cuando la miraba, como si pudiera desvestirla con una sola mirada.
Y la estaba mirando desde que apareció, no había parpadeado ni una vez.
Caperucita se detuvo a pocos pasos de él pero no dijo nada, solo dejó que su cuerpo hablara primero. El corazón le latía con fuerza, pero no de miedo, era otra cosa. Una mezcla de sorpresa y deseo contenido, de juego peligroso que por fin tomaba forma.
El Lobo se incorporó, empujándose con calma desde el tronco como si no tuviera prisa por acercarse.
Caminó hacia ella despacio, sin dejar de observarla, como si necesitara memorizar cada centímetro de su figura.
Era mucho más alto de lo que ella recordaba desde la ventana.
Imponente. Su presencia llenaba el bosque.
—Te esperaba —dijo con voz grave, profunda, como si cada palabra bajara un grado la temperatura del aire.
Ella no respondió de inmediato. Lo miró de arriba abajo, sin disimulo, dejando que sus ojos viajaran por su pecho ancho, por sus brazos marcados, por el bulto evidente bajo los pantalones que se insinuaba con naturalidad, sin necesidad de provocaciones baratas.
El Lobo no era un hombre que pidiera permiso, era un hombre que tomaba lo que quería y aun así, estaba allí, quieto, observándola, esperando algo de ella.
La capa roja, encendida por la luz que se filtraba entre las ramas, caía sobre su espalda como una bandera desplegada. Él sonrió al verla.
—No decepcionas en absoluto.
Ella se mordió el labio inferior, sin apartar la mirada, lo había imaginado mil veces. Ahora lo tenía delante y no tenía ninguna intención de detenerse.
—Te ves distinta fuera de la ventana.
La voz del Lobo sonó más cerca esta vez, con una suavidad que contrastaba con su físico, era una afirmación envuelta en deseo.
—Y tú igual de descarado —respondió ella, con firmeza.
Él inclinó la cabeza apenas, como si reconociera el golpe con gusto.
—No te imaginas cuántas veces me he tocado viéndote. Tu habitación tiene la mejor vista del pueblo.
—Sé que me observas todos los días desde hace semanas.
—¿Y te molesta?
—¿Debería?
El Lobo soltó una risa corta, apenas un soplo de aire. Dio un paso más, lo justo para invadir el espacio entre ambos. Estaban tan cerca que ella podía oler su perfume, algo amaderado, masculino, mezclado con el sudor tibio de quien camina sin prisa pero con intención.
—He visto cosas que no debería haber visto —dijo él, mirándola con una intensidad que le arañaba la piel—. Y no me arrepiento.
—Tú no viste nada que yo no quisiera que vieras.
—¿Incluso aquella vez de la vela?
—Sobre todo aquella vez.
El Lobo entrecerró los ojos, no por duda, sino por concentración. Sus pupilas se dilataron levemente. Estaba procesando cada palabra, cada recuerdo, cada imagen que ella acababa de confirmar como intencionada.
—Eres más peligrosa de lo que pareces —dijo, con la voz más baja.
—Tú también, por eso no me fui.
—Tenías claro que iba a esperarte aquí, ¿verdad?
—Lo esperaba y lo deseaba.
—Entonces deja de fingir que no sabes a qué he venido.
Caperucita deslizó un dedo por el borde de la cesta, con aparente despreocupación, pero sin apartar la mirada.
—Y tú deja de fingir que vas a pedirme permiso.
Él sonrió, no con arrogancia, sino con aceptación.
—Quiero saborearte.
—Lo vas a hacer pero a mi manera.
—Habla.
—Aquí entre los árboles, solo con la boca y si te portas bien, otro día quizás te deje entrar en mí.
Los ojos del Lobo brillaron como brasas avivadas por el viento.
—Dios bendiga esa capa roja.
Ella se giró sin decir nada más y caminó un par de pasos hacia la espesura, donde las ramas se cerraban formando un rincón oculto del mundo. Sabía que él la seguiría y que cumpliría su parte.
Se internaron apenas unos metros entre los árboles, el lugar justo donde el sol apenas se colaba, y la tierra húmeda absorbía los pasos como si el bosque los acogiera en silencio.
Caperucita se apoyó contra el tronco de un árbol ancho, áspero al tacto, y levantó un poco el vestido, sin prisas, solo lo necesario para que él entendiera que estaba lista.
No dijo una palabra. No hacía falta. El aire denso, cargado de resina, mezclado con su olor y el suyo, hablaba por ambos.
El Lobo se arrodilló sin dudar, colocándose entre sus piernas con la seguridad de quien ha esperado ese momento demasiado tiempo.
Le subió el vestido hasta la cintura y deslizó los dedos por la tela de su ropa interior, empapada.
No preguntó nada. La apartó con dos dedos y se quedó mirándola durante unos segundos, con la boca apenas abierta, como si le costara procesar que por fin la tenía así, al alcance, tan húmeda, tan expuesta, tan suya.
Se inclinó y la besó. Primero sobre los labios externos, con una lentitud casi reverencial, saboreándola.
Luego separó con suavidad, usando solo la lengua, y se hundió en ella con un gemido apenas audible, como si fuese él quien se rendía al placer.
Caperucita apoyó la cabeza contra el tronco, cerró los ojos y dejó que el mundo se redujera a ese punto exacto entre sus piernas.
La lengua del Lobo era precisa, firme y cálida.
No buscaba impresionar, buscaba conocerla.
La lamía despacio, recorriendo cada centímetro, volviendo siempre al clítoris con un ritmo cada vez más definido, más constante, más peligroso.
Le sujetó los muslos con fuerza, inmovilizándola contra su boca, mientras ella empezaba a gemir con una cadencia desordenada, creciente, entregada.
Los dedos de él se clavaban en su piel como anclas, como si necesitara retenerla para que no se elevara con cada espasmo.
Su lengua era fuego. Su boca, una promesa cumplida.
Caperucita sintió que el tronco detrás de ella desaparecía.
Ya no había corteza, ni árboles, ni bosque.
Solo una boca, una lengua, una presión creciente que la empujaba directo al abismo.
Sus piernas temblaban, pero él las sujetaba con fuerza, como si supiera exactamente hasta dónde podía llevarla sin dejarla caer.
El Lobo no hacía pausas. Mantenía el ritmo con una devoción casi animal, trazando círculos húmedos con la lengua sobre su clítoris, succionando justo cuando sentía que el espasmo se aproximaba.
Ella intentó contenerse, mordiéndose el interior de la mejilla, respirando por la nariz, aferrándose al borde del vestido como si eso fuera a salvarla de lo inevitable.
Pero no sirvió de nada. El orgasmo la golpeó sin compasión, empezando con una sacudida suave que se transformó en una ola que le recorrió todo el cuerpo.
Sus caderas se movieron por reflejo, buscando más, buscando todo, mientras él no se detenía, bebiendo cada contracción como si fuera lo único que necesitara.
Ella se corrió con un gemido roto, áspero, tan intenso que su espalda golpeó el árbol al arquearse.
Él mantuvo la lengua sobre ella hasta que el temblor pasó, hasta que sus piernas aflojaron, hasta que su respiración volvió a un ritmo casi normal.
Luego se apartó despacio, sin prisas, con la boca húmeda, los labios brillantes, y la mirada clavada en ella.
No dijo nada al principio. Solo se incorporó, de rodillas aún, y se pasó el dorso de la mano por la barbilla con una sonrisa de satisfacción.
—Tienes el sabor de las cosas que se sueñan —dijo, con voz ronca—. Y yo no he terminado.
Caperucita bajó el vestido con calma, aún jadeante, con las mejillas encendidas y la mirada nublada por la descarga.
—Yo sí —dijo al fin—. Por ahora.
Él la observó un momento más, con esa mezcla de deseo contenido y frustración pura que solo alguien insaciable podía conocer. Pero no insistió, se levantó, sacudió el polvo de las rodillas y la miró como si ya supiera que habría una próxima vez.
Y ella, aún con las piernas flojas, ya lo sabía también.
El silencio que se instaló entre ambos no era incómodo.
Al contrario. Tenía un peso denso, cargado de todo lo que acababa de ocurrir y de todo lo que no había terminado de suceder.
Caperucita recogió la cesta del suelo, se ajustó la capa con un movimiento lento y elegante, y empezó a caminar hacia el camino sin mirar atrás.
No era un gesto de huida sino de control absoluto, había obtenido lo que quería y no tenía intención de dar más.
El Lobo la siguió con la mirada, aún de pie entre los árboles, con el pecho agitado y la mandíbula tensa.
Sus pantalones delataban sin pudor la erección dura que le latía bajo la tela, apuntando con descaro.
No hizo el más mínimo intento de ocultarlo.
Estaba empalmado, excitado, frustrado, pero también fascinado.
Se acercó hasta ella, sin llegar a tocarla, colocándose a un paso de distancia, lo suficiente para oler su perfume, lo suficiente para recordar cómo sabía su cuerpo.
—No quiero que esto acabe aquí —murmuró, con la voz más baja, más grave.
Caperucita lo miró de reojo, sin detenerse del todo.
—No está acabando, solo está empezando.
—Entonces dime por qué me estás dejando así, con la polla dura y la boca ardiendo por dentro.
Ella se giró lentamente, esta vez sí enfrentándolo con los ojos encendidos, sin rastro de vergüenza ni de inseguridad.
—Porque hoy ya me has dado lo que necesitaba y porque me gusta verte así. Sabes muy bien lo que se siente cuando el deseo te consume, ¿verdad?
El Lobo asintió con una sonrisa, resignado pero excitado por esa actitud. Se le notaba en la forma en que respiraba, en el temblor leve de sus manos que aún no sabían dónde ponerse.
—Me vas a volver loco.
—No, ya lo estabas antes —respondió ella con una media sonrisa.
Él se acercó un poco más, lo justo para rozar su cuello con los labios sin llegar a besarla.
—La próxima vez no me conformaré con tu sabor.
—La próxima vez… ya veremos si hay próxima vez.
Y sin más, se dio la vuelta y retomó el camino como si nada hubiera ocurrido, como si el orgasmo entre los árboles no le vibrara aún entre las piernas, como si no llevara el poder bien sujeto en la cesta.
La sensación del control total la embriagaba más que cualquier caricia.
Había descubierto algo nuevo, algo que quería seguir explorando pero a su ritmo, a su manera.
Él se quedó allí, solo, con el bosque como testigo de su erección intacta y de una necesidad que no se apagaba con saliva ni con deseo. Solo con ella.
Apenas había recorrido unos metros del sendero cuando oyó de nuevo sus pasos detrás. No eran apresurados, ni invasivos. El Lobo caminaba con esa misma calma peligrosa con la que hacía todo. Ella no se volvió hasta que él habló.
—¿Vas a casa de tu abuela? ¿dónde vive?
Caperucita se detuvo al borde de una curva del camino, donde la luz volvía a filtrarse entre las ramas y proyectaba destellos dorados sobre sus mejillas aún sonrojadas. Se giró lentamente, sin perder la compostura, sin mostrar que todavía le latía el clítoris con cada paso.
—En la aldea vieja. Al otro lado del barranco, justo antes del molino abandonado.
—Es un buen tramo para andar sola —comentó él, con tono neutral, como si no estuviera tratando de excusarse para seguirla.
—Ya he ido muchas veces.
—¿Quieres que te acompañe?
La pregunta quedó flotando un segundo entre ambos. No sonaba obligada, sonaba sincera. Pero ella no necesitaba compañía. No esa clase de compañía, no después de haberlo tenido entre las piernas, devorándola como si fuera agua y él estuviera muriendo de sed.
—No.
La respuesta fue clara, sin dureza, pero sin vacilación. Luego se le acercó, solo un poco, lo justo para susurrarle lo que venía.
—Por hoy, con dos orgasmos estoy más que satisfecha. Más que muchas en todo un mes.
El Lobo la miró en silencio, tragando saliva, las manos aún cerradas en puños por el deseo retenido. No respondió, solo asintió una vez, con ese brillo entre resignado y enloquecido que empezaba a ser habitual en él.
—Volveremos a vernos —añadió, como una promesa más que una suposición.
—Eso dependerá de cuánto aguantes sin correrte.
Y sin esperar réplica, Caperucita se dio la vuelta y siguió caminando por el sendero.
Su capa roja ondeaba al viento como una advertencia o una invitación, y el bosque, cómplice silencioso, cerró su sombra sobre ella mientras el Lobo la observaba alejarse, sabiendo que lo peor no era quedarse con las ganas.