EL DESEO BAJO LA CAPA ROJA #3
Quedó jadeando, con las mejillas encendidas, el pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido una maratón. Aflojó los dedos poco a poco, dejó caer el juguete al lado y se llevó ambas manos al rostro, cubriéndose los ojos con una sonrisa satisfecha, casi infantil.
Había valido la espera.
Tardó unos minutos en moverse. El cuerpo aún le pesaba, las piernas seguían temblando ligeramente, y entre los muslos sentía el calor húmedo del deseo consumado.
Se incorporó con lentitud, sin prisa, dejando que el aire fresco le secara el sudor de la frente y del pecho.
Bajó los pies al suelo y recogió el juguete con cuidado, como si fuera un objeto valioso que acababa de cumplir su cometido.
Lo envolvió de nuevo en la tela roja y lo guardó bajo el colchón, exactamente en el mismo lugar.
No quería que su madre lo descubriera, aunque en el fondo, una parte de ella encontraba morboso ese riesgo.
Se levantó y caminó desnuda hasta el baño.
Al pasar frente al espejo, se detuvo un instante para observar su reflejo.
Tenía los labios hinchados, los pezones duros, el cuello ligeramente enrojecido.
Sonrió. Se veía hermosa así, desordenada, marcada por el placer.
Abrió el grifo de la ducha, dejó correr el agua unos segundos hasta que salió caliente y se metió bajo el chorro.
Cerró los ojos y dejó que el agua resbalara por su cuerpo, lavando el sudor, la humedad entre sus piernas, pero no la sensación.
Esa la llevaba dentro. Tomó el gel con aroma a vainilla que tanto le gustaba y se lo aplicó con movimientos lentos, saboreando el roce de sus propias manos mientras el vapor llenaba el espacio. No había prisa. No había culpa.
Solo ella, su cuerpo, y la imagen persistente de unas persianas entreabiertas al otro lado de la calle.
El agua seguía corriendo mientras Caperucita se enjuagaba lentamente, sin dejar de acariciarse con el mismo cuidado que si todavía estuviera explorándose.
El vapor envolvía cada rincón del baño, empañando el espejo y silenciando el mundo exterior.
Cerró el grifo y se quedó allí un momento, con los ojos cerrados, disfrutando del último calor que se aferraba a su piel.
Al salir, envolvió su cuerpo en una toalla grande y suave, y se detuvo frente al espejo empañado para dibujar con el dedo una línea sobre el cristal.
No supo por qué lo hizo. Tal vez una forma de marcar el momento.
Volvió a su habitación caminando descalza, dejando huellas húmedas en el suelo de madera.
Abrió el armario, eligió ropa interior sencilla pero bonita —blanca, de encaje fino— y luego buscó su vestido corto de lino rojo, ese que combinaba con su capa.
La capa siempre colgaba de la parte trasera de la puerta, como si fuera parte de ella.
Se peinó con los dedos, recogió el cabello en una trenza suelta y se perfumó con una esencia floral que había robado del estante de su madre.
No había terminado de ajustarse el vestido cuando oyó el portazo de la entrada y los pasos rápidos de su madre en el pasillo. Se apresuró a salir del cuarto y la encontró dejando una bolsa sobre la mesa de la cocina, con las mejillas encendidas por el esfuerzo y el calor de la calle.
—Hoy hace un bochorno que aplasta —dijo mientras se abanicaba con la mano—. Menos mal que he salido temprano.
Caperucita la miró en silencio, mientras se servía un vaso de agua fría y se lo bebía de un trago. Su madre la observó un instante, como si notara algo distinto en ella, pero no dijo nada. Simplemente se sentó y abrió la bolsa con los productos recién comprados.
—Tu abuela está peor hoy. No ha comido nada desde ayer. Se me ha olvidado llevarle estas cosas, y no me da tiempo de volver ahora, tengo que ir a casa de Marta a ayudarla con la mermelada. ¿Puedes llevárselas tú?
La joven asintió sin pensarlo, aunque el corazón le dio un pequeño vuelco.
Ir a la aldea de su abuela significaba cruzar la parte baja de la sierra, un sendero rodeado de árboles donde apenas pasaba nadie a esas horas.
Y también significaba que, tal vez, se cruzaría con él.
Con el hombre al que todos llamaban el Lobo.
—Claro, mamá. No hay problema.
Su madre preparó una cesta de mimbre con pan tierno, un tarro de caldo, frutas frescas y una infusión que ella misma había mezclado para la digestión. Tapó todo con un paño limpio y colocó la cesta en sus manos.
—Póntela —le dijo, señalando la capa roja que aún colgaba de la puerta—. Ya sabes cómo es ese sendero. Mejor que te vean de lejos por si pasa alguien.
Ella se la echó sobre los hombros sin discutir. Le gustaba cómo caía sobre su espalda, cómo realzaba el rojo de sus labios, cómo hacía que los demás la reconocieran con solo una mirada.
—Ten cuidado. No hables con nadie por el camino.
—Lo sé —respondió con una sonrisa tranquila, mientras recogía las llaves y se encaminaba a la puerta.
Pero sí pensaba hablar. Y no con cualquiera, pensaba hablar con él.