Perversiones sexuales de ... Serie Completa EL DESEO BAJO LA CAPA ROJA #2
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EL DESEO BAJO LA CAPA ROJA #2

Separó las piernas con calma, recreándose en la exposición, como si ese gesto no fuera solo para sí misma.

Su mano bajó un poco más y rozó suavemente la parte más sensible de su cuerpo.

Estaba húmeda, preparada, y el solo contacto le hizo suspirar.

Comenzó a acariciarse despacio, recorriendo los pliegues con la punta de los dedos, sintiendo cómo el calor aumentaba, cómo la tensión se acumulaba en espiral.

Sus caderas respondieron solas, balanceándose suavemente contra su mano.

Llevó la otra mano a sus senos, primero el izquierdo, luego el derecho, apretando con decisión, jugando con la punta entre los dedos, buscando una conexión más profunda entre el placer de dentro y el de fuera.

Su espalda se arqueó. Cerró los ojos. Su respiración era ya un ritmo marcado, una melodía conocida.

El deseo crecía, se expandía, pedía más.

Entonces abrió los ojos y miró hacia el lateral del colchón.

Allí, oculto entre las tablas y el colchón, estaba el regalo que su amiga le había dejado la última vez que vino de la capital.

Una broma picante, dijo ella. Pero Caperucita llevaba días imaginando cómo sería. Hoy no lo iba a imaginar más.

Se incorporó sobre los codos, sin taparse, sin ocultar el temblor leve de sus muslos ni la humedad evidente que brillaba entre sus piernas.

Estiró la mano hacia el lateral del colchón y levantó la costura con cuidado, como si estuviera abriendo un compartimento secreto que solo ella conocía.

Debajo, envuelto en una tela de satén rojo, estaba el objeto que había guardado desde hacía semanas, sin atreverse hasta ahora a sacarlo.

Su amiga Clara, descarada y sin filtros, se lo había regalado con una carcajada escandalosa y un guiño.

—Para cuando quieras dejar de imaginar.

Y ahora lo tenía entre las manos. Era mucho más imponente de lo que recordaba.

Un cilindro de silicona firme y flexible, de un tono carne suave, con forma perfectamente definida y venas marcadas.

Medía veintidós centímetros de largo y era grueso, tan grueso que sintió un escalofrío recorrerle el vientre con solo imaginarlo dentro.

Lo sostuvo unos segundos, sopesándolo con ambas manos, y luego se mordió el labio inferior, como si quisiera castigarse por haber tardado tanto en decidirse.

Se recostó de nuevo, con la espalda contra las almohadas, y abrió las piernas con decisión.

El aire fresco le acarició la piel húmeda y la hizo estremecerse.

Llevó el juguete hasta su boca y lo lamió lentamente, como había visto hacer en tantos vídeos que se descargaba a escondidas, humedeciéndolo con esmero, probando su textura, preparándolo como si fuera real.

Luego bajó la mano y lo deslizó entre sus labios íntimos, acariciando primero la entrada, con movimientos suaves, medidos, como tanteando su propio límite.

Gimió con fuerza al notar cómo comenzaba a entrar, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba para adaptarse.

Era grande. Mucho. Pero lo deseaba. Lo deseaba con una urgencia nueva, intensa, rabiosa.

Empujó un poco más, sintiendo cómo la presión crecía en su interior, cómo se abría para recibirlo.

Se tomó su tiempo, moviéndolo despacio, adentrándolo centímetro a centímetro hasta que lo sintió entero dentro de ella.

El placer era tan crudo, tan puro, que por un momento tuvo que cerrar los ojos y morderse el brazo para no gritar.

Su cuerpo temblaba, pero no de miedo, sino de hambre. Hambre de más.

Comenzó a moverse con ritmo constante, sujetándolo con una mano mientras la otra volvía a su clítoris, duro y palpitante. Cada embestida hacía crujir el colchón bajo su espalda, cada gemido escapaba sin control, y no le importaba. No quería contención. Quería perderse. Y lo estaba consiguiendo.

El movimiento se volvió más desesperado.

Caperucita alzó las caderas del colchón, empujando contra el falo con fuerza, sintiendo cómo cada centímetro le rozaba justo donde lo necesitaba.

El placer se acumulaba como una ola enorme, a punto de romperse, y ella se aferraba al borde con los dedos temblorosos, sin querer que acabara pero sin poder detenerlo.

Su respiración se volvió entrecortada, jadeaba con la boca abierta, los labios húmedos, la mirada perdida en el techo.

La mano sobre su clítoris no se detenía, acariciando con precisión, trazando círculos veloces mientras su otra mano seguía guiando aquel cuerpo falso, enterrado en lo más profundo de su sexo.

El calor era insoportable, delicioso, una mezcla de sudor, saliva y deseo concentrado que le recorría cada nervio.

Se le escaparon palabras sueltas, frases que nunca pronunciaba en voz alta, nombres sin dueño, gemidos rotos.

Sintió el orgasmo crecer desde el vientre, trepar por la espalda, apretar su garganta como un grito que no quería salir.

Todo su cuerpo se tensó, las piernas se cerraron un instante sobre su mano, y entonces estalló.

No fue un gemido. Fue un grito seco, entrecortado, de esos que solo se producen cuando el placer atraviesa todas las barreras.

Su cuerpo tembló bajo las contracciones, apretando el juguete con fuerza, mojándolo por completo mientras se estremecía una y otra vez.