Perversiones sexuales de ... Serie Completa EL DESEO BAJO LA CAPA ROJA
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Perversiones sexuales de ... Serie Completa

Perversiones sexuales de ... Serie Completa

Por SARA M. M.

© inepub.com

EL DESEO BAJO LA CAPA ROJA

El poblado era pequeño, apenas una veintena de casas de piedra con tejados rojizos y chimeneas que aún escupían humo al amanecer.

Las calles no estaban asfaltadas, y los pasos dejaban su huella en la tierra húmeda, entre charcos dispersos y hierbas rebeldes.

Al fondo, la sierra se alzaba como un telón salvaje, separando aquel rincón del mundo del resto de la civilización.

Las mañanas olían a leña, a pan recién hecho y a tiempo detenido.

En una de esas casas, casi al final del camino principal, vivía una mujer sola con su hija.

La vivienda era modesta pero cuidada, con flores en las ventanas y una cortina de encaje que siempre se movía con la brisa, aunque no hubiera nadie para levantarla.

La madre, viuda desde hacía años, se ocupaba de todo con una energía admirable.

Su hija, sin embargo, era otra historia.

Tenía veinte años, una belleza joven y desarmante que destacaba incluso en aquel lugar donde todos se conocían. La llamaban Caperucita Roja.

No porque fuera un mote cruel ni por ninguna anécdota infantil, sino porque desde pequeña se negaba a vestirse con otra cosa que no incluyera su capa roja.

Era su color, le gustaba cómo resaltaba su piel blanca, su cabello castaño claro con reflejos dorados, y la forma en que se movía al caminar.

Llevaba el pelo largo, suelto la mayoría de las veces, con un ligero ondulado que enmarcaba un rostro lleno de contrastes: mirada inocente, labios carnosos, expresión descaradamente curiosa. Su cuerpo no dejaba lugar a dudas.

Tenía unos pechos firmes y redondos, que parecían desafiar cualquier tela, una cintura estrecha, caderas llenas y unas piernas torneadas que terminaban en unos pies pequeños y bien cuidados. Caminaba con una sensualidad inconsciente, como si no midiera el efecto que causaba, o quizá sí lo hacía.

Vivía entre el tedio del pueblo y la intensidad de su imaginación, donde todo era posible. Allí, en esa casa de piedra y madera, empezaba el día que cambiaría todo.

La luz del amanecer se filtraba por las rendijas de la persiana, tiñendo la habitación de un tono cálido, casi dorado.

Ella aún estaba en la cama, desnuda entre las sábanas revueltas, con el cabello esparcido por la almohada y la piel todavía tibia del sueño.

El silencio era cómodo, familiar, apenas roto por el canto lejano de algún gallo o el crujido de la madera al dilatarse.

La voz de su madre la alcanzó desde la puerta del dormitorio, con esa mezcla de dulzura y firmeza habitual.

—Voy a hacer la compra. En una hora estoy de vuelta.

Caperucita murmuró un “vale” entre dientes, sin abrir los ojos del todo. Oyó cómo la puerta principal se cerraba, cómo los pasos se alejaban por el camino, y solo entonces estiró el cuerpo como una gata, dejando que la sábana cayera sin prisa hasta descubrir uno de sus pechos.

Al otro lado de la calle, justo enfrente, estaba la casa del hombre al que todos conocían como el Lobo.

Nadie sabía su nombre real, y a nadie parecía importarle.

Tenía cuarenta y tantos, vivía solo y era de esos hombres que imponían con solo mirar.

Alto, espalda ancha, siempre vestido con camisas negras y pantalones ajustados que dejaban claro que, pese a la edad, su cuerpo estaba esculpido con dedicación.

Tenía algo salvaje en la mirada, un brillo que desarmaba, una sonrisa que parecía más una amenaza que un gesto amable.

Elegante, reservado, y absolutamente irresistible.

Caperucita sabía que él la observaba. Siempre lo hacía.

Las persianas de su casa apenas se movían, pero ella notaba esa presión invisible sobre su piel cuando se paseaba desnuda por la habitación, fingiendo no saber.

Había días en los que se inclinaba a propósito frente a la ventana, con el cuerpo completamente expuesto.

Otros, se sentaba en la silla frente al espejo, con las piernas abiertas, y se acariciaba el interior de los muslos mientras miraba su reflejo.

La primera vez que se atrevió a jugar con fuego —en todos los sentidos— fue una mañana de lluvia, de esas en las que el pueblo se apagaba por completo y solo se oía el golpeteo suave del agua sobre los tejados.

Su madre había salido temprano y ella tenía la casa entera para sí.

Se duchó sin prisa, con agua caliente y la ventana del baño entreabierta para que el vaho se escapara y el Lobo pudiera ver su silueta, si es que estaba despierto y atento.

Salió mojada, envuelta solo en una toalla que pronto dejó caer al llegar a su habitación.

Ese día, encendió una vela pequeña, de esas aromáticas que su madre compraba para los armarios, y se sentó sobre el escritorio, justo frente a la ventana.

Tenía una silla baja, de respaldo de mimbre, y la usó como apoyo para abrir bien las piernas y dejar que el aire frío le rozara la piel húmeda.

La llama oscilaba, lanzando destellos anaranjados sobre su vientre, y el calor que desprendía era tenue, casi inofensivo.

Pero la excitación no venía del fuego, sino de la idea de estar siendo observada.

Imaginaba los ojos del Lobo fijos en ella, recorriendo cada curva, cada pliegue, cada gota que aún resbalaba por su muslo.

Jugó con la cera líquida como quien prueba un veneno, dejando caer una sola gota a escasos centímetros de su ombligo.

El calor repentino le hizo dar un respingo leve, pero no se detuvo.

Al contrario, el ardor breve le arrancó un gemido contenido que no pudo ni quiso disimular.

Se acarició lentamente, primero los senos, firmes, con los pezones duros como piedras.

Luego bajó despacio, jugando con la yema de los dedos sobre su clítoris, sin ninguna prisa.

La vela en la mano temblaba, pero no por miedo, sino por la tensión creciente entre sus piernas.

Cuando sintió que ya no podía más, apagó la llama y se tumbó en la cama, abierta como un altar, entregada a la fantasía de un hombre que quizá la estaba viendo, quizá no.

No importaba. Lo importante era sentir que él podía estar allí, al otro lado, tocándose con la misma urgencia.

Días después, cuando la rutina del pueblo volvió a envolverlo todo en su letargo habitual, Caperucita ideó algo más atrevido.

El Lobo llevaba dos mañanas sin aparecer entre sus persianas, y la ausencia la inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Necesitaba provocarlo. Necesitaba volver a sentir esa mirada silenciosa deslizándose por su piel como un dedo invisible.

Esperó a que su madre se marchara al mercado, se aseguró de que nadie quedara en la calle, y cerró las contraventanas del comedor, dejando solo una abierta: la que daba justo a la casa del Lobo.

Se sentó frente a la ventana con una silla de madera alta, colocó el espejo de cuerpo entero en diagonal para que reflejara su figura desde atrás y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre la mesa.

Estaba completamente desnuda, salvo por unos calcetines gruesos que le daban un aire aún más descarado, como si ni se molestara en seducir, como si el deseo ya fuera un hecho consumado.

Agarró un frasco pequeño de aceite corporal que guardaba en el cajón, lo vertió en la palma de la mano y lo frotó despacio entre los dedos.

Luego se lo aplicó en los muslos, en las caderas, en el culo redondo que relucía bajo la luz natural.

Se inclinó más, arqueando la espalda de forma exagerada, y comenzó a masajearse con ritmo lento, casi perezoso.

Su otra mano descendió sin timidez, separando los labios húmedos de su coño, que ya palpitaba de puro exhibicionismo.

Se acarició el clítoris con movimientos circulares, sin mirar al frente, confiando en que él estaría allí, al otro lado, en silencio, devorando cada segundo.

Después se puso de pie, dio media vuelta y se sentó sobre la mesa con las piernas bien abiertas, mirando directamente a la ventana.

Sabía que él no podía verla de frente desde allí, pero el espejo sí.

Él estaría viendo exactamente lo que ella quería mostrar: el reflejo de su coño brillante y abierto, su mano entrando en él con dos dedos, su boca entreabierta y sus gemidos cada vez más audibles.

Se masturbó sin disimulo, gimiendo de verdad, húmeda de verdad, y se corrió apretando las piernas como si intentara atrapar la fantasía entre los muslos.

Cuando terminó, se quedó allí sentada, jadeando, con la mirada perdida, satisfecha, pero sobre todo excitada por la certeza de que, en ese mismo instante, el Lobo también se habría corrido.

Esa mañana no era distinta. Sintió su mirada, como cada día, y sonrió sin abrir del todo los ojos.

Desde su cama, Caperucita no se movió durante unos segundos.

La sábana estaba a medio caer, dejando uno de sus pechos al descubierto, firme, con el pezón endurecido por la temperatura de la habitación…

o por algo más. Su cuerpo, aún caliente por el sueño, pedía atención.

Había algo en esa mañana —quizá la seguridad de estar sola, quizá la certeza de ser observada desde la casa de enfrente— que la hacía vibrar por dentro.

Giró lentamente sobre sí misma, acomodando su cuerpo en el centro del colchón, con una pierna estirada y la otra flexionada hacia un lado.

La sábana terminó por deslizarse del todo, dejando su piel completamente desnuda al sol que se colaba por la ventana.

Llevó la mano al vientre con una caricia lenta, descendiendo sin prisa hasta la línea que marcaba el inicio de su vello púbico.

Su respiración se agitó ligeramente. No tenía nada que hacer, nadie que la interrumpiera, nadie más que ella misma…

y tal vez él, detrás de las persianas del otro lado.