Capítulo 12
Vaqueros y una camisa bonita. Zoey no se sintió con ánimos de arreglarse más.
De todos modos, no era como si fueran a una cena formal.
Era solo... cenar. Algo que los Blackmore no hacían.
Zoey cogió una chaqueta ligera para protegerse de la lluvia y abrió la puerta de su suite.
¿Cuándo había sido la última vez que habían cenado todos juntos como familia?
Ella, Rona, Hailee y Maxwell. Todos juntos.
Tenía que hacer años. Quizás incluso antes de que su madre desapareciera.
Maxwell normalmente comía en su despacho cuando estaba en casa en Hereford. No salían. No era algo que hicieran.
Una punzada inesperada de añoranza le atravesó el pecho.
Su madre realmente había sido el último bastión de normalidad para ellas.
Llevaba desaparecida —en paradero desconocido— una década.
¿De verdad era aquella la última vez que habían intentado ser una familia unida, en lugar del grupo disfuncional que eran ahora?
Una parte diminuta e infantil de ella deseaba que su madre estuviera allí.
¿Serían las cosas diferentes? ¿La habrían capturado y llevado a Europa si Jodi Blackmore hubiera estado presente?
Zoey suspiró quedamente, con la chaqueta colgando de las manos.
¿Dónde estaba su madre? ¿Por qué las había abandonado?
Zoey tragó saliva y se puso la chaqueta mientras unas gotas de lluvia le salpicaban el hombro.
Su madre no era algo en lo que debiera pensar.
Desde luego no en ese momento. Se sacudió las gotas de lluvia de las mangas, divisando a Rona al otro lado del patio.
Se suponía que no iba a llover hasta más tarde esa noche.
Levantó la vista y le dedicó a Rona una pequeña sonrisa justo antes de que su hermana hablara.
—Veo que tú también vas informal —dijo Rona.
Zoey inclinó la cabeza, se detuvo frente a la puerta de la suite de Hailee y llamó. Hailee salió un segundo después y cerró la puerta de un tirón, cubriéndose el pelo con las manos.
—No me apetecía ponerme nada mejor. Aunque, claro, sin toda mi ropa, tampoco es que tenga nada mejor. ¿Dónde está Flynn? —preguntó Zoey.
Rona se encogió de hombros.
—Ni idea. Se fue hace como una hora como alma que lleva el diablo. Parecía que tenía prisa.
Hailee se detuvo.
—¿Flynn se ha vuelto a ir? ¿Y no le preguntaste adónde iba?
—¿Debería haberlo hecho? —preguntó Rona, echando a andar por el camino de entrada hacia la casa principal.
—¿Tu lenguaje del amor es la agresividad pasiva? —preguntó Zoey, dándole un codazo a Rona en las costillas. Bajó la mano cuando Maxwell dobló la esquina justo delante de ellas, con el ceño fruncido. Una señal clara de impaciencia.
—Sí. Eso y la agresividad física —se rio Rona, apartando el codo de Zoey. Se enderezó al ver a Maxwell y carraspeó—. Le mandé un mensaje, pero no quise meterme en su camino.
—¡Es la hora! ¡Vamos! ¡Tenemos reserva! —gritó Maxwell desde la esquina de la casa—. ¿Venís vosotras tres o os dejamos aquí?
—Lo siento, Maxwell. Considera que vamos al trote —dijo Rona, tocándose dos dedos en la frente en un saludo burlón.
Maxwell chasqueó la lengua y se dio la vuelta, alejándose a grandes zancadas por el camino de entrada.
Rona giró la mano y le hizo una peineta a su espalda.
Zoey sofocó una risa y le bajó la mano de un manotazo.
Hailee se rio disimuladamente al otro lado de Rona, y Maxwell se giró en redondo.
Una bola de plomo fundido se formó en el estómago de Zoey.
Conocía la expresión que cruzaba el rostro de Maxwell.
Su aprensión solo creció cuando se acercaron más a él y a los dos Range Rover en el camino de entrada.
Abrió la puerta del conductor de su propio vehículo y se metió a medias, luego sonrió de una manera que mostraba demasiados dientes.
—Y pensar que hay gente dispuesta a pagar dinero por vosotras tres.
Rona bufó como un gato herido, y a Hailee se le atascó la respiración en la garganta. Zoey abrió la boca para replicar, pero Maxwell se metió en su coche y cerró de un portazo.
—No le hagáis caso —dijo Zoey, notando que le temblaba la voz de rabia—. Está dolido por lo de esta mañana. Solo busca con quién desquitarse.
—Eso no lo justifica —gruñó Rona.
—Nunca dije que lo hiciera —respondió Zoey—. Ignoradle.
—Él no lo pone fácil, Zoey —dijo Hailee.
Zoey asintió.
—Créeme, lo sé.
Se tensó cuando Simon y Charity salieron de la casa. Charity se separó de Simon de inmediato y cruzó cojeando el patio de grava hasta el coche de Maxwell.
—Oh —dijo Simon, plantado con aire desolado en el camino de entrada—. Supongo que vamos por separado. Habría estado bien saberlo. ¡Adiós, entonces, esposa amada!
Zoey resopló en voz baja, abrió la puerta del pasajero del Range Rover de Simon y se subió de un salto.
—Tengo que preguntarte, Simon, pero ¿ estáis vosotros dos realmente casados?
—Legalmente, sí —dijo él, acomodándose en el asiento del conductor—. Compartimos apellido.
—Vale, legalmente-schlegalmente —Hailee cerró la puerta de un portazo—. ¿Siquiera te cae bien?
Rona se inclinó hacia delante, tirando del cinturón de seguridad mientras Simon daba marcha atrás.
—No creo haberos visto nunca mantener una conversación de verdad que no sea a base de ladridos.
—Oye —dijo Simon, sonriendo—. Los asuntos del corazón son complicados.
—Vamos, Simon —dijo Rona—. Suéltalo.
—No puedo decir más —respondió Simon, tamborileando con los dedos en el volante—. La Ley de Secretos Oficiales y todo eso, y la clave de un matrimonio exitoso es un secreto oficial.
—Perdona, ¿estás llamando al tuyo «exitoso»? —preguntó Hailee.
Zoey no pudo evitar reírse, y oyó a Rona riéndose por lo bajo detrás de ella.
Simon también se rio y levantó una mano a la altura del hombro, con el dedo corazón levantado.
—Sois horribles conmigo, las dos. Debería haceros ir andando el resto del camino.
—¿Eso es un saludo americano? —preguntó Hailee—. ¿Puedo enseñárselo a Maxwell?
Simon se giró en redondo, aún incapaz de borrar la sonrisa de su rostro.
—¡Ni se te ocurra!
~ ~ ~ ~ ~ ~
Qué mosca le había picado a Maxwell para llevarlos a todos a cenar en Llandudno en una noche tan lúgubre, Zoey no lo sabía.
No era que el pub no fuera agradable; lo era.
La gama de colores era intencionadamente cálida, la iluminación suave.
Las vigas de madera vistas en el techo conferían al lugar cierto aire de autenticidad rústica.
Incluso la vajilla parecía diseñada pensando en la comodidad y en crear un ambiente relajado.
No era que el ambiente no fuera agradable.
Era solo que...
Había tanto ruido. Tanta gente. Todo tan abarrotado.
Igual que el club cuando la habían secuestrado.
Igual que Charles de Gaulle. Igual que París.
Era la mayor cantidad de gente a la que se había expuesto en semanas.
La lluvia repiqueteaba en el tejado de pizarra sobre sus cabezas.
El murmullo de las conversaciones ondulaba de fondo, palabras indistintas y confusas convertidas en un rumor incómodo que competía con el zumbido constante en el fondo de su cabeza.
Sentía como si le pitaran los oídos sin parar.
Intentando distraerse, le dio un codazo a Rona bajo la mesa.
—¿Sabes algo de Flynn? —preguntó, esperando que su voz no se perdiera entre las de los demás.
—Todavía no —respondió Rona—. Intento no preocuparme, pero no lo consigo.
Zoey se detuvo un instante y se giró, encontrándose con los ojos de Maxwell al otro lado de la mesa. Aquella mirada de lápida no revelaba nada; después, él fijó su atención en Rona.
—Estará bien, Rona —dijo Maxwell, dando un sorbo a su sidra—. Lo mandé antes a hacer un recado. Si no llega a la cena, le llevaremos algo a The Roost.
Rona apretó los labios con fuerza y asintió.
Zoey observó a Maxwell un momento más, y sus miradas se cruzaron.
Aun así, aquellos ojos grises no revelaban nada.
Si acaso, brillaron con una emoción que Zoey solo podía describir como calculadora.
Maxwell se llevó una mano a la boca, y entonces Charity le puso la mano en la muñeca.
—Maxwell —dijo ella—. ¿Hay novedades sobre el Proyecto Sarajevo?
Zoey se quedó helada, con hielo en las venas.
El corazón le latía en la garganta sin ton ni son.
A su alrededor, el volumen del pub parecía aumentar, pero ella permanecía quieta.
Inmóvil. El velo entre ella y el resto del universo se retorció y se espesó, ondeando como para subrayar su separación de las personas más cercanas.
Sascha. Sascha Sarajevo. Su nombre. El nombre que una vez había pertenecido a una persona viva.
Cedido a un proyecto. Un proyecto de su padre.
Algo sin vida e inanimado. Zoey inspiró con un jadeo débil y entrecortado.
Maxwell le lanzó una mirada fugaz, con un destello de algo parecido al desdén, y volvió a centrarse en Charity.
Sonrió ampliamente, los dientes brillando bajo la luz tenue.
—De hecho, está casi terminado. Configuramos el GPS la semana pasada y, de momento, todo parece funcionar bien. Creo que el hardware estará listo para una prueba pronto. Ya veremos.
Un vaso se hizo añicos de fondo.
El ruido del pub se apagó.
Zoey estaba de pie antes de darse cuenta de que se había movido, con el pecho oprimido y jadeando como si hubiera estado corriendo.
—Zoey, ¿estás bien? —preguntó Simon desde el otro extremo de la mesa.
—Sí.
Zoey tragó saliva mientras buscaba desesperadamente la puerta por la que habían entrado. ¿Dónde estaba? Necesitaba una salida. Una escapatoria. Ya.
—Estoy bien.
El ruido del pub volvió a subir.
Rona hizo ademán de levantarse.
—No tienes buena cara. ¿Qué pasa?
—Hay demasiado ruido aquí —dijo Zoey, casi para sí misma. Divisó la puerta de salida y la opresión en el pecho se le aflojó.
—Solo ha sido un vaso, Zoey —dijo Rona, riendo mientras volvía a acomodarse en su asiento—. Tranquilízate.
—No es el vaso. Es...