Capítulo 10 #2
Flynn arqueó una ceja. —No he pasado suficiente tiempo con vosotros dos para saberlo seguro, pero vuestro encuentro en Kent habla por sí solo.
—Esto es muy injusto, ¿sabéis? —dijo Zoey, señalándolos con el dedo—. Dos contra una. No me gusta.
—¿Dos contra una? —Hailee entró en la cocina y dejó la puerta entornada—. Me gustan esas apuestas. ¿De qué lado estoy?
—Hailee —dijo Rona, girándose en la silla—. En los últimos diez años, ¿han estado Zoey y Maxwell en la misma habitación sin algún tipo de discusión?
—Pues sí. Claro que sí —asintió Hailee, cogiendo la tetera y sirviéndose una taza.
—Eso incluye comentarios venenosos, crueles o golpes bajos —dijo Rona.
—Ah —dijo Hailee.
Zoey se apartó del fregadero para dejar sitio a Hailee junto a la encimera. Hailee sopló en la taza humeante que sostenía entre las manos y apretó los labios.
—Estás ganando tiempo —canturreó Rona.
—Lo siento, Zo —dijo Hailee—, pero nunca os he visto a ti y a Maxwell sin ser horribles el uno con el otro. Es como si no pudierais soportar estar en la misma habitación.
—¡Venga ya! —dijo Zoey, levantando una mano—. No somos tan malos.
Rona suspiró. —Hailee, ojalá tuvieras edad para beber con nosotras. Si jugáramos al Juego de la Familia Blackmore, acabaríamos todos con un coma etílico.
Zoey miró fijamente a Rona, apretando los labios.
—¿Qué es el Juego de la Familia Blackmore? —preguntó Flynn.
—Eso mismo iba a preguntar yo —dijo Zoey.
—Oh, solía jugarlo todo el tiempo en casa —Rona frunció el ceño un momento—. Sola. Y ahora que lo he dicho en voz alta me doy cuenta de lo patético que suena. Pero, broma aparte: cada vez que Zoey o Maxwell se lanzaban algún insulto desagradable, injustificado o mordaz, me servía una copa de vino.
—Eso sí que es patético, Rona —dijo Flynn, apretándole el hombro.
—Era la única forma de hacer soportable el tiempo en familia —dijo Rona—. Seguramente por eso Maxwell me considera la oveja negra.
Flynn se rio. —Así es como os distingo. La que no tiene decoro eres tú, Rona.
—Ay, qué dulce eres —dijo Rona, sonriéndole.
Zoey se rio en voz baja y se volvió para mirar por la ventana que había sobre el fregadero.
Unas cuantas ovejas pastaban en el campo, y las montañas se alzaban a lo lejos.
Maxwell llegaría pronto. Maxwell llegaría en menos de una hora.
Maxwell. Aunque no era la primera vez que tendría que verlo desde París, sería la primera vez que pasaría tanto tiempo con él.
Fingir ser una gran familia feliz otra vez.
Fingir que nada había pasado. Tragó saliva, incapaz de quitarse de la cabeza la imagen de Maxwell vestido de negro.
Maxwell plantándole cara a Sascha en París.
Las náuseas y la bilis le subieron por la garganta, y dejó la taza de golpe sobre la encimera, se dio la vuelta y salió casi corriendo de la habitación.
Como si llegaran de otro mundo, oyó a lo lejos a Rona, Hailee y Flynn llamarla por su nombre, pero Zoey no se detuvo.
No podía. Solo necesitaba alejarse . Pasó casi corriendo junto a la puerta de su dormitorio y dobló la esquina más alejada del anexo, agarrándose con una mano a la pared exterior para no perder el equilibrio.
Quería que fuera de noche. Quería el amparo de las estrellas.
Quería estar en el tejado, viendo pasar el firmamento sobre su cabeza.
Zoey se inclinó y tosió, conteniendo la repentina oleada de náuseas.
Por un momento, pensó que iba a vomitar.
En su mente, la sangre goteaba sobre las botas de Maxwell.
Le tembló la mano contra la piedra y dejó escapar un aliento entrecortado mientras el malestar remitía.
¿Cómo iba a hacer esto? ¿Ir a cenar? ¿Fingir que no pasaba nada?
¿Fingir que su padre no había servido su información en bandeja de plata a unos criminales? ¿Fingir que su familia no estaba rota?
Una mano se posó en su hombro y Zoey se enderezó de golpe, pegándose contra la pared.
Ojos azules. Cabello rubio. Una oleada de calidez le inundó el pecho.
Luego, gafas. No era Sascha. Nunca más sería Sascha.
Ese peso familiar de profunda decepción se le instaló en el estómago.
Simon. No es que le decepcionara verlo. Simplemente no era la persona que quería ver.
—Hola, Simon —dijo, forzando una sonrisa. Notaba que debía de parecer más una mueca que otra cosa.
Él la miró de arriba abajo y negó con la cabeza.
—¿Estás bien?
—Bien. Nunca he estado mejor.
Zoey tragó saliva.
—Ya está aquí, ¿verdad?
—Sí.
Zoey exhaló y se apartó.
—No quiero verlo. Sé que suena estúpido y mezquino, pero...
—Zoey —dijo Simon—. Os hizo algo terrible a todas. Algo terrible de lo que tú te llevaste la peor parte. No te culpo por no querer verlo. Joder, ni siquiera yo lo quiero aquí , y mucho menos cerca de vosotras.
Zoey asintió y se pasó la mano bajo los ojos, que encontró húmedos de lágrimas.
—Dios, debes pensar que me paso la mitad de la vida llorando.
—No, qué va. Creo que has pasado por algo terrible.
Simon se metió la mano en el bolsillo de los vaqueros y le pasó un paquete de pañuelos.
—Escúchame. No voy a pedirte que pases tiempo con él ni que hagáis las paces. Pero tiene noticias para las tres, y creo que necesitas oírlas de su boca. En cuanto termine, desde luego no voy a impedirte que salgas corriendo. ¿De acuerdo?
—¿Y qué pasa con los demás? —preguntó Zoey, secándose los ojos.
—¿Qué pasa con los demás? No les debes explicaciones.
—¿Y con Charity?
Simon resopló.
—A ella tampoco le debes explicaciones. Si a alguno le molesta que no quieras estar cerca de Max después de lo que ha hecho, yo me encargo.
Zoey sorbió por la nariz. —Pensaba que trabajabas para él.
—Así es. Pero también soy estadounidense. Somos un poco más directos que vosotros los británicos. Además, si se pone hecho una furia, secuestraré todo el té de la casa.
Zoey hizo una mueca, se rio y respiró hondo para calmarse.
—De acuerdo.
—Todos te apoyamos, Zoey. Hailee, Rona, Flynn y yo. Además, solo tienes que aguantar esta noche. Creo que mañana por la mañana se esfuma. Todo irá bien.
—Todo irá bien —repitió Zoey. Asintió para sí misma, luego miró a Simon y le dedicó una sonrisa temblorosa—. Gracias, Simon.
—No hay de qué —se encogió de hombros—. Soy tu padrino. Sé que Maxwell nunca ha estado ahí de verdad para ninguna de vosotras. Alguien tiene que estarlo.
Zoey lo miró fijamente, sin saber qué decir. Simon cruzó los brazos y señaló la casa con la cabeza.
Se aclaró la garganta.
—Seguro que ya nos están esperando. Deberíamos entrar antes de que manden a alguien a buscarnos.