Capítulo 8
Una semana. ¿Cómo había pasado una semana entera en un abrir y cerrar de ojos, convirtiendo el tiempo en algo líquido que fluía por voluntad propia, con su propia agenda?
Zoey tragó saliva mientras caminaba de un lado a otro de su habitación.
¿Cómo había pasado ya una semana desde que vio a Varek Houston?
Una semana desde que Simon le dijo simplemente que «siguiera el dinero».
Tan críptico como inútil. Una semana desde que Charity mencionó el nombre de Marion durante su llamada telefónica con Maxwell en su oficina.
Y sin embargo, fue ese consejo el que la había llevado a la búsqueda que ahora tenía abierta en el móvil.
Lord Edward Marion.
Durante varios días después de que Simon le soltara aquel dato irritantemente misterioso, Zoey no había buscado nada. No se había atrevido, y tampoco había tenido la oportunidad de volver a la oficina de Charity. Exhaló suavemente. Parte de ella tenía miedo de lo que podría encontrar.
Zoey tamborileó con los dedos en la funda del móvil mientras este cargaba, y maldijo la mala conexión a internet del anexo.
Tenía que ser culpa de los gruesos muros de piedra.
Aunque, por otra parte, el teléfono no funcionaba del todo bien desde que lo volvió a encender.
Quizás la enorme grieta de la pantalla tuviera algo que ver.
El corazón le latía con fuerza, casi como un eco de la lluvia que golpeaba el cristal.
No sabía si estaba lista para ver aquello. El hombre que podría haberla comprado.
El teléfono siguió cargando y Zoey soltó un suspiro bajo antes de cerrar la aplicación de internet.
Tendría que buscar cuando tuviera mejor conexión.
No pudo evitar sentirse casi aliviada de que la búsqueda no hubiera funcionado.
En lugar de intentarlo de nuevo, cambió de pantalla para ver el último mensaje que había recibido.
Maxwell: ¿Le has pedido disculpas a Charity por lo que le dijiste la semana pasada?
Zoey escribió una respuesta rápida. ¿A qué te refieres?
Maxwell: No te hagas la tonta, Zoey. Me refiero a cuando le dijiste que se fuera a la mierda.
Zoey apagó la pantalla del móvil y lo apretó con fuerza en la mano.
Había pocas cosas que le apetecieran menos que disculparse con Charity; casi preferiría volver a ver a Varek.
Había algo en esa mujer que la ponía en guardia.
Una cautela sin nombre. Sacudió la cabeza y miró por la ventana.
El cielo estaba sombrío y encapotado, con una lluvia fina que caía sin pausa.
Vaya día de verano inglés —no, galés— tan perfecto.
Con un suspiro, Zoey se puso las manos en las caderas y dejó vagar la mirada hacia las colinas cubiertas de niebla.
Así que nada de pasear hoy. Caminar arriba y abajo por las laderas alrededor de The Roost con Simon, Hailee y Rona era lo único que la hacía sentirse ella misma de nuevo.
Le parecía un insulto que el tiempo le arrebatara esa pequeña alegría.
Un trueno retumbó a lo lejos, apenas un murmullo en el horizonte, pero aun así hizo que Zoey respirara hondo mientras los recuerdos la asaltaban.
Sascha solo había admitido tenerle miedo a una cosa: las tormentas.
Zoey nunca había descubierto por qué exactamente le inquietaban tanto.
Él solo había dicho que el sonido lo abrumaba.
Ahora deseaba haberle preguntado la verdadera razón.
La puerta de la suite de Zoey se abrió de golpe y Rona entró, seguida de cerca por Hailee. La habitación cobró vida con una especie de ruido blanco. Zoey se llevó la mano a una oreja e intentó contener la repentina oleada de estimulación auditiva que trajeron consigo.
—¿Has hecho voto de ermitaña o algo así? —preguntó Rona—. No te hemos visto en días. Días, Zoey.
—Me viste anoche, Rona —dijo Zoey, y lanzó el móvil sobre la cama. Ya lidiaría con Maxwell más tarde.
—Han pasado semanas —dijo Hailee mientras se dejaba caer en la cama de Zoey—. Me sorprende que sigas aquí, de verdad. ¿No nos vas a arrastrar por las colinas como una lunática esta mañana?
—Es catártico —dijo Zoey entre risas—. ¿Y caminar? ¿Has visto qué tiempo hace?
—Una locura —respondió Hailee. Levantó una mano y agitó un dedo hacia ella.
—¿Algo de nuestro señor y salvador Maxwell Blackmore? —preguntó Rona. Cogió el té de Zoey, que llevaba frío desde hacía rato, le dio un sorbo y lo escupió de vuelta en la taza—. Qué asco.
— Tú eres la asquerosa. Ese té lleva ahí horas. Y sí, me escribió antes, pero no pienso contestarle. Quiere que me disculpe con Charity.
—¿Por qué deberías? —Hailee se incorporó en la cama y subió los pies a las sábanas—. Desde que llegaste aquí, ha sido una maldita hi...
—¿Puedes quitar los pies de mi cama? Tengo que dormir ahí esta noche —suspiró Zoey mientras le daba palmaditas en los tobillos a Hailee.
—¡Solo estoy sobre las sábanas! —respondió Hailee, que le devolvió las patadas entre risas.
—Sí. Sábanas bajo las que tengo que dormir. No quiero barro de granja por todas partes —dijo Zoey con una sonrisa.
—¿Qué es esto? —preguntó Rona mientras cogía el móvil de Zoey.
—Mi móvil —respondió Zoey con tono inexpresivo.
—Sí, pero... —Rona le dio la vuelta al móvil de Zoey y giró la pantalla hacia ella—. Zapatillas de punta. Por favor, dime que vas a volver a bailar.
Zoey se rio en voz baja, aliviada en su interior de que el móvil defectuoso hubiera vuelto a mostrar lo que había estado mirando la noche anterior. Recuperó el teléfono, contenta de que Rona no hubiera visto su búsqueda sobre Lord Marion. No habría sabido cómo explicarlo.
—Bueno, pensé que como no estamos haciendo gran cosa... —dijo Zoey encogiéndose de hombros.
—¡Eso es genial! —exclamó Rona con una amplia sonrisa—. No sé dónde podrías bailar por aquí, pero quizá podrías pedirle a Simon que te lleve a algún sitio. Él y Charity podrían conocer algún estudio en Conwy o Llandudno.
—Tal vez —dijo Zoey, sin poder ocultar la inquietud en su voz.
Rona tenía razón. Podría intentar bailar, pero después de leer el correo del Real Conservatorio de Escocia, la sola idea de bailar le dejaba un sabor amargo en la boca.
Además, le habían disparado hacía poco más de un mes.
Aunque había tenido tiempo para recuperarse, la lesión volvía a molestarla con saña.
¿Merecía la pena siquiera volver a bailar?
No estaba segura de si su pierna aguantaría la exigencia de los movimientos.
¿Cuánto habría perdido? No había bailado nada en meses, y la última vez que bailó en serio fue cuando dejó el instituto.
Hacía casi dos años. ¿Era solo una quimera?
Cuanto más mayor se hacía, menos probable era que llegara a ninguna parte con la danza.
Si Maxwell se salía con la suya, viviría —atrapada— como cuidadora hasta que Hailee terminara el instituto. Dentro de cuatro o cinco años.
Dios, tendría veinticinco años.
—Zoey —dijo Rona—. ¿Sigues aquí?
Zoey apretó los labios con fuerza.
—Sí. Sí, estoy aquí. Solo estoy pensando.
—Eso sí que es nuevo —dijo Hailee.
—Eres horrible conmigo —dijo Zoey, esbozando una sonrisa que de algún modo no terminaba de cuajar.
—Gajes del oficio —respondió Hailee, quitándose los zapatos y metiéndose en la cama de Zoey.
—¿Puedo recuperar mi cama?
—Bueno, no la estás usando, ¿no? —suspiró Hailee, arrebujándose entre las mantas.
Zoey puso los ojos en blanco, agarró una almohada y se la estampó en la cara a Hailee.
—Quédatela entonces, demonio.
Hailee soltó una risa ahogada desde debajo de la almohada y la abrazó. Fuera, la lluvia repiqueteaba contra la ventana con un sonido frío contra el cristal.
—¿Alguna noticia de Flynn? —preguntó Zoey, apoyándose en la cama y volviéndose hacia Rona—. Se supone que vuelve pronto, ¿no?
—Para mí está muerto —respondió Rona con un bufido displicente.
—¿Por qué? ¿Qué ha hecho? —se rio Zoey—. Pensaba que a estas alturas ya estarías mirando por la ventana con aire soñador, preguntándote cuándo volvería tu marido de la guerra.
—No me envió un mensaje de «buenos días» hoy.
Zoey chasqueó la lengua, negando con la cabeza.
—Criminal.
Rona se volvió, con la mirada hacia la ventana.
Zoey apretó los labios con fuerza, ahogando un suspiro entrecortado.
Se le tensaron los hombros y deslizó el colgante de la constelación a lo largo de la cadena.
Parte de ella se alegraba de que Sascha nunca hubiera sido de los que mandan muchos mensajes.
Al menos la ausencia resonante de notificaciones no era otro tipo de silencio que tuviera que descifrar.
Una parte pequeña, fea y celosa de ella asomó la cabeza.
Rona todavía tenía a Flynn. Todavía tenía a su media naranja.
Ella, Zoey, no. Su media naranja —pareja, la había llamado Charity, pero ese término no terminaba de encajar— se había ido.
Muerto y enterrado. ¿Enterrado? ¿Habían enterrado a Sascha?
¿En una fosa poco profunda y sin nombre?
¿Incinerado? ¿O su cuerpo seguía congelado en algún rincón olvidado de una morgue a oscuras?
Dios, ¿por qué estaba pensando así?
Era morboso .
Zoey carraspeó, intentando borrar de su mente las imágenes de Sascha muerto. Esperaba que Rona y Hailee no hubieran notado su silencio. Que no hubieran notado sus hombros rígidos ni cómo jugueteaba con el colgante de la Osa Menor.
Hailee seguía sin moverse de su sitio bajo las mantas, con la almohada aún sobre la cara.
Pero Rona, Rona la observaba, clavándole esa mirada que parecía mitad inquisitiva, mitad compasiva.
Zoey se secó las manos en las mallas, con las palmas de pronto sudorosas. Le dedicó una sonrisa a Rona, cualquier cosa con tal de borrar esa expresión de horrible preocupación del rostro de su gemela.
—Te responderá, Ro. Prácticamente tuvimos que despegarlo de ti la otra mañana.
La emoción innombrable en el rostro de Rona se desvaneció como si nunca hubiera existido.
—Por supuesto que lo hará —respondió Rona, pasándose una mano por el cabello casi negro—. Me adora.