Persiguiendo Polaris (Matar a Aquila 2) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Zoey se envolvió en una toalla. Sascha le había salvado la vida todos los días durante más de un mes, y así se lo había pagado.

Le había disparado. Había provocado que lo mataran.

Llevaba puesto el chaleco antibalas de él.

Zoey soltó un suspiro entrecortado. Quizá él habría tenido una oportunidad si ella no lo hubiera llevado.

Era culpa suya. Él le había ofrecido su chaleco y ella lo había aceptado.

Para empezar, no debería habérselo puesto.

La razón le decía que estaría muerta si no lo hubiera llevado.

Aún notaba el moretón en la espalda donde una bala perdida la había alcanzado.

Pero la muerte de Sascha era culpa suya.

Le había costado la vida. Si hubiera luchado más contra los hombres de Maxwell.

Si no se hubiera separado de él. Si, si, si hubiera hecho algo, lo que fuera, de otra manera...

quizá él seguiría aquí. Zoey se ciñó la toalla a los hombros mientras las lágrimas le rodaban por el rostro sin que pudiera evitarlo.

Ella era la razón de que estuviera muerto.

Era culpa suya. Era culpa suya que le hubieran disparado de rodillas.

Todo era culpa suya. Y eso no tenía remedio.

Todas las emociones que había sentido el día anterior —la agonía, el agotamiento, el alivio, la alegría— volvieron a inundarla de golpe, mezcladas con la nueva sensación caliente y nauseabunda de la culpa.

Zoey inspiró con dificultad, el aire atrapado en el pecho, y se aferró a los bordes del lavabo.

Estaba frío. Se aferró a esa sensación. Cualquier cosa con tal de mantenerse firme, de no perder pie.

Y luego estaba Maxwell. La realidad de lo que había hecho era una píldora tan amarga que sabía a alcohol de farmacia.

Los había traicionado. A todos. Zoey tragó saliva y respiró hondo mientras apretaba los dedos contra la porcelana fría.

Habría vendido a cualquiera de ellos sin pestañear.

Incluida Hailee. Hailee, que apenas era una adolescente.

Y daba igual. Daba igual la edad que tuviera Hailee.

Daba igual la edad que tuviera cualquiera de ellos.

Los había convertido a todos en objetivos por voluntad propia.

Las lágrimas salpicaron el dorso de las manos de Zoey.

Con el rabillo del ojo veía la cicatriz vívida y roja de la pierna, que asomaba por un hueco de la toalla.

Alzó la vista y se encontró con su reflejo por segunda vez esa mañana.

Si Maxwell no los hubiera vendido, nada de esto habría pasado.

Nunca le habrían disparado. Sascha seguiría vivo.

Nunca lo habría conocido. Pero estaría vivo .

Nunca había sentido tantas ganas de estampar el puño contra la imagen que veía en el espejo.

Tragó saliva con dificultad, reprimió las emociones, se recompuso y se secó los ojos. Daba igual lo que sintiera, daba igual Maxwell, daba igual Sascha: el día seguía ahí, esperándola. Se echó agua fría en la cara con la esperanza de que le quitara algo de rojez de los ojos.

Respiró hondo, buscando desesperadamente algo, lo que fuera, a lo que aferrarse. Hechos. Tenía que concentrarse en las realidades concretas, o sentía que se deslizaría hacia un espacio oscuro del que jamás podría salir.

—Me llamo Zoey Blackmore —se susurró a sí misma, dirigiéndose al lavabo—. Estoy en The Roost, en Conwy, Gales. Estoy con mis hermanas y estamos a salvo.

Repitió esas tres frases para sus adentros, las palabras convertidas en un mantra.

Unos minutos después, Zoey se puso la camisa y volvió a mirarse en el espejo.

Tenía mejor aspecto. Su propia ropa la hacía parecer más ella misma otra vez.

No tan desgastada. Más entera. A primera vista, no parecía que hubiera pasado por el infierno.

La piel había recuperado el color. Las ojeras eran menos intensas.

No parecía que hubiera estado llorando hacía apenas un rato.

Lavarse la cara había ayudado, desde luego.

Con la expresión de los ojos no podía hacer nada, pero tenía la terrible sensación de que eso solo lo cambiaría el tiempo.

Hasta que el tiempo sanara las heridas, solo podía esperar que nadie le hiciera demasiadas preguntas.

Las palabras de Flynn volvieron a ella. Lo que pasó en París. Eso no estuvo bien. Zoey tragó saliva; el corazón le dio un vuelco horrible en el pecho y las emociones que había intentado ignorar afloraron de nuevo. Eran tan intensas que sentía que se ahogaba.

¿Había amado a Sascha? No lo sabía. Quizá no amor, pero había sentido algo.

Cierto potencial. Se apartó de su reflejo, incapaz de soportarlo más.

Un potencial que nunca podría ni debería haberse materializado.

Venían del mismo mundo, pero de bandos opuestos.

Zoey respiró hondo y se obligó a no mirar hacia la cama al salir de la suite, demasiado consciente de que la bolsa de Sascha acechaba en las sombras bajo ella.

Aun así, nada de eso impedía que le doliera el corazón cuando pensaba en él, en la suave presión de sus labios sobre los de ella, en cómo el más leve roce de sus manos le incendiaba la piel.