Capítulo 2
Simon sonrió, y Zoey creyó notar que su postura se relajaba ligeramente.
Se dio la vuelta y siguió a Rona mientras su hermana gemela se adentraba de nuevo en la oscuridad.
Se tensó cuando Flynn llegó trotando detrás de ellas; el sonido de sus pies sobre la grava le resultaba inquietante por alguna razón que no lograba identificar.
Tragó saliva y se llevó una mano al colgante del collar.
Flynn deslizó un brazo alrededor de la cintura de Rona y la atrajo hacia sí.
Ella emitió un sonido de falso disgusto y lo apartó de un empujón.
Una sonrisa triste se dibujó en los labios de Zoey.
¿Podría algo así haber estado en su destino con Sascha?
La sonrisa se desvaneció de su rostro. No. Nunca.
—¿Emocionada por tu pijamada? —preguntó Hailee, con la voz un poco demasiado alta y demasiado alegre.
Zoey le dio un empujoncito con el hombro.
—¿Tengo otra opción?
—Absolutamente no —respondió Hailee—. Esto es felicidad forzada, y vas a disfrutarla te guste o no.
—Gracias, Hailee —rio Zoey, con un sonido metálico y quebradizo.
Una luz blanca inundó el camino y Zoey se tensó, lista para...
lista para hacer algo. ¿Huir? ¿Luchar? No estaba segura.
Tosió para intentar disimular los nervios.
El destello blanco no había sido más que unos focos que iluminaban la parte trasera de la propiedad y lo que supuso que debía de ser el anexo. Zoey se detuvo, con la cabeza ladeada.
El anexo era grande, resguardado y privado.
Un edificio de una sola planta en forma de L, construido casi pegado a la parte trasera de la casa principal.
Seis pares de puertas dobles acristaladas daban a un patio secundario más pequeño.
Era una imitación convincente del resto de la arquitectura de la granja, pero algo en él gritaba «nuevo».
—Os prepararé un poco de té. ¿Por qué no vas a ver tu habitación?
—sugirió Simon, cuya voz sacó a Zoey de sus pensamientos—.
Estoy seguro de que Flynn, Rona y Hailee estarán encantados de enseñarte todo esto cuando amanezca.
Aparte de eso, el lugar es vuestro. Mi casa es vuestra casa, como suele decirse.
Normalmente madrugo bastante, así que suelo preparar tostadas o algo así en la casa principal.
Si alguna vez tienes hambre, puedes venir a desayunar con nosotros.
—Eres estadounidense —dijo Zoey. Las palabras le salieron como una acusación antes de que pudiera contenerse.
Simon sonrió ampliamente, con los focos realzando el brillo de su sonrisa.
—¿Sí? Lo soy. ¿Algún problema con eso?
—¿Siquiera sabes hacer té?
Simon se rio y cruzó los brazos.
—Mira, sé que hay mala sangre entre británicos, estadounidenses y el té, pero te prometo que he aprendido a controlar mis impulsos de tirar al océano cada caja que veo.
Zoey se rio, sorprendida por lo genuina que sonó su propia risa. Levantó las manos en señal de rendición.
—De acuerdo. Si insistes.
—Ya verás. Soy un mago del té.
Zoey lo vio dirigirse hacia una de las puertas del centro del anexo mientras encendía más focos exteriores a su paso. Abrió las puertas dobles y entró en lo que parecía una pequeña cocina.
Hailee resopló en voz baja a su lado.
—Necesita ayuda. La última vez que intentó hacer té, hirvió leche, agua y bolsitas de té en el hervidor.
—¿Todo a la vez? —preguntó Zoey.
Hailee asintió.
—Todo a la vez. Voy a ayudarlo. No quiero que me envenenen esta noche.
—¡Eh, Zoey!
Al oír su nombre, Zoey se giró y vio a Rona y Flynn de pie junto a las puertas de otra habitación. Se acercó a ellos mientras una repentina aprensión se le instalaba en el estómago.
—No sabíamos cuál preferirías —dijo Rona, apartándose de la puerta—. Pero pensamos que te gustaría estar más cerca de la casa. Es...
—No mientas, Rona —suspiró Flynn—. Era mía, pero una vez me metí en problemas por activar las luces con sensor de movimiento.
Simon me arrancó la cabeza por eso y me desterraron a la habitación más cercana a la cocina.
La de Rona está allá, en el otro extremo.
Pero esta habitación está bien. Tiene un par de ventanas y televisión.
Zoey rio por compromiso, pero tenía la sensación de que le estaban mintiendo.
De que solo intentaban ponerla en el lugar más seguro.
Empujó la puerta y entró a pesar de sus recelos, encendiendo la luz.
El corazón le dio un vuelco. La habitación era azul.
Intensamente azul. Las paredes. Las cortinas.
La colcha. La funda del sofá. Incluso los azulejos que se veían desde el baño contiguo eran azules.
Zoey tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no gritar.
Sentía uno formándose bajo las costillas.
—Lo preparamos todo para ti. Bueno, lo mejor que pudimos —dijo Rona—. Sé que tu habitación en casa es amarillenta, cosa que sigo odiando, por cierto, pero pensamos que te apetecería un cambio.
Zoey tragó saliva con dificultad y forzó otra sonrisa tensa.
—Gracias.
Por el rabillo del ojo, vio que Flynn la observaba y se apartó de él para escapar de su mirada.
—Ro, ¿tienes algo de ropa que me puedas prestar? —preguntó mientras se acercaba a la cama y pasaba una mano por las sábanas.
—¿Prestar o robar? —preguntó Rona, llevándose una mano a la cadera.
Zoey resopló, se sentó en la cama y arqueó una ceja.
—¿Hay alguna diferencia?
—Supongo que no —Rona puso los ojos en blanco—. Sí, te traeré algo. Flynn, ¿Maxwell dijo cuándo volvería por aquí?
Flynn se sentó con cuidado en el brazo azul del sofá.
—Dijo que vendría mañana. Si quieres, puedo escribirle para recordarle que te traiga tus cosas.
—Estaría bien volver a tener mi propia ropa —dijo Zoey, frotándose las manos—. Pero tampoco quiero que te arranque la cabeza por decirle lo que tiene que hacer.
—Ah —suspiró Flynn mientras se dejaba caer en el cojín del sofá—.
Me arrancará la cabeza por existir. De todos modos me manda a los Brecon Beacons mañana, así que tendrá tiempo de sobra para descargar su ira conmigo.
Perdón. No los Brecon Beacons. Acaban de cambiarle el nombre.
Debería usar el nuevo, ¿no? Ahora es Bannau Brycheiniog.
—No me lo dijiste —dijo Rona, cruzándose de brazos.
—Sí, cambiaron el nombre justo este año...
—Flynn —suspiró Rona, frotándose la frente—. Me refería a lo de marcharte.
—Ah. Sí. Eso. A mí también me llegó el mensaje hace apenas una hora —dijo Flynn.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Rona.
—Unas dos semanas.
—¿Para qué?
—Alguna tontería de trabajo en equipo —respondió Flynn, desviando la mirada hacia la puerta—. Seguramente podría resolverse con un correo, pero tu padre no es de los que eligen el camino fácil.
Zoey ladeó la cabeza, tratando de formular una pregunta, algún modo de interactuar, pero ni ella misma sabía qué quería preguntar. Era como si un gran abismo invisible la separara de todos los demás.
Simon irrumpió por la puerta con cinco tazas sujetas precariamente entre las manos.
—¿Quién quiere té?
—Oh, Dios, no —dijo Flynn, levantándose y evitando por los pelos darse un golpe en la rodilla contra la mesa de centro.
Hailee cogió dos tazas de las manos de Simon.
—Tranquilo, Flynn. Lo preparé yo. Evité que volviera a hervir el agua con la leche. De nada.
—Hailee, eres una santa —dijo Flynn, volviendo a sentarse en el sofá.
—Creía que habías dicho que eras un mago del té —dijo Zoey, cogiendo la taza que Hailee le ofrecía.
—Sí. Un nigromante —asintió Simon.
Hailee soltó un quejido y se apoyó en el poste de la cama.
Zoey bajó la vista hacia el té que sostenía entre las manos.
Cualquier deseo que hubiera tenido de beberlo se evaporó de golpe.
De fondo, oyó vagamente que encendían la televisión mientras Rona cambiaba de canal.
Flynn hacía comentarios cada vez que ella se detenía.
Hailee y Simon discutían en voz baja. Zoey contemplaba fijamente su taza, el líquido marrón ondulándose levemente justo por debajo del borde, como si detectara los latidos de su corazón.
Por costumbre, prestó atención a Hailee y Simon, como siempre había hecho cuando Maxwell y Hailee interactuaban.
Sin embargo, había cierta cautela en el modo en que Simon trataba a Hailee.
Una calidez. Algo que no resultaba hiriente ni malicioso.
Mostraba una delicadeza que Zoey no recordaba haber visto jamás en su padre, y si alguna vez la había visto, se había convertido en un recuerdo perdido hacía mucho.
¿Cómo era posible que alguien a quien acababan de conocer fuera mejor hombre que el que las había criado?
Zoey seguía con la mirada fija en su té, esperando a que dejara de ondular y rozar el borde de la taza.
¿De verdad las había criado Maxwell? Después de que su madre se marchara, ¿acaso no había sido siempre ella quien preparaba la cena, ayudaba a sus hermanas con los deberes, hacía la compra y mil cosas más que debería haber hecho un padre?
Dio un sorbo y las sensaciones de hogar y familiaridad afloraron en su interior.
Hailee preparaba un buen té. Sascha también lo hacía bien.
Una comisura de los labios de Zoey se elevó.
La expresión se desvaneció tan pronto como se había formado.
Sascha. Muerto. Algo más que un amigo. Muerto.
A lo lejos, como si estuviera a un mundo de distancia, Hailee se rio de algo que había dicho otra voz lejana.
Zoey tragó saliva. Era como si un velo hubiera descendido para separarla de los demás en su habitación.
Podía verlos. Oírlos. Pero no formaba parte de ellos.
Seguía en aquella pequeña habitación de Kent, con su padre gruñéndole delante. ¿Quién crees que filtró tu información?
Seguía en el puente de París, donde la sangre de Sascha se extendía sobre las piedras pálidas. Aspiró hondo, el disparo fantasma aún resonándole en los oídos.
Seguía en Alemania, sentada en un patio de piedra contemplando las estrellas con Sascha a su lado.
Ruido. Había demasiado ruido aquí. Zoey dejó la taza en la mesita de noche y el té hirviendo se derramó por el borde.
Algo le salpicó los dedos, y lógicamente, Zoey sabía que debería haberle quemado.
Pero el volumen en aquella pequeña habitación abrumaba todos los demás sentidos.
Era un ruido que reverberaba dentro de su cráneo, que hacía eco y se amplificaba con cada sonido adicional.
Cerró los ojos con fuerza y se pellizcó el puente de la nariz.
Notaba la garganta espesa y resbaladiza.
Como si necesitara vomitar. Como si necesitara aire.
Como si necesitara respirar. Pero ¿acaso no estaba respirando? ¿Acaso no tenía aire?
Se levantó. El silencio cayó sobre la habitación como un rayo. Solo la risa metálica de una actriz en la televisión lo rompió. Zoey tragó saliva, visceralmente consciente de todas las miradas clavadas en ella.
—¿Zoey? ¿Estás bien? —preguntó Simon.
Zoey lo miró fijamente. Aquellos ojos azules la taladraban. Ojos tan parecidos a los de Sascha. Ojos que ella...
Se obligó a sonreír.
—Sí. Solo estoy un poco cansada. Creo que voy a darme una ducha y acostarme. ¿Os parece bien?
—¿Zoey? —preguntó Rona.
—¡Buenas noches, entonces! —dijo Zoey con una voz demasiado alegre.
Luchó contra el impulso de salir corriendo hacia el baño y se obligó a caminar.
Cerró la puerta con llave y se dejó resbalar hasta el suelo en el lado opuesto, las baldosas frescas bajo ella.
Se abrazó las rodillas, queriendo y a la vez sin querer hacerse un ovillo.
El pecho le daba sacudidas mientras aspiraba aire a los pulmones.
Era horrible. Era como asfixiarse. El peso de que Rona y Hailee no supieran lo que Maxwell había intentado hacerles la envolvía y se enroscaba a su alrededor como una corriente invisible.
—¿Zoey? —llamó Rona desde el otro lado de la puerta—. ¿Estás bien?
¿Podía decírselo? Zoey cerró los ojos con fuerza y hundió el rostro en las rodillas. Tenía que hacerlo. Pero ¿cómo?
—Sí. Estoy bien —respondió Zoey, rezando para que su falsa firmeza aguantara—. Solo cansada. Nada más.
Un largo silencio resonó desde el otro lado de la puerta. ¿No podían simplemente irse? Zoey echó la cabeza hacia atrás. Quería estar con ellas. Desesperadamente. Pero no podía. No sabía cómo atravesar de nuevo la cortina que se había interpuesto entre ellas.
—Si nos necesitas, estamos justo aquí. A ninguna de nosotras nos importará si nos despiertas.
—Gracias, Ro —dijo.
Un gemido agudo y animal le nació en la garganta, anhelando ser oído, y Zoey se mordió el interior del brazo para ahogar cualquier sonido.
Desde el otro lado de la puerta, oía pasos arrastrándose, tazas tintineando y voces amortiguadas.
Las puertas se cerraron con un golpe suave.
Silencio. Se acabaron los susurros. Se acabó el culebrón de la tele.
Solo silencio. Zoey se agarró el pelo con el puño y agachó la cabeza.
Sola. Como había querido estar. Y ahora quería llamarlas de vuelta.
Volver a llenar la habitación de ruido, de vida y de compañía.
De esa misma presencia que apenas unos momentos antes le había pesado en el pecho.
Había sido del todo agobiante. Pero no iba a ser indecisa.
No cuando se trataba de sus hermanas. Exhaló con fuerza por la boca y miró la ducha.
Necesitaba darse una. Esa misma mañana había...
Solo necesitaba levantarse del suelo. Quería levantarse.
Pero no podía. Todavía no.