11 Kellin
Kellin
Debería haber perseguido a ese bastardo y haberlo matado.
En el instante en que la agarró y la llamó por ese nombre tan vil, vi todo rojo.
Mierda, debería encontrarlo, destrozarle la cara a puñetazos y luego pegarle un tiro entre los ojos.
O en la polla.
Eso sería más gratificante.
Cuando entré en su oficina, ella tenía los hombros rígidos, la boca apretada en una línea mientras se apartaba bruscamente de él.
Se desenvolvió bien. No se inmutó ante la mirada lasciva de ese imbécil. Probablemente, llevaba años defendiéndose de tipos así, gracias a su padre.
Sin embargo, eso no disminuye la rabia oscura que se me arremolina en el pecho.
¿Cómo se atreve a ponerle las manos encima? ¿A siquiera intentar tocarla?
Y un tipo que ataca con tanta desfachatez a la hija de Declan Gallagher sin duda ha lastimado a otras mujeres más vulnerables. Shout, como ella lo llamaba, no tiene ninguna cualidad redentora. Hasta el aire que lo rodea apesta a putrefacción.
Ese hombre, un término que uso a la ligera, no podría satisfacer ni a una muñeca inflable.
La tentación de arrancarle el cinturón de las presillas y colgarlo de los tobillos, cubrirle el cuerpo de pequeños cortes y verlo desangrarse gota a gota, casi me domina. O atarlo a una silla y aplastarle los dedos, uno a uno, antes de seguir con el resto de sus huesos.
Castrar a ese maldito enfermo para que nunca más vuelva a actuar según sus instintos perversos.
Más que nada, desearía poder borrar el miedo de los ojos de Maeve y enterrarlo bajo el Pacífico.
Reconocer ese deseo es... peligroso. Un desgarro en los límites de mi autocontrol.
Cierro la puerta con un clic silencioso y dejo que el silencio calme el espacio.
Después de unos instantes, suspira suavemente.
—De verdad, estoy bien. —Aunque logra controlar la voz, la sangre aún no le ha vuelto al rostro.
Me acerco a ella y le toco el codo, aliviado al ver que no se aparta.
—Siéntate, Maeve. Respira. Te traeré un poco de agua.
Toma aire a sorbos pequeños hasta que el miedo se disipa.
—Hay una mininevera por allí.
Siguiendo sus indicaciones, tomo una botella pequeña de agua mineral y le abro la tapa.
—Ese tipo era de seguridad, ¿verdad? Me pareció verlo esta mañana.
Se estremece mientras da un trago de agua.
—Técnicamente, trabaja para mi padre.
Así que es de la mafia, no de seguridad del hotel. Y no es el ex de Maeve, gracias a Dios.
Ignoro la pequeña oleada de satisfacción que surge en mi pecho.
¿Sabe Declan que sus hombres manosean a su hija como perros sin adiestrar? Si es así, ¿le importa una mierda?
Miro fijamente al suelo y espero a que la furia que llevo dentro se calme.
—¿Deberíamos reprogramar?
—No —responde, enderezando los hombros, y no puedo reprimir una oleada de admiración ante su demostración de fortaleza—. No, estoy bien. Estoy bien.
Se recoge los mechones castaños en un moño desaliñado en la nuca. Al instante siguiente, vuelve a concentrarse en el trabajo, sin distracciones.
Ese moño tan sexy, la forma en que se recupera de un ataque y vuelve al trabajo como toda una profesional.
.. No sé qué rasgo me atrae más. El deseo me invade y, durante unos segundos, me quedo boquiabierto como si tuviera dieciséis años otra vez y estuviera intentando armarme de valor para invitar a Maddy Wilson al baile de graduación.
Por suerte, Maeve no me presta ninguna atención.
Ajusta su silla de ordenador y señala una de cuero al otro lado de la habitación, cerca de la estantería.
—Toma esa y siéntate.
Aprovecho para echar un vistazo a su despacho. Me enseñó la puerta durante el tour, pero nunca nos aventuramos a entrar.
Muebles de cuero gris y alfombras coloridas. Estanterías altas, ventanas aún más altas y paredes azules que invitan a la relajación y la calma. Obras de arte alegres y coloridas que representan olas del mar y pueblos costeros tranquilos. Todo grita “Maeve”.
Acerco la silla al escritorio y me siento frente a ella.
—Hagámoslo.
Tras una llamada a New York y un poco de prisas, conseguí reunir los materiales que Maeve me pidió. Zenith es real, estos documentos son en su mayoría reales y por lo que a todo el mundo respecta, soy un empleado de verdad de la empresa.
—Aquí están. —Le entrego todos los documentos que Rory ha conseguido con tanto esmero y que yo he tardado unas horas imprimiendo en la sala de negocios del hotel—. Lista de activos bajo gestión. Informes anuales. Portafolio. Todo lo que me pediste.
Ella mira la carpeta, evalúa su grosor y luego levanta una caja de archivos del suelo. El temblor en sus manos ha desaparecido, y la firmeza vuelve a reflejarse en su espalda.
—Dos horas con los míos. Y los dos nos quedamos aquí mismo.
—Bien. —Así, si ese cabrón vuelve, estaré aquí para darle una lección.
Todo lo que Maeve toca en el hotel está impecablemente organizado, así que no me sorprenden los meticulosos documentos que me entrega. Todo el sistema está lleno de etiquetas y separadores tan elegantes que harían llorar de envidia a cualquier director financiero.
Pero aun así, ella solo me entrega una caja. Una selección cuidadosamente elegida. Lo suficientemente minuciosa como para mantener a un inversor de verdad a oscuras sobre el tipo de dinero que realmente financia este excelente establecimiento.
Respeto su esfuerzo. La selección es control, y el control es, en esta habitación y en nuestro mundo, supervivencia.
Un pequeño inconveniente, pero que ya anticipaba. Maeve es astuta, y mentiría si dijera que su ingenio no me excita enormemente.
Me siento frente a ella mientras revisamos nuestros documentos. El crujido de los papeles, el clic de los bolígrafos y nuestras respiraciones y suspiros, ahora tranquilos tras la emoción anterior, son los únicos sonidos en la silenciosa oficina.
Finjo no notar las miradas furtivas que me lanza mientras observa mi reacción a las diferentes páginas.
Mi encantadora y despreocupada sonrisa permanece firme en su sitio.
No le daré nada y la veré retorcerse.
Finalmente, el silencio se vuelve insoportable, incluso para mí. Cuando noto que vuelve a fijarse en mí, mi sonrisa se ensancha.
—Creía que guardabas todos tus papeles en tu habitación.
Resopla y vuelve a concentrarse en el informe de ganancias que está hojeando.
—Como nunca pondrás un pie en mi habitación, supongo que nunca lo sabrás.
Disimulo la risa que se me escapa con una tos.
—Estoy casi seguro de que ya estoy a menos de dos kilómetros.
Levanto las cejas y, por un instante, una mezcla de sorpresa, diversión e irritación se refleja en su rostro. Sus bonitos labios casi se fruncen antes de que una risita silenciosa gane por un cabello.
Bien. Ya no piensa en lo que pasó antes.
Quiero que el fantasma de ese bastardo desaparezca de esta habitación.
Abro el estado de pérdidas y ganancias, porque ahí es donde la gente se delata sin querer. Busco anomalías, cualquier referencia a gastos inexplicables, cualquier ingreso nuevo de dinero, cualquier movimiento nuevo. Información que pueda apuntar a Declan Gallagher o Nolan Doyle.
Sigo el rastro del dinero. El servicio de ropa de cama subió un seis por ciento con una ocupación estable. Los costos de alimentos se mantienen en un margen admirable, lo que sugiere que alguien en la cocina sabe distinguir entre la elegancia y el desperdicio.
Los ingresos del spa bajaron en contra de la tendencia para esta zona.
Interesante. Las horas extras del personal de limpieza aumentaron donde no debían, pero se corrigieron con una pulcritud que me llama la atención.
El equipo de mantenimiento sangró durante dos meses, y luego se comportó como niños de coro.
Peculiaridades, pero nada demasiado revelador todavía.
Mientras nos inclinamos sobre los papeles, pasa una hora más sin que ninguno de los dos se dé cuenta. Ella me hace preguntas y yo invento respuestas. La habitación se calienta poco a poco.
Cada roce accidental de nuestras miradas aumenta la tensión entre nosotros.
«Concéntrate, Kellin».
Sigo indagando.
La verdad reside en los proveedores. Electricistas, consultores de patrimonio histórico, una empresa de jardinería que factura trimestralmente por el mantenimiento del tejado.
Entonces, encuentro el oro.
Seguridad. La nómina interna es escasa, y la cobertura de los proveedores, aún más. El diferencial por turno nocturno es mínimo. Con esto alcanza, como mucho, para dos empleados de tiempo completo: uno en el turno de día y otro en el de noche.
Ni de lejos se acerca a la realidad.
Aunque las cifras parezcan correctas, sus números mienten. He recorrido estos pasillos lo suficiente como para saber que hay más gente en las alfombras después de las nueve de la noche de la que este libro de contabilidad puede permitirse, incluso si les pagan con bebidas y habitaciones gratis.
El costo de ese tipo de personal de seguridad, con esa densidad, debería ser un concepto aparte, pero no hay nada.
Una seguridad tan visible no es gratis. Si el dinero no está en sus libros...
Entonces no pertenecen al hotel en absoluto. En cambio, como ese cabrón llamado Shout, todos los guardias pertenecen a Declan Gallagher.
Sigo revisando las filas, y los números cuentan la misma historia.
Alguien ajeno al hotel paga la vigilancia nocturna.
Alguien que podría reclamar la propiedad.
Declan. Debe ser. Lo que convierte al hotel en un activo, aunque no oficial, de Port Kings.
Aun así, apostaría a que Declan está en ese penthouse.
Lo que significa que Nolan Doyle y sus archivos cifrados también podrían estar allí.
Maeve está concentrada en una hoja de cálculo, con el ceño fruncido, los labios moviéndose levemente mientras revisa las sumas.
Hermosa, brillante y completamente ajena al peligro que está sentado frente a ella.
Encontré lo que necesitaba. Patrones recurrentes y lagunas en los lugares precisos. La influencia de su padre se trasluce a través de los informes.
Cierro la carpeta y me recuesto en la silla, dejando que el silencio la atraiga de nuevo hacia mí.
—Tus costos operativos son notablemente limpios.
Inclina la cabeza en un desafío silencioso.
—¿Es un cumplido o una acusación?
—Una observación. —Me levanto y rodeo el escritorio, invadiendo su espacio.
Se le corta la respiración y se muerde el labio inferior.
Me inclino, apoyo las manos en los reposabrazos de su silla y me acerco, observándola atentamente. Al menor indicio de miedo, me alejaré. Quizás sea un imbécil, aun así, ni siquiera yo intentaría seducir a una mujer que acaba de defenderse de un depredador sexual.
Sus pupilas se dilatan y las mejillas se le enrojecen, pero no muestra signos de alarma y no se mueve. Una sensación de satisfacción me invade.
—¿Qué me ocultas, Maeve? —pregunto con voz baja, con la mirada fija en la suya.
Espero su respuesta mientras se levanta de la silla.
Unos centímetros nos separan. Juro que la chispa salta en esos milímetros vacíos.
Nuestra negociación, que ya no se centra en números, se ha vuelto personal, cada vez más íntima.
Ella me oculta cosas, pero ¿lo hace para proteger a su padre o para protegerse a sí misma? ¿Está intentando distanciarse de Declan o cerrar filas?
Necesito saberlo. Me consume esta imperiosa necesidad de que sea honesta.
Porque la deseo.
Anhelo que ese todavía no se convierta en ahora mismo.
Ardo con el deseo de doblegarla, no de quebrarla, de demostrarle que puede apoyarse en mí. De sentir sus manos bajo mi camisa, sus senos contra mi pecho.
Anhelo rodearla con mis brazos y dibujar círculos en su espalda baja. Que se ponga de puntillas y me bese como casi lo hizo anoche.
Me muero de ganas de borrar a ese desgraciado de su memoria... y de que dejemos de perder el tiempo y cedamos a la tentación.
Sin embargo, no hago nada de eso.
En cambio, apoyo las palmas de las manos en el escritorio detrás de sus caderas, creando una especie de jaula y atrapándola sin tocarla. Bajo la cabeza hasta que mi boca roza su mejilla, lo suficientemente cerca como para que mi aliento agite los vellos de su sien.
Huele a vainilla y jazmín. Cálida, suave y deliciosa. Tentadora. Podría pasarle la lengua por la garganta y saborearla como un helado.
Sin embargo, no lo hago. Todavía no.
Maeve me mira fijamente, con la barbilla ligeramente ladeada, los ojos desafiantes pero con un matiz de ternura. Esa ternura que desarma a los hombres que deberían ser más sensatos.
Su garganta se mueve, mas no sale nada.
¿Se estará preguntando por qué sigo aquí?
Yo no.
Que me condenen si le doy a Shout otra oportunidad de acorralarla de nuevo.
No confío en mí mismo para que no me importe.
Porque ya me importa. Y eso es un problema.
Los ojos se le cierran suavemente, las pestañas proyectan sombras delicadas sobre sus mejillas. Al abrirse de nuevo, esos claros iris marrones se iluminan con un desafío. Claros, peligrosos, embriagadores.
Durante un largo minuto, no nos movemos.
No debería estar tan cerca. Maeve no es una mujer a la que se me permita desear.
Es una misión. Una variable.
Un medio para alcanzar un fin.
Se lame los labios y yo devoro ese gesto, mientras una chispa de deseo ardiente me quema las venas.
—Podría preguntarte lo mismo, Kellin. ¿Qué me estás ocultando?