10 Maeve
Maeve
A las siete menos cinco, mientras reviso cifras en la computadora, termino de preparar las facturas y finalizo con los asuntos del día, la puerta de mi oficina se abre.
Estoy dividida entre la diversión y la molestia.
—Sabes, se considera de buena educación llamar antes de entrar en la oficina de alguien... —En cuanto levanto la vista, las palabras se me atragantan en la garganta.
Kellin no está en mi oficina.
John, Shout, como lo llama la mayoría de la gente, cierra la puerta y se recuesta contra la madera, con los brazos cruzados sobre el pecho. Inclina la cabeza con una inquietante media sonrisa dibujándosele en el rostro.
—Papi me mandó a ver si necesitas ayuda para encontrar un servicio adecuado para las reparaciones.
Por supuesto que lo hizo. Porque cuando Declan Gallagher chasquea los dedos, espera una gratificación inmediata.
—Todavía no, pero por favor, dile a mi padre que le avisaré si necesito ayuda. Puedes irte cuando quieras.
No captó la indirecta.
—No seguirás trabajando a estas horas, ¿verdad? —Sumando a su mirada lasciva, su voz lenta y melosa me hiela la sangre—. No querrás sobrecargarte de trabajo, cariño.
Empiezo a pensar que mi padre no tiene nada que ver con la presencia de este hombre, pero al fin y al cabo, el motivo no importa. Está aquí, invadiendo mi espacio, y necesito que se vaya.
Me enderezo en el asiento y fuerzo mis rasgos para adoptar una máscara de fría indiferencia.
—Estoy demasiado ocupada para charlar. Si mi padre tiene algo que decirme, que me lo diga él mismo. Puedes irte.
Se aleja de la puerta y se acerca a mí. El olor a humo de cigarrillo y loción para después del afeitado barata me llega, y arrugo la nariz, resistiendo la tentación de taparme la cara con la mano.
—Me alegró mucho saber que nos quedaríamos un tiempo. —Los ojos de Shout recorren mi figura, y su mirada me eriza la piel.
Me levanto de un salto y golpeo la superficie del escritorio con las palmas de las manos.
—Creo que deberías irte, John.
Su sonrisa se ensancha y continúa su conversación.
—Por fin podremos conocernos mejor, ya que vamos a compartir un espacio tan reducido. Por lo que veo, últimamente no has tenido citas con nadie. Debes de... extrañar el cariño.
Una lujuria cruda se le refleja en los ojos, junto con una oscuridad siniestra. Prácticamente, apesta a violencia.
Le pongo un tono firme a mi voz.
—John. —Quizás el idiota haya olvidado su verdadero nombre—. Shout. Tengo una reunión. Deberías irte...
—Apuesto a que hace siglos que un hombre no te ha atendido como es debido.
—Una falsa compasión brota de sus labios—.
Te comportas como si estuvieras al mando aquí, pero una mujer como tú solo necesita a un hombre que sepa cómo manejarla.
Que la ponga en su sitio. ¿Y tu sitio? —Su mirada se posa en mi pecho—. Está por debajo de un hombre como yo.
Una sensación de repugnancia me recorre el cuello mientras repito sus palabras en mi mente. Durante varios segundos, estoy demasiado aturdida para responder.
Shout siempre me ha dado escalofríos. Cuando está cerca, me observa con una fascinación casi rabiosa, como si me imaginara desnuda.
.. o quizá desangrándome por una herida mortal en el cuello.
En realidad, nunca ha hecho nada malo, al menos no en mi presencia, pero varias de mis empleadas se han quejado de su atención no deseada, sus comentarios indiscretos y sus miradas lascivas.
No lo suficiente como para que yo le insista a mi padre en que se deshaga de él o le prohíba la entrada a la propiedad.
Joder, no estoy segura de que mi padre lo echara ni aunque atacara a alguien, así que solo puedo imaginar el desdén de papá ante alguna supuesta “tontería políticamente correcta”.
Una parte profunda e instintiva de mi cerebro comprende que Shout representa una amenaza real para mí en este momento.
Las náuseas me revuelven las entrañas y me suben por la garganta. Mis manos tiemblan, y mis uñas se clavan en la madera del escritorio.
—Fuera.
Shout se acerca tambaleándose, hasta quedar al alcance de mis brazos. Busco a tientas el gas pimienta que llevo en el bolsillo para emergencias.
Se me encoge el corazón. Junto con mi teléfono, la pequeña arma está en el bolsillo de mi chaqueta, colgada junto a la puerta. Al otro lado de Shout.
Entrecierra los ojos como si acechara a un animal asustadizo, listo para abalanzarse en cualquier momento.
—Actúas como si fueras intocable. La hija del jefe y todo eso. Siempre en control. Pero veo que te mueres de ganas de acción. Un poco de satisfacción sexual probablemente te ayude a relajarte. Yo puedo ayudarte con eso.
Sus palabras se me clavan en los huesos.
El pulso me retumba en los oídos.
Quiero retroceder. Alejarme. Correr.
Sin embargo, no lo haré.
Me niego a mostrarle miedo a este hombre.
Entrecerrando los ojos, canalizo toda la rabia que poseo en mi control.
—Lárgate de una puta vez.
Se ríe entre dientes mientras acorta la distancia entre nosotros. Su aliento apesta a ajo y alcohol.
—Puedo ayudarte a recordar cómo se siente. —Se quita la chaqueta y la arroja sobre mi escritorio—. Cómo dejarte llevar. Cómo rogar por más.
¿Acaso este imbécil no me escuchó?
—Si te vas ahora mismo, consideraré no llamar a la policía. —Mi voz tiembla en la última palabra—. Y si tienes suerte, tal vez conserves tu trabajo.
Su amplia sonrisa deja ver unos dientes torcidos y manchados de tabaco.
—¿Crees que puedes darme órdenes? Cariño, puede que tú firmes los cheques, pero ambos sabemos de quién es la escritura. Y los dos sabemos que tampoco puedes llamar a la policía.
—Mi padre...
—Le importas una mierda. Incluso podría felicitarme... sobre todo si te quito el filo de la lengua.
Quiero discutir, pero no puedo. Declan podría enfadarse si percibe mi agresión como una ofensa hacia él. Sin embargo, también podría reaccionar exactamente como dijo Shout.
Vuelvo a empezar.
—Mis hermanos...
—Son demasiado sumisos a tu padre como para desafiarlo. Además, no es como si estuvieran derribando tu puerta para pasar el rato contigo.
Aunque ya no espero nada de mi padre, todavía me aferro a la esperanza con mis hermanos, así que la verdad de ese último comentario me hiere profundamente. Desgraciadamente, ahora no es momento de preocuparse por hermanos distanciados.
Las paredes se cierran sobre mí y siento una banda que me oprime el pecho.
La sombra espesa y fría de Declan se extiende entre nosotros.
Shout sigue hablando, pero mi cerebro ya no registra sus palabras. Mi mente se centra en la supervivencia. Calculo distancias, ángulos, salidas.
La ventana.
Un pisapapeles.
Mi gas pimienta, si logro cruzar la habitación lo suficientemente rápido.
La claustrofobia me oprime. El aire es demasiado cálido, demasiado pesado. Respirar se convierte en un esfuerzo monumental.
La mano de Shout se aferra a mi muñeca.
Lo empujó hacia atrás, casi me caigo tropezando con la silla de mi escritorio.
Gruñe antes de volver a intentar agarrarme.
—Ven aquí, perra frígida.
Apunto a su garganta, pero él se gira en el último segundo, desviando la peor parte de mi puñetazo. En respuesta, me aparto rápidamente.
—No me toques.
—Puta de mierda. Vas a pagar por esto.
Mi cuerpo se tensa, cada músculo grita por luchar, por huir. Este bastardo no va a...
—¿Llego tarde?
La voz de Kellin resuena en la habitación.
Shout retrocede, con los hombros subiendo y bajando. Una mueca de enfado le ensombrece el rostro.
Un dulce alivio me inunda. Podría besar a Kellin ahora mismo.
Entra tranquilamente en la oficina con un gran maletín de cuero colgado al hombro. Su expresión es apacible, con ese encanto siempre presente en su sonrisa, pero sus ojos son tan fríos como los de un reptil.
Incluso, asesinos.
El ambiente cambia en un instante. Partículas cargadas rozan mi piel, erizándome los vellos en mis brazos.
El corazón me late con fuerza contra las costillas.
Me estremezco al imaginar qué habría pasado si Kellin no hubiera llegado justo a tiempo.
Se acerca a Shout como un ángel vengador, su calma contrastando con la furia que arde en sus ojos. Cada paso es preciso. Depredador.
—No me había dado cuenta de que teníamos compañía.
Shout se envalentona y lo enfrenta.
—Estamos teniendo una conversación privada.
Kellin levanta una ceja, y la sonrisa en su rostro se desvanece.
—Por lo que oí, la señorita Gallagher no estaba interesada en hablar contigo. Te sugiero que te vayas. —Su tono es casi cortés.
Casi.
Como una víbora dormida, casi inofensiva.
Shout se burla.
—Ocúpate de tus asuntos, chico bonito.
—Oh, ya lo hago. —La sonrisa, afilada y nada agradable, reaparecen—. La señorita Gallagher y yo tenemos una reunión de negocios programada.
La tensión aumenta. Oigo el zumbido de la lámpara, el leve tictac del reloj de pared, el pitido de la sangre en mis oídos.
Alterno mi atención entre Kellin y Shout, intentando comprender su intercambio silencioso.
Los ojos de Shout se posan en mí, y luego vuelven a Kellin, mientras sopesa sus probabilidades. Con un suspiro de derrota, decide que no están a su favor.
—De acuerdo —dice, tras lanzarme una última mirada burlona y agarra su chaqueta—. Me voy. Por ahora.
Sale con un bufido, murmurando maldiciones entre dientes.
La tensión me abandona los hombros, dejándome agotada.
Jamás imaginé que Shout intentaría algo así. ¿Mirarme con lujuria? Claro.
¿Pero tocar a la hija de Declan Gallagher? ¿Amenazarme?
«O no tiene instinto de supervivencia, o se da cuenta de que a Declan y a mis hermanos les importa un bledo lo que me pase».
Aparto de mi mente el aguijón de ese pensamiento, enterrando el dolor junto con otras cosas que preferiría olvidar.
Kellin permanece en silencio, con la mandíbula apretada. La vena de la sien le sigue palpitando. Mi pulso sigue latiendo con fuerza como un tambor, al unísono con el suyo.
La frialdad que noté en él esta mañana, esa distancia fría y profesional, como tallada en mármol, se ha derretido.
Se gira hacia mí, su mirada recorriéndome lenta y deliberadamente.
Nada que ver con la lujuria voraz de Shout.
Siento deseo, sí. Aunque también algo más.
¿Protección? ¿Celos? ¿Posesión?
Puede que me equivoque, pero... cada célula de mi cuerpo anhela tener razón.
—¿Estás bien? —pregunta con un tono áspero en su voz.
Abro la boca para hablar, mas no sale ningún sonido. Tengo la lengua congelada, la boca llena de algodón.
Me limito a asentir, apoyando las manos temblorosas sobre el escritorio para calmarlas.
¿Me imaginé el hielo de su mirada de antes? ¿Su frialdad en el ascensor esta mañana?
Porque en este preciso instante, este hombre podría estar irradiando suficiente calor como para incinerarme.