Persecución Despiadada (Reyes Irlandeses 6) 3 Maeve
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Maeve

—¿Se va a hospedar aquí? —El casi grito de Lenora resuena en el cavernoso vestíbulo.

Le doy un tirón del brazo.

—Baja la voz.

El espacio abierto es precioso, claraboyas luminosas, columnas redondas, varios candelabros de gran tamaño, baldosas de mármol color crema, pero no hay secretos en el vestíbulo del Cypress Hotel. Teniendo en cuenta que a veces incluso los susurros se oyen, la emoción de Lenora es demasiado ruidosa.

La empujo detrás de una maceta dorada. La gran palmera china nos oculta.

—Está en la ciudad por negocios, así que ha salido bien.

—¿Y quiere reunirse contigo? —Alarga la mano para alisarme los mechones rebeldes—. Deberías haberme dejado maquillarte.

No puedo negar que su preocupación me resulta dulce. Lenora es lo más parecido a una amiga que tengo, y la quiero mucho. Pero a veces se emociona demasiado, sobre todo cuando hay hombres atractivos de por medio.

—¿Por qué? Es solo una reunión de negocios, Len.

Lenora arquea una ceja perfectamente delineada, entrecerrando sus ojos verdes.

—Claro. Solo negocios. Y si te casas con él y tienes hijos suyos, serán bebés de negocios.

Me contengo para no soltar una risita poco profesional y apoyo un brazo en la esquina del mostrador de recepción.

—No habrá ni matrimonios ni bebés. Voy a reunirme con un posible socio de negocios, un hombre al que nunca he visto en mi vida. —Aunque me interesara, nunca pondría en riesgo este acuerdo por falta de profesionalidad.

La idea de arruinar mi oportunidad de ganar tanto dinero me revuelve el estómago.

—Ay, por favor. —Lenora se cruza de brazos—. Ningún hombre con una voz tan sexy podría ser feo en la vida real.

No estoy de acuerdo. Antes de trabajar aquí, cuando tenía tiempo libre, solía escuchar audiolibros. Uno de mis narradores masculinos favoritos tenía la voz más sexy del planeta, y estaba convencida de que era tan atractivo que podría ser modelo de ropa interior.

Mis ilusiones se desvanecieron cuando conocí a la autora y a su narrador en una firma de libros en Los Angeles.

Digamos que su personalidad era su mejor cualidad. Eso y su voz, por supuesto.

Aun así, no hace falta desilusionar a Lenora.

—Gracias por esa opinión experta. Pero, lo creas o no, su físico no tiene nada que ver con su perspicacia para los negocios.

Frunce los labios.

—Solo digo que, ¿por qué no vas a arreglarte un poco? Todavía tienes unos diez minutos.

Niego con la cabeza.

—No hay manera de que llegue hasta arriba y vuelva a tiempo. —Me miro al espejo. Mi blazer negro de siempre, mi falda y mis tacones me miran fijamente. No es exactamente un vestidito negro, pero no está nada mal—. Tendré que conformarme con mi viejo y fiable conjunto.

—Eso es, como lo menos sexy que he oído en mi… —Lenora se calla de golpe, con un grito ahogado.

Su rostro se relaja, los ojos se le abren de par en par y las mejillas se le enrojecen. Frunciendo el ceño, me doy la vuelta.

Y se me revuelve el estómago.

Un hombre alto, de rasgos severos y de una belleza arrolladora, merodea por el vestíbulo.

Frente alta y majestuosa. Nariz afilada con una barba incipiente bien recortada que le enmarca esa mandíbula angulosa.

Lleva los rizos oscuros cortos y peinados hacia atrás, apartándolos de la frente asegurándose de que nadie pase por alto sus profundos ojos castaños.

Su traje negro azabache está confeccionado a la perfección, resaltando los anchos hombros y las largas y musculosas piernas.

Las mancuernillas doradas brillan bajo los tragaluces mientras se ajusta la corbata rojo sangre de su camisa blanca planchada.

En la mano, sujeta el asa de una maleta de titanio con ruedas.

Siento un calor en el cuerpo al contemplarlo. Es uno de los hombres más guapos que he visto en mi vida, y teniendo en cuenta que vivo en Los Angeles, eso ya es mucho decir.

Lenora me da un codazo.

—Es él.

Me sobresalto.

—¿Quién?

—Kellin —susurra casi como un grito—. Busqué hasta que encontré su foto en la página web. Es él, sin duda alguna. ¡Qué delicia!

—Joder. ¿Ese es Kellin Jameson? —Ese hombre haría avergonzarse a cualquier modelo de ropa interior.

—Exacto. Quizás este sea el momento perfecto para acabar con tu racha de más de un año sin sexo. Apuesto a que un tipo así podría sacudirte las telarañas.

—¡Lenora! —Juro que estoy a punto de taparle la boca con cinta adhesiva.

Mi asistente pestañea con falsa inocencia.

—¿Qué? No intentes decirme que no es tu tipo. Estabas casi babeando.

Kellin gira a la derecha y se dirige hacia nosotras.

—Si no te callas, te pongo a trabajar en la cocina a tiempo completo durante el resto del mes —advierto entre dientes.

—Bueno, ya paro. No hace falta rebajarse a ese nivel, por Dios.

Con el corazón latiendo a mil por hora y la respiración entrecortada, intento calmarme mientras el hombre increíblemente atractivo se acerca con pasos seguros y decididos.

Si de verdad es inversor, se ha equivocado de profesión por completo.

Lenora exhala un suspiro, apartándose el flequillo rubio miel de su frente.

—Si así son los inversores, mi madre tenía razón. Debería haber estudiado una maestría en administración de empresas.

La ignoro mientras Kellin se acerca y esbozo mi mejor sonrisa profesional. Si este hombre tan guapo es realmente mi camino hacia la independencia total, entonces no puedo ni haré nada que lo ponga en peligro.

Sin embargo, mentiría si dijera que no deseé, con todas mis fuerzas, haber subido corriendo a cambiarme de ropa. No necesito hablar con él para saber con absoluta certeza que Kellin es el tipo de hombre al que las mujeres se esfuerzan por impresionar.

Lo único que alcancé a hacer entre organizar nuestra reunión y bajar aquí para informarle a Lenora fue investigar su perfil empresarial. Leí sobre su trabajo con Zenith Investment Group y su empresa matriz, Zenith International.

Este tal Kellin es un pez gordo.

Si quiere hablar conmigo a solas, Zenith debe estar muy interesado.

Saberlo debería tranquilizarme, aunque solo consigue ponerme más nerviosa. Se me retuercen los dedos de los pies dentro de los zapatos de tacón.

Cuando entré en la página web de la empresa, no vi ninguna foto de Kellin. Claro que ese no era mi objetivo principal. Se lo dejé a Lenora “Sherlock Holmes” Cox, que se las arregló para encontrar una. Pero bueno, ¿qué puedo decir? Tengo una asistente muy competente.

Aunque me molesta que este tipo no viniera con una etiqueta de advertencia, ninguna fotografía le habría hecho justicia de todas formas.

Prácticamente destila sexo. El vestíbulo está relativamente vacío, la hora pico de registro no empieza hasta dentro de una hora, más o menos, pero los pocos rezagados lo observan mientras cruza la sala.

Su forma de caminar, tan seguro de sí mismo y con un toque de arrogancia, casi me recuerda a mi padre. Se comporta con un orgullo similar, con la evidente certeza de que pertenece a este lugar.

Sus ojos recorren la habitación con la misma intención. Observando. Esperando.

Cazando.

Aparto ese pensamiento de mi mente. Trabaja en finanzas. Probablemente, su idea de actividades ilegales se limite a conducir a toda velocidad en un coche de lujo o cobrar de más por un servicio de inversión.

Desagradable, pero no peligroso. Papá y Brody debieron de haberme afectado más de lo que pensaba.

—¿Señorita Gallagher?

La voz sexy del teléfono me recorre la espalda. En persona es aún más grave. Más suave. Esa clase de voz aterciopelada que te da ganas de acariciar entre los dedos.

Una Maeve más joven y sensible se habría derretido con una sola palabra.

Incluso a mi versión de ahora le tiemblan un poco las piernas.

Se acerca a mí con paso ligero y me extiende la mano. Me fijo en una cicatriz que le rodea la palma.

—Soy Kellin Jameson. Y usted es Maeve Gallagher.

—Sí, soy yo.

Cuando sus dedos se deslizan contra los míos, una oleada de calor me recorre la piel, desde su palma hasta mi nuca. Teniendo en cuenta la intensidad eléctrica que fluye entre nosotros, me sorprende que no se me erice el cabello.

Con unos ojos almendrados y vigilantes, de un tono marrón más claro que el mío, concentra toda su atención en mí.

Debo de tener un cable eléctrico defectuoso dentro de mí. Esa es la única explicación para todas estas chispas que saltan.

Kellin me toma de la mano, y me mira, unos segundos más de lo debido, cruzando esa vaga frontera entre lo cortés y lo íntimo. Con el corazón a punto de salirme del pecho, me aparto antes de que él lo haga. Me suelta lentamente, su calor permanece en mi piel como una marca.

Me vienen a la mente recuerdos del baile de graduación, cuando intenté entablar conversación con mi amor platónico. ¿Qué me pasa?

Siento que se me calienta la cara cuando me dedica una sonrisa deslumbrante. Estoy nerviosa. Estoy a punto de tropezar con mis propias palabras o mis propios pies.

No he tenido una cita en casi un año. Ni sexo desde hace aún más tiempo. Lenora tiene razón. Probablemente, tengo telarañas acumuladas en lugares innombrables.

Esa es la única razón por la que me afecta tanto. No se me puede culpar por reaccionar como cualquier ser humano racional cuando el sexo encarnado entra por la puerta.

Intentando controlarme, me refugio en la seguridad en mi fachada profesional.

—Un placer conocerlo.

—El placer es todo mío.

¿Está coqueteando, o su voz siempre suena como si acabara de levantarse de la cama? En cualquier caso, me encantaría oírle decir “placer” de esa manera una docena de veces más.

«¡Concéntrate!»

El corazón me late más fuerte que el baterista de Metallica. Me aferro a mi fachada profesional para que no note mi nerviosismo.

—Lenora se asegurará de que lleven su maleta a su habitación. —Le hago un gesto para que me entregue su maleta.

Len lucha por recuperar sus habilidades motoras, pero tras un segundo o dos, acepta el equipaje, con el rostro aún inexpresivo.

No hay ayuda por su parte.