Capítulo 21
La primera señal de que ya había estado en la casa no apareció de forma espectacular ni acompañada de una revelación ordenada, sino con la misma torpeza con la que habían ido apareciendo las demás cosas importantes desde que llegué, es decir, como una molestia pequeña que al principio una interpreta como un error de lectura, una coincidencia desafortunada o una de esas confusiones insignificantes que cualquiera puede cometer cuando lleva demasiadas horas sola y demasiado tiempo intentando dar sentido a una cadena de hechos que no acaba de cerrarse.
Yo seguía revisando los diarios con una concentración casi dolorosa, comparando fechas, anotaciones y referencias vagas que me permitieran reconstruir una cronología fiable, cuando encontré una entrada escrita varias semanas antes de mi llegada a la casa en la que se mencionaba, con una naturalidad bastante desarmante, una visita anterior a una finca rural en la que la protagonista del cuaderno, es decir yo, decía haber pasado una tarde extraña, silenciosa y excesivamente limpia, como si el lugar hubiera dejado en ella una impresión incómoda sin llegar a explicarle nunca por qué.
La frase no era larga, ni siquiera especialmente elaborada, pero contenía suficientes datos concretos como para que yo me quedara quieta frente al cuaderno durante varios segundos, releyéndola con una lentitud cada vez más tensa, porque hablaba de una casa aislada, de un pasillo estrecho, de una puerta que no terminaba de recordar y de una sensación muy concreta de estar dentro de un sitio conocido y ajeno al mismo tiempo.
Lo primero que pensé fue que se trataba de una metáfora o de una forma de hablar, porque la memoria afectiva exagera a menudo la importancia de algunos lugares y los convierte en símbolos de cosas más amplias, y además había leído suficientes notas íntimas como para saber que en un diario se escribe a veces con una libertad que no siempre debe tomarse al pie de la letra.
Sin embargo, cuanto más avanzaba en las páginas, más se iba deshaciendo esa cómoda posibilidad, porque no era una mención aislada, sino una serie de referencias que se repetían con pequeñas variaciones y que hablaban de una visita anterior a una casa cuyo diseño coincidía demasiado con la finca donde yo me encontraba ahora.
En una anotación posterior se decía que la cocina era impecable pero parecía más vacía de lo que una casa habitada debería permitir, en otra que el pasillo del piso superior tenía una luz fría muy parecida a la de un hospital, y en una tercera se hablaba de una habitación lateral cuya puerta había aparecido aparentemente donde antes no había nada, lo cual me hizo cerrar el diario de golpe con una brusquedad que no respondió al sobresalto sino a una necesidad casi física de impedir que el texto siguiera avanzando delante de mí.
Porque no era solo que aquella descripción se pareciera a la casa; era que se parecía a la secuencia exacta de mis propios días, como si yo hubiera estado leyendo, con varios meses de retraso, una versión registrada de algo que aún no recordaba haber vivido.
Me obligué a respirar despacio y volví a abrir el cuaderno, esta vez con una resistencia mucho más consciente, porque si realmente había estado en esa casa antes y no lo recordaba, entonces el problema ya no era únicamente la fragilidad de mi percepción, sino la existencia de un tramo de vida completamente borrado que ahora regresaba envuelto en anotaciones privadas.
Seguí leyendo con el corazón golpeándome en la garganta de una manera molesta, no por miedo puro sino por la mezcla extraña de incredulidad y reconocimiento que aparece cuando una empieza a ver la forma de un pasado al que no pensaba regresar.
Las notas hablaban de una visita breve, aparentemente no planificada, a la finca en cuestión, y aunque al principio no se explicaba el motivo, sí quedaba claro que la protagonista del diario había llegado allí a sugerencia de alguien relacionado con la editorial, quizá Claudia, quizá otra persona de la que apenas se daba el nombre, con la intención de pasar unas horas en silencio y comprobar si el aislamiento podía ayudar a desbloquear una novela que llevaba demasiado tiempo estancada.
La descripción de la llegada era demasiado precisa, demasiado cercana a mi experiencia actual, y en esa similitud empecé a sentir cómo se deslizaba bajo mis pies una posibilidad cada vez más incómoda, que era la de haber estado aquí antes, en esta misma casa, y no recordar absolutamente nada relevante de aquella estancia.
No me bastó con leerlo una vez. Busqué referencias cruzadas, fechas, cualquier elemento que me permitiera refutar la impresión de inmediato, porque mi primer impulso no fue creerle al diario, sino proteger la versión estable de mi presente, la que todavía podía sostener la idea de que había llegado a la casa por primera vez en el viaje que hice desde la ciudad.
Sin embargo, las páginas insistían. Una entrada fechada unas semanas antes de mi llegada al alquiler mencionaba la misma zona rural, el mismo trayecto de carretera, una sensación de cansancio muy parecida a la que yo había sentido al llegar, e incluso una observación sobre el teléfono fijo de la casa, descrito como antiguo y extraño, con la misma mezcla de curiosidad y desconfianza con la que yo lo había mirado al entrar.
Me quedé inmóvil durante un rato largo, leyendo y releyendo la anotación, porque ya no se trataba solo de un parecido general, sino de una coincidencia demasiado concreta para seguir refugiándome en la hipótesis de la exageración.
Y aun así, en vez de permitirme una conclusión clara, la lectura abría una grieta todavía peor, que era la de no saber si yo había olvidado deliberadamente aquella visita anterior, si la había desplazado al margen de la memoria por algún motivo que los diarios todavía no explicaban, o si la propia estructura de mi recuerdo estaba reorganizando un episodio real para convertirlo en algo más soportable.
Seguí el hilo de las anotaciones como quien sigue un rastro que no desea confirmar del todo, y cada nueva página parecía retirar una capa de niebla sin aclarar realmente qué había debajo.
Había una referencia a una discusión con Claudia que yo no recordaba, otra a una habitación vacía en la planta superior, otra a una conversación sobre la presión editorial y sobre el miedo a no terminar la novela, y más adelante una frase subrayada con insistencia en la que se afirmaba que la casa “resulta conocida, aunque no pueda decir por qué”.
Esa frase me obligó a pasar la mano por la frente con un gesto de agotamiento auténtico, porque encajaba demasiado bien con la sensación que yo llevaba días intentando ignorar, la de caminar por la casa como si hubiera un conocimiento previo que no terminaba de activarse del todo.
No era un conocimiento fuerte ni útil, sino una familiaridad incompleta, una especie de recuerdo sin imagen, y eso me inquietó más que cualquier hallazgo objetivo, porque si la casa me resultaba conocida antes de que llegara a ella, entonces la frontera entre un presente recién vivido y una memoria antigua estaba mucho más deteriorada de lo que me había permitido reconocer.
Lo verdaderamente perturbador llegó cuando, al revisar una de las entradas más largas, encontré una descripción de una habitación que yo aún no había visto en la visita anterior y que, sin embargo, ahora se me apareció con una nitidez insoportable, porque el diario detallaba la posición de la ventana, el color de las paredes y la disposición del pasillo con tal precisión que comprendí que estaba leyendo no la crónica de una impresión vaga, sino el testimonio de alguien que había recorrido ese espacio con una atención tan idéntica a la mía que casi parecía imposible que no se tratara de la misma experiencia repetida.
La entrada terminaba con una observación seca, casi desprovista de afecto, donde se sugería que la autora del diario había sentido la necesidad de volver a la casa porque allí había algo pendiente, aunque no podía recordar qué.
Leí esa frase más veces de las que debería haber necesitado y, en cada lectura, la claridad del malestar aumentaba un poco más, porque empezaba a resultar evidente que la casa no era un lugar nuevo en mi vida, sino una especie de regreso que yo estaba viviendo sin conservar las claves del primer paso.
Y si eso era cierto, si ya había estado aquí antes, entonces la sensación de haber sido elegida por la casa o atraída hacia ella perdía parte de su dramatismo, pero ganaba algo mucho más triste, que era la posibilidad de que estuviera regresando a un lugar cuya relación conmigo era más vieja y más quebrada de lo que me permitían mis recuerdos.
No tardé en revisar todo lo que había anotado en el margen de los diarios, buscando una pista que me indicara por qué no recordaba aquella visita previa o qué había ocurrido después de ella, y cuanto más avanzaba en esa búsqueda más evidente se hacía que el borrado no parecía accidental.
No había una laguna simple, como las que deja el cansancio o una noche mal dormida, sino una discontinuidad mucho más limpia, casi quirúrgica, en la que el episodio aparecía mencionado sin que la memoria conserve alrededor suyo un contexto suficiente.
Eso me dejó con una sensación espesa en el estómago, porque si yo había estado aquí antes y no lo recordaba, la cuestión dejaba de ser si la casa estaba alterando mis percepciones y pasaba a ser si había algo en mi historia que ya había empezado a dividirse antes de que yo llegara.
La idea de un trastorno disociativo seguía siendo plausible, desde luego, y el descubrimiento de aquella visita anterior parecía incluso favorecerla, pero en lugar de calmarme de verdad lo que hizo fue volver más compleja la hipótesis, porque no había forma de distinguir del todo entre una memoria reprimida, una entrada escrita bajo una crisis previa o un recuerdo que había sido desplazado por alguna razón todavía más concreta.
Cuanto más intentaba encajar el hallazgo dentro de un marco clínico, más me daba la impresión de que la lógica no estaba cerrando por completo, y eso era precisamente lo que empezaba a devolverme a una inquietud más antigua y menos domesticable.
Me quedé sentada con los diarios abiertos sobre la mesa y la sensación de que el suelo bajo la casa había adquirido una profundidad distinta, no física sino temporal, como si el presente en el que yo estaba ya no fuese el único presente posible dentro de esa finca.
La idea de haber estado aquí antes no venía sola; traía consigo otras imágenes que todavía no sabía ordenar, una conversación perdida, una posible decisión tomada en otro momento, una pregunta sobre el manuscrito que podía haberse formulado antes de que todo esto empezara a desbordarse.
No recordaba nada con claridad, pero empezaba a entender que la ausencia de recuerdo no era una laguna neutra, sino una forma de ocultamiento que me obligaba a aceptar que había partes de mi vida instaladas fuera del alcance de la conciencia y que la casa, lejos de ser el origen de todo, quizá no estaba haciendo más que devolverme algo que ya había quedado roto antes.
Y, sin embargo, incluso pensándolo así, había una franja molesta de resistencia dentro de mí que no terminaba de aceptar la explicación, porque si de verdad ya había estado allí, ¿por qué no quedaba en mí más que la vaga incomodidad de un sitio familiar y no una memoria clara, concreta, capaz de situar un día, una razón o una decisión?
Esa pregunta, tan simple y tan devastadora, se quedó rondando dentro del despacho mientras yo seguía pasando páginas con dedos tensos, tratando de encontrar en los diarios una respuesta que tal vez ya no estaba escrita en ellos, sino en el hueco exacto que mi mente había dejado vacío.