Perpleja Capítulo 20
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Capítulo 20

Encontré los diarios por accidente, o al menos eso fue lo que me dije en un primer momento para no dar demasiada importancia al hecho de que acabara abriendo un cajón que no había necesitado revisar hasta entonces, aunque cuanto más lo pienso más claro me resulta que, en aquella casa, los accidentes empiezan a parecer una forma elegante de llamar a lo que en realidad es una curiosidad mal contenida, una inquietud que empuja la mano hacia un lugar que una había pasado por alto hasta que de pronto deja de poder hacerlo.

Estaba reorganizando el despacho con la esperanza bastante ingenua de que ordenar físicamente algunos objetos me ayudara a sostener la nueva explicación clínica que había empezado a imponerme a mí misma, y mientras apartaba papeles, folios impresos, cables y cuadernos de trabajo, fui topándome con una estructura de almacenamiento tan meticulosa que durante un momento me sentí casi ridícula por no haberla advertido antes, porque había carpetas separadas por colores, cajas pequeñas con etiquetas escritas a mano y una serie de objetos dispuestos con una precisión que solo podía tener sentido para alguien acostumbrado a esconder algo sin dejar de tenerlo a mano.

No era un escondite teatral ni tampoco una trampa obvia, sino una organización silenciosa, tan limpia y tan práctica que me hizo pensar, sin saber muy bien por qué, en una versión de mí misma que hubiera aprendido a guardar información incómoda con la misma naturalidad con la que otras personas guardan facturas o recuerdos de viaje.

El cajón estaba al fondo del escritorio, bajo una bandeja vacía y varias hojas amarillentas que no había leído todavía porque llevaban días pareciéndome irrelevantes, y lo abrí con la intención de buscar una libreta donde copiar notas sobre el manuscrito, aunque en cuanto vi el primer cuaderno comprendí que no estaba ante material de trabajo sino ante algo mucho más delicado y probablemente más comprometedor.

Había varios diarios, no uno solo, sino una pequeña serie de cuadernos de tapas oscuras, de distintos tamaños y con el desgaste propio de los objetos utilizados durante mucho tiempo, y todos tenían una cualidad en común que me resultó extrañamente perturbadora, que era la de haber sido llenados con una intención íntima y persistente que no se parece a la escritura literaria ni al simple apunte doméstico, sino a esa forma de anotación que solo se produce cuando una persona necesita dejar constancia de sí misma porque empieza a temer que el recuerdo ordinario ya no baste.

Me quedé mirándolos un rato, incapaz de decidir si aquello me producía alivio o una alarma más precisa de la que quería admitir, porque si eran diarios personales, entonces al menos podía esperar encontrar en ellos una cronología, una explicación privada o incluso una prueba de que había estado atravesando algo importante sin haberlo reconocido a tiempo; pero si estaban allí ocultos, ordenados con tanto cuidado, también cabía la posibilidad más incómoda de que yo misma hubiera querido guardarlos lejos de mi vista por una razón que todavía no conocía.

Tomé el primero con una lentitud casi reverencial, no porque creyera estar tocando algo sagrado, sino porque la simple materialidad del cuaderno ya tenía la fuerza de un objeto cargado, como si en sus tapas se hubiera acumulado durante semanas o meses una densidad emocional capaz de alterar el aire del despacho.

La portada no tenía título, solo una leve marca en el borde inferior y una esquina doblada, y al abrirlo encontré una letra que reconocí al instante con esa certeza inquietante que produce ver el propio trazo cuando una no esperaba encontrárselo, porque la escritura era mía, sin la menor duda, pero no era la versión de mi letra que yo utilizo para tomar notas rápidas o para firmar documentos, sino una grafía más lenta, más tensa, más inclinada hacia dentro, como si hubiera sido trazada por una persona que intenta ocupar el mínimo espacio posible sin renunciar del todo a decir algo importante.

Leí la primera página con una atención casi clínica, esperando hallar una referencia amable al trabajo, al cansancio o a los progresos del manuscrito, pero lo que encontré fue una entrada fechada varios días antes de mi llegada a la casa, escrita con un tono que me sorprendió por su franqueza contenida y por la forma tan precisa en que describía la sensación de no estar del todo bien.

No había dramatismo ni adornos, solo una acumulación de observaciones pequeñas y sombrías sobre las noches sin sueño, la dificultad para concentrarme, la impresión de que la casa del apartamento empezaba a resultarme demasiado cerrada, la obsesión con las críticas antiguas y una vergüenza cada vez más fuerte por no ser capaz de terminar el libro.

Seguí leyendo.

Y a medida que avanzaba por las páginas me fui encontrando con una versión de mi propia vida que era al mismo tiempo reconocible y desestabilizadora, porque los hechos básicos coincidían con los que yo podía recordar, pero el modo de narrarlos convertía cada episodio en una confesión más íntima de lo que nunca habría pronunciado en voz alta.

Había referencias al insomnio desde hacía meses, al cansancio que no se iba ni durmiendo, a la sensación de haber dejado de confiar en el propio criterio y a la creciente necesidad de revisar todo dos veces, tres a veces, como si la repetición pudiera preservar algo de control sobre la jornada.

También aparecían apuntes sobre entrevistas, comentarios de Claudia, dificultades con el manuscrito y pequeñas humillaciones profesionales que yo recordaba de manera vaga pero que allí estaban descritas con una precisión emocional que me dejó inmóvil, porque ya no se trataba solo de comprobar que la letra era mía, sino de leer una construcción del yo que había sido redactada desde un punto de vista mucho más severo y mucho más honesto que el que yo solía permitirme.

No encontré nada sobrenatural, nada extravagante, nada que no pudiera explicarse todavía como la evolución de una crisis de ansiedad o de una posible descompensación, y precisamente por eso me inquietó más, porque las páginas no parecían escritas para impresionar a nadie ni para dramatizar una vida, sino para registrar con una precisión incómoda la degradación de algo que la autora todavía no sabía nombrar del todo.

El segundo diario era todavía peor, o quizá simplemente más preciso, y al abrirlo tuve la impresión muy desagradable de estar entrando en una secuencia de días que yo conocía y no conocía a la vez.

Las entradas estaban ordenadas por fecha, algunas con hora exacta, otras con una vaga referencia a la mañana o a la noche, y todas compartían ese mismo tono de observación contenida que va ganando densidad a medida que avanza la tensión interior.

Hablaba de la dificultad para dormir, de una llamada telefónica que no terminaba de sonar real, de la sensación de que ciertos fragmentos del día se quedaban fuera de la memoria y de la necesidad de escribirlo todo para evitar que el tiempo se volviera por completo inestable.

Leí una nota en la que se mencionaba la puerta vacía del piso superior, otra donde aparecía una descripción muy breve de una habitación silenciosa y otra aún más perturbadora en la que la autora del diario se preguntaba si estaba empezando a perder el hilo de la realidad o si, por el contrario, la realidad había dejado de seguir un hilo único.

Aquella frase me dejó con un cosquilleo frío en la nuca porque no era una metáfora literaria, ni una ocurrencia brillante, ni una construcción destinada a sonar profunda; era la pregunta desnuda de alguien que empieza a desconfiar de su propia continuidad, y yo reconocía perfectamente esa clase de temor porque llevaba días viviendo con él sin haberlo formulado con tanta claridad.

Me aparté de la mesa y me quedé de pie en medio del despacho, sosteniendo el cuaderno abierto con las dos manos mientras la idea de que aquellos diarios fueran míos, escritos por mí y ocultados por mí misma, empezaba a adquirir un peso mucho más difícil de soportar que el simple hecho de leerlos.

Porque si habían sido redactados antes de mi llegada a la casa, entonces la crisis no había empezado allí, ni siquiera con las llamadas o con la puerta negra, sino mucho antes, en un tramo de la vida que yo estaba describiendo de manera fragmentaria mientras me convencía de que todo lo demás se originaba en el aislamiento.

Y si, en cambio, algunos de los textos habían sido escritos después de llegar a la finca, entonces la cronología que yo creía manejar era todavía más frágil de lo que me había parecido.

Revisé las fechas una vez más, luego otra, y comprobé que al menos varias entradas estaban fechadas en jornadas que yo recordaba mal o directamente no recordaba, lo cual no demostraba nada por sí solo, pero sí abría una grieta muy poco conveniente en la hipótesis disociativa que había empezado a construir para dar sentido a todo.

El tercer cuaderno me resultó todavía más perturbador porque tenía anotaciones menos narrativas y más compulsivas, casi como si la escritura hubiera dejado de ser una vía de expresión para convertirse en una herramienta de comprobación.

Había listas, repeticiones, marcas en los márgenes, recordatorios sobre ventanas, puertas, llaves, llamadas, horas y objetos fuera de sitio, y todo ello se iba acumulando con una monotonía cada vez más grave, como si la autora de esas páginas estuviera intentando fijar la realidad por pura fuerza de costumbre antes de que se deshiciera del todo.

Leí una frase subrayada tres veces en la que se decía que "si no lo anoto, luego no sé si ha pasado", y sentí una especie de sacudida interna porque eso no era una metáfora del miedo, sino una frase funcional, práctica, casi administrativa, que podría haber pronunciado yo misma en los últimos días.

Más abajo, en una de las últimas páginas, aparecía una observación escrita con letra más apretada y nerviosa, donde la autora del diario insinuaba que había momentos en los que se reconocía menos en el espejo que en el manuscrito, porque al menos en el manuscrito todo parecía obedecer a una lógica, aunque fuera una lógica inquietante.

Leí esa frase varias veces, con una mezcla de desasosiego y concentración, porque algo en ella me obligaba a pensar que los diarios no eran solo un registro de síntomas, sino también una forma de ir cediendo el control sobre la propia identidad a medida que una intenta fijarla por escrito.

Pasé buena parte de la tarde leyendo los cuadernos con una atención cada vez más absorbente, y en ese proceso empecé a descubrir que la voz de los diarios no era exactamente la mía de ahora, sino una versión más cercana a una Lara anterior, ya cansada pero todavía combativa, todavía demasiado orgullosa para admitir algunas cosas en voz alta y, sin embargo, cada vez más consciente de que algo se estaba desajustando.

Había referencias a fechas concretas que no recordaba, a conversaciones con Claudia que yo no habría sabido reconstruir sin ayuda, a viajes cortos a la ciudad y a intentos fallidos de trabajar en el manuscrito antes de venir a la casa, y todo eso me fue dejando en una posición incómoda, porque ya no podía seguir pensando que había llegado a la finca en un estado perfectamente estable al que luego le había sucedido una crisis repentina.

Los diarios sugerían una continuidad previa, una degradación más larga, una fragilidad ya instalada mucho antes de que yo empezara a notar llamadas extrañas o puertas inexplicables.

Eso no invalidaba lo que había visto, pero sí desplazaba el origen del problema hacia una zona más antigua y menos clara.

Y precisamente por eso los cuadernos me dejaron en una especie de equilibrio imposible entre alivio y alarma, porque por un lado confirmaban que no estaba inventando de la nada la idea de un deterioro interno, y por otro me obligaban a considerar que quizá llevaba meses, incluso más tiempo, documentando una fractura que luego había querido reinterpretar como algo posterior y externo.

Era posible que los diarios fuesen la prueba de un brote disociativo en curso, como había empezado a sospechar el día anterior, pero también podían ser la primera manifestación de algo que se había ido complicando sin que yo lo aceptara del todo.

No encontré en ellos una explicación final, ni una confesión decisiva, ni una prueba clara de que la casa estuviera operando sobre mí desde fuera; encontré, en cambio, algo mucho más difícil de gestionar, que era la evidencia de haber estado escribiendo durante semanas, o quizá meses, una versión privada de mí misma que ya no coincidía del todo con la mujer que seguía sentada frente a esos mismos papeles.

Y al cerrar el último cuaderno, con las manos un poco frías y la sensación de que el despacho había cambiado de densidad alrededor de mí, comprendí que lo verdaderamente inquietante no era descubrir mis diarios, sino empezar a sospechar que todavía había otros más antiguos, guardados en algún lugar de la casa o de mi vida, que yo no había encontrado todavía porque quizá no estaba preparada para leer lo que en ellos se había quedado pendiente.